Capítulo Uno
LINEAMIENTOS GENERALES
EL CAMINO HACIA LA PSICOLOGÍA BIOÉTICA
Para entender cualquier disciplina o cualquier ciencia es importante empezar por sus orígenes etimológicos, es decir, el origen de las palabras. En el caso de la Psicología Bioética, psicología[1] viene de psyche, “alma” y logía, “el estudio de”, de manera tal que es el estudio del alma (Diccionario Etimológico Castellano en Línea [DECL], 2021). Como los términos, la interpretación y los significados han cambiado con el transcurrir del tiempo, hoy en día entendemos que el alma fue visionada como algo interior del ser humano. Por lo tanto, tenemos que la psicología es el conjunto de elementos y contenidos mentales que componen al ser humano en todo lo que no es biológico, aunque haya una intrínseca relación entre ambos campos; cada vez se apunta más hacia la psiquiatría y la psicología biológicas, puesto que sabemos que todos nuestros procesos psicológicos están movidos por procesos neurobiológicos o neurofisiológicos y a esto lleva el autor Steven Pinker[2], al proponer que no somos una “pizarra en blanco” sino más bien un ADN psicológico con predisponentes prodrómicos en cuanto a lo neurobiológico, al que se le imprime el aprendizaje, y todo obedece a un propósito evolutivo desde el instinto al temperamento y de allí al carácter y la conciencia, los cuales son los que configuran nuestra personalidad, como un modo único e individual de representarnos ante nosotros mismos y ante nuestros entornos en cuanto a percepción, reacción y relación.
Antes de hacer referencia a la bioética y a la ética, hablaremos brevemente de la psicología para entender qué es y para qué sirve. Luego haremos referencia a cómo aplicamos la Psicología Bioética para ser seres más reconciliados, resilientes, funcionales, motivados y plenos, con un desarrollo y sentido existencial que nos lleve a ser personas mejor conectadas mentalmente, siendo así más propositivas y con mejores conexiones dentro de nosotros mismos y hacia el entorno social y medioambiental que nos rodea. Se busca que ese desarrollo sea sostenible, que perdure a través del tiempo y nos mejore tanto a nosotros como a nuestro entorno. Así, la Psicología Bioética es conciencia con sentido (dirección, propósito y significado), conciencia con valores y principios, y conciencia con sentidos[3]. Yendo mucho más lejos de la Inteligencia Emocional de Goleman y la transpersonal de Gardner, la Psicología Bioética actualiza y concilia mucho a grandes autores de la psiquiatría como Binswanger, Kohut, Cloninger y Sullivan entre otros.
La comprensión y utilización de estos principios han ayudado a centenares de personas a mejorar su calidad de vida y a ampliar su plenitud y funcionamiento globales. Cientos de horas de difusión acerca de este tema han sido divulgadas radialmente también, con grandes beneficios para quienes han escuchado y puesto en práctica estos principios, aplicables en todos los diagnósticos, incluyendo el apoyo a y la aceptación de sí mismas por parte de las personas con inclinaciones sexuales diversas. En fin, es un llamado a encender la luz de la conciencia y a ser personas reconciliadas consigo mismas, con lo social, lo ecológico, lo universal y, de hecho, con lo transpersonal (espiritual), promoviendo principalmente la autonomía y la dignidad de la persona humana.
Para llegar el entendimiento de qué es la Psicología Bioética y lo que procura en el ser humano, primero haremos una breve claridad histórica y teórica de lo que son la psicología, la filosofía, la ética, la bioética, la neuroplasticidad (capacidad del cerebro de repararse y reconectarse por sí mismo) y el mindfulness (atención y mente en contacto pleno con nosotros mismos y con el entorno); por ello, también podemos entender la Psicología Bioética como un full consciousness.
Breve historia de la psicología y su importancia
La psicología es una disciplina que estudia nuestros pensamientos y significados desde las interpretaciones de la realidad, así como nuestra conducta y nuestras emociones. Es en esa anatomía emocional que poseemos los seres humanos, en la cual se despliega nuestra manera de relacionarnos con nosotros mismos, con los entornos y con nuestras esferas espirituales desde las que se desarrollan la felicidad o la tristeza, el vacío o la plenitud, la motivación o la desmotivación y la autorrealización o la frustración, entre tantos aspectos que se contraponen y que son los que al fin y al cabo nos dan la alegría y el sentido por y para vivir. En toda esta búsqueda de la psicología se presentaron varios hitos: hubo personas que precedieron a Freud, padre del psicoanálisis, quien postuló que la mayoría de nuestros comportamientos y formas de relacionamiento en la vida son originados por contenidos inconscientes, lo cual he observado después de más de 30 años de trabajo ayudando a centenares de personas a mejorar su propia psicología interna, además de estudiarlo, como todos los grandes lo hicieron, en el laboratorio del “mi mismo” y de los miles de casos estudiados.
En el campo de la salud mental y emocional del ser humano, desde los mismos griegos antiguos se procuraba la asistencia psicológica a través de la filosofía. Incluso desde esa época se acuñaron muchas palabras que aún hoy se siguen usando (como “manía”), de las cuales Empédocles ya distinguía dos tipos: melancolía y temperamento, asociados a la bilis en ese entonces. Mucho después surgieron conceptos de humanización de esas ciencias con Pinel[4] y Morel[5], principalmente, en el siglo de la ilustración (Siglo XVIII) en Francia. Luego se comenzó a dar una connotación orgánica (hoy entendida como neurobiología) a las enfermedades mentales y emocionales con los trabajos de Bayle[6] y Griesinger[7] en Alemania, quienes postularon que las enfermedades mentales eran enfermedades del cerebro (Sims et al., s.f.). Ya luego llegaron Kraepelin[8] (quien sentó las bases del diagnóstico) y Charcot[9] (quien se fundamentó en la higiene mental para proponer la salud mental en los afectados).
Sigmund Freud[10] planteó la Psicología del yo, el inconsciente y el psicoanálisis. En el siglo XX entraron a jugar un rol determinante los medicamentos efectivos para las depresiones, manías, y locuras. De esta corriente psicoanalítica nacieron diferentes escuelas, como la francesa, fundada con Jacques Lacan[11] en 1953, y también se creó la escuela inglesa con la llegada de Melanie Klein a Londres en 1926. Posteriormente se creó la Psicología del yo en New York, que se fundamentó en las defensas y las mecánicas de la ansiedad y la angustia, esa angustia existencial y esas ansiedades básicas que suelen atormentar a muchos seres humanos. A partir de allí, estas escuelas empezaron a consolidarse más como doctrinas netamente científicas, donde se dio origen a las teorías mecanicistas de la psicología, y no como disciplinas filosóficas o psicológicas-filosóficas. Surgieron así los primeros conceptos de la psicología científica.
Estas teorías mecanicistas entendían y trataban de hallar una teoría que definiera al ser humano como una máquina en su percepción, reacción y relación consigo mismo y con sus entornos; en cómo funciona o busca el placer (refuerzo positivo) o evita la ansiedad y el desagrado (refuerzo negativo); en esto Skinner fue quizá su mayor exponente. Así surgieron las teorías conductistas, que entendían al ser humano como una respuesta ante el refuerzo positivo y el refuerzo negativo. Derivado de esto se desarrollaron las técnicas cognitivo-conductuales, que hacen alusión a que los seres humanos respondemos a partir de esquemas mentales propios, es decir, los autoesquemas[12] y los significados que de estos vamos haciendo. Hoy sabemos que es posible modificar nuestra conducta a través del cambio de pensamientos y de los significados o interpretaciones que hacemos de ellos.
Análogamente a todo este crecimiento de la psicología, más o menos entre 1910-1938, emergió la psicología médica, que es la psiquiatría. Esta palabra, que proviene del griego psyche, ˈalmaˈ y iatréia, ˈcuraciónˈ, se entiende como ˈcuración del almaˈ (DECL, 2020a). De esta manera, se dio inicio a los primeros tratamientos más o menos efectivos para las enfermedades, desórdenes y desequilibrios mentales, al comienzo sin apoyo farmacológico, y después con los primeros medicamentos eficaces contra la depresión, y luego para la psicosis, la bipolaridad y la ansiedad, principalmente. Al día de hoy, cuando los medicamentos son bien formulados desde un correcto diagnóstico, resultan muy efectivos para las enfermedades mentales más incapacitantes, las cuales tienen además un componente de desequilibrio en las sustancias cerebrales llamadas neurotransmisores. A ciencia cierta, se sabe con bastante exactitud que este tipo de enfermedades tienen este componente neurobiológico y, por ello, obedecen y responden muy bien al tratamiento psicofarmacológico ya que, al ser desórdenes bioquímicos en el cerebro, responden al tratamiento químico. Incluso hemos demostrado cómo también las vitaminas, minerales, sales y aminoácidos ayudan a mejorar y restablecer la bioquímica cerebral, que es la base de las técnicas ortomoleculares y ha sido un eje fundamental que acompaña la integralidad en los miles de tratamientos exitosos que hemos desarrollado.
Una cosa es la mente y otra cosa es el cerebro, y se necesitan la una y el otro. Así como el cerebro es la base orgánica y bioquímica de este prodigio de química cerebral entre cientos de millones de neuronas que poseemos, la mente es cómo cada uno de nosotros ―de una manera específica, particular y muy individual― conecta y establece sus redes entre micro-universos que tenemos dentro de nuestro cerebro, que son llamados las redes neuronales o el conectoma, como lo veremos más adelante. Podemos comparar esto con las redes sociales: aun cuando todas requieren de un dispositivo físico, los contenidos, los contactos, las noticias, el muro de anotaciones y los chats son diferentes en cada uno. Con los años, desde que estamos en el vientre de la madre empezamos a conectar nuestra mente de una manera individual y específica. Este modelo específico de conexiones particulares ha sido llamado recientemente por Sebastián Seung [neurocientífico de la Universidad de MIT (Massachusetts Institute of Technology)] el Conectoma Humano, el cual da a cada uno identidad propia, personalidad y comportamiento determinados según nuestras propias conexiones. Estas conexiones no son fijas e inamovibles y se pueden modificar, borrar o re-establecer mediante la práctica, la disciplina y el esfuerzo. A este proceso se le llama neuroplasticidad cerebral (Constandi, 2016).
Ya hemos señalado que la psicología es este conjunto de elementos que componen la personalidad y la conducta del ser humano. Así, han surgido grandes teorías como las de Maslow, Rogers, Ellis, Allport, Kelly, y el mismo Frankl, que veremos más adelante, y que proponen el cómo funciona nuestra mente. La neurobiología procura explicar por qué y cómo funciona el cerebro, mientras que la psiquiatría es específica en el tratamiento de enfermedades de la mente, que de hecho involucran al cerebro. La psiquiatría y la psicología están estrechamente unidas por lazos académicos, teóricos y prácticos que procuran la estabilidad de nuestros pensamientos, emociones y afectos (estados de ánimo), lo que se traduce en el comportamiento humano; también motivan el mejoramiento de la calidad de vida interior y la promoción del funcionamiento global del individuo. Aún así, se necesita de algo más: esa búsqueda de un eficaz, correcto, cómodo y grato proceder, un para qué y por qué vivir. Entonces desde el siglo XIX surgieron las escuelas de Psicología y Psiquiatría filosófica y antropológica (las primeras creadas), la psicoespiritualidad y la fenomenología, cuyos conocimientos y avances no podemos desconocer para ensamblar y postular la Psicología Bioética. Para ello es inicialmente necesario introducirnos también un poco en los conceptos filosóficos de ética y bioética.
Ética, bioética y moral
La ética es muy antigua: la palabra viene del griego éthos, ˈmanera de hacer las cosas, costumbre, hábitoˈ, y de êthos, que ˈsignifica carácter y habitarˈ. Además, tenemos el sufijo –ico que significa ˈrelativo aˈ (DECL, 2020b). Según Aristóteles, de allí se definen las costumbres. Desde entonces la filosofía tomó la ética como la ciencia que estudia la moral. La moral es la capacidad de discernimiento entre el bien y el mal, muy similar a la conciencia, a su vez nutrida por la moral, la censura interna y los valores. Allí encontramos a una psicología moral muy basada en el amor a sí mismo, al prójimo, y altamente espiritual, como es la de Ludwig Binswanger[13] (Psiquiatría Existencial) y así desde esta nacieron teorías y técnicas, como las de Rollo May[14] de psicoespiritualidad y fenomenología psiquiátrica, y otros en el siglo XX.
Para entender dichas teorías y técnicas mejor, se requiere precisar en el estudio de la conciencia desde donde surge nuestra concepción del bien y del mal (conciencia moral), no únicamente consciencia como el hecho de estar despiertos. Es muy importante resaltar la diferencia entre estas dos palabras (consciencia y conciencia); sus conceptos son diversos y los sentidos que representan aún más, aun cuando la época moderna las haya querido hacer sinónimas y hasta incluso pretendido hacerlas desaparecer.
La conciencia, vista esta como la capacidad de discernimiento entre el bien y el mal, yendo más allá, es la capacidad que tenemos los seres humanos (y que muchos desarrollan) para lograr perceptividad, intencionalidad y reactividad sobre la consciencia misma, desde la impresión y expresión sensible que nutre la razón humana o sobre estados de alerta inmateriales como el automonitoreo, la predictibilidad, la conciencia sobre la censura interna y sobre el mundo inmaterial, así como los significados que damos al futuro, el sentido de realidad que damos a los conceptos, ideas, valores, emociones y hasta a los pensamientos mismos. Todo esto surge tanto desde la conciencia como de la autoconciencia; es decir, implica desarrollar conciencia no solo moral sino también conciencia sobre la existencia del mundo inmaterial. Por ello podemos anticiparnos al futuro mediante la proyección o planeación del mismo, y tenemos inteligencia conceptual y percepción sobre lo inmaterial, que se imprime en las conexiones neuronales y se expresa en la conducta provida, buscando la sostenibilidad y sustentabilidad de la misma.
Para el psicoanálisis, especialmente para Freud, la conciencia es una instancia del conocimiento que es permitida por la moral del sujeto; se rige sobre todo por el principio de realidad y está muy relacionada con el superyó, el cual se puede definir como el juez interno de nuestra mente, que se nutre con las palabras y frases que nos dicen los adultos y en especial nuestros cuidadores desde que estamos pequeños. El superyó es entonces el que nos ayuda a discernir entre el bien y el mal, siempre y cuando se haya instaurado de manera exitosa en el sujeto.
Hoy podemos entender la ética como un correcto proceder en nuestro comportamiento físico y conducta global, la moral como la pulcritud en nuestra conducta, y la consciencia como el simple hecho de estar alertas, atentos sensorialmente, focalizados, ya sea despiertos o incluso inconscientes. Pero definitivamente hay algo más sublime, más elevado, que como bien lo afirmó Edmund Husserl[15] surge así: una cosa es el estado de consciencia (alerta sensorial) y otra la conciencia de estado (conciencia sobre la conciencia y la consciencia) y es cuando surge una clara advertencia sobre lo etéreo, lo inmaterial, lo conceptual y sobre lo absoluto y trascendente. Es necesario entonces desarrollarlas para no sucumbir ante el mundo, para aprender a formar parte de un mundo que no siempre es agradable, que tiende a ser hostil, depredador y cada vez más competitivo, con una gran oferta de placeres rápidos y egoístas, de recompensas fáciles y sin esfuerzo. Con la Psicología Bioética debemos aprender a formar parte del mundo, logrando y dando vida, verdad y virtud en abundancia. Así, es necesario lograr la mecánica de la intuición sensible, la impresión cognitiva y la expresión conductual coherentes que nos lleven a sobrevivir a nosotros mismos y a nuestros entornos medioambientales, siempre en pos de y con respeto por las autonomías y dignidades propias e individuales, colectivas y socioambientales.
La economía, las relaciones afectivas, el núcleo familiar, en general todo funciona de diferente forma desde el momento en que se originaron las primeras filosofías y escuelas psicológicas. Por eso es importante concebir la Psicología Bioética como una nueva disciplina que entiende al ser humano en su conjunto según su contexto contemporáneo y con el avance de los medios informáticos, en donde las pautas de crianza han cambiado y existen grandes problemáticas del adolescente y del adulto. Así mismo, la concepción filosófica ha variado y los valores humanos y culturales se han empobrecido, aun cuando en muchas ciencias se han incrementado los valores intelectuales. La falta de conciencia familiar, social, ambiental y espiritual ha contribuido a nuestra propia destrucción como especie, como sociedad, como familia y como individuos por falta, ante todo, de sentido y de sentidos de certidumbre[16], ordinal[17] y de consecuencia[18], entre otros. Por esta razón, es esencial que desarrollemos en conjunto los principios y sentidos que nos ofrece la Psicología Bioética, que son al fin y al cabo los que nos garantizarán la supervivencia y el sentido del mismo para que perduremos como individuos, familias, colectividades y no como ciudadanos de un universo en el que todo, aun cuando aparentemente distante, está estrechamente conectado y formamos parte de un todo al que debemos contribuir.
De esta manera, comenzamos a definir una disciplina que busca el desarrollo sostenible del ser humano dentro de sí mismo, dentro de su especie y dentro de su propio entorno. Para entender mejor esta disciplina, hay que llegar a los orígenes de lo que es la bioética. La primera reseña literaria que se tiene de este término es de 1927, cuando el filósofo y pastor protestante alemán Fritz Jahr lo utilizó en una publicación de una revista muy prestigiosa de la época llamada Kosmos (Valdés, 2012, 2012a). Jahr acuñó por primera vez el término bioética (Bio-ethik en alemán) haciendo referencia a “la relación ética del ser humano con los animales y con las plantas” (Valdés, 2012). En esta concepción encontramos una relación con lo que hoy se denomina la ética especista, la cual es crítica ante “la concentración de todos los valores y derechos en el ser humano”, que se deriva del antropocentrismo (Singer, 2015). Así las cosas, la Psicología Bioética no es ni teocéntrica, ni antropocéntrica, ni tampoco egocéntrica, sino que es una disciplina estructurada y balanceada entre estas fuerzas que mueven el alma y el cuerpo del ser humano.
Pero no debemos dirigirnos únicamente hacia el entorno, sino entender la bioética como el desarrollo sostenible del ser humano también dentro de sí mismo. Esto es, que se propenda hacia el bienestar, llevando al ser humano a la máxima ley de la bioética como fue entendida décadas después en 1970, gracias al bioquímico Van Rensselaer Potter (1971), quien revivió el término y lo definió como “la ciencia de la supervivencia”, es decir, sobrevivir dentro de nosotros mismos, sobrevivir en un entorno no humano y sobrevivir en un entorno de fauna y flora (medioambiental) y hasta planetario y cósmico. No únicamente sobrevivir de una manera egoísta, sino a través de una política de actuación propia, de interdependencia, que procure el desarrollo sostenible del planeta, de las especies que nos rodean, del grupo social y de nosotros mismos.
La Psicología Bioética nos lleva a sobrevivir como individuos, como familias, como sociedad, como especie, y no solo sobrevivir y dejar sobrevivir, sino sobrevivir y hacer sobrevivir a las otras especies que nos rodean, en afluencia de bienestar. Por supuesto, ello sin caer en el error de convertirnos en especistas, sino resolviendo primero nuestro conflicto interior de manera ordenada, para que dicho conflicto no se refleje en nuestras acciones, puesto que una persona en conflicto genera conflicto y pierde entonces conciencia material, social e inmaterial. Por esta razón, desde las leyes espirituales, hay que ir mucho más lejos que las leyes del Tao, basadas en la armonía y el respeto, e interpretar contemporáneamente la regla de oro de Jesucristo, como bien lo afirma Peter Singer (2004), de amar al prójimo como lo hacemos con nosotros mismos.
Debemos entender el prójimo desde sus raíces latinas de proximus, que significa ˈpróximoˈ, y también entenderla desde la raíz proximum que significa ˈsiguienteˈ. Es decir, debemos amar a nuestro entorno social y ambiental o, en otras palabras, ser buenos. El amar inicia por la aceptación de nuestro entorno y de nosotros mismos y… continúa con el respeto, el cuidado y la ejecución de acciones que consumen el amor activo al entorno vivo y también al inerte, a nosotros mismos, pensando y obrando en el bienestar de las próximas generaciones, y eso solo lo logramos educando y formando al niño, haciendo responsable al joven y conciente al adulto, rompiendo así el egocentrismo narcisista típico de nuestros tiempos actuales. También el antropocentrismo es un exceso: pensar que somos la única especie con derechos sobre todos los recursos vivos y no vivos y que podemos hacer cuanto queramos porque nos pertenecen, es claramente arrogante psicopatológico y antropo-especista.
Para la Psicología Bioética, la creación y el mundo no se hicieron para el ser humano, y hoy debemos entender que el ser humano se hizo a sí mismo para el mundo. Para entender que el ser humano fue hecho por y para el mundo debemos encender nuestra conciencia, para que su luz brille y alumbre tanto a los que tenemos cerca como a nosotros mismos, surgiendo el sentido de orientación existencial, el cual no es otra cosa que la brújula del nosotros y del yo, cuyo norte es el futuro de todos.
La conciencia
En el estudio de la conciencia llegamos a las escuelas psicológicas de la fenomenología. Debemos mencionar a uno de los grandes exponentes de las escuelas fenomenológicas o de la psicología espiritual, Edmund Husserl, quien propuso la importancia de entender la conciencia, no como la veía Pavlov[19] ―como un simple hecho de estar despierto, alerta[20] ―, sino más bien como una capacidad de discernimiento entre el bien y el mal.
Al respecto, estudiosos lingüistas encontraron que en las lenguas romances en la antigüedad existía la diferencia entre consciencia ―escrita con nsc―y conciencia ―con nc―[21]. Conciencia hace referencia a todo lo relacionado con discernimiento, a lo inicialmente moral, y continúa hacia el desarrollo del sentido y de la intuición sensible que asigna importancia a los valores inmateriales como principios rectores de la conducta; la consciencia en cambio se refiere básicamente al estado de estar alerta, de darse cuenta de lo físico desde los sentidos del gusto, tacto, olfato, vista y oído. Por esta razón, en la presente obra, teoría y según los postulados prácticos de la Psicología Bioética hacemos distinción de las dos palabras que tienen sentidos, interpretaciones y significados diversos, y que el idioma inglés dilucida diferenciando entre awareness (alerta), consciousness (conciencia) y conscience (conciencia con sentido) las que, aun cuando son palabras sinónimas para algunos, representan cosas diferentes. Una cosa es obrar estando consciente (alerta), y otra el hecho de saberse a sí mismo, y saberse entre el entorno y entre los tiempos pasados, presentes y futuros. Varios autores diferencian al ser humano de los animales precisamente por el hecho de generar conciencia sobre sí mismos o saberse a sí mismos (cognizant) y por otro hecho bien diverso: obrar conscientemente (conciencia) o tener, por ejemplo, conciencia ambiental o social. Por ello hacemos clara distinción entre estos términos en el sentido en que se usan en esta obra, pues en el idioma español suelen presentarse múltiples confusiones.
Todas las conciencias están sustentadas en la intuición. Desde la consciencia o mente primaria, en donde surge la intuición analítica con su inteligencia analítica, que otros animales pueden tener; desde la consciencia material humana surge la razón con su conceptualización intuitiva o el raciocinio más evolucionado, producto de la inteligencia conceptual; y desde esta inteligencia conceptual (definir conceptos inmateriales como el tiempo y la verdad entre tantos) surge la conciencia, y desde la conciencia surge la intuición deductiva, en donde se emancipa el sentido desde entendimientos inmateriales como los que proponemos en esta obra, que no son otra cosa que inteligencia espiritual (habilidad para leer dentro lo inmaterial), la cual no significa ni religiosidad ni un dogmatismo (aunque los puede incluir).
Así, la consciencia material intuye sobre lo material; la conciencia inmaterial genera una intuición/expresión más que sensitiva: sensible sobre lo inmaterial y sobre el sí mismo (self). Por esta razón, se deduce que la conciencia fue evolucionando y los animales poseen una consciencia (awareness) que a su vez evolucionó hasta el punto de saberse a sí mismos y producir la razón en la persona humana. Esta razón o raciocinio complejo es exclusivo en el ser humano dado que, hasta donde sabemos, los animales no pierden la razón, pues no pueden perder aquello que no tienen. Así surge la conciencia de estado, donde brota la intuición deductiva que es sensible y se proyecta en una expresión con sentido como reflejo de la percepción e intuición que se captan de lo inmaterial.
Como se mencionó anteriormente, también está la consciencia definida desde el psicoanálisis, la cual se entiende como una instancia del aparato psíquico junto con otras dos instancias, el preconsciente y lo inconsciente. La consciencia está directamente relacionada con el superyó, cuyo papel es contrarrestar al ello (pulsiones agresivas y sexuales del ser humano), el cual se rige por el principio del placer, y el primero representa los pensamientos morales y éticos recibidos de la cultura. El preconsciente es ese lugar turbio, cercano a la superficie de la impresión e intuición sensible. Lo inconsciente, aun cuando no cuenta con un lugar físico en nuestro cerebro, podemos visualizarlo como una “sopa” que contiene todo lo observado, oído, tocado, gustado y olfateado, y causa una experiencia en la memoria y el aprendizaje, con una gran carga de procesamiento de memorias emocionales, las cuales están bajo la superficie de lo observable.
El superyó consta de dos subsistemas: la conciencia moral y el ideal del yo. La conciencia moral se refiere a la capacidad para la autoevaluación, la crítica y el reproche.
En el mundo actual, pareciera que hay un propósito contra-creacionista de ir acabando con la conciencia. Podemos entender la conciencia (así lo hacen muchas corrientes espirituales) como una sucursal de Dios en nosotros, donde escuchamos las voces de Dios y los saberes divinos. A través de la proliferación de diferentes corrientes filosóficas se ha venido deteriorando el entendimiento del afloramiento de la conciencia como reflejo y fuente de luz verdadera. Así, podemos visualizar la conciencia, la razón y la mente como tres círculos concéntricos: el primer círculo es la mente, de donde mana la cognición principalmente; el segundo, un poco más amplio y que contiene a la mente, es el de la razón, de donde surge la conceptualización deductiva; y el tercer círculo que, a su vez, contiene a los círculos de la mente y de la razón humana, es el círculo de la conciencia, de donde surgen la intuición y la deducción sensible. Allí vemos con claridad la evolución desde los homínidos al Homo sapiens, al sapiens sapiens y al Homo conciens[22]. Dicho lo anterior, en esta obra hacemos clara distinción entre consciencia y conciencia.
Consciencia material (estado de alerta)
La consciencia material (estado de alerta) es el estado activo de un ser, que se manifiesta por la mecánica de un ser vivo de percibir, recibir un estímulo y reaccionar ante este. Es una capacidad de darse cuenta, de relacionarse y de tener conocimiento del entorno y de sí mismo. Está directamente relacionada con la necesidad de un bajo intelecto que sea capaz de resolver conflictos y problemas materiales. Por estudios que se han adelantado con drogas en insectos y arácnidos se ve cómo, bajo el efecto de las drogas, estas criaturas alteran sus estados de consciencia; por ejemplo las arañas, con su estado de consciencia alterado por sustancias psicoactivas, llegan a tejer sus redes de forma muy desordenada (Witt, 1949). Esta consciencia no es exclusiva de los seres humanos: existen niveles de consciencia desde los más primarios, como en el caso de los insectos, elementales como la consciencia de los reptiles, básicos como la consciencia de algunas aves y mamíferos, y altos como ocurre con los seres humanos. La consciencia está directamente ligada al conocimiento, deducción e intelecto sobre lo material. Las máquinas de inteligencia artificial, creadas por nosotros, han comenzado con desarrollos y despliegues rudimentarios, y luego han evolucionado tecnológicamente. Sin embargo, tendrán un límite, pues no podrán desarrollar sentidos inmateriales que no hayan sido programados y estos serán respuestas idénticas ante la percepción deductiva del entorno; no serán interpretativas en cuanto a significado, como por ejemplo al conocer a alguien, sentir si este le cae bien o mal, como tampoco podrán desarrollar conciencia inmaterial avanzada. Es improbable que estas inteligencias con consciencia material artificial lleguen a considerarse una amenaza, ya que se caracterizan por procesos cognitivos muy limitados, alcanzan un proceso cognitivo medio y solo serán amenazantes para nosotros cuando logren desarrollar sentimientos y sientan que nosotros podemos ser una amenaza para ellas, y puedan auto-sostenerse en cuanto a su propio abastecimiento de energía.
El ser humano y muchos animales tienen la consciencia (biológica/material), y también la capacidad de carga (del aprendizaje que imprime el instinto y se llega a heredar genéticamente, conocido como engramas o memorias emocionales inconscientes) y descarga sobre los contenidos mentales de tipo inconsciente (catexias y contracatexias). Psicoanalíticamente hablando, estos contenidos de tipo inconsciente cobran una gran importancia en la manera como se estructura nuestra personalidad y la forma en la que nos relacionamos con el mundo exterior. Estos contenidos, que no siempre han estado en el inconsciente, son transportados ahí por medio de la represión, la cual se define como un mecanismo de defensa o proceso psíquico que se encarga de enviar al inconsciente todos aquellos contenidos que cuentan con una carga afectiva excesiva y no pueden ser tolerados en la consciencia. Esto ocurre, por ejemplo, en la psicosis, pues las personas que desarrollan una psicosis no cuentan con el proceso de la represión instaurado de manera satisfactoria. Por esta razón, en este caso particular, todos los contenidos se encuentran en la consciencia y, al no poder enviarlos al inconsciente, se desarrolla una psicosis (esquizofrenia, trastorno afectivo bipolar, trastorno esquizo-afectivo, melancolía) como acto reflejo ante el dolor, y tampoco se logran otras defensas primarias como la negación, la proyección, y la justificación entre otros que veremos más adelante.
Lo anterior está directamente ligado al ego[23], entidad intrapsíquica e individual que lidia entre el temor y el placer, muy ligada a la consciencia de lo “mío” (propiedad material y territorialidad). El ego responde solo al aprendizaje sobre lo material, y su relación es únicamente entre lo material y con lo material. En la medida en que fue evolucionando, el ego produjo la conciencia con sus sentidos, que bien describiremos en el último capítulo. Su desarrollo es netamente epigenético, por la herencia y las modificaciones estructurales del ADN que imprimen el aprendizaje profundo. El puente evolutivo, sin duda, fue el lenguaje tanto hacia nosotros mismos como hacia el exterior, es decir, la capacidad de pensar no solo por imágenes o cuadros mentales, sino por palabras (Vygotsky 1934/1995). Existen varios estados de este tipo de consciencia[24], pero definitivamente no existe una frontera específica entre las dos, por lo que hay que verlas como un sector difuminado en el medio, como se explica en la Figura 2. A mayor conciencia inmaterial, también mayor consciencia material; sin embargo, cuando hay solo consciencia material, esta no sube hasta los niveles de la conciencia inmaterial.
Por esta razón, en ejemplares de algunos animales se han hallado ciertas formas de comunicación mediante hormonas (abejas, hormigas), sonidos (delfines y elefantes) y también actos de afecto como sucede con muchos mamíferos; no obstante, solo el ser humano posee niveles altos de conciencia. Afirmar que un animal puede desarrollar altos niveles de sentido de certidumbre, sentido del orden, sentido de valía personal, sentido de orientación y dirección existencial, o sentidos de responsabilidad y compromiso (complianza) sería algo absurdo, a pesar de que algunos desarrollan ciertos niveles de sentido de consecuencia, de propiedad y de pertenencia. Por ejemplo, el sentido del equilibrio en la consciencia material se limita hacia el cuerpo físico, y en los humanos más avanzados hacia el equilibrio y la estabilidad psicológica y moral. Esta evolución no puede ser vista como una serie de elementos evolutivos separados estructuralmente, sino como un elemento que va perfeccionándose.
Así, existe una gran diferencia entre estar consciente (alerta o despierto) a ser conciente (consciente); esto último es obrar concientemente (conscientemente) o darnos cuenta de que nos damos cuenta, y obrar en consecuencia. Con la conciencia logramos conocimiento o el advertir un saber, como con la percepción sobre lo material, pero no sobre lo inmanente ni sobre lo transcendente, ni tampoco el llegar a “sabernos” a nosotros mismos (autoconciencia). Así, la consciencia está directamente ligada a la percepción material y a la intuición y expresión tanto sensible como no sensible sobre lo material, y prueba de ello es el sentido del pudor y explica por qué el homínido en su primaria evolución comenzó a usar ropa.
Conciencia (inmaterial)
La conciencia (inmaterial) es sin duda la evolución de la consciencia: en esto hay que estudiar e ir mucho más lejos de lo que proponen la psicología evolucionista de Steven Pinker y otros autores. Es decir, desde el análisis de la evidencia hemos de descifrar y entender que, forzada por la adaptación, la consciencia evoluciona en sus sentidos de supervivencia y llega a producir conciencia con sentido y con sentidos de percepción sobre lo inmaterial. La conciencia es un estado de capacidad de discernimiento coherente de donde se deriva la razón, y desarrolla conocimiento sobre el conocimiento, por lo que surge la capacidad deductiva para llegar a la sensatez, al sentido común y a la convicción; así mismo, la conciencia tiene la capacidad de tener conocimiento e intuición con sentido sobre lo conceptual e inmaterial, así como la consciencia los tiene sobre lo material, y se desarrolla conocimiento sobre todo tipo de estado del ser, tanto interno como externo, sobre la distancia que separa lo que fue de lo que seremos (tiempo), entregándonos potencia en el tiempo presente y logrando vivir en función del futuro. La conciencia puede llegar a ser la entidad regente de la conducta cuando se desarrollan los sentidos característicos de esta, y se rige bajo principios y criterios de luz (claridad) y obscuridad interior, de profundidad e internalización hacia sí mismo (insight) y hacia un mundo espiritual (invisible), más espiritual que animal. Está directamente ligada al concepto de self[25], que para la Psicología Bioética es el mismo que forma parte muy importante del carácter como elemento integrador del mismo.
Así, esta conciencia es la que nutre la sana interacción entre el sí mismo –el self–, la motivación, el criterio, la complianza (autodeterminación), los contenidos inmateriales de nuestra memoria y de lo inconsciente y, de hecho, la moral y los valores. Además, genera la subyugación del consciente y la subordinación del instinto, nutriendo así el carácter desde una gran conectividad de la percepción ordenada y reactividad controlada sobre las percepciones del mundo material e inmaterial , convirtiéndose también en la entidad que gobierna los arquetipos, vistos estos como las entidades inmateriales que se oponen al instinto (ideas, conceptos, imaginaciones, deducciones, intuiciones y creaciones mentales) y que propenden al sentido, sentido en cuanto a propósito, dirección, significado. De este modo, la conciencia desarrolla la percepción y reacción de lo inmaterial que es, está y existe sin cuerpo material y también hacia lo material o lo que existe con cuerpo físico; así, desde lo material evoluciona hacia lo inmaterial, y desde lo inmaterial hacia lo cada vez mas etéreo e inmaterial. La consciencia, en cambio, es una intrínseca relación de lo material con lo material. Ejemplo de todo esto es la percepción de predictibilidad del futuro y de la sustentabilidad, que en muchos surge como un impulso sensible que salta a la razón; por ello damos más valor a la familia que a la riqueza, por ejemplo.
Estos fenómenos de percepción/reacción arquetípica que se producen, emanan consciente e inconscientemente, y se pueden crear y desarrollar desde la base de su mismo conocimiento, aun cuando en muchas personas son innatos, mientras que en otras deben ser adquiridos. Cuando está desarrollada, la conciencia domina al ego y lidia con la interacción del entorno, con el sí mismo y con la internalización del sí mismo dentro del sí mismo, produciendo el “ser en sí mismo” y regulando el self (autoestima, autocontrol, autoconcepto, autoconciencia, autorregulación, automonitoreo, autocontrol, etc.), y también lidia con la supervivencia espiritual propia y de los otros, y con las inteligencias inmateriales (intuitivas, espaciales, morales y conceptuales). La conciencia ha sido estudiada por la fenomenología (rama de la psicología/filosofía que estudia la conciencia), la psicoespiritualidad o psicología transpersonal y, de hecho, varias religiones apuntan hacia su desarrollo para lograr el dominio propio por convicción y no por contención (temor al castigo). Esta conciencia es la que produce la intuición y expresión sensible sobre la autonomía y dignidad propias, que son hacia las que tanto se dirige y en las que tanto énfasis hace la psicología bioética.
Ya desde el psicoanálisis, Freud define tres (3) niveles topográficos de la mente:
El nivel de la consciencia, en donde se encuentran todos los pensamientos, emociones y acciones directamente relacionados con la realidad: es el sistema más accesible para nosotros, mediante el cual nos relacionamos con los estímulos externos o internos a través de los sentidos.
El nivel preconsciente, que es el que se encuentra entre el inconsciente y el consciente. Representa todos los sentimientos, pensamientos, fantasías, etc. que no se encuentran en la consciencia, pero que fácilmente pueden hacerse presentes.
El sistema inconsciente, que es el nivel menos accesible de la consciencia. En él se encuentran todos los sentimientos, vivencias, deseos, etc. que suponen un conflicto para nosotros y que por ende están reprimidos. Esto es así debido a que la intensidad y el contenido de los mismos están asociados a emociones displacenteras y al sufrimiento, y por tanto los alejamos de la consciencia como mecanismo de defensa.
Dado que es básicamente inmaterial, la conciencia llega a manejar con relativa facilidad a la mente que es, en gran medida, conectividad intersináptica inmaterial que funciona sobre lo material[26] y que, desde ella, nutre al carácter y al sistema del self y subyuga al temperamento y al instinto (Figura 3). La conciencia es, sin duda, la entidad, el agente más evolucionado del ser o cúspide del propósito y sentido evolutivo del ser humano, y responde al aprendizaje de lo material y lo inmaterial. Ella fue evolucionando y perfeccionándose entre las esencias de luz (claridad a la verdad), virtud (dignidad, justicia y valores) y amor (poder), y comenzó a producir el virtuosismo en el pensar, el sentir, el amar y el obrar. Emocionalmente, la conciencia se fue creando al procesar emociones como el miedo, la culpa, la tristeza, el arrepentimiento, la misericordia (caridad) y el dolor. Por ello no podemos hablar de emociones negativas y positivas, como lo hacen algunas corrientes de la psicología positiva. Todas las emociones tienen un sentido y hay que saber sentir (emotional surfing).
Es importante resaltar que un destacado grupo de científicos se reunió en la Universidad de Cambridge para celebrar la Conferencia Conmemorativa Francis Crick, la cual trató sobre la conciencia en humanos y animales. Al finalizar las conferencias se firmó, en presencia de Stephen Hawking, la Cambridge Declaration on Consciousness (Declaración de Cambridge sobre la Conciencia), la cual resumió los hallazgos más relevantes de la investigación allí expuesta y discutida (Wikipedia, 2019):
Decidimos llegar a un consenso y hacer una declaración para el público que no es científico. Es obvio, para todos en este salón, que los animales tienen conciencia, pero no es obvio para el resto del mundo. No es obvio para el resto del mundo occidental ni el lejano Oriente. No es algo obvio para la sociedad.
Philip Low, en la presentación de la Declaración de Cambridge sobre la Conciencia, 7 de julio de 2012
Esto nos reafirma con claridad que entre estas dos entidades no hay una frontera visible sino un cambiante estado evolutivo, dado que la conciencia ha venido evolucionando al igual que el cerebro. Es decir, bajo la teoría de las microestructuras esférico-laminares acerca de la evolución cerebral, iniciamos por un cerebro que compartimos con los reptiles; luego este fue desarrollándose poco a poco hacia el cerebro límbico que compartimos como mamíferos y, por último, en centenares de miles de años se desarrollaron el neocórtex y los lóbulos frontales del cerebro (cerebro cortical). Puesto que en estas dos áreas están las funciones cognitivas superiores, exclusivas del ser humano, creemos que la conciencia elevada es producto de una mente muy bien conectada en las capas corticales más recientes de la evolución.
Por su parte, Robert Cloninger[27] propone que la personalidad del ser humano también ha venido evolucionando de la misma manera, como veremos más adelante en el capítulo respectivo. Esto nos dice que cerebro, conciencia, personalidad e inteligencia han venido evolucionando simultáneamente y, pese a que en muchos seres actuales encontramos mayores niveles de conciencia medioambiental, social, corporal (vida sana o autocuidado), también encontramos retrocesos en la conciencia familiar y la conciencia moral y espiritual. Por ello, como el mismo Albert Camus propone en su obra La Peste, una epidemia moral es peor que una peste viral, pues lo moral va ligado a los valores interiores; es por esto que hay tanta proliferación de desequilibrios en el individuo, en la familia, y en la sociedad. No se trata aquí de absurdos moralismos, sino de rescatar en nosotros las conciencias familiares, morales y espirituales, y de generalizar las conciencias medioambientales, sociales y personales.
De esta manera el instinto primario evolucionó hacia la inteligencia y de allí a la conciencia. El instinto evolucionó emocionalmente hacia el temperamento en los mamíferos, de allí al carácter en los humanos y de allí hacia la racionalidad, el dominio y la conciencia emocional; la mente se hizo mucho más conectada y compleja. La Psicología Bioética entiende la evolución como algo complejo y a Dios como el diseñador y gran impulsador del propósito evolutivo, pues la creación fue obra de un creador. Esta creación no es estática sino dinámica, y ella misma tiene la virtud de ir mejorando su adaptación introduciendo paulatinos cambios hacia su propio mejoramiento en pos de adaptarse a su entorno de una mejor manera, según cada especie. En el caso de los humanos, esta evolución nos ha llevado hasta el homo conciens. Así, Dios creó el propósito evolutivo tan bien logrado que se está renovando y recreando a sí mismo desde unas pocas especies raíz.
Hemos afirmado que, en sus postulados, Edmund Husserl nos dice que una cosa es ˊel estado de conscienciaˋ y otra es ˊla conciencia de estadoˋ. De ahí deducimos, a través de todas estas filosofías, que una es la consciencia que puedan tener todos los animales vivos y otra es, como se ha dicho, la conciencia sobre la consciencia, la conciencia humana que nos separa de los animales y, en un futuro, de las máquinas inteligentes. Es decir, tener un elemento regente superior a la misma consciencia, el cual está vigilante, está monitoreando y regulando la percepción y acción tanto internas como externas, que se está conectando con tiempos futuros y pasados, que conecta y organiza sus espacios y que maneja y modula sus fuerzas (voluntad), potencias (impulsos) y energías (pensamiento, convicción y emociones), viviendo, sobreviviendo y haciendo vivir y sobrevivir. Esta conciencia está directamente ligada a la intuición, percepción y significado de los valores y virtudes, como veremos en el capítulo respectivo.
Ahí es donde entra ese vértice entre lo moral, lo ético y la censura interna, vértice al que Freud entendía como el superyó que todos tenemos. En unos la conciencia está despierta mientras que en otros está nublada, dormida y hasta enferma (hacer daño premeditado), y ésta debe estar por encima del yo, el cual es la instancia intrapsíquica que procura la identidad (autoconcepto) y lidia con las fuerzas interiores (principio del placer, el yo ideal y lo moral) y tanto el yo ideal, el superyó y el ello (principio del placer), todos cuentan con contenidos inconscientes que suelen extrapolar bajo presión o ante el re-estímulo. El yo es aquel que desarrolla las funciones ejecutivas de la personalidad e interactúa entre la memoria, los planes futuros y la tensión interna; así mismo, es la instancia que gobierna el tiempo presente, esto desde que la conciencia no pase a segundo plano, como es el caso de los acting out, que es cuando bien sea el superyó o el ello toman el control de un modo impulsivo en donde reina la caoticidad. Vale la pena resaltar que para Freud y otros psicoanalistas la mente inconsciente es atemporal, es decir, no hay pasado ni presente ni futuro. Esta es la razón por la cual los contenidos que fueron almacenados en la infancia pueden seguir activos en la adultez y generar comportamientos o efectos en la personalidad adulta. Por esta razón, es primordial revisar toda nuestra vida, pues algunos contenidos que creemos que están resueltos pueden estar dirigiendo nuestra vida inconscientemente. La conciencia es entonces, por decirlo así, la parte “más superior” de la consciencia (material), y todos estos elementos están por debajo de la conciencia inmaterial, siendo el superyó freudiano ―en el humano― la intersección o el elemento que los une en un campo común, que es la conciencia moral. De esa forma, dichos elementos fueron evolucionando y están perfectamente interconectados entre sí.
De esta manera, vamos entendiendo lo que significa la conciencia o ese dínamo espiritual y moral, movida por el “deber ser así o deber ser” que resulta en el poder “llegar a ser” o un poderoso motor para impulsar (motivar), direccionar (dirigir) y regular (modular) el comportamiento en el ser humano, al tener una relación coherente entra la misma voluntad, la motivación, la percepción, la reacción y el significado de las realidades nuestras y del entorno que nos rodea. Así, se propende hacia la actuación moduladora de la virtud, entendiendo la virtud como una capacidad transformadora del silencio en armonía, de la oscuridad en luz, de la crueldad en bondad y hasta de la capacidad de transformar un bloque de arcilla en una hermosa escultura, o el silencio en una hermosa melodía. Es decir, la aplicación y el desarrollo de la virtud son lo que la Psicología Bioética nos propone para transformarnos a nosotros mismos y al entorno, desplegándola desde tres ejes básicos: de una relación coherente con la verdad (lo que es tal y como es), de dirección y modulación del impulso (virtud o capacidad moduladora de la potencia del acto), y de la fuerza de voluntad o potencia en el acto (en términos de Schopenhauer, voluntad y amor son lo mismo). Lo anterior, siempre en procura de la dignidad y la autonomía, que son pilares básicos de la bioética moderna.
LA VISIÓN SOCIOLÓGICA
Para entender mejor la sociedad actual se debe tener en cuenta el avance de la ciencia y del mundo. No podemos quedarnos atorados en los aspectos que las ciencias estudiaban y analizaban en 1900, 1920 o en 1980, pues las ciencias mismas han cambiado, como han cambiado el entorno y las problemáticas. Por ello, la psicología, la filosofía y la autoayuda deben también cambiar. Incluso nosotros mismos hemos de estar más actualizados y acordes a nuestros tiempos, tiempos cada vez con diferentes y mayores rigores, y de vicisitudes nuevas como el calentamiento global, la contaminación ambiental, la alienación del ser humano por falsas doctrinas, las facciones de fundamentalismos sociocéntricos, los brotes de xenofobia, la polarización social, la inteligencia artificial, la disminución de la oportunidad y la inversión de valores con su consecuente epidemia moral, en donde la sociedad cada vez es menos resiliente, más superficial y más movida por el principio del placer en estas épocas del posmodernismo. Por ello la Psicología Bioética produce seres más adaptados, más fuertes y más autónomos, siempre respetando tanto la propia dignidad como la del entorno afectivo, social y ambiental.
Esta es la época en que los hijos se levantan contra sus padres y los padres contra sus hijos, la época del aumento del promedio de edad, del hambre en los niños del tercer mundo, de la proliferación de manejos corruptos por un capitalismo y materialismo mal entendidos y mal manejados por una política que olvida la importancia de los valores interiores y, cada vez más, esta corrupción basada en el egoísta apetito material. La política se ha convertido en una doctrina de manipulación mediática de las masas para favorecer intereses personales de dinero, poder y prestigio; esto se ve tanto en regímenes de derecha como (y especialmente) en la izquierda latinoamericana y africana, en donde los dirigentes se convierten en indemnes reyezuelos que esquilman las arcas del estado ante la miseria de sus hermanos. Es un mundo en el que, si bien la inclusión de las minorías era un justo derecho, muchas de estas minorías pretenden ahora imponer sus doctrinas, un mundo que tiende a la cosificación de las personas y a la ˈdes-cosificaciónˈ de las máquinas. Es un mundo donde el minimalismo intelectual lleva a los “sabios” de hoy a ser cada vez más ignorantes, un mundo que tiende a la destrucción del entorno ambiental, a la despersonalización especialmente en los jóvenes, movidos por falsos estereotipos de músicos, faranduleros, deportistas y nuevos ricos y en general una amalgama de “estrellas” que, aun cuando llenas de prestigio y millones, son personas comúnmente muy vacías que promueven la ilusión del dinero fácil, la vida díscola y el libertinaje.
El mundo actual se basa en las redes sociales[28], en donde el conocimiento ya no se obtiene de libros serios; en cambio, es un mundo en donde el conocimiento se obtiene de frases, de fake news (noticias falsas), un mundo en donde las personas publican el 5% de su vida real, mostrando de un modo histriónico solo la parte placentera de su existencia (falso self), viviendo de unas máscaras que muestran al ser como si así fuera (as if); el observante lo mira con cierto morbo y voyerismo, y así todo esto va generando dudas y angustia en personas cada mas hipersensibles y frágiles que por eso son llamadas “la generación de cristal”. Vivimos hoy en día en una falsa realidad, la cual crea a su vez falsas expectativas y falsas identidades, generando más malestar en la cultura, invalidando las emociones movilizadoras como la culpa, la tristeza, la rabia, el miedo, como si sentir fuera algo terrible, herencia de las psicologías ochenteras como la psicología social la cual es, a mi modo de ver, la psicología de cristal. Es por ello la Psicología Bioética recoge y postula toda una teoría académica y práctica que brinda psicología con sentido, con sentidos, y con valores.
De continuar así, como ya lo han señalado influyentes investigadores del Instituto para el Futuro de la Humanidad de la Universidad de Oxford[29] (Bostrom & Cirkovik, 2008), estamos condenados a la ruina y a la extinción, por lo que debemos accionar cambios, motivarnos a hacerlos y sostenerlos en el tiempo, y una buena propuesta es el cambio en cada individuo (propuesto por la Psicología Bioética) para desarrollar conciencia, a saber, conciencias personales, familiares, sociales, medioambientales y espirituales, es decir, conciencias con sentido y conciencias con sentidos.
La conciencia se desarrolló en muchos aspectos intrínsecos de la persona desde hace tiempo. Dadas sus características personales, hoy encontramos muchos exponentes que no miden el éxito personal por el dinero, el prestigio o la fama, sino por su genuina realización personal, al vivir una vida llena de sentido y de sentidos espirituales. Por esta razón, postulamos que ya es hora de que el Homo sapiens y los sapiens sapiens pasen al Homo conciens, desde la motivación al cambio ―así se presenten hechos intrínsecos y extrínsecos en cada uno de nosotros―, hasta el logro del cultivo interior de valores para que todos puedan sobrevivir como individuos, como familias, como especie, buscando el beneficio del todo y oponiéndose a la cultura del egoísmo inconsecuente que está depredando lo ambiental, lo social y lo personal. Así, desde que en el individuo exista un cambio personal, el cambio global llegará desde el cambio interior.
Hoy en día estamos ante una sociedad informática, dependiente de los medios electrónicos, una sociedad con medios de transporte ágiles, veloces, que requiere de tecnologías y de la relación hombre-máquina, en donde nuestras problemáticas son otras. El diario vivir se ha acelerado, están presentes fenómenos de grandes estresores como el tráfico, la consecución de recursos para pagar los créditos, la cada vez mayor oferta de las drogas emergentes, la corrupción social y las falsas doctrinas que, como se ha expuesto, dan al mal por bien, al bien por mal, a lo verdadero por falso y a lo falso por verdadero, vendiéndonos peligrosos mitos o falsas realidades que, a nivel global, ya empiezan a cobrar consecuencias en la sostenibilidad del ser como individuo, así como en la sostenibilidad de la especie y de nuestro entorno ambiental. Esto ha sido causado por gravísimos errores en muchas políticas de estado que, por sus desatinos en la educación y formación, están produciendo individuos cada vez menos concientes y, por ello, más difíciles de gobernar, más dañinos para sí mismos y para el entorno, y más movidos por sus pasiones egocéntricas carnales y materiales.
Al vivir en un mundo tan inmediatista, que promueve vivir desde el ello, ese animal interno con impulsos agresivos y sexuales, demandante, que se rige por el principio del placer y no quiere pasar trabajo para alcanzar sus metas, es muy primario y, por ello, poco elevado y con una escasa altura moral y espiritual, estatura que paradójicamente se alcanza siendo pequeño y humilde, puesto que es así como nos hacemos grandes. En consecuencia, esta avalancha ha empezado a perjudicar el circuito de recompensa y la motivación en los seres humanos. Antes teníamos que buscar la información, era difícil conectar con el otro, nos esforzábamos para ganar dinero. La búsqueda de pareja ya obedece al consumismo y a un amor cada vez más efímero (“si esta persona no me sirve, la cambio por otra”) a través de cualquier aplicación mediática en donde las personas buscan pareja.
Al regirnos por el principio del placer, como resultado, el consumo de drogas, la adicción a las pantallas, la búsqueda del dinero y la vida fácil son cada vez mayores. Tenemos todo a nuestra disposición, cada vez más rápidamente. Esto deja al yo sin formas para mediar entre el superyó y el ello, por lo que en muchas ocasiones el yo se ve rendido ante los deseos del ello.
Algunos países menos avanzados han fijado sus pautas estereotipadas que han resultado ser nefastos modelos para llegar a ser burdas copias de los países más avanzados, como sucede con el lenguaje inclusivo, la exclusión de las humanidades en la formación académica, el adoctrinamiento político de la izquierda en los colegios y universidades, la manipulación de la memoria histórica, la labilidad emocional y el intelecto de superficie; solo son legados insanos que llegan a países del tercer mundo y no son otra cosa que una caja de pandora que, si bien ya empezó a mostrar sus nefastas sorpresas en Europa, en estos países son tomados como la gran enseñanza “humanista” cuando son todo lo contrario: muchas veces amplían el intelecto con datos sesgados y falsos, y bombardean la mente con información para sobrevivir en el trabajo, pero han olvidado ampliar la conciencia.
Hay que fomentar conciencia, conciencia plena: los estados deben promover una cultura en psicología que llegue al individuo desde joven, una cultura en psicoeducación genuina que no esté a favor ni a merced de modelos que, en pos de hacer humanos “felices”, solo vayan detrás de sus estímulos carnales, cada vez más sibaritas y hedonistas, modelos que van tras la consecución de logros materiales en esta sociedad marcada por el vertiginoso avance científico de medios electrónicos y de comunicación, que definitivamente absorben a muchas personas desde la niñez; en esta generación estamos advirtiendo los primeros adultos que se formaron en ausencia de genuinos valores interiores y de dominio propio. Muchas de estas personas, incluso adultas ya, no saben lidiar con las ansiedades, con las normas establecidas, ni con su deber y responsabilidad de cumplir con sus obligaciones cívicas, laborales, ambientales y sociales. Este es el resultado de la erradicación de la conciencia, la ética y la moral en muchos jóvenes inocentes quienes solo fueron mal formados.
Todo esto obedece al legado del superhombre y el anticristo de Nietzsche, de las locuras de Sartre, que terminaron dando al bien por mal y al mal por bien, irrigando la cultura de anticultura y de antivalores, esto de hecho sin convertirnos en recalcitrantes personajes modelados en la era victoriana, sino más bien modelados de acuerdo a un mundo que exige la autonomía del individuo, su dignidad y la sustentabilidad de la especie. Muchos de estos exponentes solo saben protestar y echarles sus culpas a terceros, porque no se aceptan a sí mismos, ni a sus familias, ni a la sociedad ni a unos valores tradicionales construidos durante milenios, que procuran y forjan su identidad y su autoconcepto sobre lo que aparentan ser y no sobre lo que en realidad son. Por esta razón confunden carácter fuerte con temperamento colérico, confunden fortaleza con una voluntariedad muy peligrosamente inmediatista que, ante la falta de profundidad en sus pensamientos, no desarrolla una relación coherente con la realidad, ni una capacidad de prever el futuro, ni de anticipar las consecuencias de sus actos, una generación que no sabe poseer y respetar la posesión ajena. En este sentido, al acortar la conciencia acortan la profundidad y el sentido lógico del pensamiento, al no darse cuenta ni saberse a sí mismos como ciudadanos y miembros de una familia, de una sociedad, de un mundo y un universo al que debemos contribuir.
EL HOMO CONCIENS: LA VISIÓN ANTROPOLÓGICA
Vamos a revisar el concepto del Homo conciens y del Homo sapiens en el contexto de una moderna disciplina que se ocupa relativamente de la relación de estos dos conceptos: se trata del mindfulness, que recoge sabidurías ancestrales de manejo espiritual y autotrascendencia. La Psicología Bioética puede ser también entendida como un mindfulness de alto nivel, que puede ser aprovechado por todos para el mejoramiento de la vida de cada quién, de la familia, de la sociedad y de nuestro entorno medioambiental y, lo más importante, para la sana trascendencia hacia lo absoluto, de tiempos presentes continuos hacia espacios infinitos, y energías moduladas sostenidas y sustentadas por esa luz que todo lo sostiene. También se refleja en nuestras conciencias y ejecuta actos de vida, llevando al ser humano a ser realmente un ser conciente y con lógica sobre sus pensamientos, emociones, efectos, impulsos y comportamientos, que nos eleve a todos y cada uno de nosotros a la calidad de Homo conciens.
El mindfulness procura la atención plena y la amplia conexión entre nuestros sentidos físicos y, de hecho, el mejoramiento de nuestra atención y percepción desde estos sentidos. Sin embargo, debemos ir más lejos y lograr la conexión entre nuestra percepción material y nuestra percepción inmaterial. Evolutivamente, y en este orden de ideas, esta conectividad entre conciencia inmaterial y consciencia material no existía en el Homo erectus, dado que no tenía desarrollada su conciencia inmaterial, pues solo poseía consciencia sobre su percepción material sobre el espacio, sensaciones de sosiego/amenaza, placer/dolor, apetito/saciedad, y un afecto como mamífero no superior al de un simio. Su conocimiento escasamente alcanzaba para idear y fabricar rudimentarias herramientas de piedra para romper por impacto y, en muy pocos casos, lograr piedra puntiaguda para cortar y elaborar el concepto de armas arrojadizas. Su consciencia era instintiva y su aparato psíquico era reactivo, puesto que el Homo erectus solo poseía consciencia sobre la relación entre sí mismo y su entorno medioambiental, a través de una rudimentaria mecánica de percepción, estímulo, impulso primario (el primer impuso a actuar) y reacción, con un muy escaso aparato psíquico de autocontrol movido por el control interno, solo evitando el dolor y el temor o por el placer, y no por la convicción y autodeterminación típica en el sapiens, en quien el impulso secundario es el que domina al impulso primario.
En el caso del Homo sapiens, este desarrolla consciencia sobre el “sí mismo”, sobre el acto del “sí mismo”, y algo de conciencia sobre el impulso del acto del “sí mismo” y, como su nombre lo indica, sobre sus pensamientos. Surge su saber o dominancia del impulso primario, mediante un impulso secundario que produce acciones conscientes y no reacciones automáticas e inconscientes. Este impulso secundario, regulado, es inflexivo y reflexivo. De su identidad surge su yo (autoconcepto) como individuo único y diverso, y el acto consciente de dominar el yo por convicción (no por contención), y surge la autodeterminación iniciando su evolución hacia la meticulosidad, la atención al detalle material e inmaterial. Su gran curiosidad lo va llevando hacia los mundos inmateriales, como por ejemplo los conceptos de tiempo pasado, presente y futuro, el dominio de la energía personal (voluntad), las inteligencias conceptuales, los significados de realidad y las grandes cualidades autoplásticas[30] y haloplásticas[31] y, de hecho, el estudio objetivo de sus sueños y el concepto de lo etéreo y de Dios.
Más allá de la adaptación, el grado de plasticidad (halo y auto) es la adecuación adaptativa a la realidad adversa tanto interna como externa que imprime modificaciones epigenéticas y así se mejora la especie; por la selección darwiniana de las especies la procreación se hace entre individuos que se atraen y aparean atraídos por sus bellezas y bondades, y los individuos machos con mayor poder sobre la manada son los que más atraen así como las hembras de mayor belleza son las que más seducen pero, ¿cómo seduciría una hembra a un macho ciego o un macho a una hembra ciega? Solo por la inteligencia. Así, dentro del homo sapiens surgen los factores que caracterizan fundamentalmente la conducta del ser humano más evolucionado, que va desde la exploración dentro de sí mismo y de sus entornos y se va modificando a sí mismo, como con el uso de la ropa, modificando también su propia conducta y sus entornos, logrando herramientas y construyendo moradas; en términos kantianos, este homo sapiens va impulsando su razón y raciocinio hasta llegar incluso a crear modelos de su mente con la inteligencia artificial, crear máquinas para llegar a otros planetas, pero aún así no mitigar el hambre, el frío y el dolor en el mundo, por lo que es homo sapiens y no homo conciens; surgen así, impulsados por las necesidades evolutivas, adaptativas y de adecuación, los primeros ejemplares del homo conciens por la misma época de la aparición del concepto teológico dentro de la conciencia humana. Cuando el ser humano comienza a cuidarse y a adecuarse a sí mismo en su yo, en su self, en su personalidad, empieza a cuidar y adecuar sus entornos, aprovechándolos ya no solo para su propio beneficio sino para el beneficio de otros, y surge entonces ese temperamento altruista y filantrópico característico de los humanos más avanzados.
Esto nace como producto de la amplitud y evolución de la conciencia y de los sentidos de esta, como el sentido de certidumbre; este va evolucionando hacia los otros sentidos, como el de consecuencia y los otros que se proponen en esta obra y son característicos del Homo conciens, con una ventaja: dadas las enormes capacidades de aprendizaje del Homo sapiens y del conciens, dichas capacidades pueden desarrollarse en cualquier persona, desde que se cuente con suficientes capacidades cognitivas tales como inteligencia intrapersonal, interpersonal y transpersonal (Binswanger, 1963) y funciones cognitivas como la atención, la memoria y el control interno, entre otras. Así, logra dominarse a sí mismo, mejorarse, superarse desde la autodeterminación; el ser humano aprende a dominar sus instantes, sus espacios interiores y exteriores y sus energías internas, como el pensamiento; sus fuerzas, como la motivación; y las emociones y sus potencias, como la voluntad.
El Homo sapiens, que paleo-antropológicamente es un humano anatómicamente moderno[32], es sucedido en la escala evolutiva por el sapiens sapiens, una subespecie que incluye a los seres humanos actuales, un individuo muchas veces altisonante que se embebió en su conocimiento pseudofilosófico y en la negación de los principios fundamentales de su esencia y de su existencia. Así, se enredó con sus propios conocimientos y terminó produciendo doctrinas sociales, anti-espirituales y filosóficas que nacieron muertas. Valga anotar, como dice el filósofo Nicolás Gómez Dávila en sus escolios, “la persona que vuelve sus ojos hacia adentro y no encuentra a Dios, solo encuentra fango”; nosotros agregamos, fango y miserias. Sobre esto es fundamental resaltar que, a la luz de la evidencia que tengo en casi 40 años de trabajo exitoso en salud mental para la fecha en que escribo estas letras, he visto que más del 90% de los casos de depresión mayor e ideación e intento suicida que hemos tratado han resultado ser en individuos ateos, y la totalidad de las ocho (8) personas que conozco que se suicidaron eran ateos consumados. De esto se deduce con plena claridad que aún si así fuera y Dios no existiera, la sola creencia en Dios nos da esperanza, y los que llegamos a creer ya tenemos la existencia de una creencia clara y hay un significado que nutre de esperanza conciliadora nuestras vidas, además de que puedo también dar fe de cientos de testimonios de la obra de Dios en enfermos mentales, emocionales y adictos que he tratado.
Las filosofías existencialistas ateístas, a juzgar por el efecto psicológico que producen en el ser humano, solo dejan un pesimismo oscuro que niega la luz interior y convierten la existencia en una tragedia que niega la alegría, el entusiasmo y el amor (cuando estos son absolutamente reales), y solo producen una existencia desesperanzadora y miserable. Debemos entrar en el rescate de nuestras conciencias desde una profunda revisión de nuestra propia y actual psicología, y llegar a ser esos seres que el planeta, la sociedad, la familia y, de hecho, el individuo mismo necesitan. Hay que dejar de lado el rumbo del sapiens sapiens y tomar el rumbo del Homo conciens.
Como todo en la evolución, la conciencia inmaterial emerge para favorecer la supervivencia, y se ha ido perfeccionado minuto a minuto hasta lograr una claridad mucho mayor sobre los significados y valores que nos asignamos a nosotros mismos y a nuestro entorno. El temperamento[33] evoluciona hacia el carácter[34], que también poseen algunos mamíferos, hacia un carácter humanista y existencial y, así, la estrecha relación entre consciencia (awareness) ―saberse e interactuar en el entorno desde la intuición sensitiva y la expresión del impulso primario o instinto― y conciencia (consciousness)― acción de saber y poder ser sobre el instinto, saberse ahí― reemplaza al instinto al lograr subyugarlo. Se desarrollan múltiples inteligencias en estos seres, producto de la fuerza evolutiva, hasta que surgen las conciencias espirituales e inmateriales. Producto del desarrollo de estas inteligencias múltiples (Gardner, 1983) surge la sabiduría para saber vivir, hacer vivir y saber trascender, esto en términos de Ludwig Binswanger (nacido en 1881), anterior a Jean Piaget (nacido en 1896), con sus postulados sobre la psicología de la inteligencia, ―precursor teórico de Gardner (nacido en 1943)― y a Goleman (nacido en 1946), autor de las teorías de inteligencia emocional e inteligencia social.
El reto entonces está en proporcionarle al yo tanto demandas placenteras como displacenteras para que pueda formarse equilibradamente. En un mundo que hoy en día va a toda velocidad, hay que permitir que los niños experimenten la frustración durante la crianza para que el superyó se fortalezca, pero al mismo tiempo hay que ayudarles con estímulos placenteros para que el ello se establezca sanamente.
Para el psicoanálisis el yo es la estructura más compleja de la mente; como se mencionó anteriormente, es el que se encarga de procurar un equilibrio entre el ello y el superyó; se encarga de satisfacer a ambos, ojalá en una justa medida, en la que cada uno pueda establecerse sanamente y dentro de un equilibrio de placer y displacer. Esta estructura es una formación nutrida por el aprendizaje principalmente de los conceptos y juicios, especialmente los morales de los padres, los primeros maestros y figuras de autoridad. De esta manera, el superyó se convierte en la figura de autoridad interna que inyecta la culpa y el temor; por ejemplo en adicciones, el consumo movido por el principio del placer se opone a la autoridad interna que hace surgir una enorme culpa, que genera así el conflicto interior. Cuando los padres tienen una normatividad excesiva forman individuos neuróticos llenos de culpa, de temores y ansiedades de tipo irracional; contrariamente, cuando los padres son demasiado permisivos se producen personas desbordadas en el placer.
En los tiempos actuales, el superyó se está quedando corto en su desarrollo en algunos momentos por falta de transmisión de juicios morales y valores por parte de los padres, pues la inmediatez de la vida y de los estímulos está poniendo al ello por encima. Por esta razón, las personas están formando estructuras de personalidad con baja tolerancia a la frustración, corta capacidad de espera y muchas dificultades para transitar y surfear las emociones displacenteras. Entonces vemos que si bien el superyó no es la conciencia, sí forma parte de la misma, pues la conciencia produce los sentidos característicos del Homo conciens, los cuales hemos postulado en años de investigación, análisis y práctica.
Es allí donde surge el que hemos denominado Homo conciens, “ser con dominio” de sus impulsos, con dirección existencial con sentido y voluntad, con capacidad de amar y dar, de cuidar y respetar, con intencionalidad y potencia en su voluntad y con la capacidad de otorgar sentido a su vida e interrogarse filosóficamente “quiénes somos”, y “de dónde venimos”, “a dónde vamos” y “cómo nos dominamos a nosotros y al entorno”. Desde allí somos seres con conciencias sobre el espacio medioambiental y personal; conciencia sobre nuestros tiempos pasados, presentes y futuros; y conciencia sobre la energía que mueve al mundo tanto en el macrocosmos como en ese microuniverso que reina en la física cuántica y hasta en nuestros propios cerebros (en donde se forma nuestra mente): seres capaces de pensar hasta en las naturalezas y sentidos de nuestras voluntades, virtudes y verdades.
El Homo conciens deberá enfrentar la robótica, la disminución de oportunidades laborales bien remuneradas, las mayores exigencias económicas, la inteligencia artificial, la masificación de la electrónica, los implantes electrónicos en nuestro cuerpo, la sociedad posmodernista, la globalización de los mercados, las brechas socio económicas cada vez más profundas, entre tantas otras realidades que se avecinan y, de hecho, ya vivimos en algunas de ellas. Además de esa ya necesaria relación dependiente del hombre hacia la máquina, el ser humano debe afrontar sus nuevas realidades mediante una mente mucho más amplia y mejor conectada, y lograr así no solo mucho más que atención plena sobre el mundo material, sino también una gran capacidad de anticipación y predictibilidad de sus acciones y de las acciones del entorno y su impacto a corto, mediano y largo plazo; para tal efecto se hace necesario potenciar los sentidos de la conciencia que ofrece la Psicología Bioética, en la que hemos demostrado es la más poderosa herramienta de superación personal, trascendencia, plenitud y paz interior.
Cuando generamos percepción y acción plena sobre el mundo inmaterial se producen los sentidos que postulamos en esta obra. Con ellos se domina perfectamente la consciencia material y entramos en ese mundo inmaterial, conectándonos con estados, situaciones, conceptos, entidades, y las fuerzas invisibles para los ojos físicos, como el intelecto, la razón, el sentido, la convicción, la ética y la moral, entre otros conceptos que no fueron inventados por la fantasías de la mente humana, sino hallados en ese camino largo y tortuoso que, definitivamente, debe empezar a dar frutos de sostenibilidad individual, familiar, social y medioambiental, de acertados equilibrios entre el derecho y el deber, de balance entre esfuerzo y placer, de superación de la caoticidad emocional y mental, esto desde la base misma de aprender a dar significados a nuestras realidades, a aprovechar esas verdades y a lograr medir las consecuencias con cautela, es decir, a saber pensar, a saber creer, a saber sentir, a saber pertenecer y ser pertenecido, a saber poseer y, en fin, a saberse bien a sí mismo y a saber vivir. Estos atributos, entre otros que más adelante describiremos, son característicos de los seres humanos más evolucionados actualmente, los Homo conciens.
Al ser la evolución, en gran medida, un desarrollo acumulativo, el Homo conciens contiene en parte al Homo sapiens sapiens, y al Homo sapiens. Sin embargo, anatómica, mental y evolutivamente hemos abandonado al Homo erectus, ya que el erectus, ―en su anatomía y funcionalidad― evolucionó hacia el sapiens, en un proceso evolutivo y selectivo, desde el logro de la manipulación de la experiencia objetiva hasta la capacidad de generar experiencias subjetivas de percepción, reacción y relación con el mundo inmaterial.
El Homo conciens es capaz de darse cuenta y, en consecuencia, obra sobre aquello de lo que se da cuenta, modula y direcciona sus acciones desde la aplicación del saber ser; obra entonces con dirección, propósito y sentido, construyendo su existencia desde el saber pensar, el saber creer, el saber sentir, el saber amar, para saber y poder ser en el momento presente, postulados muy antiguos desde el propio Aristóteles, y más recientemente Heidegger en su obra El Ser y el Tiempo y Binswanger, Ser en el Mundo (Being in the World). Saber estar y ser en el aquí y en el ahora y lograr conocimiento sobre el conocimiento, y conciencia sobre las consciencias, para poder trascender las propias existencias y realidades materiales e inmateriales.
Sabemos hoy que los cerebros de personas con estas características desarrollan conectividad y progreso en ciertas áreas cerebrales del neocórtex, los lóbulos frontales, y presentan gran desarrollo y actividad en la glándula pineal. Probablemente por ello surgen también individuos acráticos, que no pueden subyugar su consciencia a su conciencia debido a una negación consciente, o porque no han desarrollado su conectividad cerebral hacia el mundo inmaterial, llamado transpersonal por Binswanger, o sentido transpersonal espiritual en Psicología Bioética. La influencia de los aspectos de la conciencia y sus fenómenos (fenomenología) tuvieron un gran desarrollo dentro de la psiquiatría y la psicología del siglo XX (Spielgerberg, 1972), por lo que incluso podríamos elevarla hasta la filo-fenomenología[35], incluyendo aquí a Rollo May, Carl Rogers, Abraham Maslow, Heinz Kohut y Jean Piaget, entre otros.
Debemos entendernos entonces como entidades con capacidad de agenciar (agentes de nosotros mismos) y representar nuestros propios contenidos interiores hacia lo externo modificando nuestro entorno para nuestro propio aprovechamiento integral, el de nuestro prójimo y el de las generaciones venideras: eso es amar al prójimo (proximus). Percibimos, intuimos, nos conectamos con nuestra compleja anatomía emocional, y así surge un estímulo desde nuestros recuerdos, ideas, imaginación, interpretación, planes y, según nuestro criterio, elaboramos una intencionalidad. De esta intencionalidad nos surge un impulso, por el cual se desarrolla nuestra acción, y con el éxito de la intención consumada surge la autorrealización hacia esos tres mundos en los que podemos actuar: nuestro mundo interior, el mundo exterior y el mundo espiritual; por ello se requiere, más que una estatura intelectual, una amplitud de conciencia, y es precisamente lo que brinda la Psicología Bioética: una psicología plena en inteligencia espiritual, en mente plena y en full consciousness, que se traduce en éxito personal, en un éxito sostenible por generaciones, que es lo que tanto requerimos más allá de la conciencia individual, familiar, social, medioambiental y generacional, puesto que el prójimo viene de la raíz proximus, es decir, lo próximo… tanto en tiempo presente, como en lo venidero, ya que el tiempo también es una distancia que une lo que fue con lo que será, entregándonos lo que somos hoy, con la potencia de hacernos lo que seremos…
APORTES FUNDAMENTALES DE LA PSICOLOGÍA A LA PSICOLOGÍA BIOÉTICA
Debemos entender previamente que la psicología, en sus planteamientos de estudio del alma humana, es muy antigua y surgió como una filosofía. Los primeros escritos que hacen alusión al término psicología datan del siglo XV en el texto de Marko Marulic, La psicología del alma humana, escrito en latín, de fondo aristotélico y tomista. Luego en el siglo XVI en Alemania se encuentra el escrito de Rudolf Gockel (o Rudolph Goclenius), El perfeccionamiento del Alma (Psique) Humana. Ambos son textos con grandes contenidos espirituales. De allí se lanzan los escritos de Christian Wolff, que trazan la psicología como una ciencia, con las obras La Psicología Empírica y La Psicología Racional, escritas en 1732 y 1735, respectivamente.
Franz Brentano (nacido en 1838), sacerdote ordenado quien renunció a los hábitos conservando su fe, elaboró unos lineamientos claros de psicopatología; fue profesor del mismo Sigmund Freud (nacido en 1856), el creador del psicoanálisis, y de dos discípulos de este último: Carl Jung (nacido en 1875), quien desarrolló las teorías de los arquetipos y el inconsciente colectivo, y Alfred Adler (nacido en 1870); este último rompió su relación científica con Freud y postuló sus teorías básicas de la psicología individual. Adler fue pionero en el estudio del carácter, creó el término “complejo de inferioridad” y postuló el conflicto entre la situación real del individuo y sus aspiraciones.
Edmund Husserl, también alumno de Brentano, fue el creador de la fenomenología, ciencia que postula el estudio de la conciencia y procura reducir lo subjetivo a conceptos objetivos (reducción fenomenológica), y propone la lógica como la ética del pensamiento. Brentano fue también profesor y padre intelectual de los fundadores de la escuela gestáltica (Psicología de la forma y percepción con teorías sobre el yo), como Kurt Koffka (nacido en 1886). Así, fue Brentano quien puso las primeras piedras para la psicología moderna desde bases muy aristotélicas, en ética de los valores y de interpretación de nuestras realidades en cuanto a percepción, intención y sentido, hasta que surgió la psicología experimental o científica por parte de Wilhelm Wundt (nacido en 1832) quien, ya siendo una persona muy madura, lanzó su laboratorio de Psicología Experimental en Alemania. Así, la psicología fue avanzando por las teorías conductistas hasta William James (nacido en 1842), John B. Watson (nacido en 1878) y Burrhus Frederic Skinner (nacido en 1904). A estos últimos se les denomina también los teóricos mecanicistas, que tratan de tipificar al hombre con una máquina, probablemente influenciados por la revolución industrial.
De allí surgieron las grandes teorías del siglo XX: Gordon Allport (nacido en 1897) con sus teorías de la personalidad, los grandes fundadores de las escuelas humanistas existenciales como Carl Rogers (nacido en 1902), con formación sacerdotal y padre del enfoque centrado en la persona, y Abraham Maslow (nacido en 1908), padre de la teoría de la pirámide de las necesidades humanas y la psicología del ser. Así mismo, con Viktor Frankl surgió la logoterapia o terapia del sentido espiritual. Por esa época encontramos la importancia de la teoría de los constructos mentales de George Kelly (nacido en 1905), a Albert Bandura (nacido en 1925) de la escuela cognitiva conductual, con la teoría del aprendizaje social y su evolución al socio-cognitivismo, y las teorías de la autoeficacia.
En otro continente encontramos las teorías de Lev Vygotsky, quien postuló la importancia del lenguaje dentro de los pensamientos del ser humano. En Norteamérica encontramos a Theodore Millon (nacido en 1928) con su célebre teoría de la personalidad y los desórdenes de personalidad sustentados en la Psicología del yo. También es importante resaltar a Albert Ellis (nacido en 1913), quien trabajó sobre la ansiedad del ser humano y las ansiedades patológicas, en la psicología de la ansiedad. Sobre la misma línea de la ansiedad se encuentra lo postulado por Karen Horney (nacida en 1885), discípula de Sigmund Freud, con su célebre teoría de las neurosis sociales o necesidades neuróticas, y sobre esa línea de psicoanálisis también encontramos a Charles Brenner (nacido en 1913) con la Teoría del Drive, y a la insigne escuela de New York, con Anna Freud, hija de Freud, y Heinz Hartmann entre otros, quienes trabajaron sobre la línea de los mecanismos de defensa del yo, como la represión, la negación y demás, los que más adelante explicaremos como atenuantes irracionales de las ansiedades. Por esa línea del psicoanálisis tomamos elementos de Jacques Lacan, fundador de la escuela francesa de psicoanálisis, con su teoría de los significados y significantes; de Melanie Klein, quien fue una psicoanalista creadora de una teoría del funcionamiento psíquico, y quien además hizo significativas contribuciones sobre el desarrollo infantil desde la teoría psicoanalítica y adicionalmente fundó la escuela inglesa de psicoanálisis.
Encontramos también a Aaron Beck (nacido en 1921) con su teoría cognitivo-conductual, y se resalta y adoptan en algo los trabajos ya posteriores a 1990 de Robert Cloninger con su teoría causal o evolutiva de la personalidad, y de Deci y Ryan, con su teoría de la autodeterminación. Como la filosofía, la psicología requiere que desarrollemos un pensamiento profundo y trascendente. Al ir perdiendo el posmodernismo ese pensamiento profundo cada vez más, las corrientes de la psicología y de la filosofía se tornan más superficiales y banales. En efecto, cuando se apoyan en la psicología experimental, dichas corrientes reducen al ser humano a la máquina o al conocimiento científico, sin observar las manifestaciones y los fenómenos de la conciencia en cuanto a sentido y a sentidos, lo que se representa como una acción sensible dentro de nosotros y se proyecta hacia el orden, la armonía, el equilibrio, el valor personal, entre otros aspectos que pretendemos desarrollar para el lector con esta obra, a saber, el reduccionismo metafísico.
Sobre estas líneas de pensamiento esbozamos un conocimiento teórico, académico y muy práctico, para que la psicología no sea una ciencia misteriosa, ajena a las masas e incluyente solo del grupo de terapeutas, sino una ciencia al alcance de todos para mejorar nuestra calidad de vida, nuestra atención mental plena y el desarrollo de conciencia con sentido en cuanto a propósito, significado, dirección y percepción, logrando sensibilidad y control sobre lo inmaterial. Se procura así una gran capacidad de maniobra bajo presión, la resignificación de nuestro pasado y la predictibilidad de nuestras acciones, para lograr un pleno desarrollo interior que, a su vez, sea sostenible a través del tiempo y no de un modo narciso y egocéntrico sino, como lo hemos expuesto, dándonos vida y dando vida a nuestros entornos vivos, puesto que genera conciencias plenas (biológica, familiar, social, laboral, financiera, sexual, medioambiental y espiritual).
La Psicología Bioética toma ejes principales de las más evolucionadas teorías, dando crédito a sus autores para ensamblar y postular nuevos elementos y proponer así una verdadera psicología de autoayuda. La Psicología Bioética busca fomentar los niveles de conciencia, de poder personal y de plenitud interior, al evitar el reduccionismo materialista y aumentar la reducción metafísica, pues procura materializar las representaciones de los fenómenos de nuestra conciencia, no solo en palabras e imágenes mentales de nuestros pensamientos, sino en nuestros actos y fenómenos internos, como el pensamiento, el estímulo sensible de nuestra percepción material e inmaterial, y la reactividad emocional interna. Así mismo, procura materializar también el significado que asignamos a nuestras situaciones, personas, tiempos y espacios y, por lo que yo mismo he visto en miles de pacientes y en mí mismo, la importancia de un despertar espiritual, el cual inicia desde el mismo momento en que Dios deja de ser una idea… un pensamiento, y surge entonces el deseo, el sentimiento de necesitar de él, y ahí se abren la comunicación y la oración las cuales, valga agregar, jamás retornan vacías.
De esta manera, la Psicología Bioética propone la mente como un ente inmaterial que se soporta o se asienta sobre la neurobiología moderna (evolución epigenética cerebral) y radica en la conectividad evolutiva en la mente (el Conectoma de Sebastián Seung, 2012), cada vez más compleja; por medio de las inteligencias, el aprendizaje, la emulación y la autodeterminación, se van formando cuatrillones de conexiones cada una con un fin específico. Además de los refuerzos por placer y temor, podríamos postular que la Psicología Bioética trabaja conductualmente sobre la teoría del quíntuple refuerzo: los dos refuerzos básicos (impulso hacia el placer, y evitación o supresión de las amenazas y el peligro), además por autodeterminación o convicción, sobre la que se construye el yo y toma de las escuelas fenomenológicas la existencia de la conciencia, dándole a ella su valor como regente en la ética del pensamiento, la ética de las emociones, la ética de los valores y la ética de la vida. De esta manera es posible manejar la mente desde la conciencia, conectando, desconectando o reconectando a esta mente que se estriba en el cerebro por un constante proceso de plasticidad cerebral, autoplasticidad y haloplasticidad. Esto se logra y es necesario lograrlo, puesto que por falta de conciencia se producen todos los males que el ser humano se hace a sí mismo y a sus entornos sociales y medioambientales. Así también existen los refuerzos por imitación y emulación, proporcionados de manera semiautomática por las neuronas espejo, sin olvidar jamás las extrapolaciones de las cargas de contenidos inconscientes (catexias y contracatexias).
Como dice Jung[36], “hasta que lo inconsciente no se haga consciente, tu inconsciente seguirá dirigiendo tu vida y tú le llamarás destino” (Calvo, 2017); esto quiere decir que es necesario conocer el mayor porcentaje de nuestra mente, debido a que muchos de nuestros comportamientos, relaciones y reacciones están movilizados por el inconsciente. Al ser así, no somos dueños de ellos. Al permitir que aquellos contenidos inconscientes pasen a la consciencia los haremos nuestros, y entonces entrarán la voluntad y la decisión de qué hacer con ellos.
En el capítulo respectivo analizaremos la línea de abastecimiento intelectual, que nutre a la Psicología Bioética desde de la filosofía.
APORTES DE LA PSIQUIATRÍA A LA PSICOLOGÍA BIOÉTICA
Por la otra punta, la psicología médica o psiquiatría se va organizando con Pinel (nacido en 1745), humanizándose y focalizándose en el tratamiento de las enfermedades mentales. Valga anotar que por aquel entonces los procedimientos para tratar estas enfermedades estaban basados en el encierro, la tortura y el castigo, pues los afectados eran vistos como personas poseídas o no merecedoras de caridad y misericordia. En su Tratado de la locura, Pinel clasificó las enfermedades mentales en cuatro (4) tipos: manía, melancolía, idiocia y demencia, y explicó su origen por la herencia y las influencias ambientales. También tenemos a Jacques-Joseph Moreau de Tours, autor de la primera descripción de una psicosis aguda inducida por una droga (Hachís). Por su parte, Georg Ernst Stahl (1659 – 1734) dividió las enfermedades psiquiátricas en dos grandes grupos: simpáticas (en las que existía daño en algún órgano) y patéticas (en las que no se encontraba una lesión orgánica subyacente). William Cullen (1710 – 1790) elaboró otra clasificación de las enfermedades mentales y fue el primero en utilizar el término “neurosis” como enfermedad, aunque para la teoría psicoanalítica la neurosis es una afección producida por la represión de los impulsos sexuales hacia el objeto de amor materno y los deseos de parricidio del padre que se presentan pasando a través del complejo de Edipo. La teoría psicoanalítica plantea tres grandes grupos en donde entran todas las estructuras de la personalidad: la neurosis, los trastornos de personalidad y la psicosis.
En este período hay que destacar a Johann Christian Reil (1759–1813), creador de la psicoterapia racional y del término “psiquiatría”, y fundador de la primera revista de psiquiatría. También tenemos a Benjamín Rush (nacido en 1746), estadounidense, quien postuló acertadamente las enfermedades mentales como una disfunción anatómica funcional del cerebro. Poco a poco se va abriendo paso un concepto más médico (en cuanto orgánico) de la locura, hasta llegar a Emil Kraepelin (nacido en 1856) quien determinó los criterios diagnósticos con gran precisión.
Es importante hacer una distinción en estos términos, pues antes se pensaba que las enfermedades mentales eran una disfunción anatómica o estructural del cerebro. Más adelante entendieron que el término “mental” viene de mente, es decir, de una estructura intangible, la cual solo es observable a través del lenguaje y del comportamiento de la persona que padece la enfermedad mental, a diferencia de la enfermedad “cerebral”, la cual es tangible y observable en la anatomía del cerebro. Aún así, hoy sabemos muy bien que todas las enfermedades y los malestares significativos de la mente obedecen a desbalances en la bioquímica cerebral y por ello responden muy bien a medicamentos y cuidado, a la psicoterapia y al esfuerzo personal guiado.
De fondo vemos a la psicología como el estudio de la conducta del ser humano. Se diferencia de la psiquiatría, puesto que esta última se ocupa principalmente del estudio de las enfermedades mentales y su tratamiento. De allí su nombre psique que significa alma, y iatreia, curación; de esta manera, dos vertientes diferentes del pensamiento se unen en el estudio de la mente humana. La Psicología Bioética nace desde la ética aristotélica de las virtudes y evoluciona hacia la metafísica de Santo Tomás, hasta perfeccionarse hacia la intencionalidad ontológica del ser de Brentano, y a partir de ahí a la fenomenología de Husserl o ética del pensamiento y estudio de los fenómenos de la conciencia, sin olvidar a Freud (maestro de Jung), con sus valiosas teorías sobre el yo y los contenidos inconscientes. Jung generó aportes relevantes a los arquetipos o signos de las conciencias inconscientes, pero no olvidó el diagnóstico ni el autodiagnóstico, ya que muchos desórdenes mentales pasan desapercibidos. Si nos ceñimos a un manual de diagnóstico actual, bien sean los DSM, CIE o psicodinámicos, todos tenemos algo para trabajar en ello. Podemos afirmar que más del 50% no requiere atención profesional. Nosotros mismos, con algo de conocimiento y esfuerzo, podemos superar los desórdenes mentales desde que no necesitemos medicamentos pues estos, cuando se requieren, son imprescindibles.
EL ENFOQUE DEL YO DESDE EL PSICOANÁLISIS. EL DRIVE: ENERGÍA, POTENCIA Y FUERZA
Hace más de 100 años Freud postuló su teoría de las instancias intrapsíquicas o la psicología del yo. Es muy importante entender esto, pues es la clave para una superación personal y para lograr dominar esas fuerzas invisibles que nos llevan a obrar mal, a auto-sabotearnos, a paralizarnos, a procrastinar las cosas, entre tantas otras que se desvían de nuestras metas y luego hacen que nos sintamos mal.
Freud postuló tres (3) instancias intrapsíquicas del yo: hay que ver el yo como una agencia interna de la representación de nuestro autoconcepto que lidia con fuerzas que, generalmente, se oponen entre sí. El ello es movido por el principio del placer. Y el superyó, accionado por la censura interna o autocensura, procura aliviar las cargas tensionales que tenemos dentro. Estas cargas tensionales surgen de contenidos inconscientes, es decir, que no nos damos cuenta de ellos, y conscientes, de los cuales sí nos damos cuenta.
Estas acciones muy internas que tenemos en la mente generan toda una serie de mecanismos de defensa que van dirigidos a aliviar las ansiedades y angustias inherentes al ser humano, y están movidas por un elemento dinámico que es el drive. Charles Brenner, un sucesor de Freud, investigó bastante este aspecto del drive, para concluir que es la energía intrapsíquica que antecede al impulso. Cuando es indomable, este drive es el encargado de generar muchos, sino todos, los malestares emocionales en el ser humano. Cuando logramos amansar y controlar ese drive, nuestra energía intrapsíquica va a ser regulada. Este drive puede surgir desde lo inconsciente, lo que entendemos como catexias (cuando provienen del ello), que son impulsos irrefrenables o acting outs, en donde la conciencia pasa a segundo plano, impulsos usualmente movidos por la ira compulsiva o la búsqueda de placer como es el caso de la búsqueda de placer compulsivo, siendo las adicciones claro ejemplo de dicha búsqueda. Ya en el caso de las contracatexias (el impulso proviene del superyó) surge este impulso irrefrenable movido por el temor o la culpa, impulso que tiende a ser paralizante, o también en el caso del estrés postraumático se recrea la memoria emocional de lo sucedido, como pasa con los trastornos de la ansiedad y los ataques de pánico. Esto fue muy bien descrito por los padres del psicoanálisis y, de manera muy paradójica y contradictoria el señor L. Ronald Hubbard, fundador de la Dianética y la Cienciología, toma algunas de sus teorías, las hace suyas a manera de plagio y critica a la psiquiatría, omitiendo además citar las fuentes.
Para ello es de suma importancia resolver las principales defensas como la represión[37] (que consiste en constreñir las emociones sin desahogarlas o drenarlas), hablando de ellas, desarrollando alguna acción de liberación. También se encuentra la negación, (rechazar lo que nos está sucediendo o lo que tenemos por dentro), y la desrrealización, (crear una realidad paralela o sentir que flotamos dentro de nosotros mismos para protegernos del dolor que crea nuestra mente), entre otras. Si identificamos y aceptamos nuestra propia verdad, surgirá la verdad en cuanto aceptar lo que es, tal y como es. Esto debe ser visto como un conjunto integrado de facetas intrapsíquicas del yo que no siempre están en armonía entre sí, como el yo que quisiéramos ser en este momento, el yo que quisiéramos ser en el futuro, y el yo que proyectamos hacia los demás. Incluso, algunas personas llegan a desarrollar yoes paralelos, conocidos como alter ego.
Desde la teoría psicoanalítica, la personalidad humana es producto de la lucha entre nuestros impulsos destructivos y la búsqueda de placer. Se definen tres (3) grandes grupos en donde se mueven las diferentes personalidades: 1. la neurosis, 2. los trastornos de la personalidad, y 3. la psicosis. En la neurosis se mueven las estructuras que pasaron suficientemente bien a través del complejo de Edipo y en donde se instauró la represión como mecanismo de defensa principal. Dentro de este grupo se encuentran las estructuras de personalidad: histeria, obsesión y fobia. En los trastornos de la personalidad no hay una estructura de personalidad definida, sino que más bien la persona adopta varios rasgos de personalidad de distintas estructuras. En la psicosis se mueven las estructuras en donde el rechazo y la negación se instauran como mecanismos de defensa principales; el inconsciente no se reprime, entonces la persona se psicotiza. Las estructuras de personalidad que se encuentran aquí son: la esquizofrenia, el trastorno afectivo bipolar y la melancolía. Como en el trascurso de este primer capítulo surgen tantos aspectos que requieren mayor profundidad, iremos revisándolos a lo largo de esta obra.
EL SELF
Otro concepto de absoluta importancia en la Psicología Bioética es el del self, es decir, dentro de la psicología del sí mismo. Este fue introducido por Heinz Kohut, psicoanalista austriaco, para hacer alusión a todos los mecanismos integradores de los diferentes componentes del yo, tales como el ello o la fuerza movida por el principio del placer; el superyó, que acciona el principio de censura interna, por las creencias morales y éticas instauradas por nuestros cuidadores principales en la infancia; el yo proyectivo o social, movido por la fuerza del impulso a la afiliación y al reconocimiento social; el yo ideal, movido por la fuerza del constructo mental de lo que quisiéramos ser; y las fuerzas dinámicas que pulsan entre lo que creemos ser y lo que verdaderamente somos, y que tomaremos en el trascurso de esta obra. El self, con sus autos (autonomía, autocontrol y autoestima entre otros), integra y concilia estas fuerzas que surten al yo, para que ejerza su función de equilibrio dinámico entre dichas fuerzas a fin de atenuar la ansiedad.
Fue el psiquiatra estadounidense Harry Stack Sullivan quien inició con el concepto del self con su teoría de la psiquiatría interpersonal. En la actualidad se entiende que este componente dinámico involucra todos los autos (entendidos como esquemas de afrontamiento en esta obra), tales como la autoestima, el autocontrol, la autonomía, el autoconcepto, el automonitoreo, la autorregulación, la autoeficacia, la autogestión, la auto actualización etc.) y forma una parte integradora del yo, puesto que el self es el que compone el carácter, junto con los sistemas de valores y el sistema de virtudes personales. Así, vemos que estos elementos se forman durante la vida y son sensibles a constantes modificaciones, ya que el sistema del carácter está por encima del temperamento, que es la base biológica de la personalidad. De este modo, al ser la base para la formación de la personalidad, el carácter alimenta la personalidad para que ella interactúe con su entorno pues, como veremos más adelante, la personalidad es la representación del sí mismo, del sistema del yo y, de hecho, del carácter y del temperamento.
BINSWANGER: LA PSICOLOGÍA TRANSPERSONAL
A continuación, veremos la importancia de la psicología transpersonal o psicoanálisis existencial, cuyo término fue propuesto por uno de los grandes de la psicología, el suizo Ludwig Binswanger, quien en su obra Being in the World (1963), traducida como El ser en el mundo, plantea tres (3) pulsiones básicas del ser humano: la transpersonal, la intrapersonal, y la interpersonal. La pulsión transpersonal es toda la relación del ser humano con el mundo espiritual; la pulsión e impulso hacia lo intrapersonal consiste en todas las relaciones consigo mismo; y, la pulsión e impulso hacia lo interpersonal son la relaciones del ser humano con sus entornos tanto sociales como medioambientales. Esto es fundamental, ya que este es el pionero en las inteligencias intrapersonales (emocional, conceptual, financiera, etc.). Lo transpersonal es bastante anterior a lo que Howard Gardner definiera como Inteligencia Espiritual, y ya lo interpersonal es de mucho antes que Daniel Goleman definiera la inteligencia social.
Estas tres pulsiones (energía que alimenta el impulso) e impulsos (fuerza) del ser humano son esenciales para entender y definir la Psicología Bioética. Es crucial entender que si bien la pulsión es inconsciente, podemos hacerla consciente; esto ya lo entendía Jung, hablando de lo importante de hacer consciente lo inconsciente y esto es la pulsión, que es esa energía intrapsíquica que antecede al impulso, pues el impulso es ya la fuerza y la suma de la energía (pulsión) más la fuerza (impulso) es la potencia, que no es otra cosa que la voluntad, y para ello se necesita de la conciencia para ser regulada, y es lo que nos diferencia de los animales y humanos inferiores: el drive motivacional humano buscado por la Psicología Bioética. Es decir, el objetivo es el desarrollo sostenible dentro del tiempo presente y generacional de la especie y, sobre esos tres impulsos (interpersonal, intrapersonal y transpersonal), la Psicología Bioética nos lleva a comprender la importancia de vernos como seres humanos de una manera holística, de una manera integrada, no únicamente como mente, cuerpo y alma, sino a través de las ocho (8) áreas de desarrollo propuestas por la Psicología Bioética, las cuales abordan al ser dentro de un enfoque sistémico, dado que son diferentes sistemas que forman parte de un todo. Aunque todos tenemos dichas áreas, ellas son muy diferentes en cada quién, y esto de subirlas o bajarlas siempre funciona dentro de la mecánica de percepción objetiva, intuición lógica, atención e intención ordenadas y focalizadas, y la realización consumada del objeto, siempre en pro de buscar un beneficio presente y futuro de todos con un concepto social, ecológico y universal y sin caer en un comunismo retrógrado, anacrónico e imposible.
Esas áreas son de afluencia ―como ya se ha señalado, pueden fluir, bajar, subir― y pueden estar en peligro, en emergencia, en normalidad, en afluencia de bienestar, en una relación de potencia o de suprema potencia. Las ocho (8) áreas de desarrollo son: 1. el área biológica; 2. el área cognitiva o mental, donde están el pensamiento, el intelecto y el sistema de creencias; 3. el área emocional, planteada por nuestra anatomía o cuerpo emocional, la cual está estrechamente ligada a la mental; 4. el área socioafectiva; 5. el área ocupacional, donde encontramos el área laboral, el entretenimiento, el área académica; 6. el área sexual; 7. el área económica o financiera; y 8. el área espiritual, donde tenemos el espíritu, el alma y la conciencia.
DIAGRAMA ÁREAS DE DESARROLLO
Desde el área espiritual se tiene influencia directa sobre el área emocional puesto que, a mayor espiritualidad hay mayor fortaleza de carácter, y ya con control sobre el área emocional se logra control sobre todas las demás áreas; por ende, la Psicología Bioética nos ayuda a lograr maniobrar emocional y conductualmente cuando estamos bajo presión y logra ajustar las áreas, abordando con precisión lo que marcha mal en nuestras vidas, focalizando las energías al alinear nuestras unidades de atención, intención y acción hacia un solo punto y a tener una enorme capacidad de maniobra bajo presión. Así, se van llevando todas las áreas hacia la situación ideal, la normalidad, sin ser individuos dañinos, tóxicos o nocivos para nosotros mismos ni para el entorno. Estas zonas de normalidad y de afluencia son zonas de confort, hacia las que no debemos cuantificar, sino más bien cualificar, es decir, no cuántas tenemos, sino más bien si están bien o mal, pues logramos la plenitud interior no por la cantidad, sino por la calidad y la gratitud. Para esto, debemos entender la diferencia entre lo situacional (que puede cambiar) y accionar los cambios adaptándonos a ellos, y lo condicional (que no puede cambiar), y resignarnos a aceptarlo cómodamente. La plenitud nos la da la autorrealización legítima y nos blinda contra las enfermedades mentales, los desórdenes emocionales y los trastornos psicológicos, siempre desde la base de resolución del conflicto interior.
Un aspecto central, que nos blinda contra las enfermedades, desórdenes y trastornos psicológicos, mentales y emocionales, es la sana separación de la madre en nuestra primera infancia y la relación de apego sana que mantenemos con ella o, en su ausencia, con el cuidador principal. Al no romper la simbiosis que existe con el narcisismo primario en el primer año de vida, esa simbiosis que no se rompió en el inicio de la vida se materializará en una psicosis y/o una neurosis en la adultez, y los diferentes tipos de apego (Bowlby, 1977) que tenemos con nuestra madre o cuidador marcarán, en gran medida, los trastornos emocionales o de personalidad que se desarrollarán a partir de la adolescencia. Esto llevará a desórdenes en la personalidad, adicciones, una escasa autorrealización, y a dependencias simbióticas de los padres que perdurarán hasta bien entrada la adultez.
Es sustancial llevar a los hijos a la separación de los padres de manera suave, gradual, dejándolos que asuman momentos de soledad, que sean buenos amigos de sí mismos, que se encuentren con sus temores y sus ansiedades y los venzan. El juego manual, la lectura de cuentos, el poco y medido juego electrónico va a ir estimulando su sana inteligencia y va a ir fomentando una sana futura autorrealización que los blindará contra todo lo descrito con anterioridad y es muy importante, al ir comentando los cuentos y las fábulas (que tienen sus contenido morales), no ir fomentado la homofobia, la discriminación social, la lucha de clases y todas esas cosas monstruosas para los conceptos bien avanzados de la Psicología Bioética. Igualmente, es crucial ir nutriendo sus superyós para que sean bien sanos , bien ajustados, que no sean tan excesivos como para producir individuos neuróticos, ni demasiado laxos como para producir individuos perezosos y mediocres.
EL DIAGNÓSTICO CLÍNICO MULTIAXIAL
Hemos logrado entender que todas las propuestas han evolucionado y, al hablar de una teoría unificadora, debemos referirnos a lo que ofrece el Diagnóstico Clínico Multiaxial de los Cinco Ejes (American Psychiatric Association [APA], 1994). A través de los Cinco Ejes Diagnósticos, se puede dilucidar con plena claridad lo que hay dentro del ser humano: en el Eje I se encuentra lo más grave, lo que necesita de más atención y es más discapacitante; el Eje II es básicamente personalidad y compromiso en el coeficiente intelectual; en el Eje III están las repercusiones que pueden tener origen en el factor biológico de una persona, en su sistema endocrino, en su sistema límbico, incluso cómo las enfermedades terminales impactan sobre una depresión; en el Eje IV encontramos la red de apoyo de una persona, cuál es esta red de apoyo, cuál es su situación de familia, si hubo situaciones de abandono, adopciones, cómo es su red de apoyo a nivel trabajo, entre otros; y, en el Eje V encontramos la escala del funcionamiento global del individuo, donde están las habilidades sociales y el autocuidado (Millon, 2004, p.6).
Desde un buen diagnóstico se puede elegir un plan de tratamiento adecuado, y es donde la Psicología Bioética nos ofrece herramientas supremamente amplias y útiles. Para la Psicología Bioética, mucho más allá de los hallazgos tanto de Gardner[38] como de Goleman[39] en las teorías de las Inteligencias Múltiples y de la Inteligencia Emocional, llegamos al establecimiento de cinco (5) inteligencias básicas que son: la inteligencia analítica, la inteligencia emocional, la inteligencia social, la inteligencia afectiva y la inteligencia espiritual. De tal manera, en la Psicología Bioética estas son consideradas como el Eje VI en diagnóstico. Finalmente, en el Eje VII encontramos uno de los aspectos más importantes de nuestra propuesta: los fenómenos o sentidos de la conciencia. Es así como en la Psicología Bioética encontramos siete (7) ejes de diagnóstico. Este tipo de diagnóstico es sumamente útil en el tratamiento, pues si se trabaja en ese orden, las probabilidades de un buen pronóstico son mucho más amplias. Además, se maneja desde lo más discapacitante a lo que es menor y secundario, hasta obtener un buen funcionamiento global, para desde allí crecer como ser humano y como ente espiritual. Por regla general, con muy pocas excepciones, al remitir síntomas del Eje I quedan los aspectos del Eje II y los del Eje III. Desde un inicio es necesario afirmar o descartar el compromiso biológico. Así, se trabaja en la familia; luego la persona, ya mucho más sana, empieza a contar con las habilidades sociales, de autocuidado y de funcionamiento para ser útil a sí misma. En ese momento se trabaja con los Ejes V y VI.
APORTES DE LA ESPIRITUALIDAD, PSICOESPIRITUALIDAD Y LA FENOMENOLOGÍA
Debemos llegar al completo convencimiento de que hay un mundo espiritual, así como existen el magnetismo, la electricidad o la temperatura, o la misma luz, que los ojos no ven. A manera de ejemplo, a simple vista está la luz: aunque nosotros no la vemos, sí vemos el reflejo de ella captado a través de nuestros ojos y del estímulo bioquímico que se genera en el cerebro para poder distinguir los colores. Tenemos también el magnetismo, el cual no podemos ver substancialmente, pero cuyo efecto sí podemos percibir. Lo mismo sucede con la energía eléctrica.
El entendimiento de las fuerzas espirituales nos conduce por el camino de la psicología espiritual y hacia la máxima de Jesucristo que es “no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti mismo” que, en el Compendio de Ética de Peter Singer[40] (2004), está definida por Darwin como la Regla de Oro (como se cita en Midgley, 2004, p. 38). Esa Regla de Oro es el eje fundador y sustantivo de la Psicología Bioética: ˊamarnos a nosotros mismos y amar a nuestro prójimoˋ, es decir, el amor no como una causa pasiva ni como un afecto, sino como una fuerza que pulsa hacia el bienestar y repulsa hacia la destrucción. En otras palabras, propender al bienestar hacia nosotros mismos y hacia nuestro prójimo para poder sobrevivir en afluencia en este mundo, en el que cada vez es más difícil sobrevivir, hacernos el bien y hacer el bien. Por ello necesitamos cada vez más de herramientas para lograr sobrevivir y alcanzar nuestra plenitud interior.
Es importante diferenciar la espiritualidad de la religiosidad, aun cuando la religiosidad puede producir conciencia y espiritualidad, puesto que la espiritualidad es como un tren que marcha sobre unos rieles. Se necesitan la una a la otra; aun así, puede existir locomotora o espiritualidad sin los rieles, y también pueden existir los rieles sin locomotora, pero resultan ser artificios sin función alguna y solo adornos un poco ˈmostrencosˈ. Por esta razón debemos contar con algún poder o fuerza superior a nosotros mismos y con esa veneración, adoración, así sea a la ética o a la moral, o bien a un grupo social con un propósito y un horizonte definidos. Si llegamos a poder creer en Dios, se podrá encender en nosotros la luz de la conciencia; así, conducimos la espiritualidad por un camino trazado que la produce.
Las religiones han sido creadas desde la enseñanza trascendente. Esto, en todos los casos, señala que algún ser humano llenó de luz su conciencia para promover la sana convivencia y los principios prácticos de sabiduría para el diario vivir de su pueblo, de su raza o bien de su generación y posteriores. Así la palabra religión, desde sus probables raíces etimológicas, proviene de religere (‘tener en cuenta’), religare (‘religar’, ‘ligada fuertemente′) y relegere (‘leer atentamente’, ‘repasar escrupulosamente’). Por otra parte, espiritualidad, en su etimología, proviene del adjetivo “espiritual” y del sufijo abstracto “idad” que indica cualidad de índole, característica, naturaleza, o propiedad de lo espiritual, perteneciente al espíritu, el cual viene del latín spiritus, ‘soplo’, ‘aire’, ‘espíritu’, derivado de spirare, ‘soplarˈ, ˈrespirar’, de la familia etimológica de ‘espirar‘. En este orden de ideas, la raíz spir fue traducida por los latinos del griego pneuma, y los griegos la tomaron para traducirla del hebreo antiguo Rhua, que significa aire o aliento, y se la ha dado el sentido contextual de ‘el soplo de Dios’.
Vemos entonces que religión significaría estar ligado o religado a la espiritualidad o a la palabra de algún iluminado, al “aire”, o más bien al ente y agente inmaterial. Todos estamos ligados a un mundo espiritual con el que nos conectamos desde nuestra conciencia. De tal manera, podemos decir que la religión sin espiritualidad es solo una máscara que no está ligada a nada inmaterial, sino al mundo material del prestigio, los lujos o la proyección de una identidad hacia los demás que no es legítima ni genuina.
Por su parte, la espiritualidad sin religión es como aventurarnos en un trayecto sin camino trazado, es la temeridad y la osadía de algunos que quieren hacer camino al andar. Esto es posible, pero para lograrlo se requiere de mucha luz interior; sin embargo, lo que se observa es más bien la arrogancia y la soberbia de algunos que no quieren hacerse menores ante ninguna causa, ni a la ética, ni a la moral, ni a los valores universales, ni a unos preceptos de conducta con un sentido espiritual, trazados y observados por mayorías en el mundo entero. Generalmente son personas para quienes el conocimiento material es “su religión”, pero este conocimiento no es trascendente.
El sentido común indica que todas las religiones que aportan a la paz, a la gratitud, a la plenitud y a los valores interiores, como la humildad, la honradez y la honestidad, resultan ser válidas. La religión, que es el camino humano, puede conducir hacia una auténtica espiritualidad, la cual es el sendero divino, y desde el sendero espiritual llegamos a la conciencia. Por esta razón, es esencial estudiar la psicología que se esconde tras las principales religiones y mitologías y cómo estas, de una u otra manera, intervienen en alguna patología psicológica como el miedo, el sufrimiento, la desorganización, la caoticidad material y emocional, la crueldad, el apego al placer carnal, y el cambio o transformación de los antivalores en valores. Por lo tanto, las religiones fueron las primeras disciplinas encargadas de brindar una solución a la problemática psicológica del ser humano, y por ende las revisaremos en el capítulo respectivo.
Vemos que, histórica y evolutivamente, la conciencia se ha alimentado por el temor. En términos de Burrhus F. Skinner, el temor es un refuerzo negativo por el que la persona se coacciona a sí misma para mantener un correcto proceder, y se tiene así una higiene moral movida por el temor. Hay que diferenciar este temor del miedo, en cuanto este último es una emoción primaria. El temor ha sido históricamente como el cauce de un río que retiene o delinea el agua, por cuenta de las diferentes religiones, las cuales se han encargado de nutrir la moral más que el intelecto. Un ejemplo específico y claro de ello es cuando una sociedad tiene miedo en medio de una pandemia, y cómo desde ese temor sano dicha sociedad empieza a coaccionar su conciencia y a modificar sus conductas, incluso aquellas que nada tienen que ver con la fuente del temor. Tal es el caso en la actualidad, cuando la humanidad entera comenzó a hacer cambios en sus costumbres y en sus hábitos con la pandemia del COVID-19, causada por una nueva cepa de coronavirus en el año 2020.
Lo más importante en Psicología Bioética es no obrar por un refuerzo negativo en los límites que nosotros mismos nos imponemos. De hecho, esta restricción no genera placer; lo correcto y coherente es obrar por convicción. Esta convicción puede ser vista dentro del marco teórico de la autodeterminación de Deci y Ryan, esto es, obrar por una motivación intrínseca o interior acompañada en ocasiones de una motivación extrínseca para producir, por complianza, una conducta llena de sentido desde una conciencia plena. En otras palabras, manejar la mente, no permitir que la mente se mande sola, haciéndolo como un acto consciente, que inicia por el gobierno de la percepción material e inmaterial, y continúa con el gobierno de los pensamientos y significados que asignamos a nuestras realidades, que está por encima y subyuga la mente.
Para ello es absolutamente necesario lograr una percepción de lo inmaterial e ir más allá de una percepción de la consciencia en el sentido material, con sentidos materiales como el gusto, el olfato, el tacto, la vista y el oído. Además, se requiere gobernar la reacción del impulso primario con el impulso secundario que surge de la conciencia y, desde este último, desarrollar una conducta ética hasta lograr la realización de nuestra acción de planear o postular con gran desarrollo, de la capacidad de predictibilidad de nuestras acciones y de la capacidad de aprender de la experiencia. A partir de esto, el objetivo es alcanzar la capacidad de maniobrar bajo presión externa y dominar el impulso primario, como un acto de conocimiento. Para tal fin debemos alinear nuestras unidades de atención, intención y acción, de las que la voluntad está compuesta.
La voluntad es una fuerza que produce potencia en el acto y lleva al ser en cuanto ente, al ser en cuanto a acto; de hecho, se requiere de una energía que sustente todo lo que es el pensamiento. Por tanto, la base de todo es saber pensar; en términos de Husserl es la ética en el pensamiento, que no es otra cosa que pensar con deducción, discernimiento y lógica. Así, en las personas espirituales, su pensamiento (o la energía de su pensamiento), se nutre de Dios o de un poder superior a sí mismos. La fenomenología estudia estos fenómenos de la conciencia, que son observables y se pueden plasmar en manifestaciones fenoménicas de la conciencia como son los sentidos que describimos en esta obra.
LOS SENTIDOS DE LA CONCIENCIA
En Psicología Bioética la conducta contiene todos los aspectos interiores del ser y es, de manera más amplia, todo lo que un ente hace. En el caso del ser humano, la conducta se refiere a todas las acciones que, en términos literarios, son los verbos interiores como pensar, desear, creer, sentir, amar, que nuestros drives internos van produciendo, manejándolos con conciencia, con sentido y con sentidos, y con significado racional a nuestros tiempos pasados, presentes y futuros, eso sí, con mucha conciencia de nuestra situación espacial y haciendo consciente lo inconsciente en nuestros pensamientos, emociones, afectos y demás, como también con mucha conciencia de las acciones o verbos exteriores, que solo son elongaciones de nuestros estados y acciones internos. Básicamente, estas acciones exteriores se entienden en psicología como los comportamientos. Es precisamente hacia allá a donde llevamos verdaderamente el término de la ética: al correcto proceder en nuestros comportamientos y también en nuestra conducta. Recordemos que conducta es todo lo que un humano puede hacer tanto interna como externamente.
La ética se aplica a un correcto proceder tanto interno como en las actuaciones externas de la persona humana. La ética abarca y comprende la moral, que es la pulcritud e higiene en nuestra conducta, y allí tenemos tanto nuestras acciones internas como las acciones externas. Por lo tanto, para alcanzar una conducta proactiva y propositiva que busque y logre el desarrollo sostenible de nosotros mismos, dentro de nosotros mismos y dentro de nuestro entorno social y medioambiental ―no solo a nivel espacial, sino también a nivel temporal―, debemos dar luz a estos sentidos y hemos de lograr una ética de las costumbres y la conducta (moral), una ética del pensamiento (lógica), una ética en nuestras acciones (coherencia y racionalidad) y una ética de nuestra reactividad emocional (temperancia). Así, la ética es la reflexión teórica sobre cómo debemos vivir y la Psicología Bioética es la intuición, impresión y expresión sensible que se forja en nuestra conciencia desde los sentidos que exponemos en esta obra, y se traduce en un desarrollo sostenible del ser dentro de sí mismo y del ser dentro de su entorno medioambiental, que procura la vida con autonomía y dignidad.
Para hablar de los fenómenos de la conciencia debemos incursionar en uno de los grandes capítulos de la psicología, que muchas veces no ha querido ser tenido en cuenta: las grandes escuelas fenomenológicas, es decir, la importancia de una vida espiritual. Desde Jung hemos visto la relevancia de sembrar y asegurar resultados a través de un proceso espiritual, de un proceso donde realmente la persona se reconcilie consigo misma, pero evidentemente apoyada por un tratamiento clínico cuando este sea requerido. Para Jung, sin un despertar y un desarrollo espiritual no va a existir una sanación integral, lo mismo para Binswanger, quien afirma que es el amor el que sana: el amor a sí mismo, al futuro, a la familia, al medio ambiente, que es al fin y al cabo lo propuesto por Jesús.
Con el afloramiento de los sentidos de la conciencia empezamos a lograr esa autorrealización. Pero ser más plenos que felices va mucho más allá de lo que busca la psicología positiva propuesta por Seligman (2016) para poder ascender, mediante el logro y la satisfacción de las necesidades humanas, por la pirámide de las jerarquías planteada por Abraham Maslow[41] (1943) dominando, por complianza y por autodeterminación (Deci & Ryan, 1985), nuestro drive o energía básica intrapsíquica (Brenner, 1974) o esa pulsión interna que nutre el impulso a actuar, a movernos, a resolver esa constante lucha interna para vencer nuestras ansiedades, a suplir nuestras necesidades, aquella pulsión que nos mueve en medio de la constante sucesión de resoluciones entre nuestras necesidades y decisiones, nuestras satisfacciones e insatisfacciones, y nuestros placeres y restricciones. Todo ello va mucho más allá de la simple presencia del sufrimiento, pues se sufre por emociones que se hacen patológicas cuando no las aceptamos como situaciones normales dentro de la evolución, emociones tales como el terror, la ira, la vergüenza, la tristeza, el dolor, la culpa y la ansiedad.
Por lo tanto, si bien hay estados emocionales patológicos (neurosis), todas las emociones están instauradas por la evolución para sobrevivir. Debemos manejar esa energía interna que propulsa y propende nuestros impulsos y acciones, siempre hacia un desarrollo definible y sostenible de nuestra propia conducta en la sociedad y en el medio ambiente, viviendo, dando vida y haciendo vivir a través de una línea temporal sostenible y controlada, no de un modo inmediatista ni movidos por los caprichos de nuestros placeres y alegrías, sino de manera congruente y consecuente. Así, también lograremos como humanidad ser finalmente una sociedad, una civilización, una especie que genere bienestar a sí misma y a sus entornos sociales y ecológicos para lograr su desarrollo sostenible, quizás lanzados hasta la misma eternidad; esto último únicamente según nuestro nivel de conciencia alcanzado.
De esta manera, vemos cuán importante es cumplirle al propósito evolutivo, pasando del Homo erectus al Homo sapiens, posteriormente al Homo sapiens sapiens ―quien fuera definido por algunos en el siglo pasado― y de allí pasar al Homo conciens, un ser consciente de sí mismo, de su familia, de su entorno social, consciente de su entorno ecológico, de sus propios universos internos (mente) y externos. Un ser humano que realmente propenda hacia el bienestar a sí mismo y a sus diferentes entornos, como hemos señalado en esta primera parte, conscientes no únicamente como el hecho de darnos cuenta de las cosas, sino concientes de maniobrar en el presente con sentido y con sentidos.
La Psicología Bioética nos ofrece diez (10) sentidos que son absolutamente indispensables para encender y potenciar nuestra conciencia, y para alimentar nuestras inteligencias, para que de la conciencia se derrame una voluntad completamente coherente que apadrine nuestra conducta. Estos 10 sentidos son: 1. Certidumbre; 2. Consecuencia o predictibilidad; 3. Humor y equilibrio emocional (motus sensum) 4. Valía personal, autocuidado y autoimportancia; 5. Valor y propiedad; 6. Pertenencia y filiación social, incluyendo el sentido social (equidad y caridad); 7. Sentido Ordinal (orden, higiene, armonía, autoactualización y sentido medioambiental); 8. Complianza (autodeterminación, compromiso y responsabilidad); 9. Orientación, estabilidad existencial; y 10. Sentido transpersonal o espiritual (autotrascendencia). Con estos sentidos, los cuales serán explicados en la tercera parte, logramos la capacidad de percibir con la mente aquello que los sentidos físicos no ven, y regular nuestra conducta y nuestra psicología de una manera bioética a partir de una base de intuición y expresión sensible que forma parte del estímulo-respuesta desde nuestra conciencia inmaterial.
LA PSICOLOGÍA BIOÉTICA: UNA NECESIDAD PARA EL MUNDO DE HOY
Debemos comprender la Psicología Bioética mucho más allá del término bioética, término que algunos han querido conducir hacia las técnicas de la biomedicina o del bioderecho ―que a su vez es una rama del derecho que recepciona y regula la conflictividad jurídica de las prácticas genéticas de última generación (Valdés & Lecaros, 2019; Valdés, 2020)―. Nosotros entendemos la bioética como una imprescindible necesidad que los seres humanos actuales tenemos ―pues nuestra época tiene una relación intrínseca con las máquinas, en especial, con la naciente inteligencia artificial― de tener una correcta y ordenada percepción, reacción y relación psicológica con los entornos, vistos estos como espacios, tiempos y energías tanto personales como intrapersonales, interpersonales, interespecies y transpersonales.
Hoy por hoy nuestra civilización depende de las máquinas, de los minerales, de los agroquímicos, de las tecnologías electrónicas y, en un futuro muy cercano, de las biotecnologías, la inteligencia artificial y los implantes electrónicos corporales, así como ancestralmente se ha dependido de otros animales y de las plantas, y de nuestro mismo colectivo social, de la manada humana. En consecuencia, debemos estar preparados con una psicología muy humana y ética que siempre nos conduzca hacia una norma ética, llevando la ética a nuestros pensamientos y sus significados, a nuestras creencias, al control de nuestras emociones, a la modulación de nuestros afectos y afectividad, y a la autorregulación de nuestros actos, siempre entendiendo al humano como parte de un todo al que él debe contribuir de manera excepcional para reparar el daño medioambiental y social causado per se ante la falta de conciencia con sentido y con sentidos.
Así mismo, debemos protegernos de las posibles amenazas que la ciencia y las biotecnologías representen, refrendando el humanismo, la cultura y las ciencias sociales. Por esto es crucial que apliquemos cada una de las sugerencias que la Psicología Bioética nos ofrece, no solo para ser unos mejores seres humanos, más altruistas y más filántropos, sino también para hacer de nosotros unos seres preparados para la relación hombre-máquina que tenemos, hombre bio-tecnologías, pues esta relación presentará problemáticas y dependencias cada vez mayores.
Cabe mencionar que para alcanzar este estado propuesto por la Psicología Bioética se debe pasar por un arduo proceso personal, de entendimiento y de compasión consigo mismo. Sin embargo, lo más importante en este proceso es lograr hacer consciente lo inconsciente para, de esta manera, lograr ser dueños del mayor porcentaje de nuestra mente y que ella sea influenciada lo menos posible por nuestros contenidos reprimidos.
La Psicología Bioética nos permite entonces fluir con más sentido de certidumbre y consecuencia, como lo explicaremos en el transcurso de esta obra. Es decir, la Psicología Bioética une la filosofía, la espiritualidad y la psicología desde varias disciplinas y enfoques, lo cual la hace una teoría lógica, unificadora, altamente integral e integrativa. Desde su conocimiento empieza a entregar beneficios a quienes practican estos principios y estos sentidos con un horizonte claro y definido, que nos permite dejar ir el pasado, aceptarlo y resignificarlo, potenciar el tiempo presente ―al ser también una técnica de mindfulness altamente efectiva―, y proyectar y sentir lo futuro con significado, dirección, propósito y sentido. A la vez, alineamos nuestras verdades personales, nuestras voluntades y nuestras virtudes a una causa universal que propone, propende y sostiene la existencia, sustenta en ella la vida y en la vida, la consciencia, y en la consciencia, la conciencia plena. Así, podemos llegar a ser en nuestra realización y, lo más decisivo, en la sana trascendencia de nuestras energías personales, de nuestra alma, de nuestra conciencia y de nuestro espíritu, mediante el desarrollo de esta teoría unificadora. Advertir no significa obrar; en Psicología Bioética vamos desde una sana percepción hasta las reacciones y acciones que nos lleven a fomentar conciencia personal, familiar, social, ambiental y espiritual.
Así, podemos observar que la consciencia se fue desarrollando para la percepción del entorno, por evitación o supresión de las amenazas, y para la consecución y control sobre el placer, características que en el humano se desarrollaron mucho más que en otras especies, al lograr percepción conceptual y, sobre los conceptos, producir un estímulo sensible.
Cabe mencionar un término muy importante para Freud: el principio de placer, el cual hace parte de los dos principios que rigen el funcionamiento mental. Para el psicoanálisis, el conjunto de la actividad psíquica tiene por finalidad evitar el displacer y procurar el placer, debido a que el placer va ligado al aumento de las cantidades de excitación y el displacer a la disminución de las mismas.
El otro principio es el de realidad, el cual priva del placer al principio de placer. En la medida en que el principio de realidad logra imponerse como principio regulador, la búsqueda de la satisfacción ya no se efectúa por los caminos más cortos, sino mediante rodeos, y aplaza su resultado en función de las condiciones impuestas por el mundo exterior. Esto es algo que se está perdiendo en los tiempos actuales: el inmediatismo y la tecnología están haciendo que los seres humanos se rijan por el principio del placer, de querer todo ya, sin rodeos, afectando la relación con el mundo exterior, la capacidad de espera y la tolerancia a la frustración, incrementado también, en gran medida, los niveles de ansiedad.
Desde ese estímulo sensible al que hicimos referencia dos párrafos atrás, surgen un conocimiento mucho más amplio, un criterio, una convicción y una autodeterminación, los cuales hacen al ser humano una especie única que realiza acciones sobre la percepción de un estímulo sensible inmaterial, la percepción más avanzada de las que conocemos. Ahí es cuando el ser desarrolla sentidos que van mucho más allá de la percepción material, o bien dominan la percepción material de un modo diferente y más trascendente, algo que la Psicología Bioética busca y desarrolla con amplitud. La Psicología Bioética lleva al ser hacia a una ética sobre el pensamiento, una ética en sus valores ―tanto interiores como exteriores―, a una ética en la percepción de lo verdadero, a una ética en sus acciones o comportamientos, y a una ética de la vida. Por ello es Psicología Bioética y busca la vida: busca la ética en toda la conducta humana, busca vivir y hacer vivir con autonomía y dignidad. Esto es muy significativo en el marco de la dignidad humana: acabar con toda forma de discriminación y estigmatización religiosa, racial, política, filosófica, de género y, muy importante, ante la presencia cada vez mayor de población gay y trans, llevar a su plena inclusión y aceptación social.
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[1] El principal sentido conductual moderno es de principios de la década de 1890, aunque se registra por primera vez como “estudio de la mente” en 1748 (Online Etimology Dictionary [OED], 2021).
[2] Steven Pinker, psicólogo norteamericano, Universidad de Harvard, La Tabla Rasa (2003).
[3] Sentidos de certidumbre, de consecuencia, de valía personal, de pertenencia, de propiedad, sentido de dirección u orientación existencial, sentido social, sentido del orden y armonía (ordinal), sentido del humor, sentido medioambiental, sentido de la responsabilidad y el compromiso (compliance).
[4] Philippe Pinel (1745-1826) fue un médico francés conocido como el padre de la psiquiatría. Dentro de su trabajo se destacan la clasificación de las enfermedades y varias publicaciones sobre psiquiatría. Su enfoque de “tratamiento moral” para quienes en su época eran considerados como “insanos” dejó un gran legado para el cuidado de los enfermos mentales (Sanjurjo, 2004).
[5] Benedict Agustin Morel (1809-1873). Psicólogo francés nacido en Austria, quien introdujo el término dementia praecox para referirse a un deterioro mental y emocional que comienza en el momento de la pubertad. El trastorno fue rebautizado como esquizofrenia en 1908 por el psicólogo suizo Eugen Bleuler (Encyclopaedia Britannica, 2021).
[6] Antoine-Laurent-Jessé Bayle (1799-1858) fue un médico francés conocido por su trabajo sobre la parálisis general; Bayle estableció, por primera vez en la historia de la psiquiatría, una verdadera entidad nosológica, de acuerdo con el modelo anatomoclínico vigente en el momento. Además del descubrimiento de una lesión específica, la parálisis general mostraba un modelo de enfermedad única con manifestaciones clínicas diferentes en el tiempo (Plumed, 2005; Psiquiatria.com, 2003).
[7] Wilhelm Griesinger (1817-1868) fue un psiquiatra e internista nacido en Stuttgart (Alemania). Su manual de patología mental, La patología y terapia de las enfermedades psíquicas (1945) (Die Pathologie und Therapie der psychischen Krankheiten) ha alimentado los desarrollos de diferentes autores como Karl Jaspers, Paul Guiraud y, sin duda, Sigmund Freud (Consejo de redacción, 1998).
[8] Emil Kraepelin (1856-1926), notable psiquiatra alemán, fue una persona influyente en el desarrollo de la psiquiatría como ciencia clínica, y responsable de haber generado un sistema de clasificación de las enfermedades mentales (Hoff, 2015, p. 31).
[9] Jean-Martin Charcot (1825-1893) fue un médico francés cuya vida profesional se divide en dos fases: la primera estuvo dedicada a la neurología y la segunda, al área psiquiátrica. Charcot es considerado el padre de la neurología moderna. Sus investigaciones derivaron en la descripción y estudio de distintas enfermedades neurológicas como la esclerosis múltiple, la esclerosis lateral amiotrófica, la neuropatía, la enfermedad de Parkinson, el síndrome de Gilles de la Tourette y la epilepsia, por mencionar algunas (Camacho, 2012).
[10] Sigmund Freud (1856-1939) fue un médico neurólogo austriaco de origen judío, padre del psicoanálisis. Su trabajo ha contribuido en las explicaciones sobre el desarrollo en la infancia, la personalidad, la memoria, la sexualidad y la terapia (Jay, 2019). Freud propuso el modelo topográfico de la mente (el consciente, el preconsciente y el inconsciente), la teoría del instinto o drive, el placer, los estados del desarrollo psicosexual, el concepto del narcisismo, la psicología del ego, la teoría de la estructura de la mente, los mecanismos de defensa, la teoría de la ansiedad y la teoría de la neurosis, entre muchos otros temas (Sadock, & Sadock, 2003, p. 193).
[11] Jacques Marie Émile Lacan (1901-1981), psicoanalista francés que ganó reputación internacional como intérprete original de la obra de Sigmund Freud, introdujo la teoría freudiana en Francia en la década de 1930. Lacan trató de introducir el estudio del lenguaje (como se practica en la lingüística moderna, la filosofía y la poética) en la teoría psicoanalítica (Encyclopaedia Britannica, 2020).
[12] Postulados en nuestros pensamientos que son la raíz de los esquemas de afrontamiento, como la autoestima, el autocontrol, la autonomía, entre otros, y son la raíz de nuestra interpretación y significado tanto de nosotros mismos como del entorno.
[13] Ludwig Binswanger (1881-1966) fue un psiquiatra suizo, el primero en introducir en Suiza el Psicoanálisis en la Clínica Psiquiátrica, pionero del psicoanálisis existencial. Su tesis de medicina fue dirigida por C.G. Jung. Se destacó por el trato y la especialización psicoterapéutica de la psicosis en el sanatorio de Bellevue y por ser el iniciador del Daseinsanalyse o análisis existencial (Villegas, 1981).
[14] Rollo May (1909- 1994) fue un psicólogo estadounidense quien introdujo el existencialismo a la psicología. May marcó la apertura de la psicoterapia basada en el diálogo, donde la finalidad ―más que conducir hacia el bienestar y la felicidad― es facilitarle al paciente estrategias para afrontar la vida de una manera más segura, valiente y racional (Sabater, 2018).
[15] Edmund Husserl (1859-1938) fue un filósofo alemán. Para Husserl, la filosofía, que él convierte en fenomenología o ciencia de todo aquello que aparece ante la conciencia humana, es una permanente actividad de búsqueda (Lozano, 2010, p. 105).
[16] Relación intrínseca con la verdad de lo que es, tal y como es, y percibirla ajustadamente.
[17] Relación coherente con todo lo relativo al orden individual, social y ambiental.
[18] Capacidad de aprender de la experiencia y de predictibilidad de las resultantes de las acciones propias y ajenas.
[19] Iván Petrovich Pavlov, (1849-1936) fue un fisiólogo ruso conocido principalmente por su desarrollo del concepto del reflejo condicionado. En un experimento ahora clásico, entrenó a un perro hambriento a salivar al sonido de una campana, lo que antes se asociaba con la vista de la comida. Enfatizó la importancia del condicionamiento en sus estudios pioneros, que relacionan el comportamiento humano con el sistema nervioso. Fue galardonado con el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1904 por su trabajo sobre las secreciones digestivas (Horsley, 2019).
[20] Y, así mismo, aquellos estados alterados de conciencia como el estupor, la obnubilación, la somnolencia, el delirium, el coma, entre otros (Sadock, & Sadock, 2003, p. 280).
[21] Consciencia y conciencia se derivan de la misma raíz etimológica: el vocablo latín conscientĭa (Coelho, s.f.). Conscientia significa estar consciente del bien y del mal. Esta palabra está construida del adjetivo conscius, “que comparte con otro el conocimiento de algo”, utilizado en el siglo II a.C. por Terencio. Conscientia fue utilizado al principio como “conocimiento compartido y luego como autoconocimiento global de un ser humano, de su existencia, de sus actos y la relación de estos con la moral”. Fue Julio César en el siglo I a.C. quien lo utilizó con el valor de idea del bien y del mal. A partir de la traducción de Horacio en la segunda mitad del siglo I a.C., tomó el valor de ˈremordimientoˈ (DECL, 2020c).
[22] Proponemos este término, el Homo conciens, para representar al ser humano más evolucionado, cuya conducta obedece a la conciencia con sentido de vida y con sentidos muy evolucionados de percepción inmaterial.
[23] Ego, del latín, significa ‘yo’. En psicología y filosofía, el ego ha sido adoptado para designar la conciencia del individuo, entendida esta como su capacidad para percibir la realidad. Freud concebía el ego como la instancia psíquica en la cual se reconoce el yo. El ego, en este sentido, vendría a ser la instancia encargada de mediar entre el Ello y el Superyó, así como de controlar y equilibrar los instintos y las necesidades del Ello con los ideales y aspiraciones del Superyó de cara al mundo exterior (Significados.com, 2019), y el Yo es aquel que tiene las funciones ejecutivas y sociales de la personalidad.
[24] Estados de Consciencia. – Vigilia: estado de estar alerta. – Coma: físicamente, los sentidos no funcionan y están dormidos mentalmente. – Somnolencia y sopor: se caracteriza por una disminución de la actividad de vigilia y alerta. – Obnubilación: la persona responde correctamente a las órdenes complejas, ejecuta órdenes escritas pero con lentitud, fatiga o bastante dificultad de concentración. – Confusión mental: es una alteración global y aguda de las funciones psíquicas, cuyas causas orgánicas o psíquicas son múltiples. Síndromes psicopatológicos asociados a la disminución del nivel de consciencia: – Delirium: diferente de delirio, es una desorientación temporal-espacial con trazas de ansiedad, de ilusiones alienantes y/o alucinaciones visuales. – Estado onírico: el individuo entra en un estado semejante a un sueño muy vívido; estado recurrente de psicosis tóxicas, síndromes de abstinencia a drogas y cuadros febriles tóxico-infecciosos. – Alienación: excitación psicomotora, incoherencia del pensamiento, perplejidad y síntomas alucinatorios oneroides. – Síndrome del cautiverio: la destrucción de la base del puente promueve una parálisis total de los nervios craneales bajos y de los miembros.
Por actividad motora incrementada: excitación, manía, delirio. Cualitativos, crepusculares: surgen y desaparecen de forma abrupta y tienen duración variable, de pocas horas a algunas semanas. Ejemplos serían: alucinación, sonambulismo. – Disociación de consciencia: pérdida de la unidad psíquica común del ser humano, en la cual el individuo se “desliga” de la realidad para dejar de sufrir. – Trance: especie de sueño acordado, con la presencia de actividad motora automática y estereotipada acompañada de suspensión parcial de los movimientos voluntarios. – Estado hipnótico: técnica refinada de concentración de la atención y alteración inducida del estado de consciencia (Wikipedia, 2021).
[25] Se refiere a las creencias, conceptos y representaciones subjetivas que tiene la persona de sí misma (Self). También puede traducirse al español como el prefijo “auto” que, al anteponerse a otra palabra, hace referencia a lo que un individuo se hace a sí mismo o hace por sí mismo. Entonces el self engloba conceptos como autoestima (self-esteem), autopercepción (self-perception), autoconciencia (self-consciousness), autoimagen, autoconcepto, autoeficacia, autoevaluación, autodeterminación…, que son procesos cognitivos diferenciados que se pueden inferir mediante una observación entrenada. El self se refiere al grado de conciencia que tenemos sobre nosotros mismos y de la integración de nuestros diferentes procesos cognitivos. Kant defendía la idea de que la mente organiza y unifica los estados mentales proporcionando una conciencia continua de la secuencia de experiencias que la persona tiene, un self que sirve para unificar un conjunto de experiencias aplicables a un solo individuo (Kabato, s.f.).
[26] La inmaterialidad de la mente se ejemplifica muy bien con un cable de cobre y la energía eléctrica (excitación de electrones): la electricidad, que no se ve y es inmaterial, pasa solo por el cable que es material y es conductor. La mente entonces sería energía y códigos bioquímicos que se conectan entre las redes neuronales; las neuronas sí son materiales (cerebro y SNC), son el cable, y la mente sería entonces la electricidad. La mente, que es producto de información bioquímica, no se puede ver ni medir; funciona en la materia cerebral, pero es inmaterial. Cuando nuestro cuerpo físico muere ella “desaparece”, y aún no sabemos si ella se sublima como la conciencia, el alma y el espíritu.
[27] Modelo psicobiológico causal de la personalidad (Cloninger et al., 2003).
[28] Para el 2021 se estiman unos 2.000 millones de usuarios de redes sociales en todo el mundo, es decir, el 40% de la población mundial (Mohsin, 2021).
[29] El FHI es un centro de investigación multidisciplinar único en el que un grupo de investigadores destacados, dentro de los que se cuentan Anders Sandberg y Toby Ord, y desde los campos de las matemáticas, la informática y la filosofía, entre otras disciplinas, se unen para trabajar en cuestiones generales sobre la humanidad y sus perspectivas. Su director es Nick Bostrom, profesor de filosofía de la Universidad de Oxford (Future of Humanity Institute, 2021).
[30] La conducta autoplástica es cuando la reacción predominante de la conducta recae en el área de la mente o del cuerpo, por modificarse fundamentalmente el sujeto. En esta conducta la reacción es predominantemente corporal (temblor) o mental (sentir ansiedad o pensar en el problema). (Glosarios, 2018).
[31] La conducta haloplástica es cuando el predominio de la manifestación recae en las condiciones externas. Se modifica o suprime un objeto que tenemos. Estos indicadores pueden ser momentáneos y sucesivos, o bien pueden estabilizarse de forma más o menos permanente como rasgos de la personalidad. (Glosarios, 2018a).
[32] Término publicado por Matthew H. Nitecki y Doris V. Nitecki en su libro Origins of Anatomically Modern Humans, en 1994 (Concepts, s.f.).
[33] Estructura biológica y epigenética de la personalidad.
[34] Estructura por formación y aprendizaje de la personalidad.
[35] Filo=raíz griega que significa ˈamorˈ; fenomenología, disciplina filosófica creada por Edmund Husserl, relativa a los fenómenos de la conciencia.
[36] Carl Gustav Jung (1875-1961) fue un psicólogo y psiquiatra suizo, fundador de la psicología analítica (Fordham & Fordham, 2020).
[38] Howard Gardner en The Frames of Minds, su libro sobre las inteligencias múltiples, propone que la inteligencia es una habilidad para resolver problemas o crear productos que son valorados dentro de una o más configuraciones culturales (Gardner, 1983, xxviii).
[39] Daniel Goleman (1946- ) es un psicólogo norteamericano conocido por su best seller Emotional Intelligence (1995). Es cofundador del programa de alfabetización emocional y social, originalmente de la Universidad de Yale, y en la actualidad de la Universidad de Illinois, que promueve estas inteligencias en escuelas alrededor del mundo (danielgoleman.info, 2021).
[40] Peter Singer (1946- ) es un filósofo australiano. Actualmente es profesor y director del Seminario de Bioética del University Center for Human Values de la Universidad de Princeton (EE.UU.) y fue, hasta mediados de 2020, profesor laureado de Bioética de la Universidad de Melbourne (Australia). Su trabajo se centra en la ética práctica y en temas como la liberación animal y la pobreza global, entre otros (petersinger.com, s.f.).
[41] Maslow postuló que la gente inicia su desarrollo con necesidades básicas (motivos) y que conforme maduran y se satisfacen sus necesidades de orden inferior se desarrollan motivaciones exclusivamente más humanas. La motivación cambia conforme ascendemos por una jerarquía de las necesidades fisiológicas o básicas de seguridad, de afiliación, de pertenencia, de reconocimiento y de estima hacia la autorrealización (Cloninger, 2003, p. 445-446).