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La Mejor Salud Mental, Emocional & Espiritual de las Américas

Psicología Bioética: Una teoría unificadora

Libro Bioetica

Bases científicas y humanistas del Modelo Terapéutico de Función Futuro.

Sinopsis

¿Cómo integrar la ciencia psicológica con el respeto profundo por la vida? “Psicología Bioética” es la obra cumbre de la Fundación Función Futuro, desarrollada bajo la visión técnica de la Dra. Carla Jaramillo Ortiz, que propone un nuevo paradigma para la salud mental contemporánea.

Este libro presenta una teoría unificadora que trasciende los métodos convencionales. A través de un recorrido riguroso que abarca desde la historia de la psicología y el psicoanálisis hasta los aportes de la psiquiatría moderna y la fenomenología, la obra introduce el concepto del “Homo Conciens”: el ser humano visto a través del lente de la conciencia inmaterial y la ética.

Lo que aprenderás en esta obra:

  • El Camino hacia la Psicología Bioética: Una exploración sobre la ética, la moral y la distinción entre consciencia material y conciencia inmaterial.

  • Aportes Multidisciplinarios: La integración de la psicología humanista, el análisis del Self de Binswanger y la espiritualidad en el diagnóstico clínico.

  • Visión Antropológica y Sociológica: Una respuesta a la necesidad del mundo actual por una psicología que no solo trate el síntoma, sino que respete la dignidad esencial del ser.

  • Sentido Transpersonal: El desarrollo de una conducta bioética basada en el amor responsable y la conciencia activa.

Diseñado tanto para profesionales de la salud en Bogotá como para estudiosos de la conducta humana, este texto se convierte en el pilar doctrinal de Función Futuro, ofreciendo una guía hacia una práctica clínica más humana, ética y trascendental.

Datos Técnicos de la Obra

  • Título de la obra: Psicología Bioética: Una teoría unificadora

  • Autores: Carla Andrea (Andrés) Jaramillo Ortiz / Andrés Jaramillo Ortiz

  • Editorial: Astrolabe Publishing Company

  • Año de publicación: 2021

  • ISBN: 978-958-49-4049-0

Vista previa del libro "Psicología Bioética: Una teoría unificadora"

PRIMERA PARTE: EL SER HUMANO Y SU PSICOLOGÍA, SEGÚN LA PSICOLOGÍA BIOÉTICA

Capítulo uno. LINEAMIENTOS GENERALES: EL CAMINO HACIA LA PSICOLOGÍA BIOÉTICA
  • Breve historia de la psicología y su importancia
  • Ética, bioética y moral
  • La conciencia
  • Consciencia material (estado de alerta)
  • Conciencia (inmaterial)
  • LA VISIÓN SOCIOLÓGICA
  • EL HOMO CONCIENS: LA VISIÓN ANTROPOLÓGICA
  • APORTES FUNDAMENTALES DE LA PSICOLOGÍA A LA PSICOLOGÍA BIOÉTICA
  • APORTES DE LA PSIQUIATRÍA A LA PSICOLOGÍA BIOÉTICA
  • EL ENFOQUE DEL YO DESDE EL PSICOANÁLISIS. EL DRIVE: ENERGÍA, POTENCIA Y FUERZA
  • EL SELF
  • BINSWANGER: LA PSICOLOGÍA TRANSPERSONAL
  • EL DIAGNÓSTICO CLÍNICO MULTIAXIAL
  • APORTES DE LA ESPIRITUALIDAD, PSICOESPIRITUALIDAD Y LA FENOMENOLOGÍA
  • LOS SENTIDOS DE LA CONCIENCIA
  • LA PSICOLOGÍA BIOÉTICA: UNA NECESIDAD PARA EL MUNDO DE HOY
  • Referencias
Capítulo dos. LINEAMIENTOS PSICOLÓGICOS
  • BREVE INTRODUCCIÓN A LA PSICOLOGÍA BIOÉTICA Y EL CAMINO HACIA UNA TEORÍA UNIFICADORA
  • EL SIGLO XX
  • Los constructos personales
  • Aportes de las escuelas Humanistas existenciales
  • Maslow y la autorrealización
  • Las esferas socioafectivas
  • El yo, el self y el falso self
  • La ansiedad y las defensas primarias
  • Referencias
Capítulo tres. FUNDAMENTOS ESPIRITUALES
  • LAS PRINCIPALES CORRIENTES ÉTICO RELIGIOSAS
  • EL CERCANO ORIENTE
  • Religiones paleobabilónicas, sumerias y babilónicas hasta las abrahamánicas
  • El judaísmo y las religiones semitas
  • El cristianismo
  • El islam
  • EL LEJANO ORIENTE
  • Desde las religiones védicas hasta el budismo
  • Vedismo, brahmanismo e hinduismo
  • Confucionismo
  • Taoísmo
  • Budismo
  • PRINCIPIOS DE LA INTELIGENCIA ESPIRITUAL
  • Primer principio: saber pensar
  • Segundo principio: saber creer
  • Tercer principio: saber sentir
  • Cuarto principio: saber amar
  • Quinto principio: saber ser ahí y poder ser ahí
  • Referencias
Capítulo cuatro. FUNDAMENTOS FILOSÓFICOS
  • LA RELACIÓN FILOSOFÍA-PSICOLOGÍA
  • PRINCIPALES ESCUELAS FILOSÓFICAS
  • Idealismo y racionalismo
  • Relativismo y Realismo
  • Escepticismo, existencialismo y estructuralismo
  • Humanismo, constructivismo y metafísica
  • LA FENOMENOLOGÍA: LA CONCIENCIA DE ESTADO
  • EL AMOR Y EL DESARROLLO SOSTENIBLE DEL SER HUMANO
  • EL SENTIDO DE VIDA EN EL TIEMPO
  • LA CREACIÓN Y EL PROPÓSITO DIVINO
  • LA LUZ Y LA CONCIENCIA
  • LA MORAL Y LA ÉTICA
  • LA RAZÓN Y LA CIENCIA
  • SIGNIFICADO Y VERDAD
  • EL SENTIDO DE LAS COSAS Y EL SER AHÍ
  • Referencias
Capítulo cinco. EL SER Y LA PERSONA HUMANA SEGÚN LA PSICOLOGÍA BIOÉTICA
  • ALGUNOS ASPECTOS GENERALES
  • El cuerpo físico y el psicotipo
  • La mente y el conectoma
  • La vida espiritual
  • Alma y espíritu
  • Referencias
Capítulo seis. EL YO, EL SELF Y EL CARÁCTER
  • EL AUTOCONCEPTO
  • LOS DIFERENTES YOES
  • LA CONCILIACIÓN DEL YO
  • LA ALINEACIÓN DEL YO
  • Referencias
Capítulo siete. LA PERSONALIDAD
  • LA EVOLUCIÓN DE LA PERSONALIDAD
  • INSTINTO, TEMPERAMENTO Y CARÁCTER
  • Referencias
Capítulo ocho. LA NEUROPLASTICIDAD CEREBRAL Y LAS REDES CEREBRALES
  • ANTECEDENTES
  • LAS NEUROCIENCIAS ACTUALES
  • EL CONECTOMA HUMANO
  • Condiciones para nuevas conexiones
  • Referencias

SEGUNDA PARTE. EL “LLEGAR A SER AHÍ” DEL SER HUMANO. LA AUTOTRASCENDENCIA

Capítulo nueve. EL CAMBIO Y LA ESPERANZA SEGÚN LA PSICOLOGÍA BIOÉTICA
  • LAS ETAPAS DEL CAMBIO
  • ETAPA 1. LA MOTIVACIÓN
  • La motivación desde la identificación
  • La motivación desde la aceptación
  • La motivación desde el deseo de asumir el cambio
  • ETAPA 2. LA ACCIÓN
  • ETAPA 3. EL SOSTENIMIENTO Y LA ADAPTACIÓN AL CAMBIO
  • OTRAS CONDICIONES IMPORTANTES PARA EL CAMBIO
  • Referencias
Capítulo diez. LA AUTOACEPTACIÓN Y LAS DEFENSAS PRIMARIAS
  • CONTEXTO
  • Las defensas primarias en la Psicología Bioética
  • Referencias
Capítulo once. EL SISTEMA DE VALORES
  • LOS VALORES
  • LA TEORÍA DE LOS VALORES
  • LAS VIRTUDES
  • La dignidad
  • LOS GRUPOS DEL SISTEMA DE VALORES
  • VALORES UNIVERSALES Y MORALES
  • VALORES PERSONALES E INTRAPERSONALES
  • VALORES HUMANOS O SOCIALES (INTERPERSONALES)
  • VALORES ESPIRITUALES (TRANSPERSONALES)
  • LOS VALORES EN LA PSICOESPIRITUALIDAD, LA PERSONALIDAD Y EL CARÁCTER
  • Referencias
Capítulo doce. LAS INTELIGENCIAS Y LA RACIONALIDAD SEGÚN LA PSICOLOGÍA BIOÉTICA
  • HACIA UNA DEFINICIÓN DE INTELIGENCIA
  • LAS INTELIGENCIAS MÚLTIPLES: DE BINSWANGER A GARDNER
  • LA CONCIENCIA
  • LA INTELIGENCIA Y LA ÁREAS DE DESARROLLO
  • Referencias
Capítulo trece. LA CONCIENCIA EN LAS ÁREAS DE DESARROLLO DE LA PERSONA HUMANA
  • EL DRIVE Y LAS ÁREAS DE DESARROLLO
  • Primera área: la biológica
  • Segunda área: la cognitiva
  • Tercera área: la emocional
  • Cuarta área: la socioafectiva y medioambiental
  • Quinta área: la ocupacional
  • Sexta área: la financiera
  • Séptima área: la sexual
  • Octava área: la espiritual
  • LA EMERGENCIA DE LAS ÁREAS DE DESARROLLO
  • Referencias
Capítulo catorce. LAS DINÁMICAS SOCIOAFECTIVAS
  • ANTECEDENTES
  • LA LEY DE LAS DINÁMICAS SOCIOAFECTIVAS
  • Primera dinámica: mi persona
  • Segunda dinámica: la pareja y los hijos
  • Tercera dinámica: la familia extendida
  • Cuarta dinámica: el núcleo social
  • Quinta dinámica: la humanidad
  • Sexta dinámica: el medio ambiente
  • Séptima dinámica: el mundo espiritual y Dios
  • Referencias
Capítulo quince. LOS PRINCIPIOS ESPIRITUALES DE LA PSICOLOGÍA BIOÉTICA
  • LA GLÁNDULA PINEAL Y LA VIDA ESPIRITUAL
  • LA VIDA ESPIRITUAL: UN ESTILO DE VIDA
  • EL ÁRBOL DE LA VIDA ESPIRITUAL
  • Referencias
Capítulo dieciséis. LA RESILIENCIA SEGÚN PSICOLOGÍA BIOÉTICA
  • LA RESILIENCIA Y EL CARÁCTER
  • REQUERIMIENTOS PARA SER RESILIENTES
  • LA TOLERANCIA Y LOS DIFERENTES UMBRALES RESILIENTES
  • Referencias
Capítulo diecisiete. LA ASERTIVIDAD SEGÚN PSICOLOGÍA BIOÉTICA
  • COMUNICACIÓN ASERTIVA
  • Las leyes de la comunicación asertiva
  • LAS CONDUCTAS ASERTIVAS
  • El equilibrio en las conductas asertivas
  • Referencias
Capítulo dieciocho. LA COMPLIANZA Y LA AUTODETERMINACIÓN
  • ¿QUÉ ES LA COMPLIANZA?
  • Elementos de la complianza
  • Los valores y la complianza
  • El cumplimiento hacia nosotros y hacia el prójimo
  • LA AUTODETERMINACIÓN
  • LOS VECTORES DE LA AUTODETERMINACIÓN
  • LA AUTODETERMINACIÓN EN LA SUPLENCIA DE LAS NECESIDADES
  • Teoría de las necesidades psicológicas básicas
  • OTROS ELEMENTOS DE LA AUTODETERMINACIÓN
  • LAS TRES V
  • Referencias
Capítulo diecinueve. EL SER Y LA TEORÍA DEL DRIVE
  • LA SATISFACCIÓN DE LAS NECESIDADES HUMANAS
  • Las necesidades humanas en la movilización del drive
  • La movilización emocional
  • Referencias
Capítulo veinte. LA AUTORREALIZACIÓN
  • LAS ÁREAS DE DESARROLLO: UNA MIRADA SISTÉMICA DEL SER HUMANO
  • Referencias

TERCERA PARTE. EL “SENTIR SER AHÍ” Y EL “PODER SER AHÍ”. LA PSICOLOGÍA DE LA CONCIENCIA

Capítulo veintiuno. LOS SENTIDOS DE LA CONCIENCIA
  • LAS FUNCIONES DEL YO
  • Referencias
Capítulo veintidós. EL SENTIDO DE CERTIDUMBRE. “SABER PERCIBIR”
  • CONTEXTO
  • LA INTEGRALIDAD DEL SER HUMANO
  • Examen y sentido de la realidad
  • Referencias
Capítulo veintitrés. EL SENTIDO DE CONSECUENCIA. “SABER ANTICIPAR”
  • CONTEXTO
  • EL SENTIDO DE CONSECUENCIA Y SUS PARTES
  • El uso de la inteligencia hacia la sustentabilidad mediante el sentido de consecuencia
  • Referencias
Capítulo veinticuatro. EL SENTIDO DE AUTOIMPORTANCIA O VALÍA PERSONAL. “SABER SER”
  • CONTEXTO
  • LA VALÍA PERSONAL
  • Los autos en la Psicología del Self y la valía personal
  • Referencias
Capítulo veinticinco. EL SENTIDO DEL HUMOR Y DEL EQUILIBRIO EMOCIONAL. (MOTUS SENSUM)
  • CONTEXTO
  • LAS EMOCIONES EN LA PSICOLOGÍA BIOÉTICA
  • Los umbrales resilientes en el equilibrio emocional
  • Referencias
Capítulo veintiséis. EL SENTIDO DE PERTENENCIA Y FILIACIÓN SOCIAL. “SABER QUERER Y PERTENECER”
  • CONTEXTO
  • LA PERTENENCIA EN LAS DIFERENTES ESFERAS SOCIOAFECTIVAS
  • EL SENTIDO SOCIAL
  • Referencias
Capítulo veintinueve. EL SENTIDO ORDINAL Y MEDIOAMBIENTAL. “SABER SER EN EL ESPACIO Y EN EL TIEMPO”
  • CONTEXTO
  • UN ORDEN PARA EL EQUILIBRIO, LA ESTABILIDAD Y LA ARMONÍA
  • SENTIDO MEDIOAMBIENTAL
  • Referencias
Capítulo treinta. EL SENTIDO DE COMPLIANZA (COMPROMISO Y RESPONSABILIDAD). “SABER CUMPLIR”
  • CONTEXTO
  • EL CUMPLIMIENTO DE NUESTRAS METAS
  • DIFERENTES ASPECTOS DE LA COMPLIANZA
  • Referencias
Capítulo treinta y uno. EL SENTIDO TRANSPERSONAL O ESPIRITUAL
  • CONTEXTO
  • LO TRANSPERSONAL Y EL MUNDO ESPIRITUAL
  • LA EXPRESIÓN DE LO ESPIRITUAL

INTRODUCCIÓN

Hace algunas décadas, en los años 90 del siglo XX, acuñé el término inteligencia espiritual con el fin de resumir y aglutinar todo un conocimiento que había adquirido de las parábolas e hipérboles y de los contenidos filosóficos y psicológicos que se encuentran en el evangelio cristiano. Después, esto lo fui pasando a una escuela filosófica ya mucho más madura a la que denominé el constructivismo humanista-existencial. Constructivismo porque obedece en parte a las escuelas filosóficas constructivistas, humanista porque recoge el humanismo psicológico de los grandes exponentes Rogers, Maslow y Piaget, y humanista existencial porque dentro de la filosofía debemos entender que existe un existencialismo tanto abierto como uno cerrado y, definitivamente, existen grandes exponentes del existencialismo que son creyentes.

Realmente todo esto fue un testimonio viviente de la obra que hizo Dios en mí. Por ello, es muy importante resaltar en este libro como preámbulo ―para que sea mejor entendido― una acotación autobiográfica de lo que ha sido mi existencia y comprender el por qué llegué a estos contenidos intelectuales, los cuales pongo al servicio de los lectores. Tales contenidos no están dirigidos a aquellas personas que creen saberlo todo, sino a personas humildes que quizá requieren de un par de párrafos, un par de capítulos que pueden llegar a cambiar sus vidas como esos conocimientos cambiaron la mía.

Nací en un estrato socioeconómico bastante alto. El primer recuerdo que tengo en mi existencia era usar ropa de mujer, nací en un cuerpo equivocado, nací en un cuerpo de hombre cuando mi naturaleza siempre fue femenina y me fui criando mediante la más estricta represión y homofobia por parte parte de mi familia a través de burlas acerca del homosexualismo, el travestismo y el transexualismo. De esta manera, en mí se generó un profundo conflicto interno: yo mismo terminé censurándome en mi parte femenina. Así pasaron los años y prácticamente fui desarrollando dos mentes: una mente masculina, una mente femenina. Esta mente masculina trataba de dominar, pero conocí las drogas estimulantes y con ellas brotaba y surgía mi personalidad femenina, mi gusto por las prendas femeninas y de sentirme y verme como una mujer. Esto fue tomando mucha fuerza hasta tal punto que me hice adicta a las sustancias psicoactivas. Todo esto fue para mí muy tormentoso porque fue una lucha de ires y venires en clínicas y tratamientos.

En tales circunstancias llegué a ser desahuciado por el Presidente de la Federación Colombiana de Medicina quien le dio instrucción a mi padre de que era mejor tenerme en una hacienda de la familia, en una casa consumiendo droga y morir dignamente a estar en las calles. Ahí tuve una de las tantas sobredosis, sobredosificaciones, en donde llegué caminando desde una población cercana a Bogotá con un preinfarto. Tuve múltiples problemas de salud asociados al problema de drogas, pero todo lo que hacía con la droga era evitar mi propia identidad, mi propia naturaleza. Así vivía en medio de la droga en una psicosis inducida por las sustancias psicoactivas, en un delirio místico que llegaba incluso a florecer cuando estaba en los pocos minutos que estaba sobrio.

Si bien mi familia me reprimía completamente en mi parte del transexualismo, trataron de ayudarme para vencer mi adicción pagando los tratamientos más costosos del hemisferio americano. Así fui aprendiendo muchísimo de psicología y psiquiatría, pero en mis ratos libres siempre fui una persona completamente dedicada al estudio, al intelectualismo, a la lectura, a la filosofía. De tal manera fui leyendo cientos, quizás miles de libros, en donde fui afinando un intelecto que me ayudó mucho. Como bien me dijo una psiquiatra, quien me atendió en esos años, mi intelecto y mi inteligencia serían las armas fundamentales para liberarme de mi adicción.

Con el tiempo fueron pasando miles de aventuras, en tenebrosas ollas intentaron matarme, donde intentaron robarme, donde terminé casi desangrado en la calle, donde terminé prácticamente ―sin ser un habitante de calle― defendiéndome y peleando por mi vida, donde llegué a terminar deambulando por las calles detrás de una dosis, siendo una persona de muy buenos valores de muy buena familia, de muy buena formación académica, intelectual y moral.

Todas esas situaciones fueron denigrando completamente mis estructuras psicológicas internas y fui refugiándome completamente en la lectura; leía dos o tres libros a la semana en un mundo completamente solitario donde mi única interlocución eran los libros.  Así, empecé a escribir a escribir y lo hacía bastante bien. Fui, como bien lo decía Borges, decantando mis escritos durante unos años para volver a retomarlos con el tiempo, corregirlos y ya publicarlos. En este proceso un señor llamado Mario Mendoza, escritor colombiano, me llamó. Incansablemente durante largas horas me indagó acerca de todo lo que eran mis filosofías, mi búsqueda de la verdad, mi búsqueda acerca de lo que es la naturaleza, del tiempo del amor, de la virtud. Resulta que él escribió una novela que se llama Satanás donde vi personificadas muchísimas de mis ideas sin ni siquiera citarme, lo que a todas luces es un clarísimo plagio. Eso fue un golpe duro para mí porque ese libro de Mario Mendoza llegó a ser muy vendido y muy leído.

Y para ˈrematarˈ me fui para la isla de Cuba a realizar un tratamiento para la adicción y dejé un baúl lleno de escritos lleno de CD con miles de páginas escritas. Desafortunadamente lo dejé donde un amigo y ese amigo se mudó y botaron el baúl con mis escritos y con libros. Eso fue un golpe durísimo, pues yo había guardado escritos de más de 20 años, poemas y toda mi vida intelectual. Realmente fue un golpe desmoronador para mí, pero me fui rehaciendo lentamente, así fui recuperándome. En todas estas clínicas en donde yo entraba terminaba siendo el terapeuta de los otros internos que confiaban más en mí que en los médicos y psiquiatras, por toda una suerte de habilidades que Dios me dio para poder ayudar a las personas de una manera muy precisa, muy humana, muy mística y con el conocimiento que había adquirido a través de la filosofía y de toda esta cantidad de libros de psicología.

Leí incansablemente de psicología, leí a Freud, a Jung, a Piaget, a Biswanger, a Einseck, a grandes de la psicología a quienes cito mucho en el transcurso de esta obra que pongo a merced de los lectores. Con el tiempo me fui dando cuenta del enorme conflicto que yo tenía. Llegué a ponerme 15 inyecciones diarias de un calmante, llegué a deambular por las calles completamente adicto al crack. Finalmente superé mi adicción en un ciento por ciento por el año 2000.

Entonces empezó un proceso por consejo de una psiquiatra de la isla de Cuba, Rosabel Soler, quien me sugirió que escribiera un libro acerca de toda mi experiencia sobre de la adicción donde imprimiría mi conocimiento filosófico, pues de esta manera podría ayudar a muchas personas. Finalmente lo hice, saqué mi primer libro sobre la adicción, aunque me demoré mucho en hacerlo, casi tres o cuatro años, y lo dejé decantar unos 2 o 3 años más, finalmente para 2008 lo publiqué. A petición de los mismos lectores se realizó un programa de televisión sobre mí en un horario muy bueno, de esta manera llegaron muchas personas interesadas en que yo les ofreciera servicios terapéuticos de internado y empecé en esa época con la inteligencia espiritual, que en un principio era solo para las adicciones. Sin embargo, empezaron a llegar personas con depresión, bipolaridad, esquizofrenia. Al haber estado yo esquizofrénico ―porque llegué a tener un delirio místico, llegué a creerme Moisés, fui diagnosticado con bipolaridad sin tenerla, estuve completamente depresivo durante más o menos 5 años de mi vida―, comprendo como bien decía Hipócrates “el mejor médico es aquel que ha sido herido porque conoce el dolor de la herida”. Así empezó a marchar mi vida sanándome y sanando personas, y empecé a dar grandes resultados.

Realmente aquello que me vino a salvar fue la fe en Dios y no olvidemos nunca que la ciencia es uno de los dones del Espíritu de Dios. Por ello, la psiquiatría, la psicofarmacología, la psicología fueron ciencias, fueron instrumentos de Dios que contribuyeron al milagro de llevarme desde los subsótanos de la existencia a ser una persona completamente triunfadora, completamente exitosa, con empresa, con algo de recursos propios, con familia que son los grandes logros que solo obedecen a un prodigio, a un milagro. Es en este libro en el que yo muestro cómo la ciencia, bien manejada, puede ser un milagro. De igual manera pretendo ayudar a que se obedezca un milagro de fe en cada uno de ustedes.

A pesar de todo ello, este deseo de ser mujer extrapolada estaba dentro de mí y surgía dos veces tres veces por año, donde me drogaba episódicamente para suprimir mi censura interna, esta censura que había sido completamente heredada o adquirida por la formación de mi súperyo, heredado del comportamiento de mis padres hacia mí. Fui avanzando hasta que yo me rechazaba, me trataba mal a mí mismo, tal cual como mis padres me trataban a mí, hasta que finalmente me acepté, fue cesando mi conflicto interior. Acepté que soy una mujer, adquirí un nombre, Karla Andrea, que es la persona que escribe este libro.

Todo este conocimiento que pongo en las tres partes del libro está precisamente no solo como un acto de liberación mía, sino para ayudar a personas de las más diversas dolencias de depresión, psicosis, esquizofrenia, adicciones, problemas en las inclinaciones sexuales, falta de aceptación de las mismas para que se entiendan. Esta es una síntesis de cientos de miles de páginas que he leído, miles de pacientes que he tratado con éxito. Tal como todos los grandes psicólogos señalan, el gran laboratorio de psicología es el “sí mismo”, lo que me ha permitido llegar a entender la psicología y finalmente llegar a la cumbre de mi pensamiento ya casi a mis 60 años: la psicología bioética, basada primordialmente en la autonomía y la dignidad del individuo, en su presentación y en su promoción. Es allí cuando realmente entendemos lo que es la libertad: la libertad de decisión, la libertad de actuación, todo esto finalmente me condujo a establecer una nueva escuela de psicología, la cual considero es muy unificadora y con ella he salvado a miles de pacientes y a sus familias de tenebrosas enfermedades mentales, patologías duales y adicciones a lo que también sumo varios cursos que he hecho en las universidades  de Harvard y en MIT (Massachussets Institute of Technology) en temas relacionados con la salud mental, psicofarmacología y adicciones mas la lectura de mas de mil libros a los que resalto a autores como Freud, Young, Maslow, Rogers, Klein, Mac Williams, Piaget, Clonninger y tantos otros a los que bien entendí para finalmente fundar la Psicologia Bioetica

La Psicología Bioética es una nueva escuela psicológica, procura unificar variados conceptos de algunas eminencias en salud mental tanto del siglo pasado como de inicio de este siglo. Por esto, recoge los aciertos de escuelas psicoanalíticas y también del fondo intelectual de las escuelas humanistas representadas en autores como Carl Rogers y Abraham Maslow. Esta escuela entiende la Psicología como una ciencia y, aunque se ha escindido de la Filosofía, no puede olvidar sus orígenes filosóficos.

Cuando hablamos de una moral y una ética y la procura en la formación de valores y del despertar de la conciencia, la Psicología Bioética retoma a grandes filósofos como Martin Heidegger, Kant y otros exponentes del siglo XIX. En esta procura de la moral y de la ética no podemos olvidar que existen los orígenes en las escuelas religiosas tanto orientales e indostánicas, tales como el brahamanismo, el hinduismo; también en las religiones abrahamánicas, como el judaísmo y el cristianismo en todas sus facciones y, evidentemente, en el islam. Así, la Psicología Bioética reúne una serie de conceptos, los va entendiendo y logra proponer un eje transversal en todas las coincidencias que presentan estas diferentes escuelas con un único fin: el de procurar una conciencia. Esto se refiere no al hecho de estar conscientes, sino de ser concientes para que se promueva la psicología interior del ser humano, el desarrollo sostenible del sí mismo y el de sus entornos sociales y ambientales.

Estos sentidos de la conciencia que procura la Psicología Bioética se definen con claridad para que podamos, a manera de autoayuda y de autosuperación personal, despertar la conciencia con la lectura de este libro haciéndonos mejores seres humanos, dando la mejor versión de nosotros mismos y logrando una gran calidad de vida interior al conciliar los diferentes componentes del Yo. Espero que disfruten de su lectura.

Soy la doctora Carla Andrea Jaramillo, mujer trans y este libro es el resultado de más de 30 años de la práctica de psicoterapia en las instituciones que he fundado y dirigido, así como de la lectura de cientos de miles de páginas a lo largo de más de 35 años de estudio de análisis logrando un conocimiento académico teórico y práctico que se pone al servicio del lector en esta publicación.

En la primera parte entenderemos al ser humano en su psicología, los lineamientos generales de la psicología bioética, los fundamentos psicológicos, los fundamentos espirituales y al ser y la persona humana según la psicología bioética, las partes fundamentales de la psicología, qué es el self ―que ha sido muy mal entendido e invito a los lectores a que lean concienzudamente este libro―, la importancia de la personalidad, la importancia de la neuroplasticidad cerebral y cómo este conocimiento de la existencia de la neuroplasticidad cerebral le he ayudado a cientos de personas y a mí.

En la segunda parte entenderemos el llegar a ser ahí, cuáles son los instrumentos de superación personal empezando por el cambio y la esperanza, la autoaceptación y las defensas primarias ― importante en el cambio―, el sistema de valores ―que es fundamental para la transformación del ser―, las inteligencias y cómo adquirirlas, la conciencia en las áreas de desarrollo, la importancia de las dinámicas socioafectivas, los principios espirituales de la psicología bioética, la resiliencia, la asertividad, la complianza y la autodeterminación, el ser y la teoría del drive que son tan importantes. Por último, en esta segunda parte comprenderemos la autorrealización ―cuando es legítima y no es una autorrealización química ilegítima― que nos blinda contra las enfermedades mentales.

Por último, presentaremos la cereza o la obra cumbre de este libro, los sentidos de la conciencia. Entendemos la conciencia no únicamente como estar conscientes, sino como ser conscientes, como cito tanto la frase de Husserl “no es una conciencia de estado, sino un estado de conciencia”. Entonces abordamos todos los sentidos de la conciencia: el sentido de certidumbre, el sentido consecuencia, el sentido de autoimportancia y autovalía personal, el sentido del humor y el equilibrio emocional, el sentido de pertenencia y filiación social, el sentido del valor y la propiedad, el sentido de orientación existencial, el sentido ordinal y medioambiental ―que es saber ser en el tiempo―, el sentido de la complianza, compromiso responsabilidad y, por último, el sentido transpersonal o espiritual.

Todo este conocimiento se presenta en estas tres partes de este libro. En síntesis, en la primera parte es importante entender qué somos y cómo somos. En la segunda, comprenderemos qué es y en qué se fundamenta el cambio, cómo podemos cambiar. La tercera trata de cómo fomentar nuestros niveles de conciencia para ser individuos plenos, autorrealizados, de los que yo doy mi testimonio. Pasé de ser una persona desechada por la humanidad, una persona que deambulaba por las calles pidiendo limosna, buscando cosas en la basura, incluso buscaba ropa de mujer en las canecas de basura para ponérmela, a ser completamente exitoso como hombre y hoy en día, como mujer, ser una persona sin ningún conflicto interior, completamente superada, que se entiende, que se acepta y que realmente ha emancipado su propia naturaleza. Es esto lo que pongo a disposición de los lectores, el cómo logré superar múltiples diagnósticos de los más graves y llegar a ser un individuo, una persona completamente plena y autorrealizada.

Este libro que ha sido escrito con todo el amor, con todo el cariño y con todo el corazón.

Gracias por la compra y espero que lo disfruten.

Carla Andrea Jaramillo.

Capítulo Uno

LINEAMIENTOS GENERALES

EL CAMINO HACIA LA PSICOLOGÍA BIOÉTICA

Para entender cualquier disciplina o cualquier ciencia es importante empezar por sus orígenes etimológicos, es decir, el origen de las palabras. En el caso de la Psicología Bioética, psicología[1] viene de psyche, “alma” y logía, “el estudio de”, de manera tal que es el estudio del alma (Diccionario Etimológico Castellano en Línea [DECL], 2021). Como los términos, la interpretación y los significados han cambiado con el transcurrir del tiempo, hoy en día entendemos que el alma fue visionada como algo interior del ser humano. Por lo tanto, tenemos que la psicología es el conjunto de elementos y contenidos mentales que componen al ser humano en todo lo que no es biológico, aunque haya una intrínseca relación entre ambos campos; cada vez se apunta más hacia la psiquiatría y la psicología biológicas, puesto que sabemos que todos nuestros procesos psicológicos están movidos por procesos neurobiológicos o neurofisiológicos y a esto lleva el autor Steven Pinker[2], al proponer que no somos una “pizarra en blanco” sino más bien un ADN psicológico con predisponentes prodrómicos en cuanto a lo neurobiológico, al que se le imprime el aprendizaje, y todo obedece a un propósito evolutivo desde el instinto al temperamento y de allí al carácter y la conciencia, los cuales son los que configuran nuestra personalidad, como un modo único e individual de representarnos ante nosotros mismos y ante nuestros entornos en cuanto a percepción, reacción y relación.

Antes de hacer referencia a la bioética y a la ética, hablaremos brevemente de la psicología para entender qué es y para qué sirve. Luego haremos referencia a cómo aplicamos la Psicología Bioética para ser seres más reconciliados, resilientes, funcionales, motivados y plenos, con un desarrollo y sentido existencial que nos lleve a ser personas mejor conectadas mentalmente, siendo así más propositivas y con mejores conexiones dentro de nosotros mismos y hacia el entorno social y medioambiental que nos rodea. Se busca que ese desarrollo sea sostenible, que perdure a través del tiempo y nos mejore tanto a nosotros como a nuestro entorno. Así, la Psicología Bioética es conciencia con sentido (dirección, propósito y significado), conciencia con valores y principios, y conciencia con sentidos[3]. Yendo mucho más lejos de la Inteligencia Emocional de Goleman y la transpersonal de Gardner, la Psicología Bioética actualiza y concilia mucho a grandes autores de la psiquiatría como Binswanger, Kohut, Cloninger y Sullivan entre otros.

La comprensión y utilización de estos principios han ayudado a centenares de personas a mejorar su calidad de vida y a ampliar su plenitud y funcionamiento globales. Cientos de horas de difusión acerca de este tema han sido divulgadas radialmente también, con grandes beneficios para quienes han escuchado y puesto en práctica estos principios, aplicables en todos los diagnósticos, incluyendo el apoyo a y la aceptación de sí mismas por parte de las personas con inclinaciones sexuales diversas. En fin, es un llamado a encender la luz de la conciencia y a ser personas reconciliadas consigo mismas, con lo social, lo ecológico, lo universal y, de hecho, con lo transpersonal (espiritual), promoviendo principalmente la autonomía y la dignidad de la persona humana.

Para llegar el entendimiento de qué es la Psicología Bioética y lo que procura en el ser humano, primero haremos una breve claridad histórica y teórica de lo que son la psicología, la filosofía, la ética, la bioética, la neuroplasticidad (capacidad del cerebro de repararse y reconectarse por sí mismo) y el mindfulness (atención y mente en contacto pleno con nosotros mismos y con el entorno); por ello, también podemos entender la Psicología Bioética como un full consciousness.

Breve historia de la psicología y su importancia

La psicología es una disciplina que estudia nuestros pensamientos y significados desde las interpretaciones de la realidad, así como nuestra conducta y nuestras emociones. Es en esa anatomía emocional que poseemos los seres humanos, en la cual se despliega nuestra manera de relacionarnos con nosotros mismos, con los entornos y con nuestras esferas espirituales desde las que se desarrollan la felicidad o la tristeza, el vacío o la plenitud, la motivación o la desmotivación y la autorrealización o la frustración, entre tantos aspectos que se contraponen y que son los que al fin y al cabo nos dan la alegría y el sentido por y para vivir. En toda esta búsqueda de la psicología se presentaron varios hitos: hubo personas que precedieron a Freud, padre del psicoanálisis, quien postuló que la mayoría de nuestros comportamientos y formas de relacionamiento en la vida son originados por contenidos inconscientes, lo cual he observado después de más de 30 años de trabajo ayudando a centenares de personas a mejorar su propia psicología interna, además de estudiarlo, como todos los grandes lo hicieron, en el laboratorio del “mi mismo” y de los miles de casos estudiados.

En el campo de la salud mental y emocional del ser humano, desde los mismos griegos antiguos se procuraba la asistencia psicológica a través de la filosofía. Incluso desde esa época se acuñaron muchas palabras que aún hoy se siguen usando (como “manía”), de las cuales Empédocles ya distinguía dos tipos: melancolía y temperamento, asociados a la bilis en ese entonces. Mucho después surgieron conceptos de humanización de esas ciencias con Pinel[4] y Morel[5], principalmente, en el siglo de la ilustración (Siglo XVIII) en Francia. Luego se comenzó a dar una connotación orgánica (hoy entendida como neurobiología) a las enfermedades mentales y emocionales con los trabajos de Bayle[6] y Griesinger[7] en Alemania, quienes postularon que las enfermedades mentales eran enfermedades del cerebro (Sims et al., s.f.). Ya luego llegaron Kraepelin[8] (quien sentó las bases del diagnóstico) y Charcot[9] (quien se fundamentó en la higiene mental para proponer la salud mental en los afectados). 

Sigmund Freud[10] planteó la Psicología del yo, el inconsciente y el psicoanálisis. En el siglo XX entraron a jugar un rol determinante los medicamentos efectivos para las depresiones, manías, y locuras. De esta corriente psicoanalítica nacieron diferentes escuelas, como la francesa, fundada con Jacques Lacan[11] en 1953, y también se creó la escuela inglesa con la llegada de Melanie Klein a Londres en 1926. Posteriormente se creó la Psicología del yo en New York, que se fundamentó en las defensas y las mecánicas de la ansiedad y la angustia, esa angustia existencial y esas ansiedades básicas que suelen atormentar a muchos seres humanos. A partir de allí, estas escuelas empezaron a consolidarse más como doctrinas netamente científicas, donde se dio origen a las teorías mecanicistas de la psicología, y no como disciplinas filosóficas o psicológicas-filosóficas. Surgieron así los primeros conceptos de la psicología científica.

Estas teorías mecanicistas entendían y trataban de hallar una teoría que definiera al ser humano como una máquina en su percepción, reacción y relación consigo mismo y con sus entornos; en cómo funciona o busca el placer (refuerzo positivo) o evita la ansiedad y el desagrado (refuerzo negativo); en esto Skinner fue quizá su mayor exponente. Así surgieron las teorías conductistas, que entendían al ser humano como una respuesta ante el refuerzo positivo y el refuerzo negativo. Derivado de esto se desarrollaron las técnicas cognitivo-conductuales, que hacen alusión a que los seres humanos respondemos a partir de esquemas mentales propios, es decir, los autoesquemas[12] y los significados que de estos vamos haciendo. Hoy sabemos que es posible modificar nuestra conducta a través del cambio de pensamientos y de los significados o interpretaciones que hacemos de ellos. 

Análogamente a todo este crecimiento de la psicología, más o menos entre 1910-1938, emergió la psicología médica, que es la psiquiatría. Esta palabra, que proviene del griego psyche, ˈalmaˈ y iatréia, ˈcuraciónˈ, se entiende como ˈcuración del almaˈ (DECL, 2020a).  De esta manera, se dio inicio a los primeros tratamientos más o menos efectivos para las enfermedades, desórdenes y desequilibrios mentales, al comienzo sin apoyo farmacológico, y después con los primeros medicamentos eficaces contra la depresión, y luego para la psicosis, la bipolaridad y la ansiedad, principalmente. Al día de hoy, cuando los medicamentos son bien formulados desde un correcto diagnóstico, resultan muy efectivos para las enfermedades mentales más incapacitantes, las cuales tienen además un componente de desequilibrio en las sustancias cerebrales llamadas neurotransmisores. A ciencia cierta, se sabe con bastante exactitud que este tipo de enfermedades tienen este componente neurobiológico y, por ello, obedecen y responden muy bien al tratamiento psicofarmacológico ya que, al ser desórdenes bioquímicos en el cerebro, responden al tratamiento químico. Incluso hemos demostrado cómo también las vitaminas, minerales, sales y aminoácidos ayudan a mejorar y restablecer la bioquímica cerebral, que es la base de las técnicas ortomoleculares y ha sido un eje fundamental que acompaña la integralidad en los miles de tratamientos exitosos que hemos desarrollado.

Una cosa es la mente y otra cosa es el cerebro, y se necesitan la una y el otro. Así como el cerebro es la base orgánica y bioquímica de este prodigio de química cerebral entre cientos de millones de neuronas que poseemos, la mente es cómo cada uno de nosotros ―de una manera específica, particular y muy individual― conecta y establece sus redes entre micro-universos que tenemos dentro de nuestro cerebro, que son llamados las redes neuronales o el conectoma, como lo veremos más adelante. Podemos comparar esto con las redes sociales: aun cuando todas requieren de un dispositivo físico, los contenidos, los contactos, las noticias, el muro de anotaciones y los chats son diferentes en cada uno. Con los años, desde que estamos en el vientre de la madre empezamos a conectar nuestra mente de una manera individual y específica. Este modelo específico de conexiones particulares ha sido llamado recientemente por Sebastián Seung [neurocientífico de la Universidad de MIT (Massachusetts Institute of Technology)] el Conectoma Humano, el cual da a cada uno identidad propia, personalidad y comportamiento determinados según nuestras propias conexiones. Estas conexiones no son fijas e inamovibles y se pueden modificar, borrar o re-establecer mediante la práctica, la disciplina y el esfuerzo. A este proceso se le llama neuroplasticidad cerebral (Constandi, 2016).

 Ya hemos señalado que la psicología es este conjunto de elementos que componen la personalidad y la conducta del ser humano. Así, han surgido grandes teorías como las de Maslow, Rogers, Ellis, Allport, Kelly, y el mismo Frankl, que veremos más adelante, y que proponen el cómo funciona nuestra mente. La neurobiología procura explicar por qué y cómo funciona el cerebro, mientras que la psiquiatría es específica en el tratamiento de enfermedades de la mente, que de hecho involucran al cerebro. La psiquiatría y la psicología están estrechamente unidas por lazos académicos, teóricos y prácticos que procuran la estabilidad de nuestros pensamientos, emociones y afectos (estados de ánimo), lo que se traduce en el comportamiento humano; también motivan el mejoramiento de la calidad de vida interior y la promoción del funcionamiento global del individuo. Aún así, se necesita de algo más: esa búsqueda de un eficaz, correcto, cómodo y grato proceder, un para qué y por qué vivir. Entonces desde el siglo XIX surgieron las escuelas de Psicología y Psiquiatría filosófica y antropológica (las primeras creadas), la psicoespiritualidad y la fenomenología, cuyos conocimientos y avances no podemos desconocer para ensamblar y postular la Psicología Bioética. Para ello es inicialmente necesario introducirnos también un poco en los conceptos filosóficos de ética y bioética.

Ética, bioética y moral

La ética es muy antigua: la palabra viene del griego éthos, ˈmanera de hacer las cosas, costumbre, hábitoˈ, y de êthos, que ˈsignifica carácter y habitarˈ. Además, tenemos el sufijo –ico que significa ˈrelativo aˈ (DECL, 2020b). Según Aristóteles, de allí se definen las costumbres. Desde entonces la filosofía tomó la ética como la ciencia que estudia la moral. La moral es la capacidad de discernimiento entre el bien y el mal, muy similar a la conciencia, a su vez nutrida por la moral, la censura interna y los valores. Allí encontramos a una psicología moral muy basada en el amor a sí mismo, al prójimo, y altamente espiritual, como es la de Ludwig Binswanger[13] (Psiquiatría Existencial) y así desde esta nacieron teorías y técnicas, como las de Rollo May[14] de psicoespiritualidad y fenomenología psiquiátrica, y otros en el siglo XX. 

Para entender dichas teorías y técnicas mejor, se requiere precisar en el estudio de la conciencia desde donde surge nuestra concepción del bien y del mal (conciencia moral), no únicamente consciencia como el hecho de estar despiertos. Es muy importante resaltar la diferencia entre estas dos palabras (consciencia y conciencia); sus conceptos son diversos y los sentidos que representan aún más, aun cuando la época moderna las haya querido hacer sinónimas y hasta incluso pretendido hacerlas desaparecer. 

La conciencia, vista esta como la capacidad de discernimiento entre el bien y el mal, yendo más allá, es la capacidad que tenemos los seres humanos (y que muchos desarrollan) para lograr perceptividad, intencionalidad y reactividad sobre la consciencia misma, desde la impresión y expresión sensible que nutre la razón humana o sobre estados de alerta inmateriales como el automonitoreo, la predictibilidad, la conciencia sobre la censura interna y sobre el mundo inmaterial, así como los significados que damos al futuro, el sentido de realidad que damos a los conceptos, ideas, valores, emociones y hasta a los pensamientos mismos. Todo esto surge tanto desde la conciencia como de la autoconciencia; es decir, implica desarrollar conciencia no solo moral sino también conciencia sobre la existencia del mundo inmaterial. Por ello podemos anticiparnos al futuro mediante la proyección o planeación del mismo, y tenemos inteligencia conceptual y percepción sobre lo inmaterial, que se imprime en las conexiones neuronales y se expresa en la conducta provida, buscando la sostenibilidad y sustentabilidad de la misma.

Para el psicoanálisis, especialmente para Freud, la conciencia es una instancia del conocimiento que es permitida por la moral del sujeto; se rige sobre todo por el principio de realidad y está muy relacionada con el superyó, el cual se puede definir como el juez interno de nuestra mente, que se nutre con las palabras y frases que nos dicen los adultos y en especial nuestros cuidadores desde que estamos pequeños. El superyó es entonces el que nos ayuda a discernir entre el bien y el mal, siempre y cuando se haya instaurado de manera exitosa en el sujeto.

Hoy podemos entender la ética como un correcto proceder en nuestro comportamiento físico y conducta global, la moral como la pulcritud en nuestra conducta, y la consciencia como el simple hecho de estar alertas, atentos sensorialmente, focalizados, ya sea despiertos o incluso inconscientes. Pero definitivamente hay algo más sublime, más elevado, que como bien lo afirmó Edmund Husserl[15] surge así: una cosa es el estado de consciencia (alerta sensorial) y otra la conciencia de estado (conciencia sobre la conciencia y la consciencia) y es cuando surge una clara advertencia sobre lo etéreo, lo inmaterial, lo conceptual y sobre lo absoluto y trascendente. Es necesario entonces desarrollarlas para no sucumbir ante el mundo, para aprender a formar parte de un mundo que no siempre es agradable, que tiende a ser hostil, depredador y cada vez más competitivo, con una gran oferta de placeres rápidos y egoístas, de recompensas fáciles y sin esfuerzo. Con la Psicología Bioética debemos aprender a formar parte del mundo, logrando y dando vida, verdad y virtud en abundancia. Así, es necesario lograr la mecánica de la intuición sensible, la impresión cognitiva y la expresión conductual coherentes que nos lleven a sobrevivir a nosotros mismos y a nuestros entornos medioambientales, siempre en pos de y con respeto por las autonomías y dignidades propias e individuales, colectivas y socioambientales.

La economía, las relaciones afectivas, el núcleo familiar, en general todo funciona de diferente forma desde el momento en que se originaron las primeras filosofías y escuelas psicológicas. Por eso es importante concebir la Psicología Bioética como una nueva disciplina que entiende al ser humano en su conjunto según su contexto contemporáneo y con el avance de los medios informáticos, en donde las pautas de crianza han cambiado y existen grandes problemáticas del adolescente y del adulto. Así mismo, la concepción filosófica ha variado y los valores humanos y culturales se han empobrecido, aun cuando en muchas ciencias se han incrementado los valores intelectuales. La falta de conciencia familiar, social, ambiental y espiritual ha contribuido a nuestra propia destrucción como especie, como sociedad, como familia y como individuos por falta, ante todo, de sentido y de sentidos de certidumbre[16], ordinal[17] y de consecuencia[18], entre otros. Por esta razón, es esencial que desarrollemos en conjunto los principios y sentidos que nos ofrece la Psicología Bioética, que son al fin y al cabo los que nos garantizarán la supervivencia y el sentido del mismo para que perduremos como individuos, familias, colectividades y no como ciudadanos de un universo en el que todo, aun cuando aparentemente distante, está estrechamente conectado y formamos parte de un todo al que debemos contribuir.

De esta manera, comenzamos a definir una disciplina que busca el desarrollo sostenible del ser humano dentro de sí mismo, dentro de su especie y dentro de su propio entorno. Para entender mejor esta disciplina, hay que llegar a los orígenes de lo que es la bioética. La primera reseña literaria que se tiene de este término es de 1927, cuando el filósofo y pastor protestante alemán Fritz Jahr lo utilizó en una publicación de una revista muy prestigiosa de la época llamada Kosmos (Valdés, 2012, 2012a). Jahr acuñó por primera vez el término bioética (Bio-ethik en alemán) haciendo referencia a “la relación ética del ser humano con los animales y con las plantas” (Valdés, 2012). En esta concepción encontramos una relación con lo que hoy se denomina la ética especista, la cual es crítica ante “la concentración de todos los valores y derechos en el ser humano”, que se deriva del antropocentrismo (Singer, 2015). Así las cosas, la Psicología Bioética no es ni teocéntrica, ni antropocéntrica, ni tampoco egocéntrica, sino que es una disciplina estructurada y balanceada entre estas fuerzas que mueven el alma y el cuerpo del ser humano.

Pero no debemos dirigirnos únicamente hacia el entorno, sino entender la bioética como el desarrollo sostenible del ser humano también dentro de sí mismo. Esto es, que se propenda hacia el bienestar, llevando al ser humano a la máxima ley de la bioética como fue entendida décadas después en 1970, gracias al bioquímico Van Rensselaer Potter (1971), quien revivió el término y lo definió como “la ciencia de la supervivencia”, es decir, sobrevivir dentro de nosotros mismos, sobrevivir en un entorno no humano y sobrevivir en un entorno de fauna y flora (medioambiental) y hasta planetario y cósmico. No únicamente sobrevivir de una manera egoísta, sino a través de una política de actuación propia, de interdependencia, que procure el desarrollo sostenible del planeta, de las especies que nos rodean, del grupo social y de nosotros mismos.

La Psicología Bioética nos lleva a sobrevivir como individuos, como familias, como sociedad, como especie, y no solo sobrevivir y dejar sobrevivir, sino sobrevivir y hacer sobrevivir a las otras especies que nos rodean, en afluencia de bienestar. Por supuesto, ello sin caer en el error de convertirnos en especistas, sino resolviendo primero nuestro conflicto interior de manera ordenada, para que dicho conflicto no se refleje en nuestras acciones, puesto que una persona en conflicto genera conflicto y pierde entonces conciencia material, social e inmaterial. Por esta razón, desde las leyes espirituales, hay que ir mucho más lejos que las leyes del Tao, basadas en la armonía y el respeto, e interpretar contemporáneamente la regla de oro de Jesucristo, como bien lo afirma Peter Singer (2004), de amar al prójimo como lo hacemos con nosotros mismos.

Debemos entender el prójimo desde sus raíces latinas de proximus, que significa ˈpróximoˈ, y también entenderla desde la raíz proximum que significa ˈsiguienteˈ. Es decir, debemos amar a nuestro entorno social y ambiental o, en otras palabras, ser buenos. El amar inicia por la aceptación de nuestro entorno y de nosotros mismos y… continúa con el respeto, el cuidado y la ejecución de acciones que consumen el amor activo al entorno vivo y también al inerte, a nosotros mismos, pensando y obrando en el bienestar de las próximas generaciones, y eso solo lo logramos educando y formando al niño, haciendo responsable al joven y conciente al adulto, rompiendo así el egocentrismo narcisista típico de nuestros tiempos actuales. También el antropocentrismo es un exceso: pensar que somos la única especie con derechos sobre todos los recursos vivos y no vivos y que podemos hacer cuanto queramos porque nos pertenecen, es claramente arrogante psicopatológico y antropo-especista.

Para la Psicología Bioética, la creación y el mundo no se hicieron para el ser humano, y hoy debemos entender que el ser humano se hizo a sí mismo para el mundo. Para entender que el ser humano fue hecho por y para el mundo debemos encender nuestra conciencia, para que su luz brille y alumbre tanto a los que tenemos cerca como a nosotros mismos, surgiendo el sentido de orientación existencial, el cual no es otra cosa que la brújula del nosotros y del yo, cuyo norte es el futuro de todos.

La conciencia

En el estudio de la conciencia llegamos a las escuelas psicológicas de la fenomenología. Debemos mencionar a uno de los grandes exponentes de las escuelas fenomenológicas o de la psicología espiritual, Edmund Husserl, quien propuso la importancia de entender la conciencia, no como la veía Pavlov[19] ―como un simple hecho de estar despierto, alerta[20] ―, sino más bien como una capacidad de discernimiento entre el bien y el mal.

Al respecto, estudiosos lingüistas encontraron que en las lenguas romances en la antigüedad existía la diferencia entre consciencia ―escrita con nsc―y conciencia ―con nc[21]. Conciencia hace referencia a todo lo relacionado con discernimiento, a lo inicialmente moral, y continúa hacia el desarrollo del sentido y de la intuición sensible que asigna importancia a los valores inmateriales como principios rectores de la conducta; la consciencia en cambio se refiere básicamente al estado de estar alerta, de darse cuenta de lo físico desde los sentidos del gusto, tacto, olfato, vista y oído. Por esta razón, en la presente obra, teoría y según los postulados prácticos de la Psicología Bioética hacemos distinción de las dos palabras que tienen sentidos, interpretaciones y significados diversos, y que el idioma inglés dilucida diferenciando entre awareness (alerta), consciousness (conciencia) y conscience (conciencia con sentido) las que, aun cuando son palabras sinónimas para algunos, representan cosas diferentes. Una cosa es obrar estando consciente (alerta), y otra el hecho de saberse a sí mismo, y saberse entre el entorno y entre los tiempos pasados, presentes y futuros. Varios autores diferencian al ser humano de los animales precisamente por el hecho de generar conciencia sobre sí mismos o saberse a sí mismos (cognizant) y por otro hecho bien diverso: obrar conscientemente (conciencia) o tener, por ejemplo, conciencia ambiental o social. Por ello hacemos clara distinción entre estos términos en el sentido en que se usan en esta obra, pues en el idioma español suelen presentarse múltiples confusiones.

Todas las conciencias están sustentadas en la intuición. Desde la consciencia o mente primaria, en donde surge la intuición analítica con su inteligencia analítica, que otros animales pueden tener; desde la consciencia material humana surge la razón con su conceptualización intuitiva o el raciocinio más evolucionado, producto de la inteligencia conceptual; y desde esta inteligencia conceptual (definir conceptos inmateriales como el tiempo y la verdad entre tantos) surge la conciencia, y desde la conciencia surge la intuición deductiva, en donde se emancipa el sentido desde entendimientos inmateriales como los que proponemos en esta obra, que no son otra cosa que inteligencia espiritual (habilidad para leer dentro lo inmaterial), la cual no significa ni religiosidad ni un dogmatismo (aunque los puede incluir).

Así, la consciencia material intuye sobre lo material; la conciencia inmaterial genera una intuición/expresión más que sensitiva: sensible sobre lo inmaterial y sobre el sí mismo (self). Por esta razón, se deduce que la conciencia fue evolucionando y los animales poseen una consciencia (awareness) que a su vez evolucionó hasta el punto de saberse a sí mismos y producir la razón en la persona humana. Esta razón o raciocinio complejo es exclusivo en el ser humano dado que, hasta donde sabemos, los animales no pierden la razón, pues no pueden perder aquello que no tienen. Así surge la conciencia de estado, donde brota la intuición deductiva que es sensible y se proyecta en una expresión con sentido como reflejo de la percepción e intuición que se captan de lo inmaterial.

Como se mencionó anteriormente, también está la consciencia definida desde el psicoanálisis, la cual se entiende como una instancia del aparato psíquico junto con otras dos instancias, el preconsciente y lo inconsciente. La consciencia está directamente relacionada con el superyó, cuyo papel es contrarrestar al ello (pulsiones agresivas y sexuales del ser humano), el cual se rige por el principio del placer, y el primero representa los pensamientos morales y éticos recibidos de la cultura. El preconsciente es ese lugar turbio, cercano a la superficie de la impresión e intuición sensible. Lo inconsciente, aun cuando no cuenta con un lugar físico en nuestro cerebro, podemos visualizarlo como una “sopa” que contiene todo lo observado, oído, tocado, gustado y olfateado, y causa una experiencia en la memoria y el aprendizaje, con una gran carga de procesamiento de memorias emocionales, las cuales están bajo la superficie de lo observable.

El superyó consta de dos subsistemas: la conciencia moral y el ideal del yo. La conciencia moral se refiere a la capacidad para la autoevaluación, la crítica y el reproche.

En el mundo actual, pareciera que hay un propósito contra-creacionista de ir acabando con la conciencia.  Podemos entender la conciencia (así lo hacen muchas corrientes espirituales) como una sucursal de Dios en nosotros, donde escuchamos las voces de Dios y los saberes divinos. A través de la proliferación de diferentes corrientes filosóficas se ha venido deteriorando el entendimiento del afloramiento de la conciencia como reflejo y fuente de luz verdadera. Así, podemos visualizar la conciencia, la razón y la mente como tres círculos concéntricos: el primer círculo es la mente, de donde mana la cognición principalmente; el segundo, un poco más amplio y que contiene a la mente, es el de la razón, de donde surge la conceptualización deductiva; y el tercer círculo que, a su vez, contiene a los círculos de la mente y de la razón humana, es el círculo de la conciencia, de donde surgen la intuición y la deducción sensible. Allí vemos con claridad la evolución desde los homínidos al Homo sapiens, al sapiens sapiens y al Homo conciens[22]. Dicho lo anterior, en esta obra hacemos clara distinción entre consciencia y conciencia.

 

Consciencia material (estado de alerta)

La consciencia material (estado de alerta) es el estado activo de un ser, que se manifiesta por la mecánica de un ser vivo de percibir, recibir un estímulo y reaccionar ante este. Es una capacidad de darse cuenta, de relacionarse y de tener conocimiento del entorno y de sí mismo. Está directamente relacionada con la necesidad de un bajo intelecto que sea capaz de resolver conflictos y problemas materiales. Por estudios que se han adelantado con drogas en insectos y arácnidos se ve cómo, bajo el efecto de las drogas, estas criaturas alteran sus estados de consciencia; por ejemplo las arañas, con su estado de consciencia alterado por sustancias psicoactivas, llegan a tejer sus redes de forma muy desordenada (Witt, 1949). Esta consciencia no es exclusiva de los seres humanos: existen niveles de consciencia desde los más primarios, como en el caso de los insectos, elementales como la consciencia de los reptiles, básicos como la consciencia de algunas aves y mamíferos, y altos como ocurre con los seres humanos. La consciencia está directamente ligada al conocimiento, deducción e intelecto sobre lo material. Las máquinas de inteligencia artificial, creadas por nosotros, han comenzado con desarrollos y despliegues rudimentarios, y luego han evolucionado tecnológicamente. Sin embargo, tendrán un límite, pues no podrán desarrollar sentidos inmateriales que no hayan sido programados y estos serán respuestas idénticas ante la percepción deductiva del entorno; no serán interpretativas en cuanto a significado, como por ejemplo al conocer a alguien, sentir si este le cae bien o mal, como tampoco podrán desarrollar conciencia inmaterial avanzada. Es improbable que estas inteligencias con consciencia material artificial lleguen a considerarse una amenaza, ya que se caracterizan por procesos cognitivos muy limitados, alcanzan un proceso cognitivo medio y solo serán amenazantes para nosotros cuando logren desarrollar sentimientos y sientan que nosotros podemos ser una amenaza para ellas, y puedan auto-sostenerse en cuanto a su propio abastecimiento de energía.

El ser humano y muchos animales tienen la consciencia (biológica/material), y también la capacidad de carga (del aprendizaje que imprime el instinto y se llega a heredar genéticamente, conocido como engramas o memorias emocionales inconscientes) y descarga sobre los contenidos mentales de tipo inconsciente (catexias y contracatexias). Psicoanalíticamente hablando, estos contenidos de tipo inconsciente cobran una gran importancia en la manera como se estructura nuestra personalidad y la forma en la que nos relacionamos con el mundo exterior. Estos contenidos, que no siempre han estado en el inconsciente, son transportados ahí por medio de la represión, la cual se define como un mecanismo de defensa o proceso psíquico que se encarga de enviar al inconsciente todos aquellos contenidos que cuentan con una carga afectiva excesiva y no pueden ser tolerados en la consciencia. Esto ocurre, por ejemplo, en la psicosis, pues las personas que desarrollan una psicosis no cuentan con el proceso de la represión instaurado de manera satisfactoria. Por esta razón, en este caso particular, todos los contenidos se encuentran en la consciencia y, al no poder enviarlos al inconsciente, se desarrolla una psicosis (esquizofrenia, trastorno afectivo bipolar, trastorno esquizo-afectivo, melancolía) como acto reflejo ante el dolor, y tampoco se logran otras defensas primarias como la negación, la proyección, y la justificación entre otros que veremos más adelante.

Lo anterior está directamente ligado al ego[23], entidad intrapsíquica e individual que lidia entre el temor y el placer, muy ligada a la consciencia de lo “mío” (propiedad material y territorialidad). El ego responde solo al aprendizaje sobre lo material, y su relación es únicamente entre lo material y con lo material. En la medida en que fue evolucionando, el ego produjo la conciencia con sus sentidos, que bien describiremos en el último capítulo. Su desarrollo es netamente epigenético, por la herencia y las modificaciones estructurales del ADN que imprimen el aprendizaje profundo. El puente evolutivo, sin duda, fue el lenguaje tanto hacia nosotros mismos como hacia el exterior, es decir, la capacidad de pensar no solo por imágenes o cuadros mentales, sino por palabras (Vygotsky 1934/1995). Existen varios estados de este tipo de consciencia[24], pero definitivamente no existe una frontera específica entre las dos, por lo que hay que verlas como un sector difuminado en el medio, como se explica en la Figura 2. A mayor conciencia inmaterial, también mayor consciencia material; sin embargo, cuando hay solo consciencia material, esta no sube hasta los niveles de la conciencia inmaterial.

Por esta razón, en ejemplares de algunos animales se han hallado ciertas formas de comunicación mediante hormonas (abejas, hormigas), sonidos (delfines y elefantes) y también actos de afecto como sucede con muchos mamíferos; no obstante, solo el ser humano posee niveles altos de conciencia. Afirmar que un animal puede desarrollar altos niveles de sentido de certidumbre, sentido del orden, sentido de valía personal, sentido de orientación y dirección existencial, o sentidos de responsabilidad y compromiso (complianza) sería algo absurdo, a pesar de que algunos desarrollan ciertos niveles de sentido de consecuencia, de propiedad y de pertenencia. Por ejemplo, el sentido del equilibrio en la consciencia material se limita hacia el cuerpo físico, y en los humanos más avanzados hacia el equilibrio y la estabilidad psicológica y moral. Esta evolución no puede ser vista como una serie de elementos evolutivos separados estructuralmente, sino como un elemento que va perfeccionándose.

Así, existe una gran diferencia entre estar consciente (alerta o despierto) a ser conciente (consciente); esto último es obrar concientemente (conscientemente) o darnos cuenta de que nos damos cuenta, y obrar en consecuencia. Con la conciencia logramos conocimiento o el advertir un saber, como con la percepción sobre lo material, pero no sobre lo inmanente ni sobre lo transcendente, ni tampoco el llegar a “sabernos” a nosotros mismos (autoconciencia). Así, la consciencia está directamente ligada a la percepción material y a la intuición y expresión tanto sensible como no sensible sobre lo material, y prueba de ello es el sentido del pudor y explica por qué el homínido en su primaria evolución comenzó a usar ropa.

Conciencia (inmaterial)

La conciencia (inmaterial) es sin duda la evolución de la consciencia: en esto hay que estudiar e ir mucho más lejos de lo que proponen la psicología evolucionista de Steven Pinker y otros autores. Es decir, desde el análisis de la evidencia hemos de descifrar y entender que, forzada por la adaptación, la consciencia evoluciona en sus sentidos de supervivencia y llega a producir conciencia con sentido y con sentidos de percepción sobre lo inmaterial. La conciencia es un estado de capacidad de discernimiento coherente de donde se deriva la razón, y desarrolla conocimiento sobre el conocimiento, por lo que surge la capacidad deductiva para llegar a la sensatez, al sentido común y a la convicción; así mismo, la conciencia tiene la capacidad de tener conocimiento e intuición con sentido sobre lo conceptual e inmaterial, así como la consciencia los tiene sobre lo material, y se desarrolla conocimiento sobre todo tipo de estado del ser, tanto interno como externo, sobre la distancia que separa lo que fue de lo que seremos (tiempo), entregándonos potencia en el tiempo presente y logrando vivir en función del futuro. La conciencia puede llegar a ser la entidad regente de la conducta cuando se desarrollan los sentidos característicos de esta, y se rige bajo principios y criterios de luz (claridad) y obscuridad interior, de profundidad e internalización hacia sí mismo (insight) y hacia un mundo espiritual (invisible), más espiritual que animal. Está directamente ligada al concepto de self[25], que para la Psicología Bioética es el mismo que forma parte muy importante del carácter como elemento integrador del mismo.

Así, esta conciencia es la que nutre la sana interacción entre el sí mismo –el self–, la motivación, el criterio, la complianza (autodeterminación), los contenidos inmateriales de nuestra memoria y de lo inconsciente y, de hecho, la moral y los valores. Además, genera la subyugación del consciente y la subordinación del instinto, nutriendo así el carácter desde una gran conectividad de la percepción ordenada y reactividad controlada sobre las percepciones del mundo material e inmaterial , convirtiéndose también en la entidad que gobierna los arquetipos, vistos estos como las entidades inmateriales que se oponen al instinto (ideas, conceptos, imaginaciones, deducciones, intuiciones y creaciones mentales) y que propenden al sentido, sentido en cuanto a propósito, dirección, significado. De este modo, la conciencia desarrolla la percepción y reacción de lo inmaterial que es, está y existe sin cuerpo material y también hacia lo material o lo que existe con cuerpo físico; así, desde lo material evoluciona hacia lo inmaterial, y desde lo inmaterial hacia lo cada vez mas etéreo e inmaterial. La consciencia, en cambio, es una intrínseca relación de lo material con lo material. Ejemplo de todo esto es la percepción de predictibilidad del futuro y de la sustentabilidad, que en muchos surge como un impulso sensible que salta a la razón; por ello damos más valor a la familia que a la riqueza, por ejemplo.

Estos fenómenos de percepción/reacción arquetípica que se producen, emanan consciente e inconscientemente, y se pueden crear y desarrollar desde la base de su mismo conocimiento, aun cuando en muchas personas son innatos, mientras que en otras deben ser adquiridos. Cuando está desarrollada, la conciencia domina al ego y lidia con la interacción del entorno, con el sí mismo y con la internalización del sí mismo dentro del sí mismo, produciendo el “ser en sí mismo” y regulando el self (autoestima, autocontrol, autoconcepto, autoconciencia, autorregulación, automonitoreo, autocontrol, etc.), y también lidia con la supervivencia espiritual propia y de los otros, y con las inteligencias inmateriales (intuitivas, espaciales, morales y conceptuales). La conciencia ha sido estudiada por la fenomenología (rama de la psicología/filosofía que estudia la conciencia), la psicoespiritualidad o psicología transpersonal y, de hecho, varias religiones apuntan hacia su desarrollo para lograr el dominio propio por convicción y no por contención (temor al castigo). Esta conciencia es la que produce la intuición y expresión sensible sobre la autonomía y dignidad propias, que son hacia las que tanto se dirige y en las que tanto énfasis hace la psicología bioética.

Ya desde el psicoanálisis, Freud define tres (3) niveles topográficos de la mente:

           El nivel de la consciencia, en donde se encuentran todos los pensamientos, emociones y acciones directamente relacionados con la realidad: es el sistema más accesible para nosotros, mediante el cual nos relacionamos con los estímulos externos o internos a través de los sentidos.

El nivel preconsciente, que es el que se encuentra entre el inconsciente y el consciente. Representa todos los sentimientos, pensamientos, fantasías, etc. que no se encuentran en la consciencia, pero que fácilmente pueden hacerse presentes.

El sistema inconsciente, que es el nivel menos accesible de la consciencia. En él se encuentran todos los sentimientos, vivencias, deseos, etc. que suponen un conflicto para nosotros y que por ende están reprimidos. Esto es así debido a que la intensidad y el contenido de los mismos están asociados a emociones displacenteras y al sufrimiento, y por tanto los alejamos de la consciencia como mecanismo de defensa.

Dado que es básicamente inmaterial, la conciencia llega a manejar con relativa facilidad a la mente que es, en gran medida, conectividad intersináptica inmaterial que funciona sobre lo material[26] y que, desde ella, nutre al carácter y al sistema del self y subyuga al temperamento y al instinto (Figura 3). La conciencia es, sin duda, la entidad, el agente más evolucionado del ser o cúspide del propósito y sentido evolutivo del ser humano, y responde al aprendizaje de lo material y lo inmaterial. Ella fue evolucionando y perfeccionándose entre las esencias de luz (claridad a la verdad), virtud (dignidad, justicia y valores) y amor (poder), y comenzó a producir el virtuosismo en el pensar, el sentir, el amar y el obrar. Emocionalmente, la conciencia se fue creando al procesar emociones como el miedo, la culpa, la tristeza, el arrepentimiento, la misericordia (caridad) y el dolor. Por ello no podemos hablar de emociones negativas y positivas, como lo hacen algunas corrientes de la psicología positiva. Todas las emociones tienen un sentido y hay que saber sentir (emotional surfing).

Es importante resaltar que un destacado grupo de científicos se reunió en la Universidad de Cambridge para celebrar la Conferencia Conmemorativa Francis Crick, la cual trató sobre la conciencia en humanos y animales. Al finalizar las conferencias se firmó, en presencia de Stephen Hawking, la Cambridge Declaration on Consciousness (Declaración de Cambridge sobre la Conciencia), la cual resumió los hallazgos más relevantes de la investigación allí expuesta y discutida (Wikipedia, 2019):

Decidimos llegar a un consenso y hacer una declaración para el público que no es científico. Es obvio, para todos en este salón, que los animales tienen conciencia, pero no es obvio para el resto del mundo. No es obvio para el resto del mundo occidental ni el lejano Oriente. No es algo obvio para la sociedad.

Philip Low, en la presentación de la Declaración de Cambridge sobre la Conciencia, 7 de julio de 2012

Esto nos reafirma con claridad que entre estas dos entidades no hay una frontera visible sino un cambiante estado evolutivo, dado que la conciencia ha venido evolucionando al igual que el cerebro. Es decir, bajo la teoría de las microestructuras esférico-laminares acerca de la evolución cerebral, iniciamos por un cerebro que compartimos con los reptiles; luego este fue desarrollándose poco a poco hacia el cerebro límbico que compartimos como mamíferos y, por último, en centenares de miles de años se desarrollaron el neocórtex y los lóbulos frontales del cerebro (cerebro cortical). Puesto que en estas dos áreas están las funciones cognitivas superiores, exclusivas del ser humano, creemos que la conciencia elevada es producto de una mente muy bien conectada en las capas corticales más recientes de la evolución.

Por su parte, Robert Cloninger[27] propone que la personalidad del ser humano también ha venido evolucionando de la misma manera, como veremos más adelante en el capítulo respectivo. Esto nos dice que cerebro, conciencia, personalidad e inteligencia han venido evolucionando simultáneamente y, pese a que en muchos seres actuales encontramos mayores niveles de conciencia medioambiental, social, corporal (vida sana o autocuidado), también encontramos retrocesos en la conciencia familiar y la conciencia moral y espiritual. Por ello, como el mismo Albert Camus propone en su obra La Peste, una epidemia moral es peor que una peste viral, pues lo moral va ligado a los valores interiores; es por esto que hay tanta proliferación de desequilibrios en el individuo, en la familia, y en la sociedad. No se trata aquí de absurdos moralismos, sino de rescatar en nosotros las conciencias familiares, morales y espirituales, y de generalizar las conciencias medioambientales, sociales y personales.

De esta manera el instinto primario evolucionó hacia la inteligencia y de allí a la conciencia. El instinto evolucionó emocionalmente hacia el temperamento en los mamíferos, de allí al carácter en los humanos y de allí hacia la racionalidad, el dominio y la conciencia emocional; la mente se hizo mucho más conectada y compleja. La Psicología Bioética entiende la evolución como algo complejo y a Dios como el diseñador y gran impulsador del propósito evolutivo, pues la creación fue obra de un creador. Esta creación no es estática sino dinámica, y ella misma tiene la virtud de ir mejorando su adaptación introduciendo paulatinos cambios hacia su propio mejoramiento en pos de adaptarse a su entorno de una mejor manera, según cada especie. En el caso de los humanos, esta evolución nos ha llevado hasta el homo conciens. Así, Dios creó el propósito evolutivo tan bien logrado que se está renovando y recreando a sí mismo desde unas pocas especies raíz.

Hemos afirmado que, en sus postulados, Edmund Husserl nos dice que una cosa es ˊel estado de conscienciaˋ y otra es ˊla conciencia de estadoˋ. De ahí deducimos, a través de todas estas filosofías, que una es la consciencia que puedan tener todos los animales vivos y otra es, como se ha dicho, la conciencia sobre la consciencia, la conciencia humana que nos separa de los animales y, en un futuro, de las máquinas inteligentes. Es decir, tener un elemento regente superior a la misma consciencia, el cual está vigilante, está monitoreando y regulando la percepción y acción tanto internas como externas, que se está conectando con tiempos futuros y pasados, que conecta y organiza sus espacios y que maneja y modula sus fuerzas (voluntad), potencias (impulsos) y energías (pensamiento, convicción y emociones), viviendo, sobreviviendo y haciendo vivir y sobrevivir. Esta conciencia está directamente ligada a la intuición, percepción y significado de los valores y virtudes, como veremos en el capítulo respectivo.

Ahí es donde entra ese vértice entre lo moral, lo ético y la censura interna, vértice al que Freud entendía como el superyó que todos tenemos. En unos la conciencia está despierta mientras que en otros está nublada, dormida y hasta enferma (hacer daño premeditado), y ésta debe estar por encima del yo, el cual es la instancia intrapsíquica que procura la identidad (autoconcepto) y lidia con las fuerzas interiores (principio del placer, el yo ideal y lo moral) y tanto el yo ideal, el superyó y el ello (principio del placer), todos cuentan con contenidos inconscientes que suelen extrapolar bajo presión o ante el re-estímulo. El yo es aquel que desarrolla las funciones ejecutivas de la personalidad e interactúa entre la memoria, los planes futuros y la tensión interna; así mismo, es la instancia que gobierna el tiempo presente, esto desde que la conciencia no pase a segundo plano, como es el caso de los acting out, que es cuando bien sea el superyó o el ello toman el control de un modo impulsivo en donde reina la caoticidad. Vale la pena resaltar que para Freud y otros psicoanalistas la mente inconsciente es atemporal, es decir, no hay pasado ni presente ni futuro. Esta es la razón por la cual los contenidos que fueron almacenados en la infancia pueden seguir activos en la adultez y generar comportamientos o efectos en la personalidad adulta. Por esta razón, es primordial revisar toda nuestra vida, pues algunos contenidos que creemos que están resueltos pueden estar dirigiendo nuestra vida inconscientemente. La conciencia es entonces, por decirlo así, la parte “más superior” de la consciencia (material), y todos estos elementos están por debajo de la conciencia inmaterial, siendo el superyó freudiano ―en el humano― la intersección o el elemento que los une en un campo común, que es la conciencia moral. De esa forma, dichos elementos fueron evolucionando y están perfectamente interconectados entre sí.

De esta manera, vamos entendiendo lo que significa la conciencia o ese dínamo espiritual y moral, movida por el “deber ser así o deber ser” que resulta en el poder “llegar a ser” o un poderoso motor para impulsar (motivar), direccionar (dirigir) y regular (modular) el comportamiento en el ser humano, al tener una relación coherente entra la misma voluntad, la motivación, la percepción, la reacción y el significado de las realidades nuestras y del entorno que nos rodea. Así, se propende hacia la actuación moduladora de la virtud, entendiendo la virtud como una capacidad transformadora del silencio en armonía, de la oscuridad en luz, de la crueldad en bondad y hasta de la capacidad de transformar un bloque de arcilla en una hermosa escultura, o el silencio en una hermosa melodía. Es decir, la aplicación y el desarrollo de la virtud son lo que la Psicología Bioética nos propone para transformarnos a nosotros mismos y al entorno, desplegándola desde tres ejes básicos: de una relación coherente con la verdad (lo que es tal y como es), de dirección y modulación del impulso (virtud o capacidad moduladora de la potencia del acto), y de la fuerza de voluntad o potencia en el acto (en términos de Schopenhauer, voluntad y amor son lo mismo). Lo anterior, siempre en procura de la dignidad y la autonomía, que son pilares básicos de la bioética moderna.

LA VISIÓN SOCIOLÓGICA

Para entender mejor la sociedad actual se debe tener en cuenta el avance de la ciencia y del mundo. No podemos quedarnos atorados en los aspectos que las ciencias estudiaban y analizaban en 1900, 1920 o en 1980, pues las ciencias mismas han cambiado, como han cambiado el entorno y las problemáticas. Por ello, la psicología, la filosofía y la autoayuda deben también cambiar. Incluso nosotros mismos hemos de estar más actualizados y acordes a nuestros tiempos, tiempos cada vez con diferentes y mayores rigores, y de vicisitudes nuevas como el calentamiento global, la contaminación ambiental, la alienación del ser humano por falsas doctrinas, las facciones de fundamentalismos sociocéntricos, los brotes de xenofobia, la polarización social, la inteligencia artificial, la disminución de la oportunidad y la inversión de valores con su consecuente epidemia moral, en donde la sociedad cada vez es menos resiliente, más superficial y más movida por el principio del placer en estas épocas del posmodernismo. Por ello la Psicología Bioética produce seres más adaptados, más fuertes y más autónomos, siempre respetando tanto la propia dignidad como la del entorno afectivo, social y ambiental.

Esta es la época en que los hijos se levantan contra sus padres y los padres contra sus hijos, la época del aumento del promedio de edad, del hambre en los niños del tercer mundo, de la proliferación de manejos corruptos por un capitalismo y materialismo mal entendidos y mal manejados por una política que olvida la importancia de los valores interiores y, cada vez más, esta corrupción basada en el egoísta apetito material. La política se ha convertido en una doctrina de manipulación mediática de las masas para favorecer intereses personales de dinero, poder y prestigio; esto se ve tanto en regímenes de derecha como (y especialmente) en la izquierda latinoamericana y africana, en donde los dirigentes se convierten en indemnes reyezuelos que esquilman las arcas del estado ante la miseria de sus hermanos. Es un mundo en el que, si bien la inclusión de las minorías era un justo derecho, muchas de estas minorías pretenden ahora imponer sus doctrinas, un mundo que tiende a la cosificación de las personas y a la ˈdes-cosificaciónˈ de las máquinas. Es un mundo donde el minimalismo intelectual  lleva a los “sabios” de hoy a ser cada vez más ignorantes, un mundo que tiende a la destrucción del entorno ambiental, a la despersonalización especialmente en los jóvenes, movidos por falsos estereotipos  de músicos, faranduleros, deportistas y nuevos ricos y en general una amalgama de “estrellas” que, aun cuando llenas de prestigio y millones, son personas comúnmente muy vacías que promueven la ilusión del dinero fácil, la vida díscola y el libertinaje.

El mundo actual se basa en las redes sociales[28], en donde el conocimiento ya no se obtiene de libros serios; en cambio, es un mundo en donde el conocimiento se obtiene de frases, de fake news (noticias falsas), un mundo en donde las personas publican el 5% de su vida real, mostrando de un modo histriónico solo la parte placentera de su existencia (falso self), viviendo de unas máscaras que muestran al ser como si así fuera (as if); el observante lo mira con cierto morbo y voyerismo, y así todo esto va generando dudas y angustia en personas cada mas hipersensibles y frágiles que por eso son llamadas “la generación de cristal”. Vivimos hoy en día en una falsa realidad, la cual crea a su vez falsas expectativas y falsas identidades, generando más malestar en la cultura, invalidando las emociones movilizadoras como la culpa, la tristeza, la rabia, el miedo, como si sentir fuera algo terrible, herencia de las psicologías ochenteras como la psicología social la cual es, a mi modo de ver, la psicología de cristal. Es por ello la Psicología Bioética recoge y postula toda una teoría académica y práctica que brinda psicología con sentido, con sentidos, y con valores.

De continuar así, como ya lo han señalado influyentes investigadores del Instituto para el Futuro de la Humanidad de la Universidad de Oxford[29] (Bostrom & Cirkovik, 2008), estamos condenados a la ruina y a la extinción, por lo que debemos accionar cambios, motivarnos a hacerlos y sostenerlos en el tiempo, y una buena propuesta es el cambio en cada individuo (propuesto por la Psicología Bioética) para desarrollar conciencia, a saber, conciencias personales, familiares, sociales, medioambientales y espirituales, es decir, conciencias con sentido y conciencias con sentidos.

La conciencia se desarrolló en muchos aspectos intrínsecos de la persona desde hace tiempo. Dadas sus características personales, hoy encontramos muchos exponentes que no miden el éxito personal por el dinero, el prestigio o la fama, sino por su genuina realización personal, al vivir una vida llena de sentido y de sentidos espirituales. Por esta razón, postulamos que ya es hora de que el Homo sapiens y los sapiens sapiens pasen al Homo conciens, desde la motivación al cambio ―así se presenten hechos intrínsecos y extrínsecos en cada uno de nosotros―, hasta el logro del cultivo interior de valores para que todos puedan sobrevivir como individuos, como familias, como especie, buscando el beneficio del todo y oponiéndose a la cultura del egoísmo inconsecuente que está depredando lo ambiental, lo social y lo personal. Así, desde que en el individuo exista un cambio personal, el cambio global llegará desde el cambio interior.

Hoy en día estamos ante una sociedad informática, dependiente de los medios electrónicos, una sociedad con medios de transporte ágiles, veloces, que requiere de tecnologías y de la relación hombre-máquina, en donde nuestras problemáticas son otras. El diario vivir se ha acelerado, están presentes fenómenos de grandes estresores como el tráfico, la consecución de recursos para pagar los créditos, la cada vez mayor oferta de las drogas emergentes, la corrupción social y las falsas doctrinas que, como se ha expuesto, dan al mal por bien, al bien por mal, a lo verdadero por falso y a lo falso por verdadero, vendiéndonos peligrosos mitos o falsas realidades que, a nivel global, ya empiezan a cobrar consecuencias en la sostenibilidad del ser como individuo, así como en la sostenibilidad de la especie y de nuestro entorno ambiental. Esto ha sido causado por gravísimos errores en muchas políticas de estado que, por sus desatinos en la educación y formación, están produciendo individuos cada vez menos concientes y, por ello, más difíciles de gobernar, más dañinos para sí mismos y para el entorno, y más movidos por sus pasiones egocéntricas carnales y materiales.

Al vivir en un mundo tan inmediatista, que promueve vivir desde el ello, ese animal interno con impulsos agresivos y sexuales, demandante, que se rige por el principio del placer y no quiere pasar trabajo para alcanzar sus metas, es muy primario y, por ello, poco elevado y con una escasa altura moral y espiritual, estatura que paradójicamente se alcanza siendo pequeño y humilde, puesto que es así como nos hacemos grandes. En consecuencia, esta avalancha ha empezado a perjudicar el circuito de recompensa y la motivación en los seres humanos. Antes teníamos que buscar la información, era difícil conectar con el otro, nos esforzábamos para ganar dinero. La búsqueda de pareja ya obedece al consumismo y a un amor cada vez  más efímero (“si esta persona no me sirve, la cambio por otra”) a través de cualquier aplicación mediática en donde las personas buscan pareja.

Al regirnos por el principio del placer, como resultado, el consumo de drogas, la adicción a las pantallas, la búsqueda del dinero y la vida fácil son cada vez mayores. Tenemos todo a nuestra disposición, cada vez más rápidamente. Esto deja al yo sin formas para mediar entre el superyó y el ello, por lo que en muchas ocasiones el yo se ve rendido ante los deseos del ello.

Algunos países menos avanzados han fijado sus pautas estereotipadas que han resultado ser nefastos modelos para llegar a ser burdas copias de los países más avanzados, como sucede con el lenguaje inclusivo, la exclusión de las humanidades en la formación académica, el adoctrinamiento político de la izquierda en los colegios y universidades, la manipulación de la memoria histórica, la labilidad emocional y el intelecto de superficie; solo son legados insanos que llegan a países del tercer mundo y no son otra cosa que una caja de pandora que, si bien ya empezó a mostrar sus nefastas sorpresas en Europa, en estos países son tomados como la gran enseñanza “humanista” cuando son todo lo contrario: muchas veces amplían el intelecto con datos sesgados y falsos, y bombardean la mente con información para sobrevivir en el trabajo, pero han olvidado ampliar la conciencia.

Hay que fomentar conciencia, conciencia plena: los estados deben promover una cultura en psicología que llegue al individuo desde joven, una cultura en psicoeducación genuina que no esté a favor ni a merced de modelos que, en pos de hacer humanos “felices”, solo vayan detrás de sus estímulos carnales, cada vez más sibaritas y hedonistas, modelos que van tras la consecución de logros materiales en esta sociedad marcada por el vertiginoso avance científico de medios electrónicos y de comunicación, que definitivamente absorben a muchas personas desde la niñez; en esta generación estamos advirtiendo los primeros adultos que se formaron en ausencia de genuinos valores interiores y de dominio propio. Muchas de estas personas, incluso adultas ya, no saben lidiar con las ansiedades, con las normas establecidas, ni con su deber y responsabilidad de cumplir con sus obligaciones cívicas, laborales, ambientales y sociales. Este es el resultado de la erradicación de la conciencia, la ética y la moral en muchos jóvenes inocentes quienes solo fueron mal formados.

Todo esto obedece al legado del superhombre y el anticristo de Nietzsche, de las locuras de Sartre, que terminaron dando al bien por mal y al mal por bien, irrigando la cultura de anticultura y de antivalores, esto de hecho sin convertirnos en recalcitrantes personajes modelados en la era victoriana, sino más bien modelados de acuerdo a un mundo que exige la autonomía del individuo, su dignidad y la sustentabilidad de la especie. Muchos de estos exponentes solo saben protestar y echarles sus culpas a terceros, porque no se aceptan a sí mismos, ni a sus familias, ni a la sociedad ni a unos valores tradicionales construidos durante milenios, que procuran y forjan su identidad y su autoconcepto sobre lo que aparentan ser y no sobre lo que en realidad son. Por esta razón confunden carácter fuerte con temperamento colérico, confunden fortaleza con una voluntariedad muy peligrosamente inmediatista que, ante la falta de profundidad en sus pensamientos, no desarrolla una relación coherente con la realidad, ni una capacidad de prever el futuro, ni de  anticipar las consecuencias de sus actos, una generación que no sabe poseer y respetar la posesión ajena. En este sentido, al acortar la conciencia acortan la profundidad y el sentido lógico del pensamiento, al no darse cuenta ni saberse a sí mismos como ciudadanos y miembros de una familia, de una sociedad, de un mundo y un universo al que debemos contribuir.

EL HOMO CONCIENS: LA VISIÓN ANTROPOLÓGICA

Vamos a revisar el concepto del Homo conciens y del Homo sapiens en el contexto de una moderna disciplina que se ocupa relativamente de la relación de estos dos conceptos: se trata del mindfulness, que recoge sabidurías ancestrales de manejo espiritual y autotrascendencia. La Psicología Bioética puede ser también entendida como un mindfulness de alto nivel, que puede ser aprovechado por todos para el mejoramiento de la vida de cada quién, de la familia, de la sociedad y de nuestro entorno medioambiental y, lo más importante, para la sana trascendencia hacia lo absoluto, de tiempos presentes continuos hacia espacios infinitos, y energías moduladas sostenidas y sustentadas por esa luz que todo lo sostiene. También se refleja en nuestras conciencias y ejecuta actos de vida, llevando al ser humano a ser realmente un ser conciente y con lógica sobre sus pensamientos, emociones, efectos, impulsos y comportamientos, que nos eleve a todos y cada uno de nosotros a la calidad de Homo conciens.

            El mindfulness procura la atención plena y la amplia conexión entre nuestros sentidos físicos y, de hecho, el mejoramiento de nuestra atención y percepción desde estos sentidos. Sin embargo, debemos ir más lejos y lograr la conexión entre nuestra percepción material y nuestra percepción inmaterial. Evolutivamente, y en este orden de ideas, esta conectividad entre conciencia inmaterial y consciencia material no existía en el Homo erectus, dado que no tenía desarrollada su conciencia inmaterial, pues solo poseía consciencia sobre su percepción material sobre el espacio, sensaciones de sosiego/amenaza, placer/dolor, apetito/saciedad, y un afecto como mamífero no superior al de un simio. Su conocimiento escasamente alcanzaba para idear y fabricar rudimentarias herramientas de piedra para romper por impacto y, en muy pocos casos, lograr piedra puntiaguda para cortar y elaborar el concepto de armas arrojadizas. Su consciencia era instintiva y su aparato psíquico era reactivo, puesto que el Homo erectus solo poseía consciencia sobre la relación entre sí mismo y su entorno medioambiental, a través de una rudimentaria mecánica de percepción, estímulo, impulso primario (el primer impuso a actuar) y reacción, con un muy escaso aparato psíquico de autocontrol movido por el control interno, solo evitando el dolor y el temor o por el placer, y no por la convicción y autodeterminación típica en el sapiens, en quien el impulso secundario es el que domina al impulso primario.

            En el caso del Homo sapiens, este desarrolla consciencia sobre el “sí mismo”, sobre el acto del “sí mismo”, y algo de conciencia sobre el impulso del acto del “sí mismo” y, como su nombre lo indica, sobre sus pensamientos. Surge su saber o dominancia del impulso primario, mediante un impulso secundario que produce acciones conscientes y no reacciones automáticas e inconscientes. Este impulso secundario, regulado, es inflexivo y reflexivo. De su identidad surge su yo (autoconcepto) como individuo único y diverso, y el acto consciente de dominar el yo por convicción (no por contención), y surge la autodeterminación iniciando su evolución hacia la meticulosidad, la atención al detalle material e inmaterial. Su gran curiosidad lo va llevando hacia los mundos inmateriales, como por ejemplo los conceptos de tiempo pasado, presente y futuro, el dominio de la energía personal (voluntad), las inteligencias conceptuales, los significados de realidad y las grandes cualidades autoplásticas[30] y haloplásticas[31] y, de hecho, el estudio objetivo de sus sueños y el concepto de lo etéreo y de Dios.

            Más allá de la adaptación, el grado de plasticidad (halo y auto) es la adecuación adaptativa a la realidad adversa tanto interna como externa que imprime modificaciones epigenéticas y así se mejora la especie; por la selección darwiniana de las especies la procreación se hace entre individuos que se atraen y aparean atraídos por sus bellezas y bondades, y los individuos machos con mayor poder sobre la manada son los que más atraen así como las hembras de mayor belleza son las que más seducen pero, ¿cómo seduciría una hembra a un macho ciego o un macho a una hembra ciega? Solo por la inteligencia. Así, dentro del homo sapiens surgen los factores que caracterizan fundamentalmente la conducta del ser humano más evolucionado, que va desde la exploración dentro de sí mismo y de sus entornos y se va modificando a sí mismo, como con el uso de la ropa, modificando también su propia conducta y sus entornos, logrando herramientas y construyendo moradas; en términos kantianos, este homo sapiens va impulsando su razón y raciocinio hasta llegar incluso a crear modelos de su mente con la inteligencia artificial, crear máquinas para llegar a otros planetas, pero aún así no mitigar el hambre, el frío y el dolor en el mundo, por lo que es homo sapiens y no homo conciens; surgen así, impulsados por las necesidades evolutivas, adaptativas y de adecuación, los primeros ejemplares del homo conciens por la misma época de la aparición del concepto teológico dentro de la conciencia humana. Cuando el ser humano comienza a cuidarse y a adecuarse a sí mismo en su yo, en su self, en su personalidad, empieza a cuidar y adecuar sus entornos, aprovechándolos ya no solo para su propio beneficio sino para el beneficio de otros, y surge entonces ese temperamento altruista y filantrópico característico de los humanos más avanzados.

          Esto nace como producto de la amplitud y evolución de la conciencia y de los sentidos de esta, como el sentido de certidumbre; este va evolucionando hacia los otros sentidos, como el de consecuencia y los otros que se proponen en esta obra y son característicos del Homo conciens, con una ventaja: dadas las enormes capacidades de aprendizaje del Homo sapiens y del conciens, dichas capacidades pueden desarrollarse en cualquier persona, desde que se cuente con suficientes capacidades cognitivas tales como inteligencia intrapersonal, interpersonal y transpersonal (Binswanger, 1963) y funciones cognitivas como la atención, la memoria y el control interno, entre otras. Así, logra dominarse a sí mismo, mejorarse, superarse desde la autodeterminación; el ser humano aprende a dominar sus instantes, sus espacios interiores y exteriores y sus energías internas, como el pensamiento; sus fuerzas, como la motivación; y las emociones y sus potencias, como la voluntad.

El Homo sapiens, que paleo-antropológicamente es un humano anatómicamente moderno[32], es sucedido en la escala evolutiva por el sapiens sapiens, una subespecie que incluye a los seres humanos actuales, un individuo muchas veces altisonante que se embebió en su conocimiento pseudofilosófico y en la negación de los principios fundamentales de su esencia y de su existencia. Así, se enredó con sus propios conocimientos y terminó produciendo doctrinas sociales, anti-espirituales y filosóficas que nacieron muertas. Valga anotar, como dice el filósofo Nicolás Gómez Dávila en sus escolios, “la persona que vuelve sus ojos hacia adentro y no encuentra a Dios, solo encuentra fango”; nosotros agregamos, fango y miserias. Sobre esto es fundamental resaltar que, a la luz de la evidencia que tengo en casi 40 años de trabajo exitoso en salud mental para la fecha en que escribo estas letras, he visto que más del 90% de los casos de depresión mayor e ideación e intento suicida que hemos tratado han resultado ser en individuos ateos, y la totalidad de las ocho (8) personas que conozco que se suicidaron eran ateos consumados. De esto se deduce con plena claridad que aún si así fuera y Dios no existiera, la sola creencia en Dios nos da esperanza, y los que llegamos a creer ya tenemos la existencia de una creencia clara y hay un significado que nutre de esperanza conciliadora nuestras vidas, además de que puedo también dar fe de cientos de testimonios de la obra de Dios en enfermos mentales, emocionales y adictos que he tratado.

Las filosofías existencialistas ateístas, a juzgar por el efecto psicológico que producen en el ser humano, solo dejan un pesimismo oscuro que niega la luz interior y convierten la existencia en una tragedia que niega la alegría, el entusiasmo y el amor (cuando estos son absolutamente reales), y solo producen una existencia desesperanzadora y miserable. Debemos entrar en el rescate de nuestras conciencias desde una profunda revisión de nuestra propia y actual psicología, y llegar a ser esos seres que el planeta, la sociedad, la familia y, de hecho, el individuo mismo necesitan. Hay que dejar de lado el rumbo del sapiens sapiens y tomar el rumbo del Homo conciens.

Como todo en la evolución, la conciencia inmaterial emerge para favorecer la supervivencia, y se ha ido perfeccionado minuto a minuto hasta lograr una claridad mucho mayor sobre los significados y valores que nos asignamos a nosotros mismos y a nuestro entorno. El temperamento[33] evoluciona hacia el carácter[34], que también poseen algunos mamíferos, hacia un carácter humanista y existencial y, así, la estrecha relación entre consciencia (awareness) ―saberse e interactuar en el entorno desde la intuición sensitiva y la expresión del impulso primario o instinto― y conciencia (consciousness)― acción de saber y poder ser sobre el instinto, saberse ahí― reemplaza al instinto al lograr subyugarlo. Se desarrollan múltiples inteligencias en estos seres, producto de la fuerza evolutiva, hasta que surgen las conciencias espirituales e inmateriales. Producto del desarrollo de estas inteligencias múltiples (Gardner, 1983) surge la sabiduría para saber vivir, hacer vivir y saber trascender, esto en términos de Ludwig Binswanger (nacido en 1881), anterior a Jean Piaget (nacido en 1896), con sus postulados sobre la psicología de la inteligencia, ―precursor teórico de Gardner (nacido en 1943)― y a Goleman (nacido en 1946), autor de las teorías de inteligencia emocional e inteligencia social.

El reto entonces está en proporcionarle al yo tanto demandas placenteras como displacenteras para que pueda formarse equilibradamente. En un mundo que hoy en día va a toda velocidad, hay que permitir que los niños experimenten la frustración durante la crianza para que el superyó se fortalezca, pero al mismo tiempo hay que ayudarles con estímulos placenteros para que el ello se establezca sanamente.

Para el psicoanálisis el yo es la estructura más compleja de la mente; como se mencionó anteriormente, es el que se encarga de procurar un equilibrio entre el ello y el superyó; se encarga de satisfacer a ambos, ojalá en una justa medida, en la que cada uno pueda establecerse sanamente y dentro de un equilibrio de placer y displacer. Esta estructura es una formación nutrida por el aprendizaje principalmente de los conceptos y juicios, especialmente los morales de los padres, los primeros maestros y figuras de autoridad. De esta manera, el superyó se convierte en la figura de autoridad interna que inyecta la culpa y el temor;  por ejemplo en adicciones, el consumo movido por el principio del placer se opone a la autoridad interna que hace surgir una enorme culpa, que genera así el conflicto interior. Cuando los padres tienen una normatividad excesiva forman individuos neuróticos llenos de culpa, de temores y ansiedades de tipo irracional; contrariamente, cuando los padres son demasiado permisivos se producen personas desbordadas en el placer.

En los tiempos actuales, el superyó se está quedando corto en su desarrollo en algunos momentos por falta de transmisión de juicios morales y valores por parte de los padres, pues la inmediatez de la vida y de los estímulos está poniendo al ello por encima. Por esta razón, las personas están formando estructuras de personalidad con baja tolerancia a la frustración, corta capacidad de espera y muchas dificultades para transitar y surfear las emociones displacenteras. Entonces vemos que si bien el superyó no es la conciencia, sí forma parte de la misma, pues la conciencia produce los sentidos característicos del Homo conciens, los cuales hemos postulado en años de investigación, análisis y práctica.

Es allí donde surge el que hemos denominado Homo conciens, “ser con dominio” de sus impulsos, con dirección existencial con sentido y voluntad, con capacidad de amar y dar, de cuidar y respetar, con intencionalidad y potencia en su voluntad y con la capacidad de otorgar sentido a su vida e interrogarse filosóficamente “quiénes somos”, y “de dónde venimos”, “a dónde vamos” y “cómo nos dominamos a nosotros y al entorno”. Desde allí somos seres con conciencias sobre el espacio medioambiental y personal; conciencia sobre nuestros tiempos pasados, presentes y futuros; y conciencia sobre la energía que mueve al mundo tanto en el macrocosmos como en ese microuniverso que reina en la física cuántica y hasta en nuestros propios cerebros (en donde se forma nuestra mente): seres capaces de pensar hasta en las naturalezas y sentidos de nuestras voluntades, virtudes y verdades. 

El Homo conciens deberá enfrentar la robótica, la disminución de oportunidades laborales bien remuneradas, las mayores exigencias económicas, la inteligencia artificial, la masificación de la electrónica, los implantes electrónicos en nuestro cuerpo, la sociedad posmodernista, la globalización de los mercados, las brechas socio económicas cada vez más profundas, entre tantas otras realidades que se avecinan y, de hecho, ya vivimos en algunas de ellas. Además de esa ya necesaria relación dependiente del hombre hacia la máquina, el ser humano debe afrontar sus nuevas realidades mediante una mente mucho más amplia y mejor conectada, y lograr así no solo mucho más que atención plena sobre el mundo material, sino también una gran capacidad de anticipación y predictibilidad de sus acciones y de las acciones del entorno y su impacto a corto, mediano y largo plazo; para tal efecto se hace necesario potenciar los sentidos de la conciencia que ofrece la Psicología Bioética, en la que hemos demostrado es la más poderosa herramienta de superación personal, trascendencia, plenitud y paz interior.

Cuando generamos percepción y acción plena sobre el mundo inmaterial se producen los sentidos que postulamos en esta obra. Con ellos se domina perfectamente la consciencia material y entramos en ese mundo inmaterial, conectándonos con estados, situaciones, conceptos, entidades, y las fuerzas invisibles para los ojos físicos, como el intelecto, la razón, el sentido, la convicción, la ética y la moral, entre otros conceptos que no fueron inventados por la fantasías de la mente humana, sino hallados en ese camino largo y tortuoso que, definitivamente, debe empezar a dar frutos de sostenibilidad individual, familiar, social y medioambiental, de acertados equilibrios entre el derecho y el deber, de balance entre esfuerzo y placer, de superación de la caoticidad emocional y mental, esto desde la base misma de aprender a dar significados a nuestras realidades, a aprovechar esas verdades y a lograr medir las consecuencias con cautela, es decir, a saber pensar, a saber creer, a saber sentir, a saber pertenecer y ser pertenecido, a saber poseer y, en fin, a saberse bien a sí mismo y a saber vivir. Estos atributos, entre otros que más adelante describiremos, son característicos de los seres humanos más evolucionados actualmente, los Homo conciens

Al ser la evolución, en gran medida, un desarrollo acumulativo, el Homo conciens contiene en parte al Homo sapiens sapiens, y al Homo sapiens. Sin embargo, anatómica, mental y evolutivamente hemos abandonado al Homo erectus, ya que el erectus, ―en su anatomía y funcionalidad― evolucionó hacia el sapiens, en un proceso evolutivo y selectivo, desde el logro de la manipulación de la experiencia objetiva hasta la capacidad de generar experiencias subjetivas de percepción, reacción y relación con el mundo inmaterial.

El Homo conciens es capaz de darse cuenta y, en consecuencia, obra sobre aquello de lo que se da cuenta, modula y direcciona sus acciones desde la aplicación del saber ser; obra entonces con dirección, propósito y sentido, construyendo su existencia desde el saber pensar, el saber creer, el saber sentir, el saber amar, para saber y poder ser en el momento presente, postulados muy antiguos desde el propio Aristóteles, y más recientemente Heidegger en su obra El Ser y el Tiempo y Binswanger, Ser en el Mundo (Being in the World). Saber estar y ser en el aquí y en el ahora y lograr conocimiento sobre el conocimiento, y conciencia sobre las consciencias, para poder trascender las propias existencias y realidades materiales e inmateriales. 

Sabemos hoy que los cerebros de personas con estas características desarrollan conectividad y progreso en ciertas áreas cerebrales del neocórtex, los lóbulos frontales, y presentan gran desarrollo y actividad en la glándula pineal. Probablemente por ello surgen también individuos acráticos, que no pueden subyugar su consciencia a su conciencia debido a una negación consciente, o porque no han desarrollado su conectividad cerebral hacia el mundo inmaterial, llamado transpersonal por Binswanger, o sentido transpersonal espiritual en Psicología Bioética. La influencia de los aspectos de la conciencia y sus fenómenos (fenomenología) tuvieron un gran desarrollo dentro de la psiquiatría y la psicología del siglo XX (Spielgerberg, 1972), por lo que incluso podríamos elevarla hasta la filo-fenomenología[35], incluyendo aquí a Rollo May, Carl Rogers, Abraham Maslow, Heinz Kohut y Jean Piaget, entre otros.

Debemos entendernos entonces como entidades con capacidad de agenciar (agentes de nosotros mismos) y representar nuestros propios contenidos interiores hacia lo externo  modificando nuestro entorno para nuestro propio aprovechamiento integral, el de nuestro prójimo y el de las generaciones venideras: eso es amar al prójimo (proximus). Percibimos, intuimos, nos conectamos con nuestra compleja anatomía emocional, y así surge un estímulo desde nuestros recuerdos, ideas, imaginación, interpretación, planes y, según nuestro criterio, elaboramos una intencionalidad. De esta intencionalidad nos surge un impulso, por el cual se desarrolla nuestra acción, y con el éxito de la intención consumada surge la autorrealización hacia esos tres mundos en los que podemos actuar: nuestro mundo interior, el mundo exterior y el mundo espiritual; por ello se requiere, más que una estatura intelectual, una amplitud de conciencia, y es precisamente lo que brinda la Psicología Bioética: una psicología plena en inteligencia espiritual, en mente plena y en full consciousness, que se traduce en éxito personal, en un éxito sostenible por generaciones, que es lo que tanto requerimos más allá de la conciencia individual, familiar, social, medioambiental y generacional, puesto que el prójimo viene de la raíz proximus, es decir, lo próximo… tanto en tiempo presente, como en lo venidero, ya que el tiempo también es una distancia que une lo que fue con lo que será, entregándonos  lo que somos hoy, con la potencia de hacernos lo que seremos…

APORTES FUNDAMENTALES DE LA PSICOLOGÍA A LA PSICOLOGÍA BIOÉTICA

Debemos entender previamente que la psicología, en sus planteamientos de estudio del alma humana, es muy antigua y surgió como una filosofía. Los primeros escritos que hacen alusión al término psicología datan del siglo XV en el texto de Marko Marulic, La psicología del alma humana, escrito en latín, de fondo aristotélico y tomista. Luego en el siglo XVI en Alemania se encuentra el escrito de Rudolf Gockel (o Rudolph Goclenius), El perfeccionamiento del Alma (Psique) Humana. Ambos son textos con grandes contenidos espirituales. De allí se lanzan los escritos de Christian Wolff, que trazan la psicología como una ciencia, con las obras La Psicología Empírica y La Psicología Racional, escritas en 1732 y 1735, respectivamente.

Franz Brentano (nacido en 1838), sacerdote ordenado quien renunció a los hábitos conservando su fe, elaboró unos lineamientos claros de psicopatología; fue profesor del mismo Sigmund Freud (nacido en 1856), el creador del psicoanálisis, y de dos discípulos de este último: Carl Jung (nacido en 1875), quien desarrolló las teorías de los arquetipos y el inconsciente colectivo, y Alfred Adler (nacido en 1870); este último rompió su relación científica con Freud y postuló sus teorías básicas de la psicología individual. Adler fue pionero en el estudio del carácter, creó el término “complejo de inferioridad” y postuló el conflicto entre la situación real del individuo y sus aspiraciones.  

Edmund Husserl, también alumno de Brentano, fue el creador de la fenomenología, ciencia que postula el estudio de la conciencia y procura reducir lo subjetivo a conceptos objetivos (reducción fenomenológica), y propone la lógica como la ética del pensamiento. Brentano fue también profesor y padre intelectual de los fundadores de la escuela gestáltica (Psicología de la forma y percepción con teorías sobre el yo), como Kurt Koffka (nacido en 1886). Así, fue Brentano quien puso las primeras piedras para la psicología moderna desde bases muy aristotélicas, en ética de los valores y de interpretación de nuestras realidades en cuanto a percepción, intención y sentido, hasta que surgió la psicología experimental o científica por parte de Wilhelm Wundt (nacido en 1832) quien, ya siendo una persona muy madura, lanzó su laboratorio de Psicología Experimental en Alemania. Así, la psicología fue avanzando por las teorías conductistas hasta William James (nacido en 1842), John B. Watson (nacido en 1878) y Burrhus Frederic Skinner (nacido en 1904). A estos últimos se les denomina también los teóricos mecanicistas, que tratan de tipificar al hombre con una máquina, probablemente influenciados por la revolución industrial.

De allí surgieron las grandes teorías del siglo XX: Gordon Allport (nacido en 1897) con sus teorías de la personalidad, los grandes fundadores de las escuelas humanistas existenciales como Carl Rogers (nacido en 1902), con formación sacerdotal y padre del enfoque centrado en la persona, y Abraham Maslow (nacido en 1908), padre de la teoría de la pirámide de las necesidades humanas y la psicología del ser. Así mismo, con Viktor Frankl surgió la logoterapia o terapia del sentido espiritual. Por esa época encontramos la importancia de la teoría de los constructos mentales de George Kelly (nacido en 1905), a Albert Bandura (nacido en 1925) de la escuela cognitiva conductual, con la teoría del aprendizaje social y su evolución al socio-cognitivismo, y las teorías de la autoeficacia.

En otro continente encontramos las teorías de Lev Vygotsky, quien postuló la importancia del lenguaje dentro de los pensamientos del ser humano. En Norteamérica encontramos a Theodore Millon (nacido en 1928) con su célebre teoría de la personalidad y los desórdenes de personalidad sustentados en la Psicología del yo. También es importante resaltar a Albert Ellis (nacido en 1913), quien trabajó sobre la ansiedad del ser humano y las ansiedades patológicas, en la psicología de la ansiedad. Sobre la misma línea de la ansiedad se encuentra lo postulado por Karen Horney  (nacida en 1885), discípula de Sigmund Freud, con su célebre teoría de las neurosis sociales o necesidades neuróticas, y sobre esa línea de psicoanálisis también encontramos a Charles Brenner (nacido en 1913) con la Teoría del Drive, y a la insigne escuela de New York, con Anna Freud, hija de Freud, y Heinz Hartmann entre otros, quienes trabajaron sobre la línea de los mecanismos de defensa del yo, como la represión, la negación y demás, los que más adelante explicaremos como atenuantes irracionales de las ansiedades. Por esa línea del psicoanálisis tomamos elementos de Jacques Lacan, fundador de la escuela francesa de psicoanálisis, con su teoría de los significados y significantes; de Melanie Klein, quien fue una psicoanalista creadora de una teoría del funcionamiento psíquico, y quien además hizo significativas contribuciones sobre el desarrollo infantil desde la teoría psicoanalítica y adicionalmente fundó la escuela inglesa de psicoanálisis.

Encontramos también a Aaron Beck (nacido en 1921) con su teoría cognitivo-conductual, y se resalta y adoptan en algo los trabajos ya posteriores a 1990 de Robert Cloninger con su teoría causal o evolutiva de la personalidad, y de Deci y Ryan, con su teoría de la autodeterminación. Como la filosofía, la psicología requiere que desarrollemos un pensamiento profundo y trascendente. Al ir perdiendo el posmodernismo ese pensamiento profundo cada vez más, las corrientes de la psicología y de la filosofía se tornan más superficiales y banales. En efecto, cuando se apoyan en la psicología experimental, dichas corrientes reducen al ser humano a la máquina o al conocimiento científico, sin observar las manifestaciones y los fenómenos de la conciencia en cuanto a sentido y a sentidos, lo que se representa como una acción sensible dentro de nosotros y se proyecta hacia el orden, la armonía, el equilibrio, el valor personal, entre otros aspectos que pretendemos desarrollar para el lector con esta obra, a saber, el reduccionismo metafísico.

Sobre estas líneas de pensamiento esbozamos un conocimiento teórico, académico y muy práctico, para que la psicología no sea una ciencia misteriosa, ajena a las masas e incluyente solo del grupo de terapeutas, sino una ciencia al alcance de todos para mejorar nuestra calidad de vida, nuestra atención mental plena y el desarrollo de conciencia con sentido en cuanto a propósito, significado, dirección y percepción, logrando sensibilidad y control sobre lo inmaterial. Se procura así una gran capacidad de maniobra bajo presión, la resignificación de nuestro pasado y la predictibilidad de nuestras acciones, para lograr un pleno desarrollo interior que, a su vez, sea sostenible a través del tiempo y no de un modo narciso y egocéntrico sino, como lo hemos expuesto, dándonos vida y dando vida a nuestros entornos vivos, puesto que genera conciencias plenas (biológica, familiar, social, laboral, financiera, sexual, medioambiental y espiritual).

La Psicología Bioética toma ejes principales de las más evolucionadas teorías, dando crédito a sus autores para ensamblar y postular nuevos elementos y proponer así una verdadera psicología de autoayuda. La Psicología Bioética busca fomentar los niveles de conciencia, de poder personal y de plenitud interior, al  evitar el reduccionismo materialista y aumentar la reducción metafísica, pues procura materializar las representaciones de los fenómenos de nuestra conciencia, no solo en palabras e imágenes mentales de nuestros pensamientos, sino en nuestros actos y fenómenos internos, como el pensamiento, el estímulo sensible de nuestra percepción material e inmaterial, y la reactividad emocional interna. Así mismo, procura materializar también el significado que asignamos a nuestras situaciones, personas, tiempos y espacios y, por lo que yo mismo he visto en miles de pacientes y en mí mismo, la importancia de un despertar espiritual, el cual inicia desde el mismo momento en que Dios deja de ser una idea… un pensamiento, y surge entonces el deseo, el sentimiento de necesitar de él, y ahí se abren la comunicación y la oración las cuales, valga agregar, jamás retornan vacías.

De esta manera, la Psicología Bioética propone la mente como un ente inmaterial que se soporta o se asienta sobre la neurobiología moderna (evolución epigenética cerebral) y radica en la conectividad evolutiva en la mente (el Conectoma de Sebastián Seung, 2012), cada vez más compleja; por medio de las inteligencias, el aprendizaje, la emulación y la autodeterminación, se van formando cuatrillones de conexiones cada una con un fin específico. Además de los refuerzos por placer y temor, podríamos postular que la Psicología Bioética trabaja conductualmente sobre la teoría del quíntuple refuerzo: los dos refuerzos básicos (impulso hacia el placer, y evitación o supresión de las amenazas y el peligro), además por autodeterminación o convicción, sobre la que se construye el yo y toma de las escuelas fenomenológicas la existencia de la conciencia, dándole a ella  su valor como regente en la ética del pensamiento, la ética de las emociones, la ética de los valores y la ética de la vida. De esta manera es posible manejar la mente desde la conciencia, conectando, desconectando o reconectando a esta mente que se estriba en el cerebro por un constante proceso de plasticidad cerebral, autoplasticidad y haloplasticidad. Esto se logra y es necesario lograrlo, puesto que por falta de conciencia se producen todos los males que el ser humano se hace a sí mismo y a sus entornos sociales y medioambientales.  Así también existen los refuerzos por imitación y emulación, proporcionados de manera semiautomática por las neuronas espejo, sin olvidar jamás las extrapolaciones de las cargas de contenidos inconscientes (catexias y contracatexias).

Como dice Jung[36], “hasta que lo inconsciente no se haga consciente, tu inconsciente seguirá dirigiendo tu vida y tú le llamarás destino” (Calvo, 2017); esto quiere decir que es necesario conocer el mayor porcentaje de nuestra mente, debido a que muchos de nuestros comportamientos, relaciones y reacciones están movilizados por el inconsciente. Al ser así, no somos dueños de ellos. Al permitir que aquellos contenidos inconscientes pasen a la consciencia los haremos nuestros, y entonces entrarán la voluntad y la decisión de qué hacer con ellos.

En el capítulo respectivo analizaremos la línea de abastecimiento intelectual, que nutre a la Psicología Bioética desde de la filosofía.

APORTES DE LA PSIQUIATRÍA A LA PSICOLOGÍA BIOÉTICA

Por la otra punta, la psicología médica o psiquiatría se va organizando con Pinel (nacido en 1745), humanizándose y focalizándose en el tratamiento de las enfermedades mentales. Valga anotar que por aquel entonces los procedimientos para tratar estas enfermedades estaban basados en el encierro, la tortura y el castigo, pues los afectados eran vistos como personas poseídas o no merecedoras de caridad y misericordia. En su Tratado de la locura, Pinel clasificó las enfermedades mentales en cuatro (4) tipos: manía, melancolía, idiocia y demencia, y explicó su origen por la herencia y las influencias ambientales. También tenemos a Jacques-Joseph Moreau de Tours, autor de la primera descripción de una psicosis aguda inducida por una droga (Hachís). Por su parte, Georg Ernst Stahl (1659 – 1734) dividió las enfermedades psiquiátricas en dos grandes grupos: simpáticas (en las que existía daño en algún órgano) y patéticas (en las que no se encontraba una lesión orgánica subyacente). William Cullen (1710 – 1790) elaboró otra clasificación de las enfermedades mentales y fue el primero en utilizar el término “neurosis” como enfermedad, aunque para la teoría psicoanalítica la neurosis es una afección producida por la represión de los impulsos sexuales hacia el objeto de amor materno y los deseos de parricidio del padre que se presentan pasando a través del complejo de Edipo. La teoría psicoanalítica plantea tres grandes grupos en donde entran todas las estructuras de la personalidad: la neurosis, los trastornos de personalidad y la psicosis.

En este período hay que destacar a Johann Christian Reil (17591813), creador de la psicoterapia racional y del término “psiquiatría”, y fundador de la primera revista de psiquiatría. También tenemos a Benjamín Rush (nacido en 1746), estadounidense, quien postuló acertadamente las enfermedades mentales como una disfunción anatómica funcional del cerebro. Poco a poco se va abriendo paso un concepto más médico (en cuanto orgánico) de la locura, hasta llegar a Emil Kraepelin (nacido en 1856) quien determinó los criterios diagnósticos con gran precisión.

Es importante hacer una distinción en estos términos, pues antes se pensaba que las enfermedades mentales eran una disfunción anatómica o estructural del cerebro. Más adelante entendieron que el término “mental” viene de mente, es decir, de una estructura intangible, la cual solo es observable a través del lenguaje y del comportamiento de la persona que padece la enfermedad mental, a diferencia de la enfermedad “cerebral”, la cual es tangible y observable en la anatomía del cerebro. Aún así, hoy sabemos muy bien que todas las enfermedades y los malestares significativos de la mente obedecen a desbalances en la bioquímica cerebral y por ello responden muy bien a medicamentos y cuidado, a la psicoterapia y al esfuerzo personal guiado.

De fondo vemos a la psicología como el estudio de la conducta del ser humano. Se diferencia de la psiquiatría, puesto que esta última se ocupa principalmente del estudio de las enfermedades mentales y su tratamiento. De allí su nombre psique que significa alma, y iatreia, curación; de esta manera, dos vertientes diferentes del pensamiento se unen en el estudio de la mente humana. La Psicología Bioética nace desde la ética aristotélica de las virtudes y evoluciona hacia la metafísica de Santo Tomás, hasta perfeccionarse hacia la intencionalidad ontológica del ser de Brentano, y a partir de ahí a la fenomenología de Husserl o ética del pensamiento y estudio de los fenómenos de la conciencia, sin olvidar a Freud (maestro de Jung), con sus valiosas teorías sobre el yo y los contenidos inconscientes. Jung generó aportes relevantes a los arquetipos o signos de las conciencias inconscientes, pero no olvidó el diagnóstico ni el autodiagnóstico, ya que muchos desórdenes mentales pasan desapercibidos. Si nos ceñimos a un manual de diagnóstico actual, bien sean los DSM, CIE o psicodinámicos, todos tenemos algo para trabajar en ello. Podemos afirmar que más del 50% no requiere atención profesional. Nosotros mismos, con algo de conocimiento y esfuerzo, podemos superar los desórdenes mentales desde que no necesitemos medicamentos pues estos, cuando se requieren, son imprescindibles.

 

EL ENFOQUE DEL YO DESDE EL PSICOANÁLISIS. EL DRIVE: ENERGÍA, POTENCIA Y FUERZA

Hace más de 100 años Freud postuló su teoría de las instancias intrapsíquicas o la psicología del yo. Es muy importante entender esto, pues es la clave para una superación personal y para lograr dominar esas fuerzas invisibles que nos llevan a obrar mal, a auto-sabotearnos, a paralizarnos, a procrastinar las cosas, entre tantas otras que se desvían de nuestras metas y luego hacen que nos sintamos mal.

Freud postuló tres (3) instancias intrapsíquicas del yo: hay que ver el yo como una agencia interna de la representación de nuestro autoconcepto que lidia con fuerzas que, generalmente, se oponen entre sí. El ello es movido por el principio del placer. Y el superyó, accionado por la censura interna o autocensura, procura aliviar las cargas tensionales que tenemos dentro. Estas cargas tensionales surgen de contenidos inconscientes, es decir, que no nos damos cuenta de ellos, y conscientes, de los cuales sí nos damos cuenta.

            Estas acciones muy internas que tenemos en la mente generan toda una serie de mecanismos de defensa que van dirigidos a aliviar las ansiedades y angustias inherentes al ser humano, y están movidas por un elemento dinámico que es el drive. Charles Brenner, un sucesor de Freud, investigó bastante este aspecto del drive, para concluir que es la energía intrapsíquica que antecede al impulso. Cuando es indomable, este drive es el encargado de generar muchos, sino todos, los malestares emocionales en el ser humano. Cuando logramos amansar y controlar ese drive, nuestra energía intrapsíquica va a ser regulada. Este drive puede surgir desde lo inconsciente, lo que entendemos como catexias (cuando provienen del ello), que son impulsos irrefrenables o acting outs, en donde la conciencia pasa a segundo plano, impulsos usualmente movidos por la ira compulsiva o la búsqueda de placer como es el caso de la búsqueda de placer compulsivo, siendo las adicciones claro ejemplo de dicha búsqueda. Ya en el caso de las contracatexias (el impulso proviene del superyó) surge este impulso irrefrenable movido por el temor o la culpa, impulso que tiende a ser paralizante, o también en el caso del estrés postraumático se recrea la memoria emocional de lo sucedido, como pasa con los trastornos de la ansiedad y los ataques de pánico. Esto fue muy bien descrito por los padres del psicoanálisis y, de manera muy paradójica y contradictoria el señor L. Ronald Hubbard, fundador de la Dianética y la Cienciología, toma algunas de sus teorías, las hace suyas  a manera de plagio y critica a la psiquiatría, omitiendo además citar las fuentes.

Para ello es de suma importancia resolver las principales defensas como la represión[37] (que consiste en constreñir las emociones sin desahogarlas o drenarlas), hablando de ellas, desarrollando alguna acción de liberación. También se encuentra la negación, (rechazar lo que nos está sucediendo o lo que tenemos por dentro), y la desrrealización, (crear una realidad paralela o sentir que flotamos dentro de nosotros mismos para protegernos del dolor que crea nuestra mente), entre otras. Si identificamos y aceptamos nuestra propia verdad, surgirá la verdad en cuanto aceptar lo que es, tal y como es. Esto debe ser visto como un conjunto integrado de facetas intrapsíquicas del yo que no siempre están en armonía entre sí, como el yo que quisiéramos ser en este momento, el yo que quisiéramos ser en el futuro, y el yo que proyectamos hacia los demás. Incluso, algunas personas llegan a desarrollar yoes paralelos, conocidos como alter ego.

Desde la teoría psicoanalítica, la personalidad humana es producto de la lucha entre nuestros impulsos destructivos y la búsqueda de placer. Se definen tres (3) grandes grupos en donde se mueven las diferentes personalidades: 1. la neurosis, 2. los trastornos de la personalidad, y 3. la psicosis. En la neurosis se mueven las estructuras que pasaron suficientemente bien a través del complejo de Edipo y en donde se instauró la represión como mecanismo de defensa principal. Dentro de este grupo se encuentran las estructuras de personalidad: histeria, obsesión y fobia. En los trastornos de la personalidad no hay una estructura de personalidad definida, sino que más bien la persona adopta varios rasgos de personalidad de distintas estructuras. En la psicosis se mueven las estructuras en donde el rechazo y la negación se instauran como mecanismos de defensa principales; el inconsciente no se reprime, entonces la persona se psicotiza. Las estructuras de personalidad que se encuentran aquí son: la esquizofrenia, el trastorno afectivo bipolar y la melancolía. Como en el trascurso de este primer capítulo surgen tantos aspectos que requieren mayor profundidad, iremos revisándolos a lo largo de esta obra.

EL SELF

Otro concepto de absoluta importancia en la Psicología Bioética es el del self, es decir, dentro de la psicología del sí mismo. Este fue introducido por Heinz Kohut, psicoanalista austriaco, para hacer alusión a todos los mecanismos integradores de los diferentes componentes del yo, tales como el ello o la fuerza movida por el principio del placer; el superyó, que acciona el principio de censura interna, por las creencias morales y éticas instauradas por nuestros cuidadores principales en la infancia; el yo proyectivo o social, movido por la fuerza del impulso a la afiliación y al reconocimiento social; el yo ideal, movido por la fuerza del constructo mental de lo que quisiéramos ser; y las fuerzas dinámicas que pulsan entre lo que creemos ser y lo que verdaderamente somos, y que tomaremos en el trascurso de esta obra. El self, con sus autos (autonomía, autocontrol y autoestima entre otros), integra y concilia estas fuerzas  que surten al yo, para que ejerza su función de equilibrio dinámico entre dichas fuerzas a fin de atenuar la ansiedad.

Fue el psiquiatra estadounidense Harry Stack Sullivan quien inició con el concepto del self con su teoría de la psiquiatría interpersonal. En la actualidad se entiende que este componente dinámico involucra todos los autos (entendidos como esquemas de afrontamiento en esta obra), tales como la autoestima, el autocontrol, la autonomía, el autoconcepto, el automonitoreo, la autorregulación, la autoeficacia, la autogestión, la auto actualización etc.) y forma una parte integradora del yo, puesto que el self es el que compone el carácter, junto con los sistemas de valores y el sistema de virtudes personales. Así, vemos que estos elementos se forman durante la vida y son sensibles a constantes modificaciones, ya que el sistema del carácter está por encima del temperamento, que es la base biológica de la personalidad. De este modo, al ser la base para la formación de la personalidad, el carácter alimenta la personalidad para que ella interactúe con su entorno pues, como veremos más adelante, la personalidad es la representación del sí mismo, del sistema del yo y, de hecho, del carácter y del temperamento.

 

BINSWANGER: LA PSICOLOGÍA TRANSPERSONAL

A continuación, veremos la importancia de la psicología transpersonal o psicoanálisis existencial, cuyo término fue propuesto por uno de los grandes de la psicología, el suizo Ludwig Binswanger, quien en su obra Being in the World (1963), traducida como El ser en el mundo, plantea tres (3) pulsiones básicas del ser humano: la transpersonal, la intrapersonal, y la interpersonal. La pulsión transpersonal es toda la relación del ser humano con el mundo espiritual; la pulsión e impulso hacia lo intrapersonal consiste en todas las relaciones consigo mismo; y, la pulsión e impulso hacia lo interpersonal son  la relaciones del ser humano con sus entornos tanto sociales como medioambientales. Esto es fundamental, ya que este es el pionero en las inteligencias intrapersonales (emocional, conceptual, financiera, etc.). Lo transpersonal es bastante anterior a lo que Howard Gardner definiera como Inteligencia  Espiritual, y ya lo interpersonal es de mucho antes que Daniel Goleman definiera la inteligencia social.

Estas tres pulsiones (energía que alimenta el impulso) e impulsos (fuerza) del ser humano son esenciales para entender y definir la Psicología Bioética. Es crucial entender que si bien la pulsión es inconsciente, podemos hacerla consciente; esto ya lo entendía Jung, hablando de lo importante de hacer consciente lo inconsciente y esto es la pulsión, que es esa energía intrapsíquica que antecede al impulso, pues el impulso es ya la fuerza y la suma de la energía (pulsión) más la fuerza (impulso) es la potencia, que no es otra cosa que la voluntad, y para ello se necesita de la conciencia para ser regulada, y es lo que nos diferencia de los animales y humanos inferiores: el drive motivacional humano buscado por la Psicología Bioética. Es decir, el objetivo es el desarrollo sostenible dentro del tiempo presente y generacional de la especie y, sobre esos tres impulsos (interpersonal, intrapersonal y transpersonal), la Psicología Bioética nos lleva a comprender la importancia de vernos como seres humanos de una manera holística, de una manera integrada, no únicamente como mente, cuerpo y alma, sino a través de las ocho (8) áreas de desarrollo propuestas por la Psicología Bioética, las cuales abordan al ser dentro de un enfoque sistémico, dado que son diferentes sistemas que forman parte de un todo. Aunque todos tenemos dichas áreas, ellas son muy diferentes en cada quién, y esto de subirlas o bajarlas siempre funciona dentro de la mecánica de percepción objetiva, intuición lógica, atención e intención ordenadas y focalizadas, y la realización consumada del objeto, siempre en pro de buscar un beneficio presente y futuro de todos con un concepto social, ecológico y universal y sin caer en un comunismo retrógrado, anacrónico e imposible.

Esas áreas son de afluencia ―como ya se ha señalado, pueden fluir, bajar, subir― y pueden estar en peligro, en emergencia, en normalidad, en afluencia de bienestar, en una relación de potencia o de suprema potencia. Las ocho (8) áreas de desarrollo son: 1. el área biológica; 2. el área cognitiva o mental, donde están el pensamiento, el intelecto y el sistema de creencias; 3. el área emocional, planteada por nuestra anatomía o cuerpo emocional, la cual está estrechamente ligada a la mental; 4. el área socioafectiva; 5. el área ocupacional, donde encontramos el área laboral, el entretenimiento, el área académica; 6. el área sexual; 7. el área económica o financiera;  y 8. el área espiritual, donde tenemos el espíritu, el alma y la conciencia.

DIAGRAMA ÁREAS DE DESARROLLO

Desde el área espiritual se tiene influencia directa sobre el área emocional puesto que, a mayor espiritualidad hay mayor fortaleza de carácter, y ya con control sobre el área emocional se logra control sobre todas las demás áreas; por ende, la Psicología Bioética nos ayuda a lograr maniobrar emocional y conductualmente cuando estamos bajo presión y logra ajustar las áreas, abordando con precisión lo que marcha mal en nuestras vidas, focalizando las energías al alinear nuestras unidades de atención, intención y acción hacia un solo punto y a tener una enorme capacidad de maniobra bajo presión. Así, se van llevando todas las áreas hacia la situación ideal, la normalidad, sin ser individuos dañinos, tóxicos o nocivos para nosotros mismos ni para el entorno. Estas zonas de normalidad y de afluencia son zonas de confort, hacia las que no debemos cuantificar, sino más bien cualificar, es decir, no cuántas tenemos, sino más bien si están bien o mal, pues logramos la plenitud interior no por la cantidad, sino por la calidad y la gratitud. Para esto, debemos entender la diferencia entre lo situacional (que puede cambiar) y accionar los cambios adaptándonos a ellos, y lo condicional (que no puede cambiar), y resignarnos a aceptarlo cómodamente. La plenitud nos la da la autorrealización legítima y nos blinda contra las enfermedades mentales, los desórdenes emocionales y los trastornos psicológicos, siempre desde la base de resolución del conflicto interior.

Un aspecto central, que nos blinda contra las enfermedades, desórdenes y trastornos psicológicos, mentales y emocionales, es la sana separación de la madre en nuestra primera infancia y la relación de apego sana que mantenemos con ella o, en su ausencia, con el cuidador principal. Al no romper la simbiosis que existe con el narcisismo primario en el primer año de vida, esa simbiosis que no se rompió en el inicio de la vida se materializará en una psicosis y/o una neurosis en la adultez, y los diferentes tipos de apego (Bowlby, 1977) que tenemos con nuestra madre o cuidador marcarán, en gran medida, los trastornos emocionales o de personalidad que se desarrollarán a partir de la adolescencia. Esto llevará a desórdenes en la personalidad, adicciones, una escasa autorrealización, y a dependencias simbióticas de los padres que perdurarán hasta bien entrada la adultez.

Es sustancial llevar a los hijos a la separación de los padres de manera suave, gradual, dejándolos que asuman momentos de soledad, que sean buenos amigos de sí mismos, que se encuentren con sus temores y sus ansiedades y los venzan. El juego manual, la lectura de cuentos, el poco y medido juego electrónico va a ir estimulando su sana inteligencia y va a ir fomentando una sana futura autorrealización que los blindará contra todo lo descrito con anterioridad y es muy importante, al ir comentando los cuentos y las fábulas (que tienen sus contenido morales), no ir fomentado la homofobia, la discriminación social, la lucha de clases y todas esas cosas monstruosas para los conceptos bien avanzados de la Psicología Bioética. Igualmente, es crucial ir nutriendo sus superyós para que sean bien sanos , bien ajustados, que no sean tan excesivos como para producir individuos neuróticos, ni demasiado laxos como para producir individuos perezosos y mediocres.

EL DIAGNÓSTICO CLÍNICO MULTIAXIAL

Hemos logrado entender que todas las propuestas han evolucionado y, al hablar de una teoría unificadora, debemos referirnos a lo que ofrece el Diagnóstico Clínico Multiaxial de los Cinco Ejes (American Psychiatric Association [APA], 1994).  A través de los Cinco Ejes Diagnósticos, se puede dilucidar con plena claridad lo que hay dentro del ser humano: en el Eje I se encuentra lo más grave, lo que necesita de más atención y es más discapacitante; el Eje II es básicamente personalidad y compromiso en el coeficiente intelectual; en el Eje III están las repercusiones que pueden tener origen en el factor biológico de una persona, en su sistema endocrino, en su sistema límbico, incluso cómo las enfermedades terminales impactan sobre una depresión; en el Eje IV encontramos la red de apoyo de una persona, cuál es esta red de apoyo, cuál es su situación de familia, si hubo situaciones de abandono, adopciones, cómo es su red de apoyo a nivel trabajo, entre otros; y, en el Eje V encontramos la escala del funcionamiento global del individuo, donde están las habilidades sociales y el autocuidado (Millon, 2004, p.6).

Desde un buen diagnóstico se puede elegir un plan de tratamiento adecuado, y es donde la Psicología Bioética nos ofrece herramientas supremamente amplias y útiles. Para la Psicología Bioética, mucho más allá de los hallazgos tanto de Gardner[38] como de Goleman[39] en las teorías de las Inteligencias Múltiples y de la Inteligencia Emocional, llegamos al establecimiento de cinco (5) inteligencias básicas que son: la inteligencia analítica, la inteligencia emocional, la inteligencia social, la inteligencia afectiva y la inteligencia espiritual. De tal manera, en la Psicología Bioética estas son consideradas como el Eje VI en diagnóstico. Finalmente, en el Eje VII encontramos uno de los aspectos más importantes de nuestra propuesta: los fenómenos o sentidos de la conciencia. Es así como en la Psicología Bioética encontramos siete (7) ejes de diagnóstico. Este tipo de diagnóstico es sumamente útil en el tratamiento, pues si se trabaja en ese orden, las probabilidades de un buen pronóstico son mucho más amplias. Además, se maneja desde lo más discapacitante a lo que es menor y secundario, hasta obtener un buen funcionamiento global, para desde allí crecer como ser humano y como ente espiritual. Por regla general, con muy pocas excepciones, al remitir síntomas del Eje I quedan los aspectos del Eje II y los del Eje III. Desde un inicio es necesario afirmar o descartar el compromiso biológico. Así, se trabaja en la familia; luego la persona, ya mucho más sana, empieza a contar con las habilidades sociales, de autocuidado y de funcionamiento para ser útil a sí misma. En ese momento se trabaja con los Ejes V y VI.

 

APORTES DE LA ESPIRITUALIDAD, PSICOESPIRITUALIDAD Y LA FENOMENOLOGÍA

Debemos llegar al completo convencimiento de que hay un mundo espiritual, así como existen el magnetismo, la electricidad o la temperatura, o la misma luz, que los ojos no ven. A manera de ejemplo, a simple vista está la luz: aunque nosotros no la vemos, sí vemos el reflejo de ella captado a través de nuestros ojos y del estímulo bioquímico que se genera en el cerebro para poder distinguir los colores. Tenemos también el magnetismo, el cual no podemos ver substancialmente, pero cuyo efecto sí podemos percibir. Lo mismo sucede con la energía eléctrica.

El entendimiento de las fuerzas espirituales nos conduce por el camino de la psicología espiritual y hacia la máxima de Jesucristo que es “no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti mismo” que, en el Compendio de Ética de Peter Singer[40] (2004), está definida por Darwin como la Regla de Oro (como se cita en Midgley, 2004, p. 38). Esa Regla de Oro es el eje fundador y sustantivo de la Psicología Bioética: ˊamarnos a nosotros mismos y amar a nuestro prójimoˋ, es decir, el amor no como una causa pasiva ni como un afecto, sino como una fuerza que pulsa hacia el bienestar y repulsa hacia la destrucción. En otras palabras, propender al bienestar hacia nosotros mismos y hacia nuestro prójimo para poder sobrevivir en afluencia en este mundo, en el que cada vez es más difícil sobrevivir, hacernos el bien y hacer el bien. Por ello necesitamos cada vez más de herramientas para lograr sobrevivir y alcanzar nuestra plenitud interior.

            Es importante diferenciar la espiritualidad de la religiosidad, aun cuando la religiosidad puede producir conciencia y espiritualidad, puesto que la espiritualidad es como un tren que marcha sobre unos rieles. Se necesitan la una a la otra; aun así, puede existir locomotora o espiritualidad sin los rieles, y también pueden existir los rieles sin locomotora, pero resultan ser artificios sin función alguna y solo adornos un poco ˈmostrencosˈ. Por esta razón debemos contar con algún poder o fuerza superior a nosotros mismos y con esa veneración, adoración, así sea a la ética o a la moral, o bien a un grupo social con un propósito y un horizonte definidos. Si llegamos a poder creer en Dios, se podrá encender en nosotros la luz de la conciencia; así, conducimos la espiritualidad por un camino trazado que la produce.

Las religiones han sido creadas desde la enseñanza trascendente. Esto, en todos los casos, señala que algún ser humano llenó de luz su conciencia para promover la sana convivencia y los principios prácticos de sabiduría para el diario vivir de su pueblo, de su raza o bien de su generación y posteriores. Así la palabra religión, desde sus probables raíces etimológicas, proviene de religere (‘tener en cuenta’), religare (‘religar’, ‘ligada fuertemente′) y relegere (‘leer atentamente’, ‘repasar escrupulosamente’). Por otra parte, espiritualidad, en su etimología, proviene del adjetivo “espiritual” y del sufijo abstracto “idad” que indica cualidad de índole, característica, naturaleza, o propiedad de lo espiritual, perteneciente al espíritu, el cual viene del latín spiritus, ‘soplo’, ‘aire’, ‘espíritu’, derivado de spirare, ‘soplarˈ, ˈrespirar’, de la familia etimológica de ‘espirar‘. En este orden de ideas, la raíz spir fue traducida por los latinos del griego pneuma, y los griegos la tomaron para traducirla del hebreo antiguo Rhua, que significa aire o aliento, y se la ha dado el sentido contextual de ‘el soplo de Dios’.

 Vemos entonces que religión significaría estar ligado o religado a la espiritualidad o a la palabra de algún iluminado, al “aire”, o más bien al ente y agente inmaterial. Todos estamos ligados a un mundo espiritual con el que nos conectamos desde nuestra conciencia. De tal manera, podemos decir que la religión sin espiritualidad es solo una máscara que no está ligada a nada inmaterial, sino al mundo material del prestigio, los lujos o la proyección de una identidad hacia los demás que no es legítima ni genuina.

Por su parte, la espiritualidad sin religión es como aventurarnos en un trayecto sin camino trazado, es la temeridad y la osadía de algunos que quieren hacer camino al andar. Esto es posible, pero para lograrlo se requiere de mucha luz interior; sin embargo, lo que se observa es más bien la arrogancia y la soberbia de algunos que no quieren hacerse menores ante ninguna causa, ni a la ética, ni a la moral, ni a los valores universales, ni a unos preceptos de conducta con un sentido espiritual, trazados y observados por mayorías en el mundo entero. Generalmente son personas para quienes el conocimiento material es “su religión”, pero este conocimiento no es trascendente.

El sentido común indica que todas las religiones que aportan a la paz, a la gratitud, a la plenitud y a los valores interiores, como la humildad, la honradez y la honestidad, resultan ser válidas. La religión, que es el camino humano, puede conducir hacia una auténtica espiritualidad, la cual es el sendero divino, y desde el sendero espiritual llegamos a la conciencia. Por esta razón, es esencial estudiar la psicología que se esconde tras las principales religiones y mitologías y cómo estas, de una u otra manera, intervienen en alguna patología psicológica como el miedo, el sufrimiento, la desorganización, la caoticidad material y emocional, la crueldad, el apego al placer carnal, y el cambio o transformación de los antivalores en valores. Por lo tanto, las religiones fueron las primeras disciplinas encargadas de brindar una solución a la problemática psicológica del ser humano, y por ende las revisaremos en el capítulo respectivo.

       Vemos que, histórica y evolutivamente, la conciencia se ha alimentado por el temor. En términos de Burrhus F. Skinner, el temor es un refuerzo negativo por el que la persona se coacciona a sí misma para mantener un correcto proceder, y se tiene así una higiene moral movida por el temor. Hay que diferenciar este temor del miedo, en cuanto este último es una emoción primaria. El temor ha sido históricamente como el cauce de un río que retiene o delinea el agua, por cuenta de las diferentes religiones, las cuales se han encargado de nutrir la moral más que el intelecto. Un ejemplo específico y claro de ello es cuando una sociedad tiene miedo en medio de una pandemia, y cómo desde ese temor sano dicha sociedad empieza a coaccionar su conciencia y a modificar sus conductas, incluso aquellas que nada tienen que ver con la fuente del temor. Tal es el caso en la actualidad, cuando la humanidad entera comenzó a hacer cambios en sus costumbres y en sus hábitos con la pandemia del COVID-19, causada por una nueva cepa de coronavirus en el año 2020.

Lo más importante en Psicología Bioética es no obrar por un refuerzo negativo en los límites que nosotros mismos nos imponemos. De hecho, esta restricción no genera placer; lo correcto y coherente es obrar por convicción. Esta convicción puede ser vista dentro del marco teórico de la autodeterminación de Deci y Ryan, esto es, obrar por una motivación intrínseca o interior acompañada en ocasiones de una motivación extrínseca para producir, por complianza, una conducta llena de sentido desde una conciencia plena. En otras palabras, manejar la mente, no permitir que la mente se mande sola, haciéndolo como un acto consciente, que inicia por el gobierno de la percepción material e inmaterial, y continúa con el gobierno de los pensamientos y significados que asignamos a nuestras realidades, que está por encima y subyuga la mente.

            Para ello es absolutamente necesario lograr una percepción de lo inmaterial e ir más allá de una percepción de la consciencia en el sentido material, con sentidos materiales como el gusto, el olfato, el tacto, la vista y el oído. Además, se requiere gobernar la reacción del impulso primario con el impulso secundario que surge de la conciencia y, desde este último, desarrollar una conducta ética hasta lograr la realización de nuestra acción de planear o postular con gran desarrollo, de la capacidad de predictibilidad de nuestras acciones y de la capacidad de aprender de la experiencia. A partir de esto, el objetivo es alcanzar la capacidad de maniobrar bajo presión externa y dominar el impulso primario, como un acto de conocimiento. Para tal fin debemos alinear nuestras unidades de atención, intención y acción, de las que la voluntad está compuesta.

La voluntad es una fuerza que produce potencia en el acto y lleva al ser en cuanto ente, al ser en cuanto a acto; de hecho, se requiere de una energía que sustente todo lo que es el pensamiento. Por tanto, la base de todo es saber pensar; en términos de Husserl es la ética en el pensamiento, que no es otra cosa que pensar con deducción, discernimiento y lógica. Así, en las personas espirituales, su pensamiento (o la energía de su pensamiento), se nutre de Dios o de un poder superior a sí mismos. La fenomenología estudia estos fenómenos de la conciencia, que son observables y se pueden plasmar en manifestaciones fenoménicas de la conciencia como son los sentidos que describimos en esta obra.

LOS SENTIDOS DE LA CONCIENCIA

En Psicología Bioética la conducta contiene todos los aspectos interiores del ser y es, de manera más amplia, todo lo que un ente hace. En el caso del ser humano, la conducta se refiere a todas las acciones que, en términos literarios, son los verbos interiores como pensar, desear, creer, sentir, amar, que nuestros drives internos van produciendo, manejándolos con conciencia, con sentido y con sentidos, y con significado racional a nuestros tiempos pasados, presentes y futuros, eso sí, con mucha conciencia de nuestra situación espacial y haciendo consciente lo inconsciente en nuestros pensamientos, emociones, afectos y demás, como también con mucha conciencia de las acciones o verbos exteriores, que solo son elongaciones de nuestros estados y acciones internos. Básicamente, estas acciones exteriores se entienden en psicología como los comportamientos. Es precisamente hacia allá a donde llevamos verdaderamente el término de la ética: al correcto proceder en nuestros comportamientos y también en nuestra conducta. Recordemos que conducta es todo lo que un humano puede hacer tanto interna como externamente.

La ética se aplica a un correcto proceder tanto interno como en las actuaciones externas de la persona humana. La ética abarca y comprende la moral, que es la pulcritud e higiene en nuestra conducta, y allí tenemos tanto nuestras acciones internas como las acciones externas. Por lo tanto, para alcanzar una conducta proactiva y propositiva que busque y logre el desarrollo sostenible de nosotros mismos, dentro de nosotros mismos y dentro de nuestro entorno social y medioambiental ―no solo a nivel espacial, sino también a nivel temporal―, debemos dar luz a estos sentidos y hemos de lograr una ética de las costumbres y la conducta (moral), una ética del pensamiento (lógica), una ética en nuestras acciones (coherencia y racionalidad) y una ética de nuestra reactividad emocional (temperancia). Así, la ética es la reflexión teórica sobre cómo debemos vivir y la Psicología Bioética es la intuición, impresión y expresión sensible que se forja en nuestra conciencia desde los sentidos que exponemos en esta obra, y se traduce en un desarrollo sostenible del ser dentro de sí mismo y del ser dentro de su entorno medioambiental, que procura la vida con autonomía y dignidad.  

Para hablar de los fenómenos de la conciencia debemos incursionar en uno de los grandes capítulos de la psicología, que muchas veces no ha querido ser tenido en cuenta: las grandes escuelas fenomenológicas, es decir, la importancia de una vida espiritual. Desde Jung hemos visto la relevancia de sembrar y asegurar resultados a través de un proceso espiritual, de un proceso donde realmente la persona se reconcilie consigo misma, pero evidentemente apoyada por un tratamiento clínico cuando este sea requerido. Para Jung, sin un despertar y un desarrollo espiritual no va a existir una sanación integral, lo mismo para Binswanger, quien afirma que es el amor el que sana: el amor a sí mismo, al futuro, a la familia, al medio ambiente, que es al fin y al cabo lo propuesto por Jesús.

Con el afloramiento de los sentidos de la conciencia empezamos a lograr esa autorrealización. Pero ser más plenos que felices va mucho más allá de lo que busca la psicología positiva propuesta por Seligman (2016) para poder ascender, mediante el logro y la satisfacción de las necesidades humanas, por la pirámide de las jerarquías planteada por Abraham Maslow[41] (1943) dominando, por complianza y por autodeterminación (Deci & Ryan, 1985), nuestro drive o energía básica intrapsíquica (Brenner, 1974) o esa pulsión interna que nutre el impulso a actuar, a movernos, a resolver esa constante lucha interna para vencer nuestras ansiedades, a suplir nuestras necesidades, aquella pulsión que nos mueve en medio de la constante sucesión de resoluciones entre nuestras necesidades y decisiones, nuestras satisfacciones e insatisfacciones, y nuestros placeres y restricciones. Todo ello va mucho más allá de la simple presencia del sufrimiento, pues se sufre por emociones que se hacen patológicas cuando no las aceptamos como situaciones normales dentro de la evolución, emociones tales como el terror, la ira, la vergüenza, la tristeza, el dolor, la culpa y la ansiedad.

Por lo tanto, si bien hay estados emocionales patológicos (neurosis), todas las emociones están instauradas por la evolución para sobrevivir. Debemos manejar esa energía interna que propulsa y propende nuestros impulsos y acciones, siempre hacia un desarrollo definible y sostenible de nuestra propia conducta en la sociedad y en el medio ambiente, viviendo, dando vida y haciendo vivir a través de una línea temporal sostenible y controlada, no de un modo inmediatista ni movidos por los caprichos de nuestros placeres y alegrías, sino de manera congruente y consecuente. Así, también lograremos como humanidad ser finalmente una sociedad, una civilización, una especie que genere bienestar a sí misma y a sus entornos sociales y ecológicos para lograr su desarrollo sostenible, quizás lanzados hasta la misma eternidad; esto último únicamente según nuestro nivel de conciencia alcanzado.

De esta manera, vemos cuán importante es cumplirle al propósito evolutivo, pasando del Homo erectus al Homo sapiens, posteriormente al Homo sapiens sapiens ―quien fuera definido por algunos en el siglo pasado― y de allí pasar al Homo conciens, un ser consciente de sí mismo, de su familia, de su entorno social, consciente de su entorno ecológico, de sus propios universos internos (mente) y externos. Un ser humano que realmente propenda hacia el bienestar a sí mismo y a sus diferentes entornos, como hemos señalado en esta primera parte, conscientes no únicamente como el hecho de darnos cuenta de las cosas, sino concientes de maniobrar en el presente con sentido y con sentidos.

La Psicología Bioética nos ofrece diez (10) sentidos que son absolutamente indispensables para encender y potenciar nuestra conciencia, y para alimentar nuestras inteligencias, para que de la conciencia se derrame una voluntad completamente coherente que apadrine nuestra conducta. Estos 10 sentidos son: 1. Certidumbre; 2. Consecuencia o predictibilidad; 3. Humor y equilibrio emocional (motus sensum) 4. Valía personal, autocuidado y autoimportancia; 5. Valor y propiedad; 6. Pertenencia y filiación social, incluyendo el sentido social (equidad y caridad); 7.  Sentido Ordinal (orden, higiene, armonía, autoactualización y sentido medioambiental); 8. Complianza (autodeterminación, compromiso y responsabilidad); 9. Orientación, estabilidad existencial; y 10. Sentido transpersonal o espiritual (autotrascendencia). Con estos sentidos, los cuales serán explicados en la tercera parte, logramos la capacidad de percibir con la mente aquello que los sentidos físicos no ven, y regular nuestra conducta y nuestra psicología de una manera bioética a partir de una base de intuición y expresión sensible que forma parte del estímulo-respuesta desde nuestra conciencia inmaterial.

LA PSICOLOGÍA BIOÉTICA: UNA NECESIDAD PARA EL MUNDO DE HOY

Debemos comprender la Psicología Bioética mucho más allá del término bioética, término que algunos han querido conducir hacia las técnicas de la biomedicina o del bioderecho ―que a su vez es una rama del derecho que recepciona y regula la conflictividad jurídica de las prácticas genéticas de última generación (Valdés & Lecaros, 2019; Valdés, 2020)―. Nosotros entendemos la bioética como una imprescindible necesidad que los seres humanos actuales tenemos ―pues nuestra época tiene una relación intrínseca con las máquinas, en especial, con la naciente inteligencia artificial― de tener una correcta y ordenada percepción, reacción y relación psicológica con los entornos, vistos estos como espacios, tiempos y energías tanto personales como intrapersonales, interpersonales, interespecies y transpersonales.

Hoy por hoy nuestra civilización depende de las máquinas, de los minerales, de los agroquímicos, de las tecnologías electrónicas y, en un futuro muy cercano, de las biotecnologías, la inteligencia artificial y los implantes electrónicos corporales, así como ancestralmente se ha dependido de otros animales y de las plantas, y de nuestro mismo colectivo social, de la manada humana. En consecuencia, debemos estar preparados con una psicología muy humana y ética que siempre nos conduzca hacia una norma ética, llevando la ética a nuestros pensamientos y sus significados, a nuestras creencias, al control de nuestras emociones, a la modulación de nuestros afectos y afectividad, y a la autorregulación de nuestros actos, siempre entendiendo al humano como parte de un todo al que él debe contribuir de manera excepcional para reparar el daño medioambiental y social causado per se ante la falta de conciencia con sentido y con sentidos.

Así mismo, debemos protegernos de las posibles amenazas que la ciencia y las biotecnologías representen, refrendando el humanismo, la cultura y las ciencias sociales. Por esto es crucial que apliquemos cada una de las sugerencias que la Psicología Bioética nos ofrece, no solo para ser unos mejores seres humanos, más altruistas y más filántropos, sino también para hacer de nosotros unos seres preparados para la relación hombre-máquina que tenemos, hombre bio-tecnologías, pues esta relación presentará problemáticas y dependencias cada vez mayores.

Cabe mencionar que para alcanzar este estado propuesto por la Psicología Bioética se debe pasar por un arduo proceso personal, de entendimiento y de compasión consigo mismo. Sin embargo, lo más importante en este proceso es lograr hacer consciente lo inconsciente para, de esta manera, lograr ser dueños del mayor porcentaje de nuestra mente y que ella sea influenciada lo menos posible por nuestros contenidos reprimidos.

La Psicología Bioética nos permite entonces fluir con más sentido de certidumbre y consecuencia, como lo explicaremos en el transcurso de esta obra. Es decir, la Psicología Bioética une la filosofía, la espiritualidad y la psicología desde varias disciplinas y enfoques, lo cual la hace una teoría lógica, unificadora, altamente integral e integrativa. Desde su conocimiento empieza a entregar beneficios a quienes practican estos principios y estos sentidos con un horizonte claro y definido, que nos permite dejar ir el pasado, aceptarlo y resignificarlo, potenciar el tiempo presente ―al ser también una técnica de mindfulness altamente efectiva―, y proyectar y sentir lo futuro con significado, dirección, propósito y sentido. A la vez, alineamos nuestras verdades personales, nuestras voluntades y nuestras virtudes a una causa universal que propone, propende y sostiene la existencia, sustenta en ella la vida y en la vida, la consciencia, y en la consciencia, la conciencia plena. Así, podemos llegar a ser en nuestra realización y, lo más decisivo, en la sana trascendencia de nuestras energías personales, de nuestra alma, de nuestra conciencia y de nuestro espíritu, mediante el desarrollo de esta teoría unificadora. Advertir no significa obrar; en Psicología Bioética vamos desde una sana percepción hasta las reacciones y acciones que nos lleven a fomentar conciencia personal, familiar, social, ambiental y espiritual.

Así, podemos observar que la consciencia se fue desarrollando para la percepción del entorno, por evitación o supresión de las amenazas, y para la consecución y control sobre el placer, características que en el humano se desarrollaron mucho más que en otras especies, al lograr percepción conceptual y, sobre los conceptos, producir un estímulo sensible

Cabe mencionar un término muy importante para Freud: el principio de placer, el cual hace parte de los dos principios que rigen el funcionamiento mental. Para el psicoanálisis, el conjunto de la actividad psíquica tiene por finalidad evitar el displacer y procurar el placer, debido a que el placer va ligado al aumento de las cantidades de excitación y el displacer a la disminución de las mismas.

El otro principio es el de realidad, el cual priva del placer al principio de placer. En la medida en que el principio de realidad logra imponerse como principio regulador, la búsqueda de la satisfacción ya no se efectúa por los caminos más cortos, sino mediante rodeos, y aplaza su resultado en función de las condiciones impuestas por el mundo exterior. Esto es algo que se está perdiendo en los tiempos actuales: el inmediatismo y la tecnología están haciendo que los seres humanos se rijan por el principio del placer, de querer todo ya, sin rodeos, afectando la relación con el mundo exterior, la capacidad de espera y la tolerancia a la frustración, incrementado también, en gran medida, los niveles de ansiedad.

Desde ese estímulo sensible al que hicimos referencia dos párrafos atrás, surgen un conocimiento mucho más amplio, un criterio, una convicción y una autodeterminación, los cuales hacen al ser humano una especie única que realiza acciones sobre la percepción de un estímulo sensible inmaterial, la percepción más avanzada de las que conocemos. Ahí es cuando el ser desarrolla sentidos que van mucho más allá de la percepción material, o bien dominan la percepción material de un modo diferente y más trascendente, algo que la Psicología Bioética busca y desarrolla con amplitud.  La Psicología Bioética lleva al ser hacia a una ética sobre el pensamiento, una ética en sus valores ―tanto interiores como exteriores―, a una ética en la percepción de lo verdadero, a una ética en sus acciones o comportamientos, y a una ética de la vida. Por ello es Psicología Bioética y busca la vida: busca la ética en toda la conducta humana, busca vivir y hacer vivir con autonomía y dignidad. Esto es muy significativo en el marco de la dignidad humana: acabar con toda forma de discriminación y estigmatización religiosa, racial, política, filosófica, de género y, muy importante, ante la presencia cada vez mayor de población gay y trans, llevar a su plena inclusión y aceptación social.

 

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[1] El principal sentido conductual moderno es de principios de la década de 1890, aunque se registra por primera vez como “estudio de la mente” en 1748 (Online Etimology Dictionary [OED], 2021).

[2] Steven Pinker, psicólogo norteamericano, Universidad de Harvard, La Tabla Rasa (2003).

[3] Sentidos de certidumbre, de consecuencia, de valía personal, de pertenencia, de propiedad, sentido de dirección u orientación existencial, sentido social, sentido del orden y armonía (ordinal), sentido del humor, sentido medioambiental, sentido de la responsabilidad y el compromiso (compliance).

[4] Philippe Pinel (1745-1826) fue un médico francés conocido como el padre de la psiquiatría. Dentro de su trabajo se destacan la clasificación de las enfermedades y varias publicaciones sobre psiquiatría. Su enfoque de “tratamiento moral” para quienes en su época eran considerados como “insanos” dejó un gran legado para el cuidado de los enfermos mentales (Sanjurjo, 2004).

[5] Benedict Agustin Morel (1809-1873). Psicólogo francés nacido en Austria, quien introdujo el término dementia praecox para referirse a un deterioro mental y emocional que comienza en el momento de la pubertad. El trastorno fue rebautizado como esquizofrenia en 1908 por el psicólogo suizo Eugen Bleuler (Encyclopaedia Britannica, 2021).

[6] Antoine-Laurent-Jessé Bayle (1799-1858) fue un médico francés conocido por su trabajo sobre la parálisis general; Bayle estableció, por primera vez en la historia de la psiquiatría, una verdadera entidad nosológica, de acuerdo con el modelo anatomoclínico vigente en el momento. Además del descubrimiento de una lesión específica, la parálisis general mostraba un modelo de enfermedad única con manifestaciones clínicas diferentes en el tiempo (Plumed, 2005; Psiquiatria.com, 2003).

[7] Wilhelm Griesinger (1817-1868) fue un psiquiatra e internista nacido en Stuttgart (Alemania). Su manual de patología mental, La patología y terapia de las enfermedades psíquicas (1945) (Die Pathologie und Therapie der psychischen Krankheiten) ha alimentado los desarrollos de diferentes autores como Karl Jaspers, Paul Guiraud y, sin duda, Sigmund Freud (Consejo de redacción, 1998).

[8] Emil Kraepelin (1856-1926), notable psiquiatra alemán, fue una persona influyente en el desarrollo de la psiquiatría como ciencia clínica, y responsable de haber generado un sistema de clasificación de las enfermedades mentales (Hoff, 2015, p. 31).

[9] Jean-Martin Charcot (1825-1893) fue un médico francés cuya vida profesional se divide en dos fases: la primera estuvo dedicada a la neurología y la segunda, al área psiquiátrica. Charcot es considerado el padre de la neurología moderna. Sus investigaciones derivaron en la descripción y estudio de distintas enfermedades neurológicas como la esclerosis múltiple, la esclerosis lateral amiotrófica, la neuropatía, la enfermedad de Parkinson, el síndrome de Gilles de la Tourette y la epilepsia, por mencionar algunas (Camacho, 2012).

[10] Sigmund Freud (1856-1939) fue un médico neurólogo austriaco de origen judío, padre del psicoanálisis. Su trabajo ha contribuido en las explicaciones sobre el desarrollo en la infancia, la personalidad, la memoria, la sexualidad y la terapia (Jay, 2019). Freud propuso el modelo topográfico de la mente (el consciente, el preconsciente y el inconsciente), la teoría del instinto o drive, el placer, los estados del desarrollo psicosexual, el concepto del narcisismo, la psicología del ego, la teoría de la estructura de la mente, los mecanismos de defensa, la teoría de la ansiedad y la teoría de la neurosis, entre muchos otros temas (Sadock, & Sadock, 2003, p. 193).

[11] Jacques Marie Émile Lacan (1901-1981), psicoanalista francés que ganó reputación internacional como intérprete original de la obra de Sigmund Freud, introdujo la teoría freudiana en Francia en la década de 1930. Lacan trató de introducir el estudio del lenguaje (como se practica en la lingüística moderna, la filosofía y la poética) en la teoría psicoanalítica (Encyclopaedia Britannica, 2020).

[12] Postulados en nuestros pensamientos que son la raíz de los esquemas de afrontamiento, como la autoestima, el autocontrol, la autonomía, entre otros, y son la raíz de nuestra interpretación y significado tanto de nosotros mismos como del entorno.

[13] Ludwig Binswanger (1881-1966) fue un psiquiatra suizo, el primero en introducir en Suiza el Psicoanálisis en la Clínica Psiquiátrica, pionero del psicoanálisis existencial. Su tesis de medicina fue dirigida por C.G. Jung. Se destacó por el trato y la especialización psicoterapéutica de la psicosis en el sanatorio de Bellevue y por ser el iniciador del Daseinsanalyse o análisis existencial (Villegas, 1981).

[14] Rollo May (1909- 1994) fue un psicólogo estadounidense quien introdujo el existencialismo a la psicología. May marcó la apertura de la psicoterapia basada en el diálogo, donde la finalidad ―más que conducir hacia el bienestar y la felicidad― es facilitarle al paciente estrategias para afrontar la vida de una manera más segura, valiente y racional (Sabater, 2018).

[15] Edmund Husserl (1859-1938) fue un filósofo alemán. Para Husserl, la filosofía, que él convierte en fenomenología o ciencia de todo aquello que aparece ante la conciencia humana, es una permanente actividad de búsqueda (Lozano, 2010, p. 105).

[16] Relación intrínseca con la verdad de lo que es, tal y como es, y percibirla ajustadamente.

[17] Relación coherente con todo lo relativo al orden individual, social y ambiental.

[18] Capacidad de aprender de la experiencia y de predictibilidad de las resultantes de las acciones propias y ajenas.

[19] Iván Petrovich Pavlov, (1849-1936) fue un fisiólogo ruso conocido principalmente por su desarrollo del concepto del reflejo condicionado. En un experimento ahora clásico, entrenó a un perro hambriento a salivar al sonido de una campana, lo que antes se asociaba con la vista de la comida. Enfatizó la importancia del condicionamiento en sus estudios pioneros, que relacionan el comportamiento humano con el sistema nervioso. Fue galardonado con el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1904 por su trabajo sobre las secreciones digestivas (Horsley, 2019).

[20] Y, así mismo, aquellos estados alterados de conciencia como el estupor, la obnubilación, la somnolencia, el delirium, el coma, entre otros (Sadock, & Sadock, 2003, p. 280).

[21] Consciencia y conciencia se derivan de la misma raíz etimológica: el vocablo latín conscientĭa (Coelho, s.f.). Conscientia significa estar consciente del bien y del mal. Esta palabra está construida del adjetivo conscius, “que comparte con otro el conocimiento de algo”, utilizado en el siglo II a.C. por Terencio. Conscientia fue utilizado al principio como “conocimiento compartido y luego como autoconocimiento global de un ser humano, de su existencia, de sus actos y la relación de estos con la moral”. Fue Julio César en el siglo I a.C. quien lo utilizó con el valor de idea del bien y del mal. A partir de la traducción de Horacio en la segunda mitad del siglo I a.C., tomó el valor de ˈremordimientoˈ (DECL, 2020c).

[22] Proponemos este término, el Homo conciens, para representar al ser humano más evolucionado, cuya conducta obedece a la conciencia con sentido de vida y con sentidos muy evolucionados de percepción inmaterial.

[23] Ego, del latín, significa ‘yo’. En psicología y filosofía, el ego ha sido adoptado para designar la conciencia del individuo, entendida esta como su capacidad para percibir la realidad. Freud concebía el ego como la instancia psíquica en la cual se reconoce el yo. El ego, en este sentido, vendría a ser la instancia encargada de mediar entre el Ello y el Superyó, así como de controlar y equilibrar los instintos y las necesidades del Ello con los ideales y aspiraciones del Superyó de cara al mundo exterior (Significados.com, 2019), y el Yo es aquel que tiene las funciones ejecutivas y sociales de la personalidad.

[24] Estados de Consciencia. – Vigilia: estado de estar alerta. – Coma: físicamente, los sentidos no funcionan y están dormidos mentalmente. – Somnolencia y sopor: se caracteriza por una disminución de la actividad de vigilia y alerta. – Obnubilación: la persona responde correctamente a las órdenes complejas, ejecuta órdenes escritas pero con lentitud, fatiga o bastante dificultad de concentración. – Confusión mental: es una alteración global y aguda de las funciones psíquicas, cuyas causas orgánicas o psíquicas son múltiples. Síndromes psicopatológicos asociados a la disminución del nivel de consciencia: – Delirium: diferente de delirio, es una desorientación temporal-espacial con trazas de ansiedad, de ilusiones alienantes y/o alucinaciones visuales. – Estado onírico: el individuo entra en un estado semejante a un sueño muy vívido; estado recurrente de psicosis tóxicas, síndromes de abstinencia a drogas y cuadros febriles tóxico-infecciosos. – Alienación: excitación psicomotora, incoherencia del pensamiento, perplejidad y síntomas alucinatorios oneroides. – Síndrome del cautiverio: la destrucción de la base del puente promueve una parálisis total de los nervios craneales bajos y de los miembros.

Por actividad motora incrementada: excitación, manía, delirio. Cualitativos, crepusculares: surgen y desaparecen de forma abrupta y tienen duración variable, de pocas horas a algunas semanas. Ejemplos serían: alucinaciónsonambulismo. – Disociación de consciencia: pérdida de la unidad psíquica común del ser humano, en la cual el individuo se “desliga” de la realidad para dejar de sufrir. – Trance: especie de sueño acordado, con la presencia de actividad motora automática y estereotipada acompañada de suspensión parcial de los movimientos voluntarios. – Estado hipnótico: técnica refinada de concentración de la atención y alteración inducida del estado de consciencia (Wikipedia, 2021).

[25] Se refiere a las creencias, conceptos y representaciones subjetivas que tiene la persona de sí misma (Self). También puede traducirse al español como el prefijo “auto” que, al anteponerse a otra palabra, hace referencia a lo que un individuo se hace a sí mismo o hace por sí mismo. Entonces el self engloba conceptos como autoestima (self-esteem), autopercepción (self-perception), autoconciencia (self-consciousness), autoimagen, autoconcepto, autoeficacia, autoevaluación, autodeterminación…, que son procesos cognitivos diferenciados que se pueden inferir mediante una observación entrenada. El self se refiere al grado de conciencia que tenemos sobre nosotros mismos y de la integración de nuestros diferentes procesos cognitivos. Kant defendía la idea de que la mente organiza y unifica los estados mentales proporcionando una conciencia continua de la secuencia de experiencias que la persona tiene, un self que sirve para unificar un conjunto de experiencias aplicables a un solo individuo (Kabato, s.f.).

[26] La inmaterialidad de la mente se ejemplifica muy bien con un cable de cobre y la energía eléctrica (excitación de electrones): la electricidad, que no se ve y es inmaterial, pasa solo por el cable que es material y es conductor. La mente entonces sería energía y códigos bioquímicos que se conectan entre las redes neuronales; las neuronas sí son materiales (cerebro y SNC), son el cable, y la mente sería entonces la electricidad. La mente, que es producto de información bioquímica, no se puede ver ni medir; funciona en la materia cerebral, pero es inmaterial. Cuando nuestro cuerpo físico muere ella “desaparece”, y aún no sabemos si ella se sublima como la conciencia, el alma y el espíritu.

[27] Modelo psicobiológico causal de la personalidad (Cloninger et al., 2003).

[28] Para el 2021 se estiman unos 2.000 millones de usuarios de redes sociales en todo el mundo, es decir, el 40% de la población mundial (Mohsin, 2021).

[29] El FHI es un centro de investigación multidisciplinar único en el que un grupo de investigadores destacados, dentro de los que se cuentan Anders Sandberg y Toby Ord, y desde los campos de las matemáticas, la informática y la filosofía, entre otras disciplinas, se unen para trabajar en cuestiones generales sobre la humanidad y sus perspectivas. Su director es Nick Bostrom, profesor de filosofía de la Universidad de Oxford (Future of Humanity Institute, 2021).

[30] La conducta autoplástica es cuando la reacción predominante de la conducta recae en el área de la mente o del cuerpo, por modificarse fundamentalmente el sujeto. En esta conducta la reacción es predominantemente corporal (temblor) o mental (sentir ansiedad o pensar en el problema). (Glosarios, 2018).  

[31] La conducta haloplástica es cuando el predominio de la manifestación recae en las condiciones externas. Se modifica o suprime un objeto que tenemos. Estos indicadores pueden ser momentáneos y sucesivos, o bien pueden estabilizarse de forma más o menos permanente como rasgos de la personalidad. (Glosarios, 2018a).

[32] Término publicado por Matthew H. Nitecki y Doris V. Nitecki en su libro Origins of Anatomically Modern Humans, en 1994 (Concepts, s.f.).

[33] Estructura biológica y epigenética de la personalidad.

[34] Estructura por formación y aprendizaje de la personalidad.

[35] Filo=raíz griega que significa ˈamorˈ; fenomenología, disciplina filosófica creada por Edmund Husserl, relativa a los fenómenos de la conciencia.

[36] Carl Gustav Jung (1875-1961) fue un psicólogo y psiquiatra suizo, fundador de la psicología analítica (Fordham & Fordham, 2020).

[38] Howard Gardner en The Frames of Minds, su libro sobre las inteligencias múltiples, propone que la inteligencia es una habilidad para resolver problemas o crear productos que son valorados dentro de una o más configuraciones culturales (Gardner, 1983, xxviii). 

[39] Daniel Goleman (1946- ) es un psicólogo norteamericano conocido por su best seller Emotional Intelligence (1995). Es cofundador del programa de alfabetización emocional y social, originalmente de la Universidad de Yale, y en la actualidad de la Universidad de Illinois, que promueve estas inteligencias en escuelas alrededor del mundo (danielgoleman.info, 2021).

[40] Peter Singer (1946- ) es un filósofo australiano. Actualmente es profesor y director del Seminario de Bioética del University Center for Human Values de la Universidad de Princeton (EE.UU.) y fue, hasta mediados de 2020, profesor laureado de Bioética de la Universidad de Melbourne (Australia). Su trabajo se centra en la ética práctica y en temas como la liberación animal y la pobreza global, entre otros (petersinger.com, s.f.).

[41] Maslow postuló que la gente inicia su desarrollo con necesidades básicas (motivos) y que conforme maduran y se satisfacen sus necesidades de orden inferior se desarrollan motivaciones exclusivamente más humanas. La motivación cambia conforme ascendemos por una jerarquía de las necesidades fisiológicas o básicas de seguridad, de afiliación, de pertenencia, de reconocimiento y de estima hacia la autorrealización (Cloninger, 2003, p. 445-446).

Capítulo Dos

LINEAMIENTOS PSICOLÓGICOS

BREVE INTRODUCCIÓN A LA PSICOLOGÍA BIOÉTICA Y EL CAMINO HACIA UNA TEORÍA UNIFICADORA

En el área de la salud mental y la psicología del ser humano, al día de hoy no existe una teoría unificadora conocida; aunque la Psicología Bioética pretende hacer un acercamiento bastante amplio, pues existen muchas escuelas de pensamiento psicológico, sí centra muchas teorías en lo práctico, útil y corroborable en la práctica y la evidencia. Es absolutamente necesario no ser fundamentalistas e incurrir en el error del sociocentrismo[1] porque cuando incurrimos en el fundamentalismo descalificamos a otras escuelas del pensamiento o a otros abordajes, que pueden llegar a tener fondos científicos comprobables mediante la evidencia, creyendo así que lo único válido es aquello que nosotros consideramos viable o lo que otros consideran viable. Siempre debemos tener muy en cuenta que, tanto en filosofía como en psicología, el principal laboratorio o la principal fuente de información de los grandes psicólogos han sido ellos mismos, y que todos somos similares pero bien diversos, y que quienes tenemos experiencia en el abordaje terapéutico contamos con la evidencia tanto empírica como clínica.

Hay una leyenda hindú que cuenta sobre la percepción que varias personas ciegas tienen de un elefante: cada persona está cerca a una parte anatómica diferente del elefante. Cuando le preguntan cómo es el elefante a quien está cerca de una pierna, dice que es como un árbol; el que está junto a la cola, dice que es como un látigo; el que está junto al colmillo dice que es como una espada; el que está junto a la barriga, dice que es como una ballena; y el que está junto a las orejas dice que es como una mantarraya. El filosofo Calderón de la Barca afirmaba que todo depende de la óptica con la que se mire, y desde este enfoque sabemos que todo depende del significado que le asignemos a un objeto. Así, Bertrand Russell y Lacan exponían que todo es cuestión de significados; por ejemplo, una suma de dinero como mil dólares es una fortuna para una persona en condiciones de pobreza extrema, mientras que para un multimillonario es una minucia; así mismo, mientras el relativismo para unos es un hecho, para otros es una locura.

Este enfoque es tema central en la Psicología Cognitiva, en donde tenemos grandes exponentes como George Kelly con su teoría de los constructos personales, y Jaques Lacan con la teoría de los significados y los significantes. En este orden de ideas, vemos que la psicología conductista observa la conducta del ser humano; la cognitiva observa los pensamientos y esquemas cognitivos; el psicoanálisis se centra en los conflictos interpersonales y el inconsciente; la psicología social aborda la influencia del entorno social y ambiental sobre el individuo; la clínica se enfoca en el diagnóstico a nivel de desórdenes y enfermedades; y la psicología humanista se centra en la persona como norma y precepto último sobre sus propios designios.

De esta manera vemos que todas tienen razón en parte, pues se acercan a diferentes elementos del ser humano. Así, la conducta es todo lo que el ser humano hace tanto internamente (pensamientos, sentimientos, actitud, etc.) como externamente (comportamientos o acciones motoras del cuerpo), y estudia lo conductual /comportamental. El humanismo estudia principalmente al ser humano en cuanto a ente; la rama cognitiva estudia los pensamientos, interpretaciones y significados que el ser humano elabora e internaliza, que impactan sobre la conducta; y el psicoanálisis estudia el conflicto en el yo y los contenidos inconscientes que extrapolan y afectan la conducta esencialmente. Por consiguiente, la Psicología Bioética toma la percepción teórica de estos abordajes para formar un solo concepto de la psicología del ser humano en donde dichos abordajes cobran gran importancia y tienen notable influencia e impacto sobre el ser humano y su conducta. La Psicología Bioética lleva al ser humano al entendimiento de la conciencia y cómo con la misma autoconciencia se despierta un factor fenomenológico que termina por impactar sobre todas las áreas de la vida del ser humano, tanto interna como externamente, haciendo mucho énfasis en lo intrapersonal,  lo interpersonal y lo transpersonal (Binswanger), y en la trascendencia de entender la posibilidad tan grande que tenemos los seres humanos de cambiar, de ser nosotros mismos, de crecer y de autorrealizarnos.

Esta mirada que tenemos de la vida, de las relaciones y de la existencia, está directamente relacionada con nuestra crianza y nuestras relaciones con nuestros primeros cuidadores. Bowlby (1969) empezó a hablar de la importancia del apego en la infancia y cómo el vínculo que se crea con nuestro cuidador principal va a ser determinante para nuestra relación con el mundo y con los otros; por esta razón es tan decisivo sanar desde los núcleos infantiles para así trabajar desde las raíces de nuestra existencia.

Debemos accionar los cambios dentro de nosotros mismos y así el entorno cambiará, y hasta podremos modificar el entorno favoreciendo nuestros procesos de autoplasticidad y haloplasticidad. Así, la Psicología Bioética es una psicología constructivista y humanista y por ello es, en psicología, constructivismo, ya que considera la evolución del ser humano y la importancia de la niñez, y cómo la crianza se refleja en el individuo de por vida. La psicología evolutiva considera la psicología del ser humano tanto a nivel neurobiológico como, especialmente en términos de la personalidad, en una constante marcha evolutiva; entiende la evolución como un propósito diseñado y propulsado por un creador de la luz, y desde ella la energía, el espacio y el tiempo, y en ellos el ARN, el ADN, que se hace y modifica a sí mismo para una mejor adaptación y supervivencia. Todos los procesos psicológicos del ser humano obedecen a estos principios evolutivos: Dios creó la evolución y la evolución se recrea a sí misma. Esto último sucede incluso en el transcurso de décadas y con grandes cambios en una misma especie, una misma raza, una misma población, debido a la interacción social.

Por lo anterior, la Psicología Bioética también toma elementos de la psicología social, que por sentido común nos indica la importancia y la influencia del entorno sobre nosotros mismos, sin desconocer las expresiones epigenéticas y marcadores neurobiológicos específicos que tenemos cada uno de nosotros.  Es también psicología constructivista, pues toma al ser humano en sus estados emocionales internos como el resultante de sus constructos mentales. Es psicología humanista pues, ante todo, enaltece al ser humano como parte esencial de la creación sin desconocer el derecho de otras especies y el valor de la vida espiritual y de Dios como creador y sostenedor de la creación. Y es psicología existencialista teísta, en cuanto considera la existencia de Dios y la importancia del amor en nuestras vidas, pero a su vez es existencialista no teísta en cuanto considera la obligatoriedad de actuar y decidir sobre nuestros devenires como norma última que rige nuestro destino, permitiendo que Dios, o la voluntad de Dios, obre en nuestras decisiones de vida.

Se debe dejar claro que somos la consecuencia de nuestras propias acciones y de las acciones de nuestros entornos social y ambiental, los cuales podemos modificar, dando vida y luz, o dando muerte y oscuridad. Según sean nuestras acciones internas y externas recibiremos una buena o mala providencia, de acuerdo a la respuesta a nuestro principio de oportunidad, y para ello debemos contar con y desarrollar un muy buen nivel en nuestra psicología, ya que la vida se torna cada vez más compleja y con mayores rigores existenciales. La Psicología Bioética unifica muchos enfoques y abordajes previos y propone algo nuevo, con nuevas herramientas muy prácticas y extremadamente útiles para vivir mejor y hacer vivir mejor; por eso es Psicología Bioética, y sirve para todos: personas muy enfermas, personas menos enfermas, y personas sanas que quieran mejorar, como profundizaremos un poco más adelante. “Debemos ser” con racionalidad emocional, afectiva, cultural, social, moral y medioambiental, y para ello la Psicología Bioética es una poderosa herramienta que inicia desde el “querer ser” mejores seres humanos, útiles a nosotros, al entorno y a nuestras próximas generaciones.

 

EL SIGLO XX

Vamos a presentar en forma breve quiénes han sido los más influyentes psicólogos desde 1900 hasta el año 2000. Un sustancial estudio indagó sobre los psicólogos más destacados del siglo XX[2] (Haggbloom et al., 2002). Uno de los más eminentes resultó ser Carl Rogers[3], el generador de la Escuela Humanista Existencial y creador de las terapias centradas en la persona; Abraham Maslow, formado en educación religiosa, quien nos hablaba de la importancia de la autorrealización; ahora, la Escuela Humanista de Rogers tiene todo que ver con los planteamientos de Jean Piaget[4], uno de los padres de la psicología evolutiva y del constructivismo.

Básicamente, las escuelas constructivistas en filosofía nos llevan a definir la realidad como una serie de constructos interiores que nosotros mismos hacemos. En el área de la psicología entendemos a plena cabalidad la trascendencia de los planteamientos que hacemos dentro de nosotros mismos, a través de las realidades ficticias (mitos personales) ―en términos de Adler[5]― y entendemos cómo se representa esto en los significados y significantes que asignamos. Aquí retomamos los planteamientos psicodinámicos de Jacques Lacan[6], uno de los grandes del psicoanálisis y de George Kelly, con su teoría de los constructos personales. En síntesis, construimos nuestra propia realidad dadas las construcciones mentales que elaboramos según sean los significados que otorgamos a personas, situaciones, cosas, conceptos, sueños, metas, fantasías y demás. Así mismo, observamos cómo desde tales construcciones mentales sufrimos o trascendemos, colapsamos o logramos, quedamos a merced de nuestros primeros impulsos o nos controlamos, y cómo subimos desde nuestras desdichas y ansiedades hacia la paz y plenitud interiores, resolviendo nuestras dudas, culpas, temores, dolores, tristezas y vergüenzas.

Cuando empezamos a esbozar una escuela nueva de psicología, hemos de ser estratégicos al hacer una serie de delimitaciones entre lo que es el problema, lo que es un programa de superación personal, lo que es el seguimiento a este proceso de mejoramiento interior que puede requerir o no la asistencia terapéutica y, muy importante, iniciar por un adecuado diagnóstico profesional cuando lo creamos necesario. Hay dolencias que requieren el uso de medicamentos: tal es el caso de la tristeza profunda y desmotivada, los miedos o angustias inexplicables, comportamientos muy impulsivos, pensamientos muy atípicos y desorganizados, sensaciones de acelere o también comportamientos de autosabotaje, conflictos interiores, adicciones y conductas de autodestrucción que pueden requerir el uso de medicamentos y un seguimiento profesional específico. Aún así, la Psicología Bioética se constituye en una poderosa herramienta personal y profesional para orientar a las personas a que se ayuden a sí mismas. No se trata únicamente de hacer sentir bien a las personas, sino de invitarlas y conducirlas dentro de una serie de lineamientos para que se puedan adaptar a sus entornos y mejorar (autoplasticidad y haloplasticidad) y preservar su ética y su moral.

Al hablar de una teoría unificadora debemos ser conscientes que las ciencias fácticas han logrado casi lo imposible: hacer objetivo lo subjetivo. Hace 150 años comenzó el esbozo de lo que está en la salud mental de un individuo en su interior, lo cual debe ser entendido como si estuviéramos en la ribera de un río obscuro, turbulento, tratando de distinguir los peces y los caimanes que están bajo la superficie, algo prácticamente improbable, pero intentándolo con destreza; el baquiano conoce lo que hay debajo por el solo movimiento del agua en la superficie. A veces el diagnóstico es muy evidente porque está en la superficie, puesto que se trata de crisis floridas, pero muchas veces el problema, el conflicto o el desorden están muy profundos e internalizados.

 

Con todos estos planteamientos de diagnóstico se trata de hacer objetivo todo lo subjetivo, es decir, de lo que es tal y como es sobre un universo que se mueve dentro de nosotros los seres humanos. Así surgieron las primeras metodologías diagnósticas para definir la enfermedad mental, a través de una serie de pautas y criterios claros. Entre más avanza la nosología, o ciencia que describe las enfermedades, estas enfermedades son descritas cada vez más asertivamente y en mayor detalle.

 

Hemos de ser conscientes de que al haber tantas escuelas de psicología se presenta lo que se llama polisemia o efecto Babel[7]. De modo que hemos de llevar estos términos a una serie de metaconceptos[8], es decir, conceptos que se traslapan y van más allá de una sola disciplina. Así, se abren paso todos los planteamientos de uno de los grandes del diagnóstico, Emil Kraepelin[9], para definir claramente lo que son el delirio, la psicosis, las enfermedades de pensamiento, las enfermedades de emoción, las enfermedades del afecto, y desde esa base científica llevar los términos hacia una definición más amplia en lo que atañe a la personalidad, al yo, a las defensas primarias, a los aspectos psicosociales y a las definiciones de aspectos psicológicos. En general, estos elementos son llamados por varios nombres diferentes que en el fondo significan lo mismo, como es el caso de las defensas primarias, llamadas errores de pensamiento por unos, distorsiones cognitivas por otros, o mecanismos de defensa por diferentes escuelas. Esto es comprensible, pues al ser ciencias con un alto contenido subjetivo, se van acercando a la verdad por caminos diferentes, sobre todo en el tema del funcionamiento psíquico del ser humano. Aunque se tienen nombres muy diferentes, en el fondo son sustratos temáticos muy similares, como con las teorías conductistas de los refuerzos positivos y negativos, el psicoanálisis con el principio del placer y el superyó [10]y las necesidades básicas de Maslow, entre otros acercamientos teóricos que, en el fondo, son en extremo similares.

El ser humano busca placer o evita o suprime las fuentes y las emociones que se producen bajo un deseo que se mueve entre la insatisfacción y la satisfacción, para así suplir sus diferentes necesidades, asuntos de los que incluso se han ocupado la filosofía y algunas religiones, como es el caso de los deseos de la carne que se oponen a los deseos del espíritu, encontrado en San Pablo, o el fondo de la frustración del deseo versus el sufrimiento, en el budismo.

La psicología moderna debe ser integral e integrativa, y debe iniciar desde el diagnóstico o, como primer principio, hacer claridad de lo que está sucediendo dentro de nosotros mismos. Tal y como la evidencia histórica lo afirma, ese debe ser un proceso ordenado que parta de la elaboración de una clara distinción entre desórdenes y enfermedades en el pensamiento, la emoción, el afecto y el comportamiento. Es fundamental resaltar que, en parte, el problema se hace por las circunstancias (entorno circunstancial del ser), aunque no es únicamente por las circunstancias que la persona puede desarrollar un problema. Se conoce a ciencia cierta que las enfermedades y los desórdenes mentales y emocionales tienen un componente neurobiológico que, una vez se genera un desbalance bioquímico cerebral, se desarrollan, como es el caso de las depresiones[11], bipolaridad, esquizofrenia, ansiedad, algunas adicciones, desórdenes de la personalidad, y por esto responden a tratamiento.

Hoy contamos con la evidencia (de la psicofarmacología y la neurobiología) de la existencia de decenas de desórdenes producidos por el desbalance bioquímico. Desde un diagnóstico sólido puede haber una acertada formulación, un adecuado manejo psicológico y un exitoso proceso personal de autoayuda o crecimiento personal. Con un poco de cultura en psicoeducación, conociendo los rasgos predominantes y los signos principales de los desórdenes psiquiátricos y psicológicos más frecuentes, la persona puede hacer un acercamiento diagnóstico hacia lo que está desarrollando para poder obrar coherentemente y en consecuencia. Si bien el autodiagnóstico puede ayudar a acercarse, la automedicación muy seguramente terminará muy mal, puesto que la responsabilidad de los medicamentos psicoactivos es grande y puede ocasionar un mal peor del que se trata de manejar.

Es sumamente importante vencer los mitos y los tabúes, como que ir al psiquiatra o al psicólogo es algo malo; estos son profesionales y, dadas las exigencias del mundo actual que está enfermando y afectando a cientos de millones de personas, se justifica su asistencia para mejorar la calidad de vida; si no es privadamente, el 95% de los seguros a nivel mundial cubren estos gastos.

La Psicología Bioética es una poderosa herramienta para trabajar conjuntamente con las enfermedades mentales y con los trastornos de personalidad, que muchas veces requieren un profesional, pero la Psicología Bioética siempre ayuda, incluso por sí sola, en los desórdenes emocionales, es decir, coadyuva al medicamento poderosamente cuando este se requiere, funciona cuando estamos desarrollando algún desorden en nuestras emociones, pérdida de sentido de vida, traumas psicológicos, o bien en personas sanas[12] para mejorar y ampliar su conciencia sobre los espacios, tiempos y energías personales. Por ejemplo en la logoterapia, que en síntesis es pura psicología espiritual, su fundador, de religión judía, siempre hizo mucho énfasis en las fuerzas espirituales que pueden nutrir nuestra voluntad. A su vez, la logoterapia viene del psicoanálisis existencial fundado por Binswanger, basado en la fuerza del amor y en cómo el amor, como principio del ser, ayuda en el proceso de sanación.  Por su sentido de vida, la logoterapia es muy apropiada para personas depresivas, incluso para aquellas con ideación o intención suicida. Por consiguiente, así como el psicoanálisis es estupendo para liberar cargas del pasado, la psicología positiva lo es para hacer higiene mental y pretender dar significados a y hacer retención o memoria emocional solo de aquello que nos es positivo o agradable de recordar. Sin embargo, hay que entender las teorías humanistas y evolutivas de la personalidad, la importancia de la autorrealización, y todo lo provechoso que las escuelas cognitivas nos brindan.           

              El trabajo de Brentano hace énfasis en la intencionalidad del ser humano: cómo la intención de un ser bien puede ser hacia la búsqueda de placer, o cómo surge la intencionalidad de su conducta desde su principio ético, moral o de censura interna. Esto fue tomado por el mismo Kierkegaard al hacer notar la importancia de nuestras decisiones y cómo nosotros somos consecuencia de las mismas. Empalmando a Brentano con Kierkegaard vemos cómo la intencionalidad surge desde nuestras propias decisiones y va más allá de mover nuestra propia conducta hacia el placer, o hacia evitar o suprimir lo que nos amenaza, que bien puede ser la supresión del yo por parte de nuestros componentes éticos y morales.

Encontramos a Freud postulando los principios del placer como motor de la conducta. Incluso en postulados del budismo y del cristianismo advertimos la importancia del deseo carnal, y de manejarlo sin excesos egoístas. Freud proponía algo bastante significativo que no ha querido ser reconocido por la psicología científica: los contenidos inconscientes y su importancia e influencia en nuestra propia conducta. Este tema fue abordado por Jung, precursor de las teorías de nuestros contenidos inconscientes de tipo espiritual los cuales representa, por ejemplo, en sus arquetipos. Estos fondos inconscientes y sus contenidos colectivos e individuales fueron aceptados incluso por el mismo Viktor Frankl.

Hasta ahora estamos entrando al campo del estudio del cerebro mientras este funcione o esté vivo. Sabemos que muchos neurólogos del pasado no aceptaban temas como la neuroplasticidad cerebral, la existencia de las instancias intrapsíquicas del yo y los contenidos inconscientes, sencillamente porque en ese entonces se estudiaba el cerebro en off. Hasta ahora estamos incursionando en el tema de las conexiones entre las redes neuronales, en donde se cree que está el funcionamiento primordial de la mente. Por ello, muchos niegan la existencia de la conciencia o de lo inconsciente. Sin embargo están ahí, no en una posición geográfica dentro del cerebro, sino en la capacidad de conectividad del cerebro consigo mismo a través de sus redes neuronales que, de hecho, tienen acceso a la memoria y a todos los centros cerebrales, ya que son la interconexión dentro del cerebro mismo. 

            Algo similar sucede con el estudio de la inteligencia, que es muy antiguo. Los griegos diferenciaban sabiduría de inteligencia. La sabiduría proviene del verbo saber, y es una acción que podemos anteponer a cualquier verbo o acción del ser humano. Lo mismo sucede con el verbo poder: la sabiduría confiere poder personal. La inteligencia, como tal, es el conocimiento que brinda la capacidad de resolver problemas y lograr trascender ante ellos. En cambio, la sabiduría va directamente ligada al uso que hacemos del concento y del intelecto, y va mucho más lejos, puesto que incluye el concento de nosotros mismos, y para ser sabios requerimos tanto de inteligencia como de intelecto.

Así, los primeros que incursionaron en este tema en el campo de la psicología fueron: Jean Piaget, con su libro La psicología de la inteligencia, publicado por primera vez en 1947, abordando los términos de inteligencias conceptuales e instintivas entre otros; el padre del análisis existencial, Ludwig Binswanger, quien propuso los términos alusivos a las inteligencias (transpersonal, interpersonal e intrapersonal); posteriormente se divulgaron los escritos de Howard Gardner, Las Inteligencias Múltiples, y de Daniel Goleman, con sus títulos La inteligencia emocional y La inteligencia social. Así, la inteligencia conceptual e intuitiva de Piaget viene a ser la misma inteligencia intrapersonal de Binswanger, y las inteligencias intrapersonales de Gardner vienen a ser la misma descripción de Binswanger y de Goleman (inteligencia emocional), tal y como la inteligencia interpersonal viene a ser la inteligencia social.

Por esta razón, la unificación de términos es determinante para un mejor entendimiento de la psicología del ser humano y de la Psicología Bioética. Esta última está al alcance de todos, pues se caracteriza precisamente por ser una psicología para todos y, como dice Leibniz: “Nada hay en el intelecto que no haya pasado por el sentido, a no ser el propio intelecto”, e ir más allá para despertar el sentido como una expresión sensible del intelecto que nos permita usar la inteligencia con sabiduría dado que, a diferencia de la inteligencia, la sabiduría sí es una expresión sensible del intelecto y requiere de los sentidos perceptuales de la conciencia.

            El conductismo y las escuelas mecanicistas afirman que el ser humano solo obedece a dos impulsos llamados refuerzos: positivo, cuando busca el estímulo del placer, y negativo, que corresponde a la evitación de lo que nos genera angustia o rechazo. En esto no se puede desconocer lo que Brentano postuló primero, pues hay una intencionalidad previa al impulso, sea por refuerzo positivo o negativo. Pero el conductismo desconoce la relevancia de los impulsos intrapsíquicos, representados por el conflicto interno entre el mismo yo[13], como lo postulan Freud y sus seguidores (Charles Brenner entre ellos) cuando proponen el drive[14] como la energía básica que antecede al impulso tanto hacia afuera como hacia dentro, propulsando la pulsión interna. Las mecánicas intrapsíquicas no se pueden desconocer, ya que es la manera como el yo lidia consigo mismo y con sus componentes, y no únicamente hacia el estímulo externo. Al respecto, el ser humano pulsa dentro de sí mismo y se impulsa hacia lo externo social y ambientalmente desde adentro, y también hacia el mundo espiritual, tal como lo propone Binswanger. La importancia del drive, visto como la energía intrapsíquica, es resaltada en la obra de Nancy McWilliams, una de las más prominentes psicoanalistas actuales. Así vemos que, al descifrar un poco la polisemia, muchos teóricos afirman cosas similares con lenguajes diferentes y, en todo caso, las tesis más coherentes tienen cabida dentro del rompecabezas del estudio de la conducta conocido como psicología humana.

Dado que la conducta del ser humano es dinámica, desde sus pensamientos, su sistema de creencias, sus emociones, su afecto, sus impulsos y su comportamiento, todos ellos dinámicos, es decir, en constante movimiento, nos podemos apoyar en la física en cuanto a los conceptos de energía, fuerza, impulso, inercia y potencia. Energía es la capacidad de un sistema o de un fenómeno para llevar a cabo un trabajo determinado. En este caso, en la psicología humana sería la energía del drive, es decir, toda manifestación o fenómeno accionado por pensamientos conscientes o fenómenos inconscientes. Fuerza es todo agente capaz de modificar la cantidad de movimiento o la forma de los materiales. Entonces estas fuerzas serían los significados e interpretaciones que hacemos de nuestras energías o fenómenos mentales, conscientes e inconscientes, como las emociones: de allí proviene la palabra emoción (motus), que significa motor o fuerza.

La inercia es la resistencia que opone la materia al modificar su estado de movimiento, lo que en psicología será el condicionamiento o las conexiones mentales que tenemos tanto a nivel de instinto como de temperamento y carácter, que a su vez requieren una potencia para modificarlas. La potencia es la cantidad de trabajo efectuado por unidad de tiempo, esto es, la voluntad que debemos ejercer para modificar o ejecutar acciones sobre la conducta, a nivel de pensamiento, sistema de creencias, emoción, actitud, temperamento, carácter y comportamiento. En otras palabras, es la potencia que requerimos para dominar nuestros movimientos o acciones tanto hacia adentro (intrapsíquicas), como desde adentro hacia afuera (ultrapsíquicas).  Entonces, potencia sin fuerza no existe, fuerza sin energía tampoco existe, y el pensamiento (energía) es el que produce la fuerza (emoción, afecto); desde allí se imprime o desarrolla la potencia (voluntad) que es el cómo gobernamos lo automático, así como también lo instintivo. De ahí la importancia de generar salud e higiene desde el mismo origen: los pensamientos.

El aparato psíquico se deriva de los aspectos del pensamiento, y este viene no solo de lo perceptible a través de la experiencia física, sino también de la experiencia inmaterial, como por ejemplo el sentido común, una percepción sensible que se desarrolla desde una experiencia inmaterial o material. Esto, en Kant[15], es el noúmeno, que significa “una cosa en la medida en que no puede ser reconocida por medio de la intuición sensible” o “un objeto que puede ser conocido por medio de la intuición no sensible”, es decir, por medio de la intuición intelectual (Navarro y Pardo, 2009). Hay elementos que se pueden percibir desde la experiencia por fuera de la percepción sensible (los sentidos del olfato, gusto, vista, oído y tacto), y estos elementos son los sentidos de la conciencia que proponemos en esta obra y parten del desarrollo de un drive.

Desde el drive se elabora o modula la energía básica hacia una energía más transformada: el pensamiento. Desde allí entra al sistema de creencias lo que creemos de la realidad, cómo la interpretamos, qué significado le damos, para generar una expresión sensible a partir de la aceptación de las verdades que nos rigen e interactúan con nosotros, que es el sentido de certidumbre; este sentido nos permite identificar nuestras verdades como acto racional y luego aceptarlas, identificar lo que es una expresión sensible, así como también percibir las consecuencias de nuestros actos y los actos de otros elementos ajenos a nosotros mismos.

            Están también allí todos los aspectos del sentido común al Homo conciens (ser consciente y saberse consciente) y, en este caso, al Homo sensum (ser y saberse sensible), tales como la intuición, deducción y expresión sensible de sentir caridad por nuestro prójimo, la intuición, deducción y expresión sensible que nos da el sentido de autocuidado, el sentido del orden, el sentido de orientación existencial, entre tantos ejemplos que serán explicados con más atención en el capítulo respectivo. Estos, sin duda, llevan al ser humano a actuar movido por elementos mucho mayores que la relación del conflicto interno, o moverse por placer o evitando la angustia y el dolor, como es el caso de la complianza o la autodeterminación. Todo inicia desde el dominio de los pensamientos, tal y como lo exponen los principales cognitivos como Albert Bandura, Aaron Beck y Albert Ellis.

Existe un puente entre el pensamiento -o energía intrapsíquica- y la emoción: ese puente es el sistema de creencias, el cual se basa a su vez en la importancia de los constructos mentales que hacemos de nuestras realidades o, en otras palabras, que nuestras realidades son construidas según sean los significados que hagamos de nuestras propias verdades y de las verdades de nuestros entornos. Entonces, nuestras emociones se derivan de las creencias que tengamos; por ejemplo, si miramos un árbol, lo primero que produce es pensamiento neutro que lo define e identifica; esa es una verdad de lo que es tal y como es: un árbol. Inmediatamente, según sea el significado que hagamos, para el leñador será leña; para el carpintero, madera para fabricar sus muebles; y para el ecologista será el abrigo de las aves del cielo. Sobre esa creencia se derivan la expresión sensible de la belleza, el deseo, la necesidad o, incluso, cuando se entra en estado de contemplación, solo se le observa sin darle un significado, es decir, se le da atención sin significado y, al no darle significado, nos desconectamos de nuestra anatomía emocional. Sin embargo, hacer conciencia sobre el árbol es una cosa muy diferente.

Por ello es vital aprender a dar significados coherentes y sensatos a nosotros mismos, a nuestro pasado, a nuestro presente y a nuestro futuro, sobre todo a nosotros los seres humanos, contextualizados entre un entorno social y medioambiental que requerimos para sobrevivir, para vivir y para hacer vivir. Para esto es necesario saber pensar y saber creer; en términos de Platón, estos llegan a ser noema (pensamiento) y noesis (acción de dar significado a un pensamiento o el acto de significar o darle un sentido propio a un pensamiento, a una idea, a una imaginación o un constructo mental [cognitar o acción de desarrollar una cognición][16]).

 

Los constructos personales

De otra parte, para comprender qué es realmente la Psicología Bioética debemos llegar a entender la teoría de George Kelly[17] sobre los constructos personales, es decir, que la interpretación que nosotros hacemos de nuestras realidades es una serie de construcciones internas. Así, por ejemplo, la realidad objetiva de dos gemelos es diferente para cada uno. Se ha comprobado que la percepción de familia en dos gemelos homocigóticos es diferente, así como de su entorno, de su padre, de su madre, del colegio. ¿Por qué razón? Porque son constructos personales. Así, llegamos a lo que conocemos como el sistema de creencias. Mucha gente supone que las creencias son únicamente religiosas; sin embargo, en la esencia de todas las teorías psicodinámicas y psicoanalíticas, las creencias son todos aquellos significados y significantes que nosotros damos de nosotros mismos y de nuestros entornos, pues las emociones se derivan de la creencia, del significado de la interpretación que les damos. Allí es cuando se empiezan a perder las realidades objetivas, y muchas personas entran a desarrollar toda su anatomía y reactividad emocional con base en creencias subjetivas

 

 Aportes de las escuelas Humanistas Existenciales

Principalmente, la Psicología Bioética toma de las escuelas humanistas existenciales la noción de que la existencia está antes que el pensamiento y que el pensamiento viene después de la existencia, que el ser humano puede decidir y es, en gran parte, consecuencia de sus propias decisiones. Además, que hay algo que define al ser humano en su integralidad: el factor espiritual.

De esta manera, el pensamiento va a definir una existencia trascendente, la cual va a llegar más allá de la muerte, independientemente de que muchos filósofos existencialistas la fueron llevando hacia el ateísmo.  Tenemos que ser conscientes de las grandes diferencias entre el existencialismo ateo y el teísta, y llegar a entender lo que nos proponen Carl Rogers, Abraham Maslow y Viktor Frankl con la Escuela Humanista Existencial[19]: que el ser humano puede cambiar, que no es una estructura rígida e inamovible y que ante todo es una persona que puede tener un problema que puede resolverse. De hecho, es la persona la que tiene un problema y no un problema el que tiene a la persona; por esta razón, la persona debe estar centrada precisamente en la persona. De igual manera, en caso de terapia, esta debe estar centrada en la persona y que la persona entienda que puede resolver el problema, pues la posibilidad de cambio es un tema central en las escuelas humanistas existenciales; para lograr ser mejores personas, todos podemos accionar cambios hacia adelante.

Nosotros mismos no podemos rotularnos, cosificarnos ni vernos como una enfermedad; somos seres humanos susceptibles de tener una depresión, una psicosis, un desorden de personalidad o una adicción, entre otras cosas.  Hay que desmitificar esa cosificación y esa rotulación por las que una persona esquizofrénica no tiene salvación: es una persona que tiene una enfermedad que, a la luz de los criterios clínicos y científicos de hoy, es absolutamente manejable. Lo mismo sucede con la depresión, el desorden afectivo bipolar, la ansiedad, el estrés y otras dolencias. Como Psicología Bioética y como institución, hemos tenido resultados en cualquier tipo de diagnóstico en que la persona puede recuperar una funcionalidad global totalmente satisfactoria, un sentido de vida claro y una resolución de sus propios conflictos interiores y angustias existenciales (Fundación Función Futuro, 2020).

La Psicología Bioética se basa también en un abordaje sistémico, al comprender al ser humano como un sistema dentro de un sistema familiar y social, donde desarrollamos unos lineamientos estratégicos en el abordaje de los sistemas del ser humano. Pero va aún más allá, al incluir los factores medioambientales y el sistema psicológico interno, vistos estos como las diferentes áreas del desarrollo del ser, sensibles a declinar o ascender en el ser humano, tanto dentro de sí mismo como en interacción con su entorno. Se identifica el problema concreto y en qué área de desarrollo está la disfunción o desajuste como acto racional, aceptándolo como acto sensible y asumiendo su solución como acto responsable, focalizando y concentrando nuestras energías en su resolución. De esta manera se vencen las dicotomías tales como que si algo está mal todo está mal, además de ser selectivos en nuestra conducta para equilibrar determinada área de desarrollo que pueda estar mal.

Se debe determinar qué anda mal en y con nosotros en las variadas áreas del desarrollo del ser, y dentro de nosotros mismos en los inventarios y balances que hagamos de nuestras existencias para mejorar un día a la vez, un paso a la vez, como bien nos lo ofrece la vida espiritual de Jesucristo de cuidar cada día, porque “cada día trae su afán” o, como bien lo decían los romanos, en el Carpe Diem[20]. Al hacernos dueños de nuestro tiempo presente y tratar de gozar el día iniciando por conectarnos con la gratitud, siempre hay algo para agradecer, así sea que las cosas no están peor y que tenemos vida; incluso si estamos enfermos o en medio de una gran crisis, debemos llegar a la gratitud, pero no al derrotismo. Hay que seguir luchando, con la esperanza y la acción en un futuro mejor, idea que también es planteada por Martin Heidegger[21] en su libro Ser y tiempo (1927/1971), de esa necesidad del Da Sein (being  there – ser ahí), de ser dueños del momento presente con un amplio sentido de certidumbre, de consecuencia y con todos los sentidos que exponemos, hasta llegar al desarrollo de los sentidos medioambiental y transpersonal, que llevan al ser a ser en el tiempo, el espacio y la energía, al conectar al ser con el ser ahí. Todo ello sin olvidarnos de aplicar la famosa Oración de la Serenidad[22] de Reinhold Niebuhr, popularizada por los alcohólicos anónimos en su forma corta, la cual está basada en la aceptación y la acción.

 

Maslow y la autorrealización

Gracias a la Psicología Bioética procuramos, de una manera coherente ―a través de la destreza de identificar, aceptar, asumir y resolver―, la habilidad de llenar esos vacíos internos y llegar a la autorrealización. Este es uno de los temas más importantes de la psicología, propuesto por uno de los grandes de esta disciplina en el siglo pasado, el psicólogo Abraham Maslow[23]. El ser humano tiene una serie de necesidades que se agrupan en orden jerárquico ascendente: en síntesis, Maslow nos propone lo mismo que otros pero un poco más elaborado, y lo llama “Las necesidades del ser humano”, y sostiene que el ser humano siempre está actuando para satisfacer alguna de estas necesidades. Por lo tanto, es fundamental el entendimiento de la psicología interna de la misma persona, su autoconocimiento. Esto con el fin de que logre ―a través del conocimiento de su manera de pensar, de la usanza y lógica de sus pensamientos, de saber cómo son sus significados, de cómo les está dando un significado de realidad y de verdad a sí mismo y a sus propios entornos― suplir sus necesidades y vacíos y desarrollarse para llegar a la plenitud, y actuar con y desde la base de una percepción cierta de la realidad (sentido de certidumbre), llevando su conducta hacia la realización, hacia el volver realidad la satisfacción de sus necesidades.

Estamos viviendo en una sociedad que causa grandes vacíos interiores (posmodernismo), donde el ser humano cada vez se siente más vacío, con menor plenitud interior. Por ello es tan importante aprender a resolver esos vacíos interiores a través del lenguaje psicológico de la Psicología Bioética y lograr una autorrealización legítima, en donde alcancemos nuestras metas y nuestros compromisos con el mundo y con nosotros mismos, siempre desde la base de la integración del yo, de lograr que los diferentes componentes del yo estén alineados y sus fuerzas no disgreguen la personalidad, sino que la congreguen. Así mismo, que estas fuerzas sean ajustadas a nuestras posibilidades, habilidades, talentos y destrezas, y no únicamente hacia una realización en el mundo carnal y material con excesos de sexo, dinero y drogas, los que realmente no llenan nuestro vacío interior. En consecuencia, debemos ser seres autónomos, conciliados dentro de nosotros mismos, que no dependamos de los Estados o gobiernos, de otros seres humanos, aun cuando exista la interdependencia (dar a un ente y recibir, bien sea del mismo o de otro ente), que es una ley espiritual: lo que le damos a la vida es lo que recibimos de la vida.

Si nosotros le cumplimos a la vida y a las áreas de desarrollo, ellas nos cumplen a nosotros, y así nos podemos autoabastecer de amor propio (autoestima), de control interno (autocontrol) y de abastecimiento a nuestra propia cotidianidad (independencia). Solo lograremos esto con autorregulación de nuestros pensamientos, emociones, afectos, talentos, habilidades, destrezas y, de hecho, mediante la trasformación de nuestros aspectos y valores negativos (antivalores) interiores a través de la autogestión. El proceso de resolvernos primero a nosotros mismos nos lleva a gestionar relaciones sociales estables, a gestionar y ejecutar nuestros estudios y trabajos, y a ser partículas útiles en la creación.

Carl Rogers, con formación sacerdotal, quien renunció a sus hábitos sin renunciar a su fe y se dedicó por entero a ayudar a las personas, fue considerado el psicólogo más influyente del siglo XX por varias encuestas realizadas por prestigiosas revistas de psicología en EE.UU. Nacido en 1902, acuñó el término de la psicología centrada en la persona. Al igual que Maslow, Rogers tomó los conceptos del yo freudiano; por lo tanto, el humanismo tiene orígenes temáticos en el psicoanálisis, dado que contempla la importancia del ajuste del yo y la relevancia de la psicología individual de Adler.

Rogers empalmó la psicología social con el humanismo al percatarse de la importancia de lo social como lo exponía Bandura, refiriéndose a que lo que está pasando en nuestro entorno es decisivo para lo que nos está pasando: cómo lo que está pasando en nuestro entorno influye sobre lo que nos está pasando. Se da mucho valor a la identificación de las causas de lo que podemos mejorar y a la motivación para hacerlo y para ser mejores personas. También se hace mucho énfasis en la conciliación, ajuste y alineación de los conceptos del yo freudiano. Esto también fue postulado por Theodore Millon, muy célebre, y quizás el más notable investigador y teórico del siglo XX en lo referente a los desórdenes de la personalidad y a cómo el yo influye directamente en el desarrollo de los mismos. Así vemos la importancia de lo intrapersonal y lo interpersonal, entendiendo lo interpersonal básicamente como la relación entre nosotros mismos y nuestros entornos socioambientales.

Las esferas socioafectivas

La Psicología Bioética propone también la existencia de una serie de esferas socioafectivas (en lo referente al mundo socioambiental que nos rodea), en las que hay jerarquías de importancia concernientes a la pulsión de la afectividad. Sin ser egocéntricos, la primera dinámica de cada quien es el sí mismo, porque nosotros somos las personas centrales de nuestras propias vidas. En segundo orden jerárquico están la pareja y los hijos, que conforman la familia nuclear. La tercera dinámica es la familia extendida: padre, madre, hermanos, etc. La cuarta es el núcleo social en donde la persona se desenvuelve. En la quinta dinámica encontramos a la sociedad, a la humanidad en general. El universo físico constituye la sexta dinámica. Y la séptima es Dios, que es el mundo espiritual. 

Dios es la séptima dinámica pues es omnipresente, es el gran sustentador, y en Él vemos una trilogía de voluntad (amor), virtud y verdad. Dios es la energía suprema, el máximo creador, es el padre de todas las virtudes y, a su vez, es el sustentador y tenedor de la verdad. Es decir, sin esa sustancia de energía, virtud y verdad, todo dejaría de ser; Él está presente en toda la creación. Hay una diferencia entre ser y estar: el ser humano que entrega su vida y su voluntad al cuidado de Dios genera el campo necesario para que Dios entre en él. Sin embargo, se requieren la disposición de la persona y el profundo deseo de que Dios sea en ella. Así, esta causa creadora o poder absoluto toma la voluntad de la persona y la asiste; Dios no invade al ser humano, pues Él no es intrusivo. Dios asiste la voluntad del ser humano haciéndola más fuerte y aparejándola a través de un devenir mucho más afluente porque recibe la divina providencia. No debemos olvidar nunca que la persona misma es quien debe hacer el máximo esfuerzo, porque Dios va a ayudar con lo que haga falta.

 

El yo, el self y el falso self

El propio Freud propone tres instancias psíquicas básicas: el superyó, el ello y el yo (Freud, 1960). El superyó; y, el yo es esa parte que concilia al agente censor del principio del placer. Hay que ver este principio del placer como una pulsión intrínseca del placer versus el displacer o, en términos traducidos del alemán al español, de la satisfacción versus la insatisfacción, lo ideal versus el placer primario o carnal.

El ser humano está luchando constantemente con esa pulsión interna de vencer sus insatisfacciones y de conseguir sus satisfacciones. De allí surgen realmente las grandes conciliaciones que nos ofrece la Psicología Bioética con las diferentes instancias intrapsíquicas del yo.  Sabemos, desde Kelly y Horney, la importancia del yo ideal. Todos tenemos un yo ideal, que es ese yo que todos quisiéramos ser, que es un constructo interior a donde nosotros queremos llegar. Ese yo ideal debe estar completamente conciliado desde un pensamiento asertivo, un pensamiento definitorio y conciliatorio de nuestra propia realidad, y nuestra propia capacidad de ser algo que realmente cada uno de nosotros pueda llegar a ser.

Ahora bien, encontramos una de las grandes brechas que existen en los problemas de salud mental: la diferencia entre el yo real y el yo verdadero.  El yo real es lo que una persona cree de sí misma, mientras que el yo verdadero es la persona tal como es. Lo vemos, por ejemplo, en un trastorno narcisista de la personalidad: la persona tiene un gran sentido de importancia, cree que tiene grandes habilidades, grandes bellezas, grandes logros imaginados; ese es su yo real sobrevaluado. Sin embargo, eso dista realmente de su yo verdadero y genera una brecha, algo que Carl Jung[26] definía como las grandes fracturas del yo.

De esas fracturas del yo pueden surgir las escisiones conocidas como splits, en donde el yo ―para protegerse del dolor y de la angustia― origina una separación de su propia estructura interna y una despersonalización, como respuesta a la herida en el narciso humano. Es decir, la persona asume una personalidad que no es la legítima suya o, en su defecto, aparece un yo real devaluado, término acuñado por Karen Horney para hacer alusión a las personas que se interpretan a sí mismas por debajo de lo que realmente son. Esto, a su vez, viene de la psicología adleriana en el concepto de complejo de inferioridad. Bien podríamos iniciar por centrarnos entre los complejos de superioridad (delirio de grandeza) y de inferioridad para tener un yo ajustado a nuestras propias verdades. Como vimos, la realidad es la interpretación que hacemos de nosotros mismos y de nuestro entorno, pero la verdad es lo que es, tal y como es. Muchos desórdenes mentales surgen de la distorsión en el concepto que tenemos de nosotros mismos; en definitiva, y muchas más veces de lo que pensamos, la verdad no coincide con nuestras realidades. Estos conceptos, como todos los de este primer capítulo, serán explicados con mayor atención y detalle más adelante, en sus capítulos respectivos.

            Este fenómeno es frecuente en adultos que de niños fueron rechazados, matoneados, abandonados o atormentados por sus propios padres y hermanos. Sociológica y antropológicamente estamos viviendo en una sociedad llena de máscaras superficiales que ocultan los verdaderos contenidos de la persona, a través del desarrollo de un falso self o de la proyección de un algo que no coincide con lo que verdaderamente somos.

            También tenemos un yo proyectivo o social, el cual exhibimos hacia otros: el yo que proyectamos hacia los demás. Muchas veces estamos destruidos interiormente, pero proyectamos un yo que no somos, lo cual nos traerá grandes consecuencias. Cuando se dan estas fracturas en los componentes del yo, entonces surge inconscientemente una gran cantidad de defensas. Llegamos así a uno de los grandes capítulos del diagnóstico de la salud mental moderna: la teoría del falso self.  Entendemos ese falso self como un constructo que la persona hace de su propio yo para proteger a su verdadero yo de la ansiedad, el dolor y el sufrimiento.

            Harry Stack  Sullivan (1892) en sus obras sobre el “sí mismo” o “sistema del yo” (self system) postuló, como configuración del falso self, el rechazo a los rasgos de personalidad desarrollados en la infancia para evitar así la ansiedad y suprimir irracionalmente las amenazas a la autoestima que vulneran el autoconcepto. Sullivan acuñó así el término del falso self, a su vez tomado del filósofo Hans Vaihinger[27] y de su propuesta del As if, el “como si”. Es decir, el falso self surge cuando actuamos “como si fuera así”, desarrollando una realidad ficticia en nosotros, la que no es verdadera; esto, como último recurso para suplir la autoestima. En otras obras hemos llamado a este fenómeno “las falacias en la autoestima”. En la medida en que se rechaza a sí misma, la persona crea una personalidad ficticia que no es la suya y surge el falso self para adecuarse a sí mismo y a su entorno, y así sentirse aceptado y afiliado a un núcleo social, en una medida tal que muchas veces es completamente contrastada con sus propias verdades internas. El problema es que la personalidad se construye sobre algo falso; al no ser auténtica, tiende a colapsar dentro de sí misma, produciendo enormes brechas dentro las estructuras del yo, lo que se traduce en un enorme conflicto interior. Esta influencia de Vaihinger se encuentra en Adler, en Sullivan y en Winnicot. El falso self puede llegar hasta la falsificación completa y mitómana del yo; es una parte esencial de todo lo relativo al vacío interior y de las mecánicas que surgen desde la sensación de dicho vacío.

 Por ejemplo, cuando en una organización límite de la personalidad ―en donde una persona desarrolla una personalidad de “como si” para protegerse a sí misma del dolor del sufrimiento― o en un desorden histriónico de la personalidad ―en donde la persona actúa dramática y teatralmente― empezamos a ver una gran caoticidad y dramatismo emocional, y en ambos casos surge muy fácilmente el falso self. Allí toma relevancia la propuesta de la Psicología Bioética sobre la resignificación y la reconciliación: dar nuevos significados y conciliar a nuestro yo. Se trata de dar un nuevo significado y de que la persona se sitúe en el sentido de certidumbre (el primer sentido que ofrece la Psicología Bioética), que es la relación intrínseca que tenemos con nuestra propia realidad y con la verdad de nuestros entornos, identificándola, aceptándola y asumiéndola con autosuperación.  Al respecto, es muy pertinente también resaltar los falsos recuerdos que casi todos los seres humanos acumulamos para protegernos de la ansiedad, bien sea reprimiéndolos o alterándolos; los falsos recuerdos están presentes en casi todos nosotros. Prácticamente en ningún ser humano coinciden su yo verdadero (lo que es tal y como es) con lo que cree que es y da por realidad. Lo mismo sucede con lo que proyecta a los demás (su yo social); hay diferencias entre dicha proyección y lo que esta persona es en sí misma, y entre lo que la persona quisiera ser y lo que verdaderamente es. Por ello es importante procurar ajustar la persona a la verdad en la mayor medida posible con el sentido de certidumbre, e ir cerrando el tamaño de esas brechas, puesto que entre más grandes y profundas sean, mayor conflicto interior vamos a tener.

            Para entender esto hay que estudiar la psicología del self, del sí mismo. Esta escuela fue postulada por Heinz Kohut (1913) acerca de las ideas del sí mismo que divergen mucho en los diferentes enfoques y abordajes, pero que en su mayor parte se refieren al conjunto integrado de elementos que el individuo construye acerca de ese mismo individuo. Es decir, todo aquello que del sujeto refiere al mismo sujeto: creencias y representaciones subjetivas, como esquemas e imágenes. Los conceptos y esquemas autorreferentes son esenciales para desempeñarse en el medio natural y social, y forman una parte sustantiva del carácter. Para la Psicología Bioética, el self es una agencia dinámica de representaciones referenciales que integran los componentes del yo, como veremos más adelante. El self es el elemento integrador del yo que produce todos los esquemas de afrontamiento, como el autoconcepto, la autoestima, el autocontrol, y la autonomía. Todos esos autos- son los que sustentan el self, y si a este se le suma el sistema de valores y virtudes del individuo, se logra el carácter. Este elemento es una formación que se va elaborando desde la niñez, como elemento adaptativo hacia sí mismo y hacia el entorno social.

En el caso de un delirio[28], vemos que hay una creencia básicamente distorsionada. Tal es el caso del delirio de grandeza, en el que la persona se cree la más perfecta y hermosa del mundo, cuando en realidad no es así. En este caso, se encuentra una brecha dentro del autoconcepto porque la persona cree una cosa de sí misma que es un gran sentido de autoimportancia versus una pobre autoestima, por ejemplo. Es aquí cuando se debe hacer ese ajuste y se debe aplicar el principio de realidad, para que la persona se reafirme a través de las herramientas que la Psicología Bioética ofrece. Estas particiones pueden llegar a generar lo que para muchos es el alter ego, que no es otra cosa que un falso self despersonalizado, incluso como respuesta inconsciente ante el rechazo de una buena parte del sí mismo. En el desorden narcisista de la personalidad es característica esta brecha entre el desmesurado sentido de autoimportancia ―por elemento de grandiosidad imaginado― versus el escaso amor propio o autoestima que surge del autoconcepto ajustado a la realidad. El self queda atrapado en el yo que ostentamos y, a su vez, el self se defiende de la ansiedad desde sus propias fantasías. Vemos esto desde el mismo momento en que el self hace el proceso de individuación desde cuando somos niños y nos empezamos a considerar como individuos diferentes a los demás y nos separamos del concepto de la madre[29]. Allí el niño cursa hacia la adolescencia, durante la cual lucha por consolidar una identidad, hasta que ya en el adulto sano surge la aceptación de su propio autoconcepto.

Cuando hablamos de Psicología Bioética, tenemos que hacer referencia tanto a la base como al recurso filosófico de las interpretaciones que la persona tenga de sí misma y de su propia verdad. Entre más ajustada esté la persona a lo que es tal y como es, mayor éxito va a tener en su vida. ¿Qué pasa con una persona que está en negación de su alcoholismo?, ¿o con una persona que está en negación de su cáncer? Que no asume un tratamiento: quien niega el problema no asume la solución. Con este sentido de certidumbre es necesario que la persona empiece una relación ordenada con sus propias naturalezas, con sus propias verdades, a partir de la identificación racional y aceptación de las mismas. De allí empieza a surgir una conciliación de sus diferentes instancias intrapsíquicas del yo.

La Psicología Bioética toma de las corrientes psicoanalíticas o psicodinámicas la importancia de conciliar las diferentes instancias intrapsíquicas para que el conflicto interior vaya cesando. Por ende, la persona logra conectarse con sus propias y legítimas emociones para ir identificándolas, asumiéndolas y resolviéndolas de una manera coherente y bioética, al conectar y establecer nuevas conexiones en sus redes cerebrales. En otras palabras, aplicar un proceso de neuroplasticidad positiva requiere, sin duda alguna, muchísima autodeterminación y motivaciones intrínsecas y extrínsecas, con el fin de lograr tener la suficiente energía para realizar esta tarea de conciliación y alineación entre instancias intrapsíquicas.[30]

 

La ansiedad y las defensas primarias

Se han detectado hasta 30 defensas primarias que surgen cuando el yo interno está completamente desconciliado (Sadock & Sadock, 2003, p. 207) y como respuestas, generalmente inconscientes, ante la ansiedad. Es decir, el yo se protege mediante estas defensas para no incrementar sus niveles de ansiedad y de angustia, sobre todo cuando hay brechas en estas instancias. En esta obra pretendemos esbozar dichas defensas primarias de un modo fácil de comprender y en un lenguaje coloquial. En este sentido, la tarea que la Psicología Bioética ofrece es la reconciliación del yo: que el yo proyectivo o social coincida con el yo verdadero. Hay que desterrar el yo real para que esas creencias que tenemos acerca de nosotros mismos se ajusten a la realidad de lo que somos, tal y como somos, y aceptarnos como tales. Recordemos que la autoestima inicia por la aceptación de nosotros mismos ―del sí mismo―, y a partir de allí, desde nuestro autoconcepto, surgen los autos del self (sí mismo). A mayor conflicto interno entre las instancias intrapsíquicas, mayores defensas existirán, especialmente en lo referente a la autoestima.

Dentro de esas defensas encontramos la externalización, que es pensar que todo lo mío está fuera de mí. La negación es rechazar consciente o inconscientemente la naturaleza del problema. La justificación es atribuir a terceros nuestro propio malestar. El desplazamiento es hacer atribuciones a una persona diferente a aquella que nos está afectando. La disociación es la separación del yo. La reginalización  es la figura del pequeño tirano, cuando la persona se vuelve caprichosa y exigente.

De allí comienzan a surgir todas estas necesidades neuróticas, que son necesidades enfermizas tanto de afianzamiento como de distanciamiento y hostigamiento. Dados todos estos problemas, encontramos personas que en su yo interior desarrollan necesidades neuróticas de aprobación y reconocimiento; otras más, una necesidad neurótica de devaluación y hostigamiento; otros desarrollan una defensa muy adleriana, esencialmente la necesidad neurótica de perfeccionamiento, de que todo en su vida debe estar completamente perfecto, o de lo contrario empieza su agonía. Por eso es preciso trabajar fuertemente en todas estas necesidades neuróticas, pues son patológicas, enfermizas y deforman nuestra anatomía emocional, e indudablemente consumen nuestro interior.

De allí se pasa a una descomposición mayor: los desórdenes de la personalidad. Estos desórdenes están considerados en el Eje II del Manual DSM-4 (APA, 1994), una maravilla de planteamiento diagnóstico dado que clasificaba los desórdenes mentales por orden de importancia en sus jerarquías según su capacidad de deterioro, e involucraba la familia o red de apoyo y las habilidades sociales, el autocuidado y la escala de funcionamiento global del individuo. Aún así es fundamental ir más allá y por esa razón es tan importante tener una visión mucho más amplia de la que nos ofrecen una sola escuela, o un solo autor, o una sola metodología diagnóstica, y ser absolutamente conscientes de que el ser humano es un universo muy grande, amplio y sobretodo complejo. Así mismo, todos los numerosos acercamientos que existen en psicología y en filosofía tienen sus bondades, porque detrás de todos estos planteamientos pueden estar algunas realidades. No obstante, debemos ser muy estratégicos y considerar que la Psicología Bioética es una escuela psicológica y una escuela de pensamiento fenomenológico de psicoespiritualidad que ofrece una serie de herramientas completamente tangibles; por eso se desarrolla desde conocimientos académicos y planteamientos teóricos, es práctica para todos, y en un individuo determinado bien se pueden cuantificar cada uno de los sentidos que describimos en esta obra.

Ya en el siglo XXI han sido revelados la teoría y los postulados de la Psicología Evolucionista, cuyos mayores autores (Steven Pinker, Richard Dawkins, Edward Wilson y Robin Dunbar) postulan algo que ha sido bien conocido desde hace mucho en la filosofía individualista y en otras escuelas que postulan la relevancia del individuo: el que todos no estamos hechos ni medidos con el mismo rasero, ni somos iguales. Sobre esto debemos ser muy claros en cómo han avanzado las teorías de la personalidad hasta llegar a lo postulado por el psiquiatra Robert Cloninger en su modelo psicobiológico de la personalidad: como base biológica de la personalidad, el temperamento es subyacente a la genética y por ello a la herencia; en cambio, el carácter es un modelo adaptativo que se va configurando en el sistema del self entre el modelo intrapsíquico característico del individuo, según las conexiones neuronales de cada quien y lo percibido desde el entorno y cómo el individuo aprende, reacciona y se adapta al entorno social y ambiental. Así, la personalidad es dinámica, no es estable, y por ello debe reescribirse lo escrito durante décadas acerca de la personalidad, principalmente lo escrito acerca de los desórdenes de personalidad, puesto que estos sí son modificables desde las estructuras del self, los autos y el carácter, modulando y regulando el temperamento.

Yendo más allá, debemos entender la Psicología Evolucionista con los cientos de casos, incluso con estudios clínicos de gemelos idénticos que son muy diferentes psicológicamente, incluso en inclinaciones sexuales, personalidad y adicciones entre otros aspectos; por lo tanto, la genética no es un marcador totalitario, aun cuando sí marca sobre el temperamento y este sobre el carácter, el cual es la base por formación de la personalidad y se forma especialmente en los primeros años. El carácter no es formado de la misma manera en dos individuos expuestos al mismo entorno y en las mismas condiciones familiares y sociales, por ello cada individuo se forma de una manera única e independiente, así tenga la misma herencia y haya tenido el mismo ambiente de crianza en sus primero años de vida. De no ser así, desde que fuimos una manada de no más de 50.000 ejemplares hace unos 400.000 años, seríamos hoy día casi todos idénticos como lo son la mayoría de mamíferos; aunque monos, delfines, focas, caballos, perros, gatos, conejos, ardillas y otros animales que han sido estudiados conservan grandes diferencias en cuanto a temperamento, haciendo a unos ejemplares más cautelosos que otros, a otros más osados, y a otros más alegres, se ha notado que la herencia no es un imperativo de continuidad en las características temperamentales de la línea genética de la especie (aun cuando puede darse) y existe siempre la posibilidad de la diversidad. En el humano sí se ha visto la tendencia de que una familia sana y unida emocionalmente usualmente produce individuos sanos y alegres, mientras que las familias caóticas tienden en gran medida a producir individuos ansiosos y/o temerosos.

 

De manera tal, evolutivamente podemos colocarnos dentro de las teorías esférico laminares, en donde delgadísimas capas esféricas van sucediéndose la una a la otra; todo inició con el programa de adaptación básico que fue el instinto, luego siguió uno un poco más elaborado que fue el temperamento, ya luego el carácter y por último la conciencia. Por esta razón vemos que las personas con un gran desarrollo en su conciencia son muy poco primarios, muy poco instintivos, muy poco temperamentales, poseen un carácter fuerte y disciplinado, una gran temperancia o control de sus emociones y un self completamente integrado. Son seres completamente evolucionados: son Homo Conciens.

 

El sexo y la sexualidad

El sexo y la sexualidad son un tema de absoluta relevancia dentro de la psicología del ser humano, y no hablar de ellos sería omitir un importante capítulo de la psique humana ya que, así como puede ser aquello de lo que más puede realizarnos, también puede ser aquello de lo que más nos puede hacer sufrir. La energía de la pulsión sexual en el ser humano es de las más fuertes, y sería imposible restarle categoría.

El sexo es una actividad dinámica, intensa, muy placentera, seductora,  atractiva, es la base de la perpetuación de las especies, y no es más adictiva de lo que ya es porque consume una gran cantidad de energía y estimula en gran medida el circuito dopaminérgico; el orgasmo regula muchos procesos cerebrales y sus ausencias llegan producir neurosis, razón por la cual los psicoanalistas probaron con consoladores eléctricos para tratar a las histéricas, con cierto éxito. La energía sexual es necesaria en la vida y reprimirla no es sano, como tampoco lo es el ser excesivamente sexuales.

En cuanto a lo sexual, es un tema en extremo privado y ha de estar cubierto por el halo del pudor. Llama la atención cómo el ser humano resulta tan afectado psicológicamente por el acoso, el abuso sexual y la violación, los cuales son los núcleos psicológicos de varios desórdenes de personalidad graves e incluso de psicopatologías en las que el psicópata tiende a repetir en otros aquello de lo que antes fue víctima. Por ello el aspecto sexual del ser humano es algo sagrado, inalienable y digno de todo derecho a la autonomía y a la dignidad que  la Psicología Bioética procura.

Muchos piensan que lo sano es únicamente ser heterosexuales y eso no es así: lo sano es llevar una sexualidad limpia, libre de traición, y no hacer en privado lo que no se pueda sostener en público. Lo sucio es tener sexo con menores de edad, con animales y las parafilias que son varias (de las que existen algunas espeluznantes). El homosexualismo hoy día es algo muy normal, no es una enfermedad, no es una desviación  sexual, tanto que todos nosotros tenemos núcleos homosexuales pues todos sin excepción hemos amado a hombres y mujeres, a nuestros padres o figuras de padres, que si bien es un amor no sexual, sí es una energía o pulsión afectiva que otorga una fortísima relación vincular. Por otra parte, sí hay un malestar clínicamente significativo respecto a la sexualidad: la disforia de género, que consiste en mujercitas que nacen en cuerpo de hombre y hombrecitos que nacen en cuerpo de mujer, y en este caso hay que apoyarlos a que hagan el tránsito; lo sugerido en este caso es que tomen la decisión al alcanzar la mayoría de edad, aun cuando esto es decisión del grupo familiar. La psicología ha avanzado considerablemente en este terreno: hoy día es antiético hacer terapias de conversión para tratar de erradicar el homosexualismo o el transexualismo. Este tipo de procedimientos es incluso ilegal en muchos países, y a la luz de la Psicología Bioética esas terapias son algo horripilante. Freud asignó absoluta importancia a la energía sexual como madre de todos los impulsos y pulsiones del ser humano, exceptuando los impulsos del Tánatos o impulsos de muerte; hoy sabemos que el impulso y la pulsión sexual son muy importantes y también conocemos cómo el impulso sexual reprimido puede generar severos problemas, y cómo el asignar valores sexuales a ciertas conductas (como en el caso de algunas adicciones) produce conflictos severos. El sexo es definitivamente una actividad vital y tiende a ser reguladora de las ondas cerebrales; bien manejado, el sexo estabiliza la conducta del ser humano.

Hemos visto algunos lineamientos generales de lo que ha sido la historia de la psicología, especialmente en lo que atañe a las fuentes de las que la Psicología Bioética se nutre. La psicología del ser humano está directamente relacionada con el mundo específico en el que él interactúa. Podemos comparar esto con las redes sociales como Facebook o Instagram: son las mismas plataformas con la misma estructura para todos, pero el muro, el pergamino de publicaciones, los contactos y los datos personales son muy diferentes en todas, porque cada quién es muy diferente de sus similares. El yo vendría a ser aquello que lidia con lo que publicamos, con nuestros datos personales o autoconcepto, y con el placer que nos da estar mirando lo de otros. Este yo está representado por el sí mismo (self), y nuestro muro lo está por nuestros recuerdos o el yo histórico de cada quién. Así, aunque tiene las mismas estructuras[32], el yo de cada persona es muy diferente en todos en cuanto a los contenidos y relación entre los componentes. La mejor manera de representar lo inconsciente es imaginar que este portal tiene también un registro en el que todo va quedando: lo que borramos y lo que ha sucedido; esos son los contenidos inconscientes o lo inconsciente.

Para entender los procesos de lo inconsciente, ―es mejor no llamarlo el inconsciente, pues no posee un lugar definido o geográfico conocido en la mente[33]―, podemos imaginar un río turbio grande y profundo en cuyo fondo hay peces de todo tipo; esos peces son nuestros contenidos inconscientes: están allí, pero no los vemos hasta que saltan a la superficie. Estos saltos se pueden entender como los acting outs[34], que generalmente suceden cuando estamos bajo presión: a veces saltan solo pececillos, pero a veces saltan grandes caimanes que nos causan muchas dificultades y nos poseen como si fuéramos su avatar, pues actuamos como no lo teníamos previsto. Estos contenidos están presentes en el superyó en menor medida, en el yo en una medida un poco mayor, y en el ello en la mayor medida. Los caimanes del ello que nos poseen son de placer, ira y de los impulsos más primarios, llamados por Freud extrapolaciones. Podemos imaginar un cielo nublado que ocasionalmente manda rayos y centellas (que son el superyó), que más bien tiende a frenarnos, y que se llaman contracatexias[35]. El yo está soliviando y lidiando entre estas dos fuerzas: la de abajo en el río (el ello), y la de arriba en el cielo nublado (el superyó).

Sin embargo, el yo también puede mirar hacia un horizonte despejado, atenuando esas cargas que provienen de esos dos lugares, dejando claro que, en la medida en que nuestro conflicto interior sea bajo, estas fuerzas están en calma siempre que no las hagamos turbulentas con defensas como la negación y la represión, entre otras, y que tengamos capacidad de maniobrar bajo presión o estrés. Por ello es indispensable que no reclutemos estrés y presiones para no llevar cargas inútiles, ya que el yo puede equilibrar las demandas superyoicas y las del ello en la medida en que el yo ejecute acciones coherentes.

Ese es, brevemente, el fondo de la teoría psicoanalítica tomado por la Psicología Bioética para pasar a entender que el yo forma parte sustantiva del ser, de la persona humana, y que esta persona forma parte de un todo al que debe contribuir. El yo está en la mente, la mente está en el ser, y el ser es en la persona humana. La conducta relaciona a la persona humana también con lo externo; por ello, la psicología conductista ofrece una teoría clara de los refuerzos. Pero estos refuerzos provienen principalmente desde y hacia el mundo externo: nos movemos principalmente por placer, por evitación, o bien para suprimir amenazas. Esto se da básicamente entre una incesante mecánica de la satisfacción versus la insatisfacción, el agrado y el desagrado, la necesidad y la realización o suplencia de las necesidades de las diferentes áreas de desarrollo hacia las que nos podemos mover e interactuar. Y, de hecho, mediante una forma de ser específica que es nuestra personalidad: la elaboración de una representación de lo que somos como individuos que interactúan social, intelectual, laboral, espiritual, moral, sexual, medioambiental y financieramente. El ser humano actúa no solo movido por los refuerzos positivos y negativos que ofrece el conductismo, sino también por autodeterminación, incluso solo movidos por la convicción, y también por emulación cuando copiamos conductas y aprendizajes de otros seres humanos, activando nuestras neuronas espejo para ello. Pero todo eso ocurre siempre entre esos dos polos: la insatisfacción versus la satisfacción de nuestras necesidades y realidades. Para ello hemos de vencer el instinto  y el temperamento, canalizándolos desde nuestro carácter y nuestra conciencia, con una mente bien conectada. No se trata de tener muchas conexiones, sino que las que tengamos estén bien conectadas para alinear nuestras unidades de atención, de intención y de acción (mindfulness), a fin de lograr una mente plena. Adicionalmente, con el desarrollo de los sentidos de la conciencia logramos una conciencia plena, con sentido y con sentidos (full consciousness), además de usar las herramientas que ofrece la Psicología Bioética como el zapping mental, el surfing emocional, el pasar a través, el lighting, la respiración y la conexión consciente con el tiempo presente.

Asi, para concluir el trasfondo psicológico de la Psicología Bioética ante todo debemos entender la importancia del sano autoconcepto; comprendemos esto no únicamente desde el estudio de textos magistrales de psiquiatría como el de Sadock & Sadock, sino también desde la observación de miles de casos estudiados. Este autoconcepto debe estar ajustado a lo que se es tal y como se es, en un sano y justo equilibrio entre lo egodistónico[36] y lo egosintónico[37], sin consentir en exceso el todo de lo que se es, ni tampoco rechazando el todo de lo que se es. Esta aceptación es mencionada frecuentemente por Carl Rogers en su paradoja de la autoaceptación: Rogers afirma que la aceptación genuina libera en vez de atar a la persona, por ejemplo hacia el pasado. Esto de la aceptación es también tomado por la psicóloga estadounidense Marsha Linehan en la terapia Dialéctica Comportamental como eje sustantivo de su metodología; no obstante, la aceptación del sí mismo es muy antigua , pues ya en el siglo IV San Agustín hacía mención de esta al afirmar que la aceptación libera, perfecciona y moldea las propias verdades hacia la vida espiritual. En el tema del autoconcepto no podemos omitir a Freud y a Charles Brenner, pues estos afirmaban que el concepto del sí mismo ajustado alivia las tensiones en el conflicto del Yo.

Así vemos cómo la Psicología Bioética toma de muchos autores, por ejemplo de George Kelly en su célebre teoría de los constructos personales, de cómo nosotros hacemos significados e interpretaciones únicos de nuestras propias realidades, lo cual también es propuesto por Lacan en su teoría de los significados y los significantes, teoría que es muy importante tener en cuenta en cuanto los significados e interpretaciones que hacemos de las realidades, ya que de allí se derivan nuestras emociones.

Entonces tenemos un sistema del Yo, tal y como lo afirma el psicoanálisis; este Yo configura a la persona humana cuando le sumamos su cuerpo físico, su cuerpo espiritual, su anatomía emocional y su self característico, sumando los postulados de grandes autores como Heinz Kohut (self), Harry Sullivan (self) y Donald Winnicott (self y carácter). Ya en cuanto a la persona, esta desarrolla una personalidad de la que la Psicología Bioética toma de grandes autores como Gordon Allport, Hans Eysenck, Carl Rogers, Theodore Millon, Erich Fromm y Karen Horney, entre tantos autores que han aportado a esta obra. En cuanto a la personalidad, a la que dedicamos todo un capítulo (luego de entender el sistema del Yo, de la persona Humana, de lo que somos según nuestras conexiones intersinápticas), podemos definirla como la representación única e individual que tenemos los ser humanos para percibir, reaccionar y relacionarnos tanto con nosotros mismos, como con nuestros entornos sociales y ambientales.

El psicoanálisis es excelente para aclarar y resignificar nuestra historia; las ramas cognitiva y humanista nos ayudan mucho a potenciarnos mucho en tiempo presente; y la logoterapia y la fenomenología nos ayudan mucho hacia el futuro con el sentido de vida. De hecho, lo más importante es darnos cuenta, sentirnos, sabernos y hacernos, y para ello está el hacer conciencia con la Psicología Bioética.

 

 

 

 

 

 

 

 

Referencias

 

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[1] Actitud del grupo o sociedad que presupone su superioridad sobre los demás y examina acontecimientos y conceptos únicamente desde una sola perspectiva.

 

[2] Esta influencia está basada en tres aspectos: la frecuencia de citas de revistas, la frecuencia de citas introductorias de libros de texto, y las respuestas a una encuesta por parte de 1725 miembros de la Asociación Americana de Psicología (Haggbloom et al., 2002, pp. 141-142).

[3] Carl Ramson Rogers (1902-1987), psicólogo estadounidense, vocero de la psicología humanista, fue uno de los primeros miembros de la Asociación de la Psicología Humanista. Rogers creía que a todos los seres humanos los motiva fundamentalmente un proceso dirigido al crecimiento, al que denominó la tendencia a la realización. Rogers abordó el problema de proporcionar evidencia empírica a favor de la psicología humanista mediante la investigación (Cloninger, 2003, p. 413).

[4] Jean Piaget (1896-1980) fue un epistemólogo, biólogo y psicólogo suizo que realizó varias investigaciones sobre el desarrollo infantil y el desarrollo cognitivo y moral de las personas, referentes hasta el día de hoy. Piaget propuso la Teoría Constructivista del Aprendizaje (Fuentes et al.,2012, p. 56). También es conocido como especialista en psicología evolucionista (Flavell, 1979).

[5] Alfred Adler (1870-1937) nació en Austria, y fue un médico y psicoterapeuta destacado. Adler se opuso a varios planteamientos de Freud, en especial al inconsciente de la infancia, reprimido en materia sexual, como la raíz de todas las neurosis (Barnfield, 2019). Su ruptura definitiva con el psicoanálisis se dio hacia 1911, luego de lo cual promovió sus ideas a través de la teoría de la Psicología Adleriana o Psicología Individual (Oberst, Ibarz, y León, 2004).

[6] Jacques Marie Émile Lacan (1901-1981) fue un psiquiatra y psicoanalista francés conocido como intérprete del trabajo de Sigmund Freud. Lacan introdujo la teoría del psicoanálisis en Francia. Hizo énfasis en la primacía del lenguaje como constitutivo del inconsciente, y trató de introducir el estudio del lenguaje (como se practica en la lingüística moderna, la filosofía y la poética) en la teoría psicoanalítica (Encyclopaedia Britannica, 2020).

[7] La Polisemia o efecto Babel es atribuir varios y diferentes términos a un concepto similar o afín (El autor).

[8] Para comprender el término metaconcepto es necesario definir con anterioridad cómo se compone esta palabra. En la misma se puede evidenciar el prefijo meta, del griego meta, que significa más allá, por lo cual podríamos deducir que dicho término alude a la idea “más allá del concepto”, que se traslapa sobre varias disciplinas.

[9] En su manual de Psiquiatría (1899), Kraepelin publicó un sistema para constituir grupos de pacientes con sintomatologías homogéneas que constituían un síndrome. Sus criterios se fundaban en causas orgánicas: hereditarias, metabólicas, endocrinas, y de alteraciones cerebrales. Por eso las clasificaciones actuales comenzaron solo por las enfermedades mentales con causa orgánica (como se cita en Del Barrio, 2009, p. 81).

[10] El principio de realidad es el que rige al superyó.

 

[13] Instancia intrapsíquica que lidia entre fuerzas opuestas: una de autocensura y regencia interna, y la otra movida por el placer.

[14] En la Teoría Psicoanalítica, el drive es la conducción de la energía intrapsíquica que antecede al impulso y dirige las cargas tensionales de la ansiedad (Brenner), (Diccionario de Psicología Plethora, 2014).

[15] Immanuel Kant (1724-1804), importante filósofo prusiano cuya ocupación primordial fue la de defender la autoridad de la razón (Audi, 2004, p. 569).

[16] La cognición es la facultad de un ser vivo para procesar información a partir de la percepción, del conocimiento adquirido y de características subjetivas que permiten valorar la información (Wikipedia, 2021).

[17] George Kelly (1905-1967) fue un psicólogo americano que propuso la teoría de los Constructos Personales. Kelly consideraba que las personas no son títeres de la realidad, sino que construyen su propio destino por la forma como interpretan los acontecimientos (Cloninger, 2003a, p. 383). Para Kelly, los constructos son las formas de interpretar el mundo, las cuales le permiten al ser humano trazar un comportamiento (Kelly, 1963, p. 9).

[19] El humanismo, como un nuevo paradigma, surgió simultáneamente en EE.UU. y en Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Tuvo implicaciones para la psicoterapia y la Psicología como una nueva ciencia que pretende integrar una concepción del hombre y del quehacer terapéutico pretendidamente más holístico, más filosófico, además de científico. Un grupo de psicólogos ―Rollo May, Carl Rogers, Eric Fromm, Fritz Perls, Karen Horney y otros― buscaron trascender los modelos propuestos por el psicoanálisis y el conductismo, optando por una psicología donde la persona es el todo, y que investiga los fenómenos del ser humano como el amor, la creatividad, la comunicación, y la autenticidad de ser uno mismo (Riveros, 2014). 

[20] Palabras del poeta romano Quinto Horacio Flaco, el carpe diem es una locución latina que significa “aprovecha el día”, darle al día un buen uso, en un sentido de utilidad (García, 2012).

[21] Martin Heidegger (1889–1976) fue un notable filósofo alemán cuyo trabajo quizás se asocia más fácilmente con la fenomenología y el existencialismo. Publicado en 1927, “Ser y Tiempo” (Sein und Zeit en alemán) es aclamado como uno de los textos más significativos en el canon de la llamada filosofía europea (o continental) contemporánea (Stanford Encyclopedia of Philosophy, 2011).

[22] Señor, concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar, fortaleza para cambiar lo que soy capaz de cambiar y sabiduría para entender la diferencia. Viviendo día a día; disfrutando de cada momento; sobrellevando las privaciones como un camino hacia la paz; aceptando este mundo impuro tal cual es y no como yo creo que debería ser, tal y como hizo Jesús en la tierra: así, confiando en que obrarás siempre el bien; así, entregándome a Tu voluntad, podré ser razonablemente feliz en esta vida y alcanzar la felicidad suprema a Tu lado en la próxima. Amén. (Daud, 2020).

[23] Abraham Harold Maslow fue un psicólogo y filósofo norteamericano (1908-1970) conocido por su teoría de la autorrealización (self-actualization) en psicología, que sostenía que el objetivo principal de la psicoterapia debería ser la integración del yo (Encyclopaedia Britannica, 2020a).

 

[26] Jung describió al yo como un aspecto de la personalidad que es principalmente consciente. Nada puede volverse consciente sin pasar a través del yo, el cual sirve como “el guardián de la conciencia” (Cloninger, 2003b, p. 76).

[27] Hans Vaihinger (1852-1933), filósofo alemán influido por Schopenhauer. Propuso la teoría de las ficciones donde desarrolla el concepto As if, “como si fuera”, al hacer como si “yo fuera tal”. Una de sus obras más conocidas es Die Philosophie des Als Ob publicada en 1911, que fue traducida al inglés como The Philosophy of “As If” (Encyclopaedia Britannica, 2019b).

 

 

[35] Las catexias son las fuerzas impulsoras y las contracatexias son las que las controlan.

Según Freud, cuando nacemos solo tenemos el ello, que solo tiene catexias, y es preciso que surjan el yo y el superyó, que además tienen contracatexias. A las catexias desde el yo al ello se las denomina catexias, mientras que las que van del yo al superyó las designamos contracatexias. El papel del yo es contrastar las catexias del ello y las contracatexias del superyó. De esta dinámica salen procesos primarios y secundarios.

 

[36] La vivencia egodistónica se refiere a la valoración negativa del sujeto sobre algunos de sus pensamientos o emociones, en el contexto de un estado de conciencia conservado, al igual que otros aspectos de su vida social e intrapersonal que se encuentran relativamente intactos. Tomado de la Revista Colombiana de Psiquiatría, volumen 51, edición 2.

 

[37] Se define como egosintónico todo aquel pensamiento, atributo o acción poseída o realizada por una persona que resulta congruente con la escala de valores y creencias que esta mantiene. Tomado de www.psicologíaymente, 26 de julio 2022.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 [517]Las catexias son las fuerzas impulsoras y las contracatexias son las que las controlan.

Según Freud, cuando nacemos solo tenemos el ello, que solo tiene catexias, y es preciso que surjan el yo y el superyó, que además tienen contracatexias.

A las catexias desde el yo al ello se las denomina catexias, mientras que las que van del yo al superyó las designamos contracatexias. El papel del yo es contrastar las catexias del ello y las contracatexias del superyó. De esta dinámica salen procesos primarios y secundarios.

Capítulo Tres

FUNDAMENTOS ESPIRITUALES

A continuación, haremos referencia a la Psicología Bioética y a sus bases en la espiritualidad del ser humano. La Psicología Bioética es una escuela del pensamiento espiritual que se opone al destructivismo[1], es decir, a la destrucción. Cuando hablamos de bioética[2] nos referimos al desarrollo sostenible, lo que significa un comportamiento constructivo como copartícipes de la creación y viviendo como agencias creadoras de bienestar, conceptos, empresas, capitales, alegrías y trascendencia, entre otros. Por tanto, es nuestra decisión consciente participar del constructivismo o del destructivismo; así mismo, todas las corrientes religiosas buscan en sus feligreses la santidad y el perfeccionamiento del ser en la espiritualidad, lo cual es muy afín a la psicología, que busca la sanidad interior e interpersonal. De igual modo, las diferentes religiones contienes preceptos morales y la ética es el estudio de la moral; por lo tanto, el estudio de las religiones es un acercamiento a la ética humana en la historia del ser humano y es un aspecto que además de ser muy interesante nos lleva a establecer la búsqueda entre lo que está bien y lo que está mal en la moral humana y el establecimiento de valores inmateriales, que hoy día nos lleva a un nuevo planteamiento: la bioética moderna, la ética de la vida.

En los últimos cien años las ciencias han avanzado enormemente en la misma medida en que la moral y la ética han decaído. Incluso algunos religiosos de todas las religiones han actuado mal y han tratado de hacernos decaer en la fe con sus escándalos de antimoral, pero una cosa es religión, otra espiritualidad, otra conciencia ética y moral, y otra lo humano y lo divino, y es la espiritualidad la que une lo humano con lo divino. En ocasiones la ciencia desafía la vida, y hoy estamos en capacidad de manipular las cadenas del ADN, de realizar clonaciones, de hacer robots que ya se ven humanizados, de fabricar una muy peligrosa inteligencia artificial, de hacer experimentos de mecánica cuántica y física subatómica que desafían la materia, de ver cyborgs que pronto serán mitad máquina y mitad humanos, de producir proteínas letales que entran en el cuerpo y producen virus mortales, y de manejar redes de comunicación e información jamás vistas. A lo anterior podemos sumar lo que hemos hecho con la tala indiscriminada, la contaminación por la basura y gases, la cosificación del ser humano, la indolencia social y medioambiental, los experimentos de genética y biomedicina sin ninguna ética ni moral, el infanticidio (representado por las facciones abortistas), el hambre en cientos de miles de niños, el desplazamiento de inocentes aterrados por la guerra: todos ellos son ejemplos practicados de cómo la moral y la ética han decaído en millones de seres humanos, con frecuencia en personas que pregonan una falsa espiritualidad y hasta por religiosos que promueven el asesinato, el empalamiento y la lapidación.

Todo esto trae como consecuencia el abandono de las vías de la luz de la vida y de nuestras verdades y virtudes más primeras y naturales, sin faltar aquellos que, por una osada necesidad neurótica de prestigio, reconocimiento o poder, incurren en prácticas científicas que llegan a poner en riesgo al individuo, a la familia, a la sociedad y hasta a la humanidad misma. La espiritualidad, representada por el sistema de principios personales y valores interiores, fortalece el carácter y ayuda al ajuste del sistema del self. Por esta razón, muchos programas de autoayuda basados en la espiritualidad son útiles, como también lo es la logoterapia o terapia del sentido de Viktor Frankl dado que, por una parte, concilia al sistema del yo y, por otra, alinea las instancias intrapsíquicas hacia un solo objetivo: el sentido de vida y el proyecto de vida. La espiritualidad es un camino demostrable que mejora la calidad de vida del ser humano y ha de ser tenida en cuenta, además que las mayorías en el mundo aún somos creyentes y la Psicología Bioética, si bien no es una religión, sí se apoya en los principios de varias de ellas, y es un modelo altamente espiritual y fenomenológico, muy humanista y existencial. Al ser también un modelo psicológico y bioético, la Psicología Bioética alivia las tensiones y conflictos del yo.

Hemos sido testigos de cómo en los últimos 30 o 40 años se han empezado a desarrollar ciertas vertientes del pensamiento, especialmente en Alemania, Gran Bretaña y en el norte de EE.UU., que han convergido en la bioética. Esta nueva disciplina debe ser entendida como una religión en el sentido de venerar la vida; se enfatiza viviendo, dando vida y haciendo vivir, para vivir de acuerdo con la ética de la vida. Los tiempos han cambiado y requerimos nuevas herramientas intelectuales de afrontamiento de nosotros hacia nosotros mismos, y de nosotros hacia nuestro entorno, siendo muy conscientes de que la Tierra, nuestro querido planeta, está vivo. En la Tierra pulula la vida en su biosfera y desde su núcleo más interno, que está en constante movimiento. Debemos cuidarla desde una conciencia integral que involucra el factor espiritual.

Podemos ver la espiritualidad como una luz que aclara nuestra oscuridad y como una intuición, deducción y expresión sensible que se acopla a nuestros procesos, tanto psicológicos como de relación con nuestro entorno, la forma de percibirnos y percibir el mundo, para a partir de allí generar una conducta, un estilo de vida espiritual desde los pensamientos, la racionalidad emocional y el comportamiento o acciones coherentes hacia nosotros mismos y hacia nuestro entorno. De esta manera la espiritualidad, desde hace miles de años, ha sido tomada en el sentido de sanación interior, y debe ser tenida en cuenta por dicha razón. Al sanar interiormente a una persona, la espiritualidad nos ayuda a trascender la adversidad, a sanar principalmente heridas y conflictos interiores, y aún mejor, de la mano de la Psicología Bioética; esta última busca resignificar la vida, reconciliarnos con nosotros mismos y con el entorno, y desarrollar una vida marcada por la plenitud interior mediante el desarrollo de sentido de vida con sentidos de percepción y expresión hacia lo etéreo, lo sensible y lo necesario.

         La palabra bioética, recordamos, viene de la raíz bio, ˈvidaˈ, y de ética ´Ethos´ (carácter/costumbre), esta última utilizada para significar los actos humanos que pretenden sublimar el bien con sus actos. En filosofía se entiende como el estudio de la moral o la reflexión que pretende distinguir entre lo bueno y lo malo; en religión se entiende como la contemplación del alma que permite alcanzar lo perfecto desde lo justo; y en el sentido común es la voluntad de actuar de manera correcta o el correcto proceder. Este correcto proceder hacia la vida nos lleva al desarrollo sostenible de nosotros mismos, no solo como seres biológicos, sino como seres espirituales, procurando la salvación de lo más importante en nuestra vida que es el componente espiritual. Bien nos decía Teilhard de Chardin[3] (1984) que no es la naturaleza carnal la que posee una naturaleza espiritual, sino que es la naturaleza espiritual la que posee una naturaleza carnal. ¿Qué quiere decir esto? Que la línea temporal del alma es mucho más larga que la del cuerpo físico, y por ende el aspecto espiritual es mucho más trascendental que el carnal.

Cuando hablamos de las técnicas de psicoespiritualidad[4] ―que surgieron más o menos entre 1870 y 1880― hemos de entender lo que nos propone Edmund Husserl, uno de los padres de las escuelas fenomenológicas de la psicología, quien nos dice que una es la conciencia de estado y otra es el estado de conciencia. Pero aun así la fenomenología ―pese a que el término fue creado a la vuelta del siglo XIX al XX― es muy antigua, pues desde los mismos orígenes de las religiones se ha tratado con los estados de conciencia. Si bien algunas religiones iniciaron sus incursiones en este campo con psicodélicos y alucinógenos naturales, luego se hizo una búsqueda que, aunque rudimentaria, era legítima.

Como se expuso con anterioridad, el estado de consciencia se refiere al estado de alerta, incluso cuando la persona está en coma, en estupor, en confusión mental o en obnubilación, pero desde unos mecanismos perceptivos que tiene para darse cuenta de sus entornos[5]. Cuando llegamos a la conciencia de estado tenemos que hacer alusión a las grandes búsquedas de algunos psicólogos de la época soviética, quienes nos dicen que la conciencia es producida por un lenguaje interior[6], un lenguaje que va dentro de lo más profundo de nosotros mismos, de tal manera que no podríamos hablar de conciencia sin ese lenguaje interno dentro de cada uno y de cuadros mentales con representaciones y significados emocionales que se producen desde la impresión sensible, la intuición y deducción a esa impresión y, de hecho, la expresión conductual de lo percibido a través de los sentidos ya no físicos, sino de la conciencia.

Dentro de las ciencias hermenéuticas, lo anterior se traduce en hacer objetivo lo subjetivo a través de un lenguaje interno, de palabras, frases internas e imágenes mentales que representan significados y son, en palabras de Jung, arquetipos. La espiritualidad no es tan subjetiva como muchos pretenden, pues vemos los resultados tangibles en lo consciente. Tan es así que nosotros no vemos el magnetismo, pero sí vemos cuando un imán atrae una limadura de hierro; no vemos la electricidad, pero vemos cuando un bombillo o un motor eléctrico se encienden; no vemos la temperatura, pero sí sentimos el frío o el calor; así mismo nos sucede con la luz: no la vemos pero vemos en dónde se refleja.

Debemos ser supremamente conscientes de que la espiritualidad es algo existente, y al hablar de las técnicas psicoespirituales hemos de referirnos a las grandes búsquedas del ser humano. Por ejemplo la salud mental, milenariamente, estaba a cargo precisamente de los procesos religiosos y espirituales (Hothersall, 1997, p.32). En la época de los griegos empezaron estos movimientos filosóficos, y las escuelas psicológicas modernas se escindieron de los primeros filósofos, pero eso no significa que vamos a olvidarnos de nuestros ancestros espirituales.

            Para entender la importancia de todo el fondo espiritual tenemos que hacer referencia a las grandes religiones y cómo estas afectan positiva o negativamente nuestra espiritualidad. Hay que ver la religión[7] como los rieles de un ferrocarril: la locomotora sin rieles no hace nada, y los rieles sin locomotora se convierten en algo inútil y desgastante. Por lo tanto la espiritualidad es esa locomotora, es ese particular movimiento interno de cada uno de nosotros. Las religiones ―cuyo fondo es la convicción en una doctrina―, sin duda, marcan caminos en la conducta del individuo y del colectivo que la profesa. Son rutas que han fijado las personas para tratar de acercarse a Dios o a su componente espiritual. Detrás de muchas de ellas encontramos enseñanzas que competen a lo ético, a lo moral y a lo espiritual, y por ello vamos a revisarlas. Encontramos de esta manera que todas desarrollan un código ético y disciplinario y promueven en sus fieles la obediencia y el sentido de consecuencia per se al involucrar un refuerzo negativo, visto como castigo o algún tipo de karma dentro de la visión cosmológica escatológica, lo que quiere decir que después de la muerte el alma continúa y puede sufrir consecuencias según sus actos. Incluso, en todas las religiones se representa la figura según la cual, si obramos bien en la vida, la vida nos va a tratar bien, y si actuamos mal, habrá un karma, o un infierno, o una reencarnación en un ser inferior. De igual manera, las religiones son rutas que postulan esta ley de causa y efecto según sean nuestras propias acciones y cómo recibiremos, según nuestros actos en la vida, consecuencias después de la muerte, lo que genera una mayor censura y control interno al sentir amenazadas nuestras integridades física, moral y espiritual.

            Estas rutas terminan por producir una expresión sensible en nuestra conciencia, movida por un sano temor que conduce nuestra conducta por un sendero o camino espiritual, es decir, por un camino conductual. Por lo tanto, psicológicamente son doctrinas conductuales, para finalmente no obrar basados en el temor, sino en el amor a una ley (profunda convicción) y al desarrollo de la conducta sana, por autodeterminación o por llegar al profundo convencimiento colectivo que produce un efecto sinérgico que, en ocasiones, desemboca en el fanatismo religioso, lo cual es ya un extremo. La espiritualidad verdadera nos requiere libres y no movidos por un fundamentalismo sociocéntrico, común en algunos feligreses y guías espirituales que se sienten dueños de una verdad absoluta.

            Las religiones, todas ellas, son acercamientos que han logrado organizar a comunidades enteras a través de las enseñanzas de algún iluminado. Como todo, han evolucionado desde que algún ser humano tuvo la primera cognición espiritual y según cómo este mismo fue influyendo en la moral humana y desde allí en la psicología humana, aun cuando la palabra “psicología” no había aparecido aún. Las religiones deben ser tenidas en cuenta como las piedras de origen en la construcción de la moral, la ética y la psicología modernas. El mundo espiritual es visto por las principales religiones como una forma sensible de luz y claridad en la conciencia y desde esta conciencia, a través del estudio y la aplicación de las enseñanzas de sus fundadores (a quienes se les llama sabios, profetas o iluminados): el sacrificio, el ayuno, las ofrendas y la renuncia a uno mismo fue cobrando fuerza hasta consolidar toda una metodología y un estilo de vida lleno de leyes y de códigos morales. De este modo, se eleva el nivel de luz en la conciencia, es decir, hay mayor claridad y discernimiento sobre las verdades del mundo y capacidad de establecer lo que está bien y lo que está mal, lo que proviene del buen espíritu o del mal espíritu. Muchas veces esto ocurría bajo la influencia de poderosos brebajes alucinógenos y los relatos del mundo del mas allá provenían de relatos del mundo de los sueños y de quienes habían cruzado el umbral de la línea de la muerte y habían retornado. Así, un mundo de aparente fantasía se hizo realidad, ya que detrás de la fantasía hubo evidencia, evidencia de sanación y de resolución de conflictos y de autoridad moral. 

              Para entender la psicología espiritual y lo que psicológicamente produce la religión en el ser humano, y saliéndonos del ámbito mágico y sobrenatural, se debe entender el fondo que une a todas las religiones: los conceptos de ley, moral y justicia. Recordemos que en la antigüedad los sacerdotes impartían justicia y erogaban las leyes antes de que existiera el concepto del derecho y las justicias penal y civil. Así, las religiones se fundan en los conceptos de ley, justicia y castigo, y generan temor en el pueblo, el temor a fallar, el temor a un castigo primeramente humano, que luego llevará hacia el castigo o la consecuencia en el más allá (el concepto de una vida en el más allá es común en las más importantes religiones).

            Las creencias religiosas se convierten en una significativa fuente para nutrir nuestro agente de censura interna que emite nuestros propios juicios y veredictos morales hacia nosotros mismos, a partir de la creencia en que debemos adaptarnos a unas normas morales que nutren al superyó. En realidad, esas normas también provienen de una ética personal y del concepto de vivir en la legalidad, adheridos a un temor sano que delimita y marca el buen camino. Esto, como lo propuso Jean Piaget ―padre de la psicología evolutiva y del aprendizaje y las pautas de crianza―, señala la generación (en gran medida autóctona o autógena) de los juicios morales en el niño. De esta manera, hemos de entender la espiritualidad como una facultad para dominar nuestra voluntad y una habilidad para distinguir el bien del mal, de no confundir ni dar al mal por bien ni al bien por mal, y para que esta intencionalidad no quede propulsada por los impulsos de la búsqueda del placer carnal.

            La legítima espiritualidad, independientemente de la religión, produce dominio propio y produce higiene moral per se. Por su parte la religión, una vez se separó del impulso de la magia y los viajes psicodélicos, se encontró con ella misma, hallando códigos éticos y desarrollando ritos específicos en cada una como la meditación, la oración, las ofrendas y sacrificios (renuncias) en procura de llevar la conciencia a un estado de plenitud, paz, contemplación y de goce interior marcando, desde un temor sano, un camino específico según sea la religión que se estudia. Uno de los principios de la espiritualidad radica en sostenerse en un camino de ascenso ético y moral, que transite en el perdón y sane la culpa, el dolor tanto propio como ajeno, muy movida por un sano temor a herir, a fallar y a fallarse a sí mismo y a su entorno social y medioambiental. Por esta razón, la Psicología Bioética es la primera escuela de psicología que promueve la relación espiritual, no solo consigo mismo o con el entorno social, sino que incluye la relación espiritual con el factor medioambiental, con un profundo sentido de consecuencia, y enseña a transitar o surfear nuestras emociones de una manera coherente, sensata, proactiva y propositiva. De ahí que busque la armónica sostenibilidad del ser ocupándose a sí mismo, ocupando un lugar sociocultural y medioambiental; la Psicología Bioética busca y entrega una verdadera ética (no una falsa moral), y produce conciencia social, espiritual y medioambiental.

            De este modo, todas las religiones persiguen el dominio de la voluntad, el desarrollo de las virtudes y, en realidad, tratan de definir las verdades de lo más profundo de nuestro ser, nuestra existencia y nuestra trascendencia, describiendo aquello que nos define como entidades espirituales que incluso existen sin espacio, viajan sin velocidad y se mueven entre nuestros pasados y futuros. Ellas nos otorgan un tiempo presente en que se existe y se es en espacio, tiempo y energía, se mueve con intencionalidad, sentido, dirección y con propósito de salvación de aquello que nunca muere: el alma y el espíritu humanos.

            Las religiones comienzan a establecer bien sea una conciencia colectiva o un Ser Superior como fuente de voluntad, de virtud y de verdad, es decir, de energía o fuerza pura y poderosa que es el amor, y de modulación, transformación y sincronización de esta fuerza que es la virtud, siempre conducidas entre la verdad, para que puedan existir y ser. Aunque todo puede existir, solo se es en tiempo, espacio y energía; lo que es verdadero necesita de estos tres vectores existenciales para existir y ser dentro de la existencia. La materia es energía, el espacio es la amplitud que se produce para ser ocupado por la energía y por el tiempo, y el tiempo es la distancia que separa el pasado del futuro. En consecuencia, se genera una partícula dinámica que se mueve hacia adelante y es el tiempo presente, el cual es verdadero en espacio y energía en el aquí y ahora y no es en lo que fue, ni en lo que será.

Lo verdadero es luz verdadera, y la luz sustenta el espacio para ser ocupado por el tiempo y la energía. La luz da espacio al tiempo para que ocurra la distancia que separa lo que fue de lo que será; la luz da forma a lo verdadero para que ocurra la existencia. Por esa razón se considera a Dios como luz y que todo fue hecho por la luz de Dios. En el libro del Génesis se nos narra que Dios, por palabra, hizo la luz como el origen de todo, algo para que ese algo se moviera entre el tiempo, ocupara un espacio y fuera en un cuerpo cósmico. Y que en ese cuerpo cósmico fuera el humano, y desde y en ese mismo cuerpo se hubo de sembrar la semilla espiritual que es la conciencia, bajo una providencia o un plan divino que fuera el universo y este fuera morada de la vida, esto en un plan de Dios, que es el plan, propósito o postulado evolutivo.  Así fue la vida, y en la vida el pensamiento, el impulso hacia lo sublime y etéreo, la intención ordenada y la aparición del amor y la virtud en el ser humano, que surgieron en el corazón (alma) y en la conciencia del ser humano. Esto no fue por mera coincidencia, sino por las leyes de causa y efecto: nada aparece porque sí, sino que todo esto requirió una intencionalidad previa que trazara y ocupara todo lo que es.

La luz trazó, la fuerza del amor ocupó y la virtud moduló la fuerza del amor para vencer el caos inicial, pues Dios hizo todo esto para también vivir en el universo que Él creó. Dios está en el todo, pero solo es en quienes disponen su verdad, su virtud y su amor a Él y a su entorno social y medioambiental. Esa es la gracia de conectar nuestra conciencia con la luz (verdad), virtud y voluntad (amor) de Dios. En algún momento del propósito evolutivo Dios sembró la conciencia entre los seres que empezaron a obrar con verdad, con virtud y con amor. Con la conciencia, Dios injertó el espíritu y el alma humanos a la vida: el espíritu con esencia de verdad y luz, el alma con esencia de voluntad y amor, y la conciencia en medio de estas dos entidades dinámicas y eternas.

Estas esencias etéreas, según Jung, están bien representadas por los contenidos inconscientes que él denomina como arquetipos. Incluso Viktor Frankl hace alusión a que todos contamos con un inconsciente espiritual que, si bien puede estar inactivo, llega a surgir espontáneamente en sueños oníricos, visiones o imaginaciones que emanan espontáneamente y, de manera afín, en múltiples creencias. Por ejemplo lo que hacen algunas drogas alucinógenas no es producir o crear estas alucinaciones, sino más bien correr un telón en donde lo inconsciente surge en el consciente, como resultado de estos consumos. Aún así, sin necesidad de drogas se accede a estos contenidos de un modo más auténtico y legítimo a través de la meditación, la oración y los estados contemplativos que se desarrollan en muchas religiones.

Las raíces de las grandes religiones, que definitivamente procuran delimitar la conducta de sus feligreses para agradar a los dioses (o a un solo Dios) o para lograr el desarrollo de un camino de perfeccionamiento interior, han ayudado a nutrir la moral y la esperanza y, por ello, la calidad de vida interior, como ha sido observado por nosotros y se apoya en múltiples estudios. Sabemos que en el mundo hay actualmente cerca de unos  7 u 8.000’000.000 de personas (Worldmeter, 2021). Con casi 5.700’000.000 de creyentes y practicantes (Pew Research Center, 2012), las religiones más grandes[8] se hunden en las semillas que generaron dos grandes cepas que surgieron con escasos 100 años de diferencia hace ya 3.700 años. Así nacieron las semillas de la religión paleobabilónica y de la religión védica, las cuales crecieron, maduraron y florecieron hasta convertirse en las grandes religiones vivas de la actualidad, a saber: el cristianismo, el islamismo, el hinduismo, el budismo, el judaísmo, el brahmanismo, el confucionismo y el taoísmo, que expondremos brevemente más adelante. Esto nos dice que se suman cerca de 1.100’000.000 de personas, representando el 16% de la humanidad (Pew Research Center, 2012, p.24), entre las facciones de creencias de aborígenes australianos, africanos y americanos, panteístas, ateístas, agnósticos y gnósticos, aún hoy definitivamente minorías[9].

            Dentro de estas minorías encontramos el panteísmo, el deísmo, el agnosticismo, el gnosticismo y el ateísmo.  En todos estos subgrupos de personas podemos encontrar la moral, vista como bondad y benignidad desde una pulcritud interior, y la ética, concebida como el correcto proceder en nuestras obras; vemos también que los sentidos de la conciencia pueden aflorar desarrollada y libremente. A la luz de la Psicología Bioética y de la bioética moderna, algunos de estos sentidos pueden llegar a verse vulnerados ya que, como en los casos de muchas personas creyentes, su conducta afecta la sustentabilidad del entorno social y medioambiental. Por esta razón es esencial que, más que profesar una religión o creer o no creer en Dios, nuestra conducta obedezca a la percepción, intuición y expresión sensible de nuestra conciencia, que se refleje en actos buenos y benignos hacia nosotros mismos y hacia nuestro entorno. Por supuesto, siempre dentro del marco del profundo respeto por las creencias divergentes, todas unidas por la conciencia ética y moral de una buena o regular manera.

            El panteísmo es una doctrina filosófica en la cual el universo, la naturaleza y Dios son equivalentes (Bogdansky et al., 2014).​ La palabra proviene del griego pan, ‘todo’, y theos, ‘Dios’. El término apareció por primera vez en la obra de Joseph Raphson en 1697.  El panteísmo no estipula a Dios como una entidad, y su concepción es que todo lo que existe, como las leyes naturales, la existencia de la vida y el universo, son la suma de todo lo que fue, es y será, y Dios es el todo, luego de allí su nombre. Para los panteístas el universo y su todo es Dios, pero Dios no es persona ni ente. ​

Según el panteísmo no hay realidad trascendente, y lo que existe es inmanente o lo que permanece, y es en sí mismo. La divinidad es entendida más bien como “principio del mundo”, identificable en el filósofo griego Heráclito, para quien lo divino se halla presente en la totalidad de las cosas (Mondolfo, p. 164) ​ y, al mismo tiempo, es idéntico al mundo y a los entes en su integridad. Este pensamiento está presente también en la cosmovisión de Giordano Bruno, cosmovisión que bien puede ser entendida como un “panteísmo ateo” con ciertos rasgos específicos de “pan-siquismo”; en la obra de Giordano Bruno se encuentran sus ideas fundamentales sobre la realidad natural. Una forma o esquema general del universo es la denominada “alma del mundo”, cuya preponderante facultad es un intelecto completo y universal, que todo lo llena y todo lo ilumina. La materia constituye el segundo principio de la naturaleza, por la cual se halla conformada la totalidad de las cosas. Los aspectos de los entes pueden mudar, variar o divergir, pero es siempre la misma materia la que se sostiene y perdura por debajo de las transformaciones exteriores.

En la época moderna se considera la filosofía de Baruch Spinoza como el más claro ejemplo de panteísmo, constituyendo el modelo de los panteísmos posteriores, porque para este todo está en Dios, y el Ser supremo no se confunde ni con el mundo ni con la totalidad de sus modos. Así, en la metafísica spinoziana se interpreta al panteísmo como un algo materialista o un panteísmo que anula la libertad y la personalidad de Dios, reduciéndolo a un mero objeto incapaz de relacionarse con el mundo.

            El término gnosticismo proviene del griego gnosis, ‘conocimiento’, y es un conjunto de corrientes  filosófico-religiosas que se mimetizaron con el cristianismo en los tres primeros siglos d.C. Es una creencia dualista: el bien frente al mal, el espíritu frente a la materia, el ser supremo frente al demonio, el espíritu y el alma frente al cuerpo carnal.

            Según esta creencia, los iniciados no se salvan por la fe en el perdón gracias al sacrificio de Cristo, sino que se salvan mediante la gnosis o conocimiento introspectivo de lo divino, que es un conocimiento superior a la fe. La sola fe y la muerte de Cristo no bastan para salvarse: el ser humano es autónomo y debe salvarse a sí mismo.

            El agnosticismo, a, ‘sin’; y gnosis, ‘conocimiento’, considera que los valores de “verdad”, especialmente los referidos a la existencia o inexistencia de Dios, son desconocidos y, por lo tanto, inherentemente incognoscibles. El biólogo británico Thomas Henry Huxley acuñó la palabra agnóstico en 1869. Desde que Huxley creó el término, muchos pensadores han escrito extensamente sobre el tema. Sin embargo, varios pensadores y obras de la antigüedad ya habían promovido puntos de vista agnósticos, incluido el agnosticismo del filósofo indio del siglo V a. C., Sanyaia Belatthaputta, respecto de la existencia de vida más allá de la muerte y las reencarnaciones. No obstante, no ven a Dios como ente, y como idea lo presentan como algo incognoscible y de allí su nombre, aun cuando consideran una conciencia universal que precariamente pueda llegar a ser. El agnosticismo no concibe a Dios como entidad ni lo relaciona con identidad alguna. Esta forma de pensar es muy antigua, pese a que el nombre es reciente. Están los casos del filósofo griego del siglo V a. C. Protágoras, y el del Himno de la creación por parte del texto sagrado indio Rig-veda,  compuesto probablemente entre 1500 a. C.-1200 a. C., acerca del origen del universo. Es decir, no niegan ni afirman la existencia de Dios por conocimiento, y por ello algunas corrientes filosófico-espirituales pueden llegar a considerarse como agnósticas y no contemplan a Dios en la creación, como es el caso del panteísmo.  

            El ateísmo es el rechazo de la creencia de que cualquier deidad exista. En una definición más restringida, el término ateo proviene etimológicamente del latín athĕus y este del griego a-theos, que significa ‘sin dios’, e inicialmente fue empleado de forma peyorativa para referirse a quienes rechazaban a los dioses adorados por su sociedad. El ateísmo niega todo lo relativo a Dios como ente y como persona, rechazando la idea de Dios y, en los casos más radicales, la existencia del mundo espiritual. Kant presenta a Dios como una idea; esta idea va modelándose hasta presentar la necesidad de la inmortalidad del alma y la de un creador, no como una mera subjetividad del hombre para satisfacer sus miedos y temores ante la muerte o ante una vida finita (así lo presentan los primeros psicoanalistas), sino como una realidad necesaria para presentar la creación, como una respuesta inteligente de un creador, en donde el alma creada cursa hacia la perfección, y por ello es inmortal, y trasciende más allá de la muerte de la carne. Platón presenta a Dios como entidad que rige sobre el mundo de las ideas y por ello, al ser concebido, así sea como una idea, ya existe esa idea. Por lo tanto, Dios ya existe en el mundo de las ideas. Aun así, los ateos niegan este concepto.

            La Psicología Bioética presenta a Dios como divinidad creadora y muestra su existencia incluso como la entidad que más es, es decir, la que posee el mayor fundamento existencial, siendo el absoluto presente en eterno transcendente. Además, para los ateos esta idea de Dios (aun cuando la misma idea existe por ser ya una idea) pertenece al mundo de la superstición. Históricamente, los conceptos de Dios y del mundo espiritual iniciaron, al parecer, bajo la influencia de algunos alucinógenos hace más de 5.000 años. En medio de ese mundo se encontró un algo que procuraba una conexión real con el mundo espiritual y se inició la búsqueda legítima de este mundo dentro de nuestra propia conciencia, la cual algunos ateos también niegan. Por el contrario, los creyentes afirman que la espiritualidad y Dios son una presencia que, además de pensarse y percibirse en lo etéreo, se siente, y esta es ya una clara dimensión de realidad.

            Así mismo, desde que el ser humano empezó a encontrar evidencias de cosas extrañas que suceden tras la muerte, los primitivos en casi todas las culturas iniciaron con las artes de la invocación de los espíritus de los muertos y llegaron a creer que existía algo que trascendía más allá de la muerte; esta idea del espíritu está presente en casi todas las culturas, tanto en las extintas como en las que aún perduran hasta el día de hoy. Por esta razón, se llega a creer que la espiritualidad surge de manera espontánea dentro del ser humano, no únicamente como una necesidad para satisfacer sus temores y su vida finita, sino como una conexión con el mundo inmaterial que se llega a sentir y procura sensaciones de paz, esperanza y plenitud interior. Para muchos filósofos la entrada a este mundo espiritual se puede determinar por el temor, la convicción, el dolor, la culpa, y así todas estas emociones que resultan desagradables y producen sufrimiento se llegan a superar o paliar desde la vía mística pues, más que dogmas, religiones o creencias, la mística involucra el cuerpo afectivo y emocional del ser humano cuando por amor, verdad y virtud decide trascender ante la adversidad. Igualmente, la verdadera espiritualidad siempre está asociada a una profunda mística que se traduce en la vida con alegría en la adversidad y en llegar a lograr entusiasmo hacia las particularidades de una vida profunda y con sentido. Precisamente de allí proviene la palabra entusiasmo: de en theos, en Dios.

La capacidad de conexión con este mundo etéreo e invisible para los ojos de la carne se produce desde la glándula pineal, la cual es la encargada de poder dar dimensión de existencia a lo inmaterial. Estudios que se han realizado indican que personas con una alta espiritualidad estimulan y registran una mayor actividad en esta glándula, que ya desde Descartes se llegaba a creer que es la encargada de proveer contacto con el mundo inmaterial o espiritual. 

De otra parte, los grupos de personas ateas pueden ser catalogados, según su psicología interna, en seis (6) grupos básicos fundamentales, de acuerdo con lo observado durante más de 30 años. El primer grupo está integrado por personas que no tienen un adecuado desarrollo en la glándula pineal. Un segundo grupo de ateos, representado de acuerdo con lo propuesto por Gordon Allport, considera que la relación con el padre y las relaciones con las figuras de autoridad son un referente inconsciente de la relación con Dios. De esta manera, el segundo grupo está relacionado con una infancia difícil y tormentosa respecto a las figuras parentales en donde la persona, en su niñez, fue víctima de abandono, o de tiranización del vínculo y de autoridades represivas. Así, el origen psicoanalítico del ateísmo de este grupo está en una difícil relación con el padre, en donde surgen situaciones muy difíciles de aceptar o no aceptadas y reprimidas, lo que crea una respuesta inconsciente hacia el no creer en Dios como padre, como creador, ni como una entidad buena y justa.

El tercer grupo de ateos está representado por personas que sufrieron y fueron víctimas de grandes injusticias sociales, por lo que desarrollaron una serie de resentimientos no resueltos que los han conducido a no creer en una justicia universal. De este modo desarrollan, desde su propia percepción de la justicia (sea distorsionada o no), una conducta de anarquía que propende a rebelarse contra todo aquello que signifique autoridad.

            El cuarto grupo de ateos está representado por personas que en su pre-adolescencia y adolescencia sufrieron una crisis en su autoestima. Como una respuesta inconsciente, y con el fin de suplir su autoestima, desarrollan su creencia en la no creencia como una incitación de rescate de su propia autoestima para nivelar su ego, como un proceso inconsciente de protección de su yo y de su self.

            Un quinto grupo está representado por personas que, en sí mismas, poseen algo que resulta censurable o condenable ante el dogma que profesan. La solución ante el conflicto interno es el aniquilamiento de su creencia en Dios.

            Y un último grupo, al que llamamos ateísmo puro, es aquel en que la persona, libre de las representaciones psicológicas anteriormente expuestas, desarrolla una firme convicción no casuística acerca de la creación. Este tipo de ateo posee una cosmovisión, y es independiente de cualquier tipo de malestar interno que atribuya al azar el universo y todo lo creado. Este individuo cree que la naturaleza se hizo a sí misma por el proceso de la evolución, olvidando las leyes de la física según las cuales la nada solo puede producir nada, que el universo es un algo que no apareció por sí mismo de la nada, que hubo un algo originario que obedeció a una intencionalidad previa, ordenada, anteriormente calculada, con resultados predictibles, y sobre eso se originó la vida.

            Todo lo que existe está en tiempo, existe en espacio y es en energía, lo que se opone radicalmente a la cosmovisión según la cual la creación requiere de un creador. Es frecuente entre personas que al inicio del estudio de la ciencia no hallen la necesidad de un creador; aún así, los más grandes hombre de ciencia, como estos mismos lo afirman, han hallado a Dios: “al primer sorbo del vaso de ciencia negué a Dios pero, en la medida en que seguí bebiendo, lo encontré al final del vaso”. Tal es el caso de grandes nombres de la física como Albert Einstein, padre de la teoría de la relatividad; Isaac Newton, padre de la teoría de la gravedad; Niels Bohr, padre de la física del átomo; Max Planck, padre de la física cuántica; Francis Collins, padre del descubrimiento y organización del Genoma Humano, y grandes de la filosofía como Søren Kierkegaard, Martin Heidegger y hasta el mismo Immanuel Kant. Aun así, en este último grupo suele apreciarse una conciencia moral; la conciencia moral no es marcador exclusivo de los creyentes ni el ateísmo significa falta o pérdida de conciencia moral. La espiritualidad y la religión, cuando son legítimas y son un proceso auténtico de verdadera moral, suelen producir y preservar la ética, la conciencia moral y, de hecho, la estética (sensibilidad sobre la belleza de lo etéreo, en este caso).

            Dentro de los conceptos de los contenidos inconscientes, Carl Jung nos propone la existencia de un inconsciente espiritual, a saber, los arquetipos, que son una serie de constructos mentales que nutren la imaginación, las ideas y los conceptos en lo referente a la espiritualidad y que, a su vez, forman parte del inconsciente colectivo. Por ello encontramos tantas similitudes en las representaciones más primigenias dentro de los conceptos de espiritualidad. Este concepto es reforzado por Viktor Frankl al proponer que todos los seres humanos poseemos un logos existencial, que es espiritual y se encuentra en todos en lo profundo del inconsciente. Por esta razón, la espiritualidad devela estos contenidos. Proponemos que, aun cuando a ciencia cierta no se necesitan y es peligroso usar drogas, el efecto de algunas de ellas (psicodélicas y alucinógenas) es producir algún tipo de viaje místico. Estos efectos, similares en muchas personas, descorren un telón para que lo inconsciente quede en el consciente, y por ello en este tipo de viajes se encuentra una experiencia mística de orden religioso y espiritual; es por eso que estas drogas han sido llamadas sustancias psicomiméticas enteógenas. Valga agregar que estos estados de conciencia alterada por sustancias no producen estados legítimos de consciencia sublime, sino que simplemente discurren o existen dentro lo inconsciente. Estos estados de conciencia elevada deben ser procurados por una mente plena y una conciencia libre de drogas, para que el potencial de la conciencia sea auténtico y no producto de una mente alterada.

Asi, vemos que todo ha sido producto de la evolución, desde que Dios sembró la primera semilla espiritual de la fe dentro de la conciencia humana, la cual se ha venido desarrollando dentro del mismo propósito evolutivo, y llegará el momento en que todos los creyentes en una luz, un amor y una virtud verdaderas unan sus creencias, se reescriban las escrituras sagradas dando cabida a todas las vertientes y finalmente nos miremos y nos tratemos a todos como lo que somos: hermanos, hijos de un mismo padre que es Dios, e hijos de una misma madre que es la madre tierra, a la que debemos cuidar y también venerar. Son entonces solo dos las grandes raíces de las que se desprenden todas las grandes religiones de hoy en día.

            En este orden de ideas, vamos a revisar las dos grandes raíces de las religiones actuales, con sus cosmovisiones, su moral y su ética. Revisaremos asimismo cómo estas potencian la conciencia inmaterial y la conciencia moral, y se convierten en motor de las necesarias censura y condena internas para lograr contrarrestar el principio del placer por el placer, y conducir la conducta bajo una ética personal, colectiva y social.

 

 

 

 

 

 

LAS PRINCIPALES CORRIENTES ÉTICO-RELIGIOSAS

 

EL CERCANO ORIENTE

De las religiones paleo-babilónicas, sumerias y babilónicas hasta las religiones abrahamánicas

Entre las cuencas de los ríos Tigris y el Éufrates figura la mitología mesopotámica. En ella están los sumerios: la religión sumeria se refiere a la cosmología y ritos de la civilización sumeria, siendo An (o Anu) el dios más importante del panteón sumerio. La religión sumeria repercutió en toda la mitología mesopotámica, sobreviviendo en las mitologías y religiones de los acadios, babilonios y asirios, para luego surgir los caldeos y babilonios, hasta de ella escindir las religiones de Abraham, y desde allí las que se llaman abrahamánicas (judaísmo, cristianismo e islamismo). La amorrita o paleo-babilónica (siglo XVIII a.C.) es la más antigua; como las proto-religiones, está sustentada por la adivinación, la magia y por un rudimentario teísmo. Del imperio neo-babilónico o caldeo (siglo VII a.C.) surge la epopeya del héroe Gilgamesh, contemplada en la que se denomina la Jemara Babilónica, que aunque está basada en aventuras muy celestiales de este héroe épico, narra una ética social y contempla apreciaciones sobre la justicia y la conciencia social, por ejemplo, al expresar que la riqueza personal debe tener un límite para que con esos excedentes pueda ayudarse a los más necesitados: esto sería un capitalismo social. Posteriormente, los persas adoraban al dios Marduk y aplicaron el concepto de inmortalidad en su religión.

La religión caldea resulta ser la base del judaísmo y del cristianismo en las montañas del monte Hebrón (que significa común), y fue allí donde se unieron paso a paso, por el tránsito cultural y mercantil, las creencias budistas (desde el siglo IV a.C.), hinduistas (desde el siglo VII a.C.), judías (desde el siglo XVII a.C.), persas (siglo VI a.C.) y babilonias (desde el siglo XVII a.C.). Recordemos que las escrituras señalan que Abraham, el padre del judaísmo, en el siglo XVII antes de Cristo, fue en un peregrinaje por hambrunas desde Ur a Canaán y finalmente se estableció en el Hebrón, en pos de la tierra prometida; allí, con sus tribus, fundó Ur–ushalem, la nueva Ur, o la Jerusalén de nuestros tiempos.

Tanto Abraham como su hermano Lot surgieron de los pueblos caldeos y se convirtieron en los primeros adoradores de un solo Dios. Ellos deambulaban decepcionados de sus pueblos de origen, asolados por el hambre y por las inclemencias de su trasegar por los desiertos, cuando tuvieron revelaciones acerca de una tierra prometida. Abraham y Lot fueron patriarcas, con siervos, ganados y tribus que los seguían como líderes y señores. Estos dos patriarcas y señores de ganados se separaron por caminos diferentes, dado que consideraron imposible continuar por un solo camino, pues de hacerlo no lograrían alimentar a todos sus pueblos ni a sus rebaños. Así, se separaron uno por la izquierda y el otro por la derecha. Lot llegó a Sodoma, en donde surgió otra vez la representación del castigo divino a los hombres malos y soberbios, tal y como la expulsión del paraíso, el diluvio universal y la confusión de lenguas en Babel. De esta manera, Abraham fue tras la tierra prometida mientras que Lot presenció la destrucción de Sodoma, ciudad caracterizada por la lujuria extrema.  Aquí la figura de castigo continúa fortaleciendo el elemento de censura y de juicio moral que, de una u otra manera, todas la religiones han contribuido a fortificar. Inicia desde la expulsión del paraíso por comer el fruto prohibido del árbol del conocimiento del bien y del mal, luego el diluvio universal por la maldad y el egoísmo o, podríamos llamarlo, el cainismo; luego la confusión de lenguas por la pretensión de los hombres de querer ser como dioses en el episodio de la torre de Babel, y aquí llegamos al cuarto castigo documentado de Dios sobre los hombres según la tradición judeocristiana: la destrucción de Sodoma y Gomorra, la cual acaeció por la lujuria, pues estos sodomitas quería copular hasta con los ángeles y con los siervos de Lot, hermano de Abraham.

Según las escrituras, Noé ―el patriarca del diluvio universal y del arca―, Abraham fue descendiente en la décima generación de Noé. Noé fue padre de Sem, y de allí surgieron las religiones semitas (judíos y árabes) o las religiones abrahámicas, cuya raíz está en Abraham, como el judaísmo (siglo VII a.C.), que hace referencia a la región de Judea concretamente. De allí también surgieron el cristianismo (siglo I d.C.) y el islam (siglo IV d.C.), que fueron las primeras religiones en considerar el monoteísmo. Las tres están vivas hasta el día de hoy y surgieron de una sola semilla: de la salida de Caldea con su peregrinaje hacia la tierra prometida, y de la fe monoteísta de Abraham, y por ello se llaman las religiones brahmánicas, que son el judaísmo, el cristianismo y el islamismo.

 

El judaísmo y las religiones semitas

Nos podemos remontar a Noé dentro de una facción de los amorritas mucho antes del siglo XVIII a.C., pues muy probablemente era el protagonista del mismo diluvio al que se hace alusión en los relatos paleo-babilónicos. La ciudad de Ur de los caldeos fue fundada mucho después, de la que salió Abraham en busca de la tierra prometida, y fue Abraham el padre de estas religiones que surgieron de sus raíces, a su vez provenientes de los amorritas y los caldeos. El judaísmo es la primera religión que surgió de las creencias monoteístas y de los pactos del padre Abraham, padre de Isaac, e Isaac padre de Jacob o Jez–Rael, de donde viene el nombre Israel. De Israel surgieron a su vez las 12 tribus, de las que ya bastante después en el exilio de Egipto apareció Moisés, quien por primera vez reveló el nombre de Dios como Yahvé, que significa ˈel que soy o el que esˈ. Moisés es muy venerado por ser quien construyó el arca de la alianza, uno de los objetos más misteriosos y buscados por la humanidad. Estos son los patrones del pueblo judío, en una religión que se caracteriza por la ferviente creencia de múltiples seres humanos a quienes se les concedió el don de la profecía, y por ser la religión de los ricos pastores y comerciantes. Ya con Moisés se va inyectando a la religión la profunda convicción en la fe, la obediencia y la ley, puesto que este amplía la ley del famoso decálogo a cientos de leyes que se convierten en completos códigos morales que dictan cómo vivir.

El judaísmo se remonta hacia dos milenios a.C. en Canaán, parte del actual Israel, y comprende un sistema de creencias cerrado a sus doctrinas, ritos y costumbres, los cuales producen un régimen religioso bastante estricto en términos de lo que las personas pueden o no pueden hacer, incluso sobre la toma de alimentos, puesto que prohíben la carne de ciertos animales. El Tanakh es la Biblia judaica; en él se cuenta la historia del pueblo hebreo o pueblo del monte Hebrón. Su fomento de conciencia está basado en los libros de los Salmos, los cuales son una exaltación a Dios y súplicas de protección, y en los libros de Proverbios y de la Sabiduría, atribuidos por algunos a la autoría del rey Salomón y de Ben Sirac; estos textos se basan en el fomento de la sabiduría y el temor a Dios como principio de la sabiduría, y recogen múltiples aspectos del sentido común y consejos prácticos para la vida. Su parte más importante es la Torá, cuyos primeros cinco libros incluyen las leyes y los Diez Mandamientos[10] que Dios le reveló a Moisés. Estos cinco libros son llamados el Pentateuco por los cristianos, dado que tanto judíos como cristianos comparten varios libros sagrados, por lo que la religión cristiana tiene sus raíces muy profundas en el judaísmo, que a su vez narra la historia del pueblo elegido y la promesa de la venida del elegido.

El judaísmo puede ser visto como un código disciplinario (ética basada en disciplina) repleto de leyes y de grandes castigos a los incumplidores, que generaban conciencia por el temor a Dios como principio de sabiduría, más que por adoración y convicción, y movidos por la ley del talión (“ojo por ojo, diente por diente”), usanza en la aplicación de justicia, también común en algunas facciones de la religión hinduista. Allí empiezan a representarse los milagros, pocos dentro de la historia judía escrita, basados en las acciones de Moisés, del profeta Elías y de Eliseo.

Se resaltan varias tribus o sectas como los asideos y los esenios, que se caracterizaban, tal y como los monjes budistas, por la renuncia al mundo y por los sacrificios.  Luego de Jesús surgió la Iglesia primitiva en la que todos ellos, tanto Jesús como los apóstoles y los discípulos, eran judíos; ellos fueron perseguidos a muerte hasta la época del emperador Constantino, y surgió así el catolicismo o religión universal, por su significado etimológico. Después nacieron las iglesias ortodoxas y luego la gran cantidad de vertientes cristianas y evangélicas que protestan ante la autoridad del Papa, que están vivas hasta el día de hoy, como el luteranismo, los bautistas, y los anglicanos. Entre estas iglesias, el trabajo de Emerson en el siglo XIX es de resaltar por su abordaje psicoespiritual. El judaísmo se ha caracterizado por ser una religión con constantes persecuciones, luchas, divisiones internas, desde épocas inmemoriales, con los persas, los asirios y los egipcios, entre otros pueblos. Esta religión logró mantenerse viva durante la opresión del imperio romano y la persecución por parte de los musulmanes, hasta que los judíos perdieron su tierra y quedaron errando en cientos de países; se les conoce como los judíos de la diáspora, aunque muchos de ellos, poco después de la Segunda Guerra Mundial, lograron agruparse nuevamente en su Tierra Santa, o Estado de Israel. Aunque hay varios estados religiosos, sobre todo dentro del islam, la religión judía es la única que cuenta con un Estado propio, como es el caso de Israel.

 

El cristianismo

Dentro del cristianismo encontramos una gran cantidad de movimientos religiosos que han surgido de las enseñanzas de Jesús de Nazaret. Jesús nació aproximadamente en el año 753 de la fundación de Roma[11], en una familia de carpinteros. Para esa época la carpintería era bastante estimada, pues las personas dedicadas a este oficio construían las casas, los botes para la pesca, los utensilios y los muebles. Junto a sus hermanos, Jesús se fue criando en el taller paterno, que era del popular San José (Jesús tenía hermanos de crianza). San José era viudo y con varios hijos cuando se casó con María, otra figura supremamente significativa dentro del cristianismo.

Las enseñanzas de Jesús están representadas por una palabra muy sencilla generada a través de parábolas, hipérboles, paradigmas y en su célebre Sermón de la Montaña. Algo que lo hizo único fueron los numerosos milagros de sanación y los múltiples misterios que rodearon su vida, muerte y resurrección, los cuales se atribuyeron a su gracia. La palabra de Jesús fue en extremo importante, pues había nacido dentro de un panorama político que era la cúspide del Imperio Romano; por la época de Jesús, toda la región del Mediterráneo, incluso Judea, estaba dominada por los romanos. Aunque en esa época el Imperio romano tenía el poder político, los romanos respetaban las creencias religiosas de los pueblos dominados para no suscitar más problemas. En medio de esa dominación surgieron una gran cantidad de movimientos judíos que querían erradicar el poder político y militar del Imperio y vieron a Jesús como un caudillo para promover ese fin.

En aquella época la religión judía tenía varias facciones. Jesús nació dentro de la facción de la tribu de Judá, y todos sus doce apóstoles eran judíos como él; los estudiosos afirman que los apóstoles seguían a Jesús como su maestro. Además de los apóstoles, Jesús contaba con un discipulado de 40 personas, entre ellos mujeres y hombres y varias personas que eran miembros del poder eclesiástico religioso más alto, y que eran miembros del Sanedrín[12], como Nicodemo y José de Arimatea.

Desde su fundación misma, la religión judía se ha caracterizado por promover la riqueza, la vida lujosa y cierta discriminación social. Por esa razón, Jesús generó una religión para los pobres. Si estudiamos cuidadosamente su más célebre discurso, el Sermón de la Montaña (Reina Valera, 1960, Mateo, 5:1-7), Jesús habla en él de una serie de promesas esperanzadoras para las personas pobres y para los humildes, y se encuentran unos lineamientos claros de conducta y de comportamiento. Jesús fue así el primero en empezar a crear una religión con un alto contenido social, de igualdad, de equidad, de justicia, y lo mataron por temor a una revuelta. Para su época, sus enseñanzas fueron novedosas y revolucionarias contra lo establecido, aun cuando fue respetuoso del poder político. En sus enseñanzas, que son muy sencillas, Jesús habla en parábolas, como en la parábola del Sembrador, en la cual hace alusión a que la palabra de Dios es vida, vida en abundancia, y que debemos permanecer en ella y no únicamente oírla.

Así mismo Jesús habla bastante acerca de sí mismo haciéndose llamar el camino que une al padre con los hijos, la puerta del redil, la verdad y la vida; podemos entender esto como un llamado a permanecer en senderos de amor, de vida, de verdad y de renuncia al egoísmo, siempre pensando en el amor al prójimo. Jesús hace un llamado a que sus creyentes sean como la sal, preservando al grupo social de los creyentes contra la corrupción del mundo, y señala la importancia de creerle a Dios y a la vida en lugar de creerle al mundo cuando dice “formen parte del mundo, pero no pertenezcan a él”. La palabra de Jesús tiene un profundo sentido de psico-espiritualidad y de fenomenología.

Jesús comenzó a generar una serie de lineamientos en contra de la hipocresía o de la falsa moral, y hablaba siempre en figuras literarias: por ejemplo hace alusión a la conciencia, llamándola “ojo”. Eso lo vemos en “si tu ojo está limpio todo tu cuerpo brillará”[13]. Incluso decía, “¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en ti? ¿Qué haces tú mirando la paja en el ojo ajeno y no miras la viga en el tuyo?” (Biblia Latinoamericana [BLA], Mateo 7: 3). Sencillamente podemos cambiar la palabra ojo por conciencia, y nos da un sentido coherente que aún hoy puede ser válido.

Cuando Jesús habla de la moral hace alusión a la levadura, que es la que inflama e insufla toda la masa, llevándola a ser adecuada. Lo mismo sucede cuando en sus discursos les habla a sus discípulos acerca de la sal, es decir, que los creyentes son llamados a preservar la moral y dejar de lado la doble moral o hipocresía, a la que ataca fuertemente. Por ello su doctrina promueve la verdadera moral, higiene y pulcritud en el pensar, en el sentir, en el amar y el obrar; se opone al odio en todas sus formas y a hacernos guerra entre nosotros. Jesús se llama a sí mismo de varias maneras como “el pan de vida”[14]o “yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (BLA, Juan 14:6), o “Yo soy el agua de vida; el que bebe de mi jamás tendrá sed”, porque es la primera religión que empezó a promover la vida, la vida en abundancia, y se presenta como el camino de verdad y de vida, esto es, el camino de las virtudes morales basadas en el amor a sí mismo y al prójimo, y eleva a los fieles en la religión judía de la condición de siervos a la de hijos de Dios, lo que va a permitir una fraternidad mucho más clara. Jesús se refiere a Dios como su padre, que él y Dios son uno solo, y promete y explica que hay un reino en los cielos donde todos podemos ir según sean nuestras obras, y que hay asimismo un lugar de tormentos, representado en sus palabras por la gehena, el infierno, a donde van los más malos.

En la doctrina cristiana, Jesús presenta a un Dios monoteísta y trinitario; ya no lo propone como un Dios de los ejércitos, guerrero e implacable, sino como un padre amoroso y misericordioso. Además, resalta la importancia de vivir en comunión con Él a través de las obras, pues reitera que por las obras se justifica la fe, y la fe no justifica las obras. Esto lleva a concluir que su enseñanza promueve el correcto proceder respecto al prójimo. Al manifestar el amor activo y responsable al prójimo y a sí mismo, haciendo énfasis en la ayuda a los menos favorecidos, Jesús resume el decálogo de Moisés en un solo mandamiento: amarse a sí mismo y amar al prójimo.

Todas estas enseñanzas están acompañadas por una vida llena de milagros y misterios. Así, vemos la conversión del agua en vino (BLA, Juan 2), la multiplicación de los peces (BLA, Marcos 6: 34-44), la transfiguración (BLA, Mateo 17) que, según las escrituras, fueron cosas que las personas presenciaron, siendo la más destacada su resurrección (BLA, Mateo 28:1-10). La evidencia histórica de la resurrección es clara: el cuerpo de Jesús nunca fue encontrado. Así mismo, existe una serie de aspectos trascendentales dentro de las revelaciones de Jesucristo, como su promesa del Espíritu Santo, el Espíritu de la Verdad (BLA, Juan 14:15-21), la manifestación de Dios a los seres humanos a través de un espíritu que enseña la verdad; esta es una parte central de su enseñanza.

Cuando Jesús hizo su sacrificio y murió en la cruz, de una manera muy coincidente en todas las religiones del mundo conocido por aquel entonces, fueron cesando los sacrificios de animales y los sacrificios humanos. Esto nos hace pensar que hay un trasfondo altamente espiritual detrás de la historia de Jesús al imponerse el sumo sacrificio, según los cristianos, sobre los demás sacrificios, haciendo Jesús mucho énfasis en reemplazar las ofrendas por dádivas a los pobres, a los enfermos, a las viudas, es decir, a los más necesitados. En lugar de presentarse como un reformador de la religión judía, Jesús se presenta como un cumplidor de la ley que elabora un nuevo pacto o alianza de los hombres con Dios. Por eso tras su muerte nació el cristianismo, separándose del judaísmo. Según lo estipulado en los Evangelios, a la religión cristiana (que es la más numerosa) se suman todas las facciones que se desprenden de esta creencia.

El ejército romano y el poder político romano empezaron a perseguir a muerte a una iglesia pequeña, una iglesia que estaba reducida a muy pocas personas y aun así sobrevivió. El cómo un pequeño grupo de personas desarmadas logró sobrevivir ante decenas de miles de centuriones romanos completamente armados, con batallones de inteligencia, se le atribuye a algo sobrenatural. Muchos fueron torturados, lapidados, crucificados, y ni así renunciaron a su fe, y son conocidos como mártires cristianos, mostrando una resiliencia sobrehumana.

De otra parte, tenemos la figura de San Pablo; aunque lo conocemos por ese nombre, era realmente Saulo de Tarso, un centurión romano que manejaba una centuria, es decir, a 100 hombres. Mientras Saulo viajaba por el camino de Damasco con el fin de capturar y matar a Pedro, encontró a Jesús ya resucitado en forma de luz. Entonces el antes perseguidor de la iglesia primitiva se convirtió (BLA, Hechos 9), y sería uno de los principales baluartes dentro del cristianismo. San Pablo fue formado como un romano de religión judía en las más rigurosas enseñanzas militares, políticas y religiosas. Fue Pablo precisamente quien pasó de perseguidor a perseguido; fue Pablo quien escribió varias de las cartas que están representadas en los evangelios[15], cartas a través de las cuales llamaba a la conversión desde el control de las pasiones carnales, generando una gran conciencia espiritual. Finalmente, Pablo también murió de forma violenta, decapitado por Nerón, pero sin renunciar a su fe.

Con muy escasas excepciones, todos los apóstoles y muchos de los discípulos que conocieron a Jesús dieron testimonio de los milagros que este hizo y murieron violentamente sin renunciar a su fe. Fueron asados en parrillas, hervidos en aceite, despeñados de alturas, crucificados, y ni en la forma más cruel imaginable pudo el imperio romano contra la fuerza de una iglesia que nació con Cristo. Hoy su iglesia cuenta con casi 2’400.000.000 de fieles en el mundo entero, sumando las facciones cristianas como los protestantes, los ortodoxos, los adventistas, los anglicanos y los católicos, que siguen los evangelios o libros acerca de Jesús.

 Así, el cristianismo basa sus enseñanzas en cuatro evangelios, tres de ellos autoría de personas que conocieron directamente a Jesús: Juan, Mateo y Marcos. El evangelio de Lucas fue escrito posteriormente, porque Lucas fue discípulo de los discípulos de Jesús. Los evangelios narran la historia y vida de Jesús.

Dentro de la religión cristiana hay un contenido ético, un contenido moral, y un contenido psicológico para liberarnos de la opresión que sentimos dentro de nosotros mismos, y hay también un fomento de la moral cristiana a través de la virtud. Con el tiempo empezamos a ver una iglesia cada vez con más poder y más feligresía. Cuando llegó el emperador Constantino, como se ha expuesto anteriormente, se dejaron atrás todas las religiones y las metodologías calcadas de los griegos, se adoptó la religión cristiana como la oficial, y se le dio el nombre de religión católica, que significa universal.

Dentro de la palabra de Jesús hay vida: tiene mucho sentido de caridad, de solidaridad con el prójimo, de ayudar al necesitado, y allí se consolida su palabra del amor al prójimo y el amor a sí mismo. Jesús representó la primera vez que un iluminado o un profeta hablaba de la importancia del amor al prójimo, porque antiguamente existía una serie de conductas bastantes egocéntricas y egoístas dentro de la feligresía. Incluso, histórica y ancestralmente, las religiones mismas estaban asociadas a las castas más privilegiadas.  En cambio, Jesús comenzó a hacer una religión para el pueblo; no era un contenido populista sino una visión con un alto sentido social que invitaba a los seres humanos a ser buenos, caritativos y solidarios con los más necesitados, tal como lo vemos en la parábola del Buen Samaritano (BLA, Lucas10:25:37), que hace referencia al gran sentido de solidaridad, que por desgracia no es practicado por muchos que se dedican a recibir enormes cantidades de dinero en diezmos y no ayudan al prójimo.

Tenemos otra serie de parábolas sustanciales que nos enseñan cómo debe ser la conducta del ser humano. Como dice la palabra, “por sus obras los conoceréis” (BLA, Mateo 7:15), señalando cómo somos interiormente y la importancia de llevar una vida pulcra, digna y de estar mejorando constantemente nuestros valores interiores en un proceso de transformación interior o metanoia. Es decir, la religión de Jesucristo nos lleva a un proceso de transformación interior y a la generación de conciencia; sin ser la única religión que propone el cambio o transformación interior, sí se apoya en una experiencia unificadora de Dios con el hombre que dispone de su voluntad para recibir la gracia de Dios, representada por unos dones y unos frutos que provienen de una trinidad suprema conformada por el Padre (amor o voluntad), por el Espíritu Santo (verdad o luz), y por el Hijo (virtud y vida) que a su vez, en un solo Dios, presenta al mundo como una creación del hombre e invita a formar parte del mundo sin pertenecer al él. Es decir, debemos creerle a la vida y a Dios, pero no creer en la corrupción del mundo, porque cuando le creemos al mundo de inmediato pertenecemos a él.

Tras su partida, Jesús propone como herencia que quienes así lo deseen, abriendo su corazón, recibirán al espíritu de Dios para ayudarse a obrar bien en la vida y ser merecedores de una vida plena después de la muerte dado que, en todas sus facciones, el cristianismo considera que hay vida después de la muerte, que el alma prevalece al cuerpo físico y trasciende. Así, Jesús promete un reino de paz, gozo y plenitud, resumiendo la ley de los profetas del Antiguo Testamento en un solo mandamiento, que no es una imposición como son los Diez Mandamientos de Moisés, y los resume en uno solo: “amarás al señor tu Dios con todas tus fuerzas, con todo tu espíritu, con toda tu alma y con todo tu corazón, y amarás al prójimo como a ti mismo” (Reina Valera, 1960, Lucas 10:27). Jesús resalta que la misericordia de Dios es extensiva también a los pecadores que se arriesguen a creer en la gracia de Dios. De gran relevancia es también cómo Jesús hace alusión a la levadura como aquello que hace adecuada la masa del pan, ―refiriéndose a los valores y a la moral cuando dice que hemos de ser como la sal, lo que significa preservar los valores y sobre todo la moral―, aquello que preserva la conciencia lejos de la corrupción.

Fue el emperador Constantino quien declaró a esta religión, perseguida y oprimida, como la religión oficial del Imperio Romano, dejando atrás al panteón romano de dioses encabezado por Júpiter, equivalente romano del Zeus de los griegos, en una evidente copia por parte de la religión romana. Por lo tanto, y para abreviar, nos referiremos a ella como la religión grecorromana. Así, las que para el Imperio Romano llegaron a ser su religión, su mitología y sus costumbres, fueron a partir de ese momento declaradas como paganas, con su vasta representación mitológica de dioses-hombres. Desde la mitología grecorromana se expresa toda una suerte de psicopatologías del ser humano, presentando a los dioses más como humanos que como divinidades, con conflictos emocionales, personales y familiares, los que los relacionan directamente con la superación de periplos personales, con la resiliencia y con la autodeterminación.

La mitología romana se produjo desde la griega, anterior a aquella, ya que los romanos adoptaron la usanza de adorar a su panteón de 12 dioses, que resultaron ser los mismos del panteón griego, cambiando sus nombres y unos pocos aspectos de ellos. El Júpiter romano equivale al Zeus griego y se encuentra en toda su mitología, incluso en ciertas palabras que perduran hasta el día de hoy, en figuras literarias presentes en obras griegas como La Odisea para referirse a algo muy difícil, representado en las aventuras de Odiseo o Ulises. Vemos las figuras de los cantos de sirena, los sueños de Ícaro, y palabras como “hercúleo”, “ninfa” y “musa”, entre tantas otras que hoy forman parte de nuestro vocabulario y son figuras de su mitología; ello nos permite ver que tanto las religiones como las mitologías han tenido influencia cultural en todos nosotros y hasta nuestros días. La mitología griega se basaba en las adivinanzas de pitonisas y futurólogas desde sus oráculos, y tenía un fondo altamente resiliente al enseñar cómo sus mismos dioses sufrían y trascendían sus dolores. Tal es la historia de Hércules quien, traicionado y víctima de intrigas, sacó fuerzas descomunales dentro de sí mismo para lograr sus doce retos celestiales, promoviendo una cultura impulsada por la estética, tanto hacia lo material como hacia lo inmaterial (la moral y las virtudes), a la que podemos llamar ética estética.

Dentro de toda la búsqueda cristiana encontramos los dones bíblicos del Espíritu Santo. El primero de ellos es la sabiduría. La sabiduría es un verbo, una acción del ser humano que se puede anteponer al resto de los verbos. No podemos hablar de sabiduría únicamente como un conocimiento práctico: la sabiduría es donde convergen la verdad o luz, la virtud y el amor, es decir, son hallazgos de estas verdades que procuran la vida y ˈla vida en abundanciaˈ. La sabiduría está estrechamente ligada con el conocimiento práctico y profundo, y al ser una acción o un verbo, el saber es el manejo que hacemos de nuestros conocimientos con sencillez, con espíritu de vida o amor y trascendencia. Ahí es cuando empezamos a aplicar la regla de oro descrita en el libro Peter Singer Compendio de Ética (2004), la regla de oro de Jesucristo, la ley del amor: “haz con tu prójimo lo que desees que se haga contigo” (Midgley, 2004, p. 38), la cual varía un poco según el pasaje o el evangelista, pero en esencia es la misma: amar a Dios, amarse a sí mismo y amar al prójimo (amor: intrapersonal, interpersonal y transpersonal).

Cuando empezamos a entender la profundidad de la sabiduría, realmente debemos procurar nuestro propio desarrollo sostenible: la sostenibilidad de nuestro ser, de nuestra vida, de nuestra familia, lo cual nos proporciona una moral y una ética. Con la aplicación práctica de estos dones del Espíritu Santo tenemos que el segundo don es el consejo; según la tradición cristiana, este significa escuchar la voz de Dios en nuestra conciencia para proveer desde ella el criterio, la sensatez y la cordura en el buen obrar. Esto está directamente relacionado con los sentidos que hemos venido proponiendo en la Psicología Bioética, que se escinden de la conciencia a través de una intuición y deducción sensibles sobre lo etéreo, y la expresión desde esta intuición sensible hacia un desarrollo de nuestra conducta que nos lleve a obrar bien, con buen corazón y con benignidad desde ese lenguaje interior: un lenguaje intrapersonal que nos permite ser partículas útiles, propositivas y proactivas dentro del propósito evolutivo, y proyectarnos hacia el entorno en una relación benigna y saludable.

Llegamos al tercer don, las inteligencias, dentro de las que se encuentran la inteligencia analítica, la inteligencia emocional, la social, la afectiva, y la espiritual. El cuarto don es la fortaleza, a la que hoy denominamos en psicología como resiliencia.  Entendemos resiliencia como la importancia de la temperancia, del dominio propio, de la fortaleza; de esta manera podemos entender cómo es ese espíritu de trascendencia para poder pasar ˈa través deˈ nuestras propias dificultades, haciendo uso de nuestra propia voluntad y de este recurso interno que es el don de la fortaleza: fortaleza para resistir, trascendencia para pasar a través, y capacidad de recuperarnos rápidamente de lo traumático y lo difícil.

Llegamos al don de ciencia, que se entiende (por la tradición) como todo conocimiento que provea y procure la vida. Este don viene de lo alto y, como todos los dones, es insuflado; para despertarlos los dones basta con desearlos y disponerse plenamente mediante la renuncia a sí mismo. El sexto es el don del sano temor de Dios. Al respecto, encontramos en Proverbios que dicho don es el principio de toda sabiduría (BLA, Proverbios 1:7). Más aún, en las cartas Juánicas encontramos una máxima que nos dice “ya no nos movemos por el temor, sino por el amor a la ley, al amor a Dios” (BLA, 1 Juan 4:18), es decir, es cuando nosotros empezamos a obrar ya no por una filosofía conductista (por temor al castigo o porque vamos a sufrir), sino que vamos a obrar por amor a la ley, por una absoluta convicción. Encontramos muchas religiones conductistas basadas en el temor y el castigo, en una profunda obediencia, como la religión musulmana. Sin embargo, debemos entender que el amor a la ley y el amor a la vida realmente nos procuran un actuar por convicción, y que de esa convicción surge este lenguaje interno que procura el desarrollo de la conciencia, como nos lo propone la Psicología Bioética.

Por último, llegamos al don de la piedad. Muchas personas llegan a entender la piedad únicamente como profesar alguna fe, estar rezando, estar orando o creer ciegamente en Dios. En realidad, la piedad significa ser buenos con el prójimo y buenos con la creación. Realmente, de este séptimo don se generan las diferentes conciencias: desde la caridad y la benignidad se generan conciencias como la individual, la social, la familiar y la ecológica al generar un compromiso responsable con nosotros mismos y con el entorno. Estas conciencias han sido propuestas por las culturas y religiones indostánicas y procuran una pertenencia a la creación en una sabia convivencia.

 

El islam

Una de las grandes religiones monoteístas del mundo es el Islam, que nació en el siglo VII d.C. en Arabia, en una zona de lengua árabe habitada por beduinos politeístas. El Islam surgió de Mahoma, líder político, religioso y militar, quien comenzó su prédica del monoteísmo y de una vida “agradable a Dios”, y en un inicio profesaba el retorno al judaísmo radical. Luego, su prédica fue perfeccionándose hasta formar una religión aparte, fundamentada en la persecución al pecado; por esta razón, Mahoma tuvo que exiliarse antes de liderar el primer esbozo de un estado islámico en La Meca. Tan pronto como logró imponerse ante las diferentes tribus árabes que estaban diseminadas por la región y eran un objetivo militar sencillo de vencer, Mahoma logró consolidar su religión como la más común en la península arábiga; bajo su influencia y liderazgo, el líder inició una expansión musulmana que duraría nueve siglos. En árabe, la palabra islam significa “sumisión, entrega a Dios”. La palabra se deriva del verbo árabe aslama: aceptar, rendirse o someterse.

            Siendo aún un niño, Mahoma quedó huérfano de padre y madre, por lo que su crianza quedó en manos de su abuelo, quien era comerciante. Al fallecer su abuelo y aún siendo muy joven, Mahoma fue adoptado por su tío, quien también era comerciante y realizaba largos viajes de comercio. De esta manera, Mahoma adquirió creencias judías y cristianas, pues el intercambio cultural era muy significativo en estos viajes comerciales. De joven, Mahoma trabajó como ayudante en las caravanas, haciéndose muy popular y apreciado entre sus conocidos, quienes lo llamaban amin en árabe, “fiel”. En un viaje a Siria conoció a un fraile “nestoriano” que practicaba el “nestorianismo”, ideado por Nestorio (Patriarca de Constantinopla), predicador de la división de Jesucristo en dos personas, la divina y la humana, quién lo inició en el Antiguo Testamento (Castellet et. al, p. 11, s.f.). Así, Mahoma se hizo ferviente creyente del judaísmo, de Abraham y de los profetas.

            Luego Mahoma se casó con una viuda muy rica con la que empezó a trabajar; tuvo varias esposas y de ellas varias hijas, entre las que resaltó Fátima. Mahoma inició la predicación hacia su familia luego de internarse en una cueva por varios días, en donde manifestó que el arcángel Gabriel se le había presentado en sueños y visiones, a través de los cuales le dio las revelaciones e instrucciones para construir una nueva religión.

             Mahoma comenzó a predicar cuando tenía entre 30 y 40 años de edad: su primera predicación fue en 615 d.C.: presentó su revelación, su verdad, como irrefutable y de absoluta validez. El punto central fue el fundamento del monoteísmo y de las más antiguas investigaciones que lo proponen en la idea de “el fin del mundo” y “el juicio final”, donde todos los hombres vivos y muertos deberán responder ante Alá (los buenos serán recompensados, los malos castigados), resaltando el paraíso, a donde van los buenos (Castellet et. al, p. 12, s.f.). En el plano humano, Mahoma exigió una vida ética, la práctica de la oración, la limosna, el cuidado de los huérfanos y los pobres, la renuncia a los “bienes de este mundo”, la supresión de los privilegios tribales o nacionales y la “igualdad de los hombres ante Alá”. Estas ideas ya habían sido formuladas por el judaísmo y el cristianismo, con un predominio de este último.

            La predicación de Mahoma surgió en un escenario de múltiples tribus nómadas de creencias politeístas a las que este caudillo convenció, incluso mediante el uso de la fuerza, a creer en Alá (que significa padre). La expansión fue increíblemente rápida y obedecía en gran parte al notable liderazgo de Mahoma, caudillo y líder religioso, político y militar. Mahoma fue una figura de incomparable grandeza y personalidad de su tiempo; más allá de compartir o no su prédica, tenía una enorme fuerza sugestiva que atrajo a figuras relevantes de su época, convirtiéndolos en sus seguidores (Castellet et. al, p. 14, s.f.). El pensamiento de Mahoma influye hasta el presente en las grandes masas en los aspectos éticos, políticos y religiosos, con una enorme influencia actual en los países de habla y raza árabe, India, y unos pequeños reductos en China.

            Por la época del profeta, las tensiones entre las tribus eran muy fuertes y estas vivían en permanentes combates por territorios para apacentar a sus ganados. En medio de esas guerrillas por pastos, Mahoma creó un pequeño ejército e impuso la expansión de un estado religioso, político y militar que fue cobrando mayores dimensiones hasta alcanzar, pocos años más tarde, un gran esplendor, que llegó a producir notables hombres de ciencia como Averroes en matemáticas y Al-Juarismi, creador del álgebra, y tuvo una increíble influencia sobre la literatura y las ciencias. De allí vienen nuestros números arábigos (del 0 al 9) y el sistema decimal, y así se produjo un extraordinario impulso económico en la región desde la armonía entre religión y ciencia. Se constituyeron centros activos desde donde se expandió la cultura árabe-semita, y Arabia se convirtió en un gran centro de intercambio cultural y comercial entre Oriente y Occidente. Todo surgió desde el exilio de Mahoma de La Meca a Medina: desde allí empezó a consolidar su imperio, del que su yerno fue el primer califa y por cuyas órdenes se escribió el primer Corán, basado en las enseñanzas de Mahoma, lo que es aún más de admirar, dado que el líder no sabía leer ni escribir. Vale la pena resaltar que se ha evidenciado que las enseñanzas de Mahoma fueron muy hermosas y profundas y que ya luego el Corán fue escrito con más intereses políticos y civiles que espirituales; se llega a creer que por ello hubo manipulación en las actuales escrituras, como también sucedió con los evangelios cristianos y los escritos judíos.

            En tiempos de Mahoma, La Meca era un centro de idolatría y corrupción donde se adoraban ídolos y se hacían sacrificios, predominando la decadencia moral. Frente a ese libertinaje, Mahoma predicó el monoteísmo y la práctica de una vida agradable a Dios. No fue escuchado sino perseguido, pero encontró los primeros adeptos dentro de su propia familia (Castellet et. al, p. 12, s.f.). Luego se adhirió la gente sencilla (incluso esclavos), aunque después se sumaron adeptos de la aristocracia. Su doctrina se difundió lentamente, pero sin pausa. Cuando los opositores en La Meca vieron que Mahoma atraía a nuevos afiliados día tras día, se exasperaron y, como no podían tolerar ninguna religión nueva capaz de perjudicar sus intereses, se reunieron y acordaron la muerte del profeta. Mahoma no tuvo conocimiento del complot hasta cuando los conjurados rodeaban ya su casa; sin embargo, pudo deslizarse fuera en medio de la noche en compañía de su amigo Abu-Bakr, e inició el desplazamiento a la ciudad de Medina. Abu-Bakr fue más tarde su suegro por ser el padre de Aisha, la esposa preferida de Mahoma. El 16 de julio del año 621 Mahoma, de 52 años, y su grupo musulmán de La Meca huyeron de la persecución de la cual eran objeto y emigraron a la vecina ciudad de Medina. Por ello, dicho año ha sido llamado por los musulmanes “el año de la huida”, migración o Héjira. El 16 de julio del año 621 señala el inicio del calendario musulmán.

            Inicialmente Mahoma no fue considerado el fundador de una nueva religión, sino el restaurador de la religión de Abraham. El islam es una religión monoteísta, la tercera del mundo, y atestigua que: “No hay más dios que Dios y Mahoma es el mensajero de Dios”. Según sus teólogos, es la “culminación de las religiones” y, en consecuencia, Mahoma es el último de los profetas enviados por Dios (Castellet et. al, p. 10, s.f.). El islam acepta como profetas principales a Adán, Noé, Abraham, Moisés, Salomón y Jesús.

            Alá es el mismo dios para judíos y cristianos, pero el islam insiste en la unidad radical de Al–Lah, uno solo y sin diferentes entidades, como sucede con la Trinidad cristiana. Como en el judaísmo y cristianismo, los musulmanes admiten la existencia de ángeles y hacen alusión a la visión islámica de la epistemología: no todas las cosas pueden ser conocidas a través de los sentidos humanos, y tampoco podemos limitar el campo de la existencia a lo que nuestros sentidos perciben.

El musulmán también cree en los ángeles de Dios como seres puramente espirituales y espléndidos, cuya naturaleza no requiere de alimento, de bebida ni de sueño. Los ángeles no tienen deseos físicos de ningún tipo ni necesidades materiales; pasan los días y las noches al servicio de Dios. Son muchos, y a cada uno le es asignado un cierto deber. Si no podemos ver a los ángeles con nuestros ojos, eso no niega necesariamente su existencia real. La creencia en ángeles se origina en el principio islámico de que el conocimiento y la verdad no están enteramente limitados solo al conocimiento sensorial, o a la percepción sensorial.

La filosofía islámica y la filosofía cristiana concuerdan de cierta manera porque ambas son teístas y comparten algunas raíces bíblicas; ambas afirman lo sobrenatural y los milagros; ambas, también, utilizan la fe y la razón para apoyar sus creencias religiosas. Los musulmanes, inclinados hacia la reflexión, estarían de acuerdo con que “la creencia en ángeles se origina en el principio islámico de que el conocimiento y la verdad no están enteramente limitados solo al conocimiento sensorial, o a la percepción sensorial”. La mayoría de los filósofos defienden la idea de que Dios es un Ser Necesario (un ser que no puede no existir) y de que el mundo depende de Dios para su existencia (All About World View, s.f.).

Por ejemplo, el argumento cosmológico es aquel que parte de la creación hasta un Creador; alega a posteriori, partiendo del efecto a la causa, y está basado en el principio de la causalidad. Este principio establece que cada evento tiene una causa o que todo lo que comienza tiene una causa. El argumento Kalam (árabe, que significa ‘eterno’) es una forma horizontal (lineal) del argumento cosmológico. El universo no es eterno, así que debe haber tenido una Causa. Dios debe ser considerado como esa Causa. Este argumento tiene una larga y venerable historia entre filósofos islámicos tales como Al-Farabi, Al-Ghazali, y Avicena. Algunos filósofos escolásticos también lo utilizaron, especialmente San Buenaventura.
            La creencia en un juicio final es fundamental en el islam, lo cual necesita una creencia implícita en la vida después de la muerte. Los musulmanes afirman además la resurrección física de los muertos (aunque niegan que Jesús murió y fue resucitado). “¿No ves que Dios, Quien creó los cielos y la tierra. . . es capaz de darle vida a los muertos? Sí, ciertamente Él tiene poder sobre todas las cosas (Corán 46:33). Y él [incrédulo] hace comparaciones por Nosotros, y se olvida de su propio origen y Creación: “Dice: ¿’Quién puede dar Vida a huesos (secos) y (hasta) a los descompuestos’? Decid: ‘Él les dará Vida, ¡Aquél que los creó ya una vez! Porque Él es muy diestro en todo tipo de creación'” (36:78–79). Los musulmanes afirman la ocurrencia de milagros y la existencia de seres sobrenaturales, citados de forma explícita en el Corán, tanto los milagros de Moisés (7:106–107) (7:116–118) como los de Jesús (5:113).

            Mahoma falleció el 8 de junio de 632 a la edad de 61 años y no dejó hijos varones. Solo sobrevivió una de sus hijas, Fátima, una de las mujeres cardinales del islam. Su yerno fue Ali, el Ali (en árabe Sidi Ali), desde quien se iniciaron los primeros califatos o Califas, figuras trascendentes en el islam. Mahoma fue sepultado en la casa de la que por entonces era su mujer favorita, Aisha (Castellet et. al, p. 14, s.f.).

            Desde esos años se ha recorrido una gran historia que incluso ha generado algunas divisiones entre facciones del islam, desde los más fundamentalistas hasta los musulmanes más abiertos al mundo occidental que, al fin y al cabo, como en todas las religiones vivas hasta el día de hoy, se convierten en agentes para nutrir nuestros propios agentes de censura interna y fomento de conciencias que, de hecho, deben ser adaptadas a las necesidades y características de un mundo cada vez más informático, un mundo con necesidades diferentes que requiere una conciencia aún más amplia y más acorde a nuestros tiempos actuales, sin olvidar la importancia de la ética y la moral.

 

 

EL LEJANO ORIENTE

Desde las religiones védicas hasta el budismo y las religiones indostánicas

Vedismo, brahmanismo e hinduismo

En las cuencas del río Ganges surgieron el vedismo, el brahmanismo y el hinduismo, siendo el brahmanismo el puente entre el antiguo vedismo (siglo XV a. C.)  y el actual hinduismo. En el vedismo se inicia la adoración a elementos como el fuego y los ríos, a dioses heroicos como Indra, al que se le cantaban mantras y se le dedicaban sacrificios. Los sacerdotes brahmanes realizaban rituales muy solemnes para los guerreros, los comerciantes y los dueños de tierras (ricos). La gente oraba por abundancia de riqueza, lluvia, ganado, hijos, largas vidas y una vida eterna en el mundo celestial de los ancestros.

El brahmanismo es una religión de transición entre la religión védica (que terminó en el siglo VI a. C.) y la religión hinduista, y comenzó hacia el siglo III d. C. hasta nuestros días mediante un cambio progresivo, el cual permitió salir del vedismo  y entrar a un  brahmanismo basado en las escrituras que se compusieron en los siguientes siglos. La religión brahmánica llega a ser lo mismo que la religión védica, basada en el consumo ritual de soma, una droga alucinógena,  y en sacrificios de animales , tal como lo señala el texto más antiguo de la literatura de la India, de mediados del II milenio a. C., el Rig-veda.

            El hinduismo es una religión teísta politeísta, originaria de la India. Carece de un sistema estructurado y homogéneo de creencias, pero en ella es fundamental seguir los textos sagrados, los Vedas y determinadas normas de conducta (una ética de respeto al sistema social de castas), seguir un ritual y una ética matrimonial. Además, el hinduismo se caracteriza por creer en la reencarnación y en la existencia de un Ser supremo que es Brahma, como cenit de todos los cientos de deidades con las que adornan sus creencias, en donde el alma del hombre se funde y diluye cuando se libere del cuerpo mediante la muerte y consiga abandonar su karma.

            Las creencias hinduistas incluyen el que las acciones y las consecuencias de las acciones mismas son el karma. La reencarnación o ciclo de nacimientos y muertes es nombrado como el samsara. Inclusive, los hinduistas tienen la creencia de reencarnar en animales como ciclo de perfección, creencia también tomada por el budismo, y tienen varios tipos de yoga para lograr la liberación espiritual (que llaman el moksha), y los cuatro objetivos del hombre: 1. Religión, ética y obligaciones (dharma), 2. Prosperidad y trabajo (artha) , 3. Satisfacción de los deseos y las pasiones  (kama); y, 4. Salvación espiritual   (moksha).

En las religiones hinduistas también se persigue una ética o correcto proceder según sus propias creencias o según los significados que ellos otorgan a sus realidades. Entre sus libros se encuentran los vedas y los anexos antiguos del Mahabharata y el Ramayana. El hinduismo persigue una ética al proponer un equilibrio entre nuestras pasiones y nuestra salvación espiritual, así como obediencia y veneración por los escritos ancestrales. Al ser la religión más antigua es la menos elaborada en cuanto a la generación de grandes contenidos de psicoespiritualidad. Una de sus bondades es el yoga, que persigue una existencia armónica o sentido ordinal (orden y armonía).

 

Confucianismo

 Las cuencas de los ríos Amarillo y Yangtsé y sus afluentes asociados al confucianismo, al taoísmo y al budismo, produjeron grandes enseñanzas en oriente. El confucianismo fue fundado por las enseñanzas de Confucio (Kung Fu Tseu) 551-479 a.C., quien se consideraba a sí mismo como transmisor de los valores y la teología de los sabios antepasados.

El confucianismo es un sistema filosófico con aplicaciones ritualesmorales y religiosas, y está basado en un conservadurismo para seguir los lineamientos y el respeto por los ancestros, y generar conciencia sobre los valores fundamentales del respeto, la honestidad, la humildad, la cortesía, la armonía familiar y social, y la bondad. El confucianismo se centra en los valores humanos; podría entenderse como una ética social y humanista que rescata la veneración por los valores interiores y las buenas costumbres, y promueve los sentidos de pertenencia (afiliación social) y de propiedad (atesoramiento y conservación de los valores o patrimonio tanto moral como material).

 

 

 

Taoísmo

El taoísmo fue fundado por Lao-Tse en el siglo VII a. C. Fue una escuela filosófica que sintetizó los conceptos de Yin-Yang (contrastes) y procura producir conciencia sobre el orden y la armonía con los entornos. El taoísmo tiene un concepto difuso de la inmortalidad del alma: el objetivo fundamental de los taoístas es alcanzar la armonía con el tao (camino) y la inmortalidad. A veces esta última no se entiende literalmente, sino como longevidad en plenitud. De la misma manera, esta religión afirma que las personas que viven en armonía atraen armonía, el orden trae orden, y quienes viven en esa armonía con la naturaleza son inmortales.

La antigua forma del taoísmo era la de una corriente filosófica y no una religión, y posteriormente se deificó a Tao como un dios. Interpretaban por inmortalidad el hecho de la autosuperación y de una vida longeva, lo que implica buscar la superación y el progreso social y personal, de acuerdo con los cambios constantes que enseña el taoísmo. Rescatamos de las leyes del Tao, la búsqueda permanente del orden y la armonía tanto dentro de sí mismo como en los entornos, en procura del desarrollo de un gran sentido ordinal (armonía y orden), y del progreso de la ética en los valores.

 

 Budismo

El budismo se originó en la India entre los siglos VI y IV a. C. Nació del brahmanismo védico y se extendió hacia el este de Asia. Es una doctrina filosófica y espiritual​ no teísta; fundamentalmente, el budismo rinde contemplación hacia el estudio de sus textos, el seguir los principios morales, renunciar a lo material, la práctica de la meditación, el cultivo de la sabiduría, la presencia del sufrimiento como condición innata del ser humano, y el logro de la bondad y la compasión. Adicionalmente, el budismo contempla la inmortalidad del espíritu como una trascendencia hacia un cielo, pero no contempla a un Dios, sino más bien un bienestar luego de la muerte de la carne.

Esta religión viene a desarrollarse desde Nepal y se fundamenta en cuatro verdades: 1. La verdad del sufrimiento: el sufrimiento en todas sus formas (dolor, pena, aflicción, angustia, estrés) es inherente a la existencia en el mundo; 2.  La verdad del origen del sufrimiento: el deseo produce el apego, es decir, el deseo sexual, el deseo por la existencia y el deseo por la no existencia; 3. La verdad de la extinción: al determinar la causa del malestar viene la total cesación de ese mismo deseo, con lo cual cesa su efecto; y, 4. La verdad del sendero: conduce a la cesación del sufrimiento y se logra por el “noble sendero” u óctuple sendero. Este se divide en tres secciones principales: sabiduría o discernimiento, moralidad o virtud y concentración. El óctuple sendero está basado en los correctos entendimiento, pensamiento, lenguaje, acción, vida, esfuerzo, atención y recta concentración.

            Como tal, el budismo también es considerado como una corriente filosófica espiritual, como el taoísmo (obrar con sentido del orden) y el confucianismo (obrar con sentido de armonía y respeto). Sin embargo, aunque es más elaborado (incluye más elementos), el budismo carece de la figura de un dios central y del concepto de la trascendencia representada por la figura del “nirvana”, que traduce apagamiento. El budismo es la extinción del deseo mundano por un deseo trascendente hacia el correcto camino del perfeccionamiento interior, y también usa el término karma para referirse a una energía invisible y trascendente que se genera según nuestros actos buenos o malos. El karma es compartido con las religiones hinduistas o indostánicas que veremos a continuación. En el budismo también se plantea un correcto proceder hacia el perfeccionamiento, y va de la mano del sentido transpersonal o de la autotrascendencia, principalmente; desarrolla la ética intrapersonal y es la primera que incluye aspectos netos de psicoespiritualidad al involucrar un manejo emocional y de trascendencia desde el sufrimiento. Esta filosofía es existencialista y no es teísta, aun cuando los seguidores del Buda Gautama lo elevaron a condición de divinidad.

            Desde la Jemara babilónica, pasando por el correcto proceder del héroe épico Gilgamesh, Hermes Trismegisto o el mismo Zaratustra, y por los fines morales que persigue la adoración Ahura Mazda ―también monoteísta―, convergen las cepas brahmánicas. La búsqueda de Kung Fu Tse ―también llamado Confucio― hasta Lao-Tse en el taoísmo son, en su base, la no comisión del mal, y todos estos últimos son muy afines al budismo. Muchas personas leen a Viktor Frankl[16] y se asombran con sus descubrimientos. Aun así, todo eso se escinde realmente de la escuela budista, que es la escuela del sufrimiento del ser humano. Esta escuela trata acerca de cómo el ser humano va a trascender de sus propios dolores, de sus propios sufrimientos a través de los ocho acuerdos[17], del cesamiento del sufrimiento mediante la supresión del deseo que origina el anhelo no obtenido, y del desarrollo de un sentido de perfeccionamiento. Estos acuerdos de perfeccionamiento se basan en la corrección ética: en el habla correcta, la actuación correcta, el esfuerzo correcto, y la resolución correcta, entre otros. De esta manera, entendemos que todos estos principios buscan un estado de moral y, obviamente, un estado de sabiduría desde el correcto proceder o ética, vista no como la ciencia que estudia la moral, sino más bien como un correcto proceder, como ya lo hemos mencionado.

A través del recorrido por estas religiones creemos que no podemos ser fundamentalistas; ni una ni otra tienen toda la razón: son búsquedas que han llegado por diferentes caminos a un solo principio de sabiduría. La sabiduría es el principio de toda espiritualidad, y procura de las bondades de la conciencia; por esto, es fundamental que empecemos a desarrollar la inteligencia espiritual que definitivamente implica que cualquier ruta es válida y respetable, desde que se base en las mismas ideas y postulados de benignidad y bondad de sus fundadores, contenidos en el respeto, el amor, el cuidado a sí mismo, a los ancestros, y la caridad y comprensión con el prójimo, que al fin y al cabo son los cimientos de la inteligencia espiritual. 

 

PRINCIPIOS DE LA INTELIGENCIA ESPIRITUAL

Según la Psicología Bioética, la inteligencia espiritual se basa en cinco (5) principios básicos, que son: saber pensar; saber creer; saber sentir; saber amar; y, saber ser y poder ser. Estos principios son básicos para abordar cualquier sendero espiritual, para elaborar cualquier tipo de ruta de autoayuda y superación personal, y sirven para potenciar el sentido común además de ser un eje fundamental de la Psicología Bioética para que nuestra obra sea buena, y sabemos que la obra humana es como el fruto, y todo fruto proviene de un árbol y el árbol a su vez de una semilla, y esa semilla son los pensamientos, a los que luego se les da un significado; luego, sobre este significado, se derivan una emoción, un afecto y ya por último un comportamiento. Así, los principios de la Inteligencia Espiritual son cinco (5) saberes fundamentales para llegar al saber ser ahí y a saberse ahí. Estos cinco saberes son: saber pensar, saber creer o significar, saber sentir, saber amar, y saber y poder ser, los cuales revisaremos rápidamente puesto que están explicados más profundamente en mi libro “El Espejo de Dios”, y sobre ellos profundizaremos más adelante en el capítulo respectivo. Es importante resaltar que la sabiduría viene de un verbo que es la acción de saber, y es una acción que se puede, como el poder, anteponer al resto de verbos o acciones del ser humano; de allí su relevancia y complejidad, ya que para ser sabio se requiere ser muy sencillo, y muchas veces la sencillez se obtiene luego de haber pasado por difíciles laberintos de raciocinios, y la sabiduría es eso: sencillez y sentido común que brindan mucha paz y plenitud interior.

Primer principio: saber pensar

Asociamos un poco este primer principio a los orígenes de la salud mental de Jean-Martin Charcot[18] (antecesor en salud mental de Freud), quien nos dice que la salud mental se basa en la La higiene mental realmente consiste en sacar o eliminar todos estos pensamientos inútiles, autodestructivos y lacerantes; nuestra mente es como un enorme prado recién arado, en donde los buenos pensamientos son la semilla. Empero, hay que saber sembrar esa semilla porque la maleza cognitiva o malos pensamientos aparecen solos y saber sembrar es pensar positivamente. Los pensamientos. Por eso hay que hacer una selección de nuestros pensamientos y, aunque suena fácil, saber pensar es una tarea bastante difícil. Saber pensar es saber cambiar de canal, es saber manejar nuestros pensamientos, tener un gobierno completo sobre nosotros mismos al seleccionar los pensamientos. Los griegos ya lo definían como el noema, un pensamiento que por ˈsí soloˈ no tiene mucho impacto[21], pero de hecho es el noema el que cursa hacia la noesis o dar significado a un pensamiento, y por ello es decisivo saber creer, que es el siguiente principio de la Inteligencia Espiritual..

 

 

 

Segundo principio: saber creer

Podemos entender el tránsito del noema a la noesis platónica con el segundo principio de la Psicología Bioética, el saber creer, por lo que debemos hacer claridad de conceptos. La noesis platónica es cuando creemos en algo y le damos un significado; en términos de Lacan, sucesor de Freud en el psicoanálisis, ese es el origen de todas las enfermedades mentales, es decir, los significados  (interpretaciones o creencias) y los significantes (aquello que los ocasiona).

Todo esto nos ilustra la importancia de entender las diferentes búsquedas constructivistas de la psicología. Jean Piaget y Lev Vygotsky[22] proponen que, según sean las interpretaciones que vamos dando a nuestra realidad, vamos trazando los caminos y las dificultades para poder transitarlos. Por eso es crucial saber creer, entendiendo ese saber como las interpretaciones que hacemos de nuestras propias verdades tanto internas como externas. Son esos significados que una persona da cuando, por ejemplo, tiene una pobre autoestima y por ello piensa (cree) que no merece algo; de allí surgen entonces las ansiedades básicas: el individuo no se siente merecedor y piensa (cree) que no es suficientemente bueno, que no es adecuado, que la gente no lo quiere, o que nadie quiere con él, cuando en realidad ese es el significado que se está dando a sí mismo.

En consecuencia, hay que ajustar nuestras realidades a lo que somos tal y como somos, a ese As is ontológico (lo que es, tal y como es)  que no es una alteración de nuestra propia realidad sino simple y llanamente lo que es tal y como es, lo que somos tal y como somos. Como bien nos proponía la concepción adleriana de los precursores del falso self, del As if (como si fuera), tampoco es ser yo mismo como si no fuera o ser como si lo fuera, pues ese es el falso self. Debemos identificar nuestras realidades como un acto cognitivo, como un acto intelectual, y proceder a esa aceptación como un acto sensible donde nuestro aspecto espiritual empieza a jugar un papel esencial, siempre dando significado a lo percibido con un alto sentido de realidad ya que, para la Psicología Bioética, realidad y verdad pueden ser dos cosas diferentes, sobre todo en salud mental: una cosa puede ser lo que se cree que se es, y otra bien distinta puede llegar a ser lo que se es tal y como es; consideremos por ejemplo a una persona con psicosis de tipo delirante, que sufre de un delirio místico: cree ser un profeta, su cuerpo emocional se deriva de esta creencia, y su “realidad” personal es que es un profeta, pero la verdad verdadera es muy diferente. Lo mismo sucede con la negación, la cual surge para protegerse de la angustia que generaría aceptar la verdad; por ejemplo en un diagnóstico de bipolaridad, depresión, esquizofrenia o adicción, la realidad de la persona en negación es que no padece nada, y obra en ese sentido. Por lo tanto, lo primero para llegar a ser individuos sensatos es creer o significar nuestra percepción y nuestra experiencia desde un alto sentido de realidad o sentido de certidumbre, que veremos en los últimos capítulos de esta obra.

Así, nosotros transitamos dentro de todo este fenómeno cognitivo; nuestros pensamientos y sistema de creencias realmente son la interpretación posmodernista que podemos dar de las escuelas psicológicas del cognitivo conductual. En otras palabras, nuestra conducta ―compuesta por nuestros aspectos cognitivos, actitudinales y comportamentales― se deriva de nuestros pensamientos y de nuestras creencias. Por eso es tan importante entender que este primer aspecto de los principios de la inteligencia espiritual, saber pensar y saber creer, es esencial para llegar al tercer principio, el saber sentir.

El saber creer es extremadamente útil para llegar a creer en lo que los ojos no ven, los oídos no oyen, lo que no se gusta, lo que no se toca y lo que no se huele; es creer por intuición sensible en lo etéreo, en lo sublime, como la conciencia, Dios y el mundo espiritual y, de hecho, solo se siente sobre lo que se cree, solo sobre aquello a lo que se le otorga un significado.

 

 

Tercer principio: saber sentir

El saber sentir es el recurso de la asertividad más la resiliencia, palabra que tiene la misma raíz de resorte[23], cuyo significado es la amortiguación. Para nosotros es nuestra piel emocional; nuestras emociones y nuestra anatomía emocional tienen una piel, que son nuestras tolerancias. Encontramos la tolerancia contra nuestra frustración, ante la crítica, el rechazo, la traición y el hostigamiento, aspectos que definiremos en la parte correspondiente a la resiliencia. En ese saber sentir es primordial también encontrar la asertividad, definida como la capacidad de expresar objetivamente nuestros conceptos y contenidos interiores. Así como la resiliencia es útil para resistir los impactos que nos da la vida, y los que nos damos a nosotros mismos, la asertividad sirve para que expresemos, de una manera proactiva y propositiva, pensamientos, creencias, conceptos y sentimientos, para así poder fijar límites. Saber sentir es la suma de la resiliencia para saber recibir la adversidad, la sensibilidad desde la experiencia perceptual, y la asertividad para saber dar y saber darse a los entornos.

 

Cuarto principio: saber amar

Llegamos al cuarto principio de esta inteligencia espiritual, el saber amar. Este sentido es el que, de alguna manera, va a desarrollar nuestros sentidos de la conciencia. Vemos que hay una inteligencia analítica, hay un empoderamiento a nivel cognitivo, hay una inteligencia emocional en ese saber sentir, y por ello es de suma importancia el saber amar. El amor realmente da plenitud y entusiasmo a la vida, amar lo que hacemos, amar nuestro trabajo, nuestro estudio, amar a nuestra familia, amar nuestras metas. Esto nos ancla al futuro y nos da la fortaleza para conseguirlo.

Bien decía Carl Jung que los sueños son la motivación de nuestra existencia, pero también referenciamos un poco a Schopenhauer[24] cuando nos describe la voluntad. La voluntad y el amor son la misma cosa porque son fuerzas motivadoras que contienen el deseo, el querer, pero no una voluntad trágica y negativista, que sería una mala voluntad. Es esa motivación para accionar y activar nuestro sentido de recompensa. Muchas veces nos motivamos y queremos la recompensa pero olvidamos el esfuerzo, y esto nos lo da el saber amar, saber amar un objetivo, un sueño que hemos instaurado. Pero debemos alcanzar ese sueño, pues debemos entender que los sueños nunca llegan a nosotros: somos nosotros los que llegamos a ellos a través de la planificación, la estrategia, el esfuerzo y la perseverancia[25].

Hay que ver al amor como mucho más que el afecto: el amor es una fuerza que impulsa nuestra conducta, porque si nos movemos por refuerzo positivo es porque queremos, no solamente por refuerzo negativo para evitar el dolor, el castigo, la pérdida y/o el sufrimiento. Cuando hacemos lo que hacemos movidos por ese deseo que surge bien sea por convicción o por interés, todo esto tiene que ver con la mecánica del amor, el cual contiene el interés, el deseo, y el querer.

El amor es esa fuerza interna que pulsa o viene del alma; se puede definir como la fuerza que surge del alma para propender hacia el bienestar tanto propio como ajeno. El amor, como la fe, está muerto sin obras. Por lo tanto el amor verdadero, el amor genuino, exige obras constructivas y no destructivas. El amor es el principio genético, la génesis o la creación; el odio viene a ser la némesis[26], es decir, el principio destructivo. No obstante, muchas veces el amor sirve para destruir: de hecho destruye la maldad y el odio, y es la fuerza suprema del universo. Todo depende del principio de consecuencia, siempre buscando el mayor beneficio al mayor número de dinámicas existenciales; de ahí viene el ejemplo de Jesucristo. Dios Padre permitió el sacrificio de Jesucristo para buscar un mayor beneficio para la humanidad. Esto nos lo da el principio de saber amar, saber y saberse dar buscando el mayor beneficio y, dado que es una fuerza, poder dar y poderse dar.

 

Quinto principio: saber ser ahí y poder ser ahí

Por último, encontramos el gran principio de saber ser y poder ser, concepto que nos describe Martin Heidegger en el being there, el “ser ahí”, el ser dueños de nuestro tiempo presente, el saber realmente ser seres humanos completamente útiles, proactivos; poder ser en un trabajo; en el caso de una adicción, poder ser en la abstinencia; poder ser en las acciones o en los “verbos”, pues el verbo es el que representa la acción, y la acción es la que brinda los hechos reales en circunstancias de modo, tiempo y lugar.

En suma, visualizamos estos principios como los pisos de un edificio: en el primer piso entramos por el saber pensar; en el segundo, por el saber creer; en el tercero, por el saber sentir; en el cuarto, por el saber amar; y en el quinto, por el saber ser y poder ser. También es necesario poder entender y practicar ese verbo, porque es un verbo que se puede anteponer a todos los verbos y acciones del ser humano: poder sentir, poder trabajar, poder disfrutar, etc.

Encontramos entonces que, más allá de lo que nos proponen las escuelas budistas de una única trascendencia al sufrimiento, debemos llegar a la propuesta de las escuelas cristianas de entrar en entusiasmo, como bien lo describe la carta de Santiago, “alegría en la adversidad” (BLA, Santiago 1:2). La palabra entusiasmo viene de entheos[27], en Dios, que es cuando nos asociamos en un propósito sinérgico, en una causa de amor, de vida y de verdad, mucho más grande que nosotros mismos, haciéndonos mucho más fuertes. Esto se logra a través del empoderamiento de nuestra conciencia y del despertar espiritual.

Con este recorrido por las diferentes religiones nos damos cuenta de cuán importante es entender que estas nutren la moral y procuran la ética. La Psicología Bioética concibe la moral como una pulcritud interior que se refleja en el comportamiento, y la ética como un correcto proceder en el comportamiento. Es decir, la Psicología Bioética propone la conducta moral y el comportamiento ético, teniendo claro siempre que en psicología los comportamientos son las acciones visibles del ser humano, y la conducta son todas las acciones de un ser vivo, tanto acciones interiores como exteriores, las cuales han de ser desarrolladas desde los principios de la Inteligencia Espiritual.

           A modo de conclusión de este capítulo debemos comprender la magnitud de la forma como las diferentes religiones han nutrido la autorregulación, desde el insuflar la conciencia de miles de millones de seres humanos a través de la historia con una serie de normativas que llevan a generar los juicios morales desde la niñez misma, lo que se traduce en que estas normas de la sociedad llegan a los padres, quienes las transmiten a sus hijos, y también desde la sociedad en sí se van transmitiendo los códigos éticos, morales y religiosos que establecen lo que está bien y lo que está mal.

           De esta manera el superyó, ese agente de censura interna, se nutre y nosotros hemos de tenerlo muy bien ajustado, lo cual significa que debe encontrarse en la justa medida, ya que si es demasiado estricto nos llevará hacia la neurosis, y si es muy laxo nos conducirá a una vida muy primaria movida por el principio del placer.

            En este recorrido histórico hemos tomado: de los babilonios, la importancia de un capitalismo social en donde la riqueza individual tenga un límite, y no satanizar el uso de sustancias psicoactivas para realizar viajes enteógenos; de las religiones filosóficas como el confucianismo, el valor de pensar en el legado de nuestros ancestros con veneración y respeto por nuestros linajes y el sentido de pertenencia; del taoísmo, el papel fundamental del minimalismo en la vida sin caer en un reduccionismo materialista, haciendo la vida sencilla y armónica, muy movida por los principios del sentido del orden y de la propiedad; de las religiones indostánicas, entendemos el respeto por los animales y el medio ambiente, ya que ellos veneran a muchas deidades animales; y de las grandes vertientes de las religiones abrahamánicas hemos tomado : del cristianismo, el profundo amor a nuestro prójimo; del judaísmo, la importancia de conservar los ritos y la humildad de sabernos siempre menores que Dios; y del musulmanismo, la obediencia y sumisión a la ley.

             Como se ha visto en este capítulo, es preciso comprender que la inteligencia espiritual, lejos de ser un dogma, significa la relevancia de aprender a leer por dentro (intus leggere), que es lo que significa la raíz etimológica de inteligencia, el saber leer lo intangible pero existente, como el arte, los conceptos, la estética, la moral, lo relativo al espíritu y al alma humana, y aquello que une a todas la religiones radicalmente: la fe, que es producto de llegar a creer en lo que no se ve y resulta de la inteligencia espiritual, la cual también está estrechamente relacionada con la promoción de los valores interiores.

En este orden de ideas, la Psicología Bioética es una psicología de los valores, la moral y la ética, que logra en quien la practica una ética estética en sus comportamientos, pues propone la vida en abundancia y, como se ha expuesto, vivir y hacer vivir a los demás con un comportamiento moral, ético y estético, comportamiento que es independiente de la religión o las creencias de cada quien. Se trata de que la conducta se someta a estos principios que, aunque sencillos, no son tan fáciles de practicar, y que reúnen lo que buscan las escuelas psicológicas: las cognitivas, saber pensar y saber creer; las escuelas psicológicas psicodinámicas, la psicología positiva y la psicología social, el saber sentir; las escuelas humanistas y la psiquiatría existencial, el saber amar; y las escuelas conductistas, saber ser y poder ser ahí.

 

Referencias

 

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[1] En filosofía esta teoría consiste en que una parte de un todo puede considerarse una parte principal si la destrucción de esa parte conlleva a la destrucción del todo. En arte es un movimiento de arte experimental que implica destruir objetos durante una presentación pública (Collins English Dictionary, 2020).

[2] El término fue acuñado por el pastor y filósofo alemán Fritz Jahr en 1927 (Valdés, 2012).

[3] Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955) fue un religioso jesuita, paleontólogo y filósofo francés. Su intensa actividad intelectual, religiosa y filosófica deja un amplio legado representado por numerosas obras. En su ensayo La Vida Cósmica dice “he pretendido llamar la atención sobre la posibilidad de una sana reconciliación entre Cristianismo y el Mundo, sobre el terreno de la prosecución leal y convencida del Progreso, en comunión sincera con una fe en la Vida y en el valor de la Evolución” (como se cita en Sequeiros, 2017, p. 380).

[4] La psicoespiritualidad es “una dimensión que abarca la antigua relación entre lo humano y lo divino; esa búsqueda de lo trascendente en lo inmanente; es decir, encontrar a Dios en lo profundo del alma y, al conocerse íntimamente, superar los límites del yo y difundirse en el todo” (Sánchez, 2018).

[5] En términos generales, se puede decir que un individuo está consciente cuando está despierto y tiene adecuada comprensión de su entorno y de sí mismo, representando la sumatoria de las actividades de la corteza cerebral (Padilla et al., 2018, p. 90). Dicha sumatoria consta de dos componentes: vigilia (también llamada despertar) y el ciclo sueño-vigilia; y la denominada conciencia, que es la que permite que un individuo tenga conocimiento de sí mismo e interactúe con el ambiente (García et al., 2013, p. 57).

[6] El lenguaje interior tiene su origen en la actividad comunicativa y en las formas del diálogo que se transfieren a la esfera del funcionamiento psicológico del individuo. La regulación del comportamiento en el plano intrapsíquico, por medio del lenguaje interior, deriva de los requisitos del habla y de su organización en forma de diálogo. Los rusos Lev Vygotsky (psicólogo) y Mikhail Bakhtin (filósofo) entendieron el lenguaje interior como instrumento interno y subjetivo de relación con uno mismo. Vygotsky investigó el papel que este juega en el dominio del comportamiento y en la conciencia, basado en la observación de niños y su uso del lenguaje. En efecto, el lenguaje egocéntrico era primero un simple acompañante de la acción del niño, pero observó que se convertía en un instrumento del pensamiento dedicado a la planificación de tareas cognitivas y afectivas (de autorreflexión sobre la propia conducta), a la toma de decisiones o a la creación (Leonor, 2000).

[7] Esta palabra está constituida por el prefijo re que significa ˈintensidadˈ y también ˈreiteraciónˈ, y el verbo en latín ligare, ˈatarˈ, por lo que se interpreta como ˈvolver a ligar o a unirˈ; también puede interpretarse como ˈunirse fuertementeˈ (DECL, 2020).

[8] El informe del Pew Research Center (2015) estimó que para el 2020 habría en el mundo unos 2.320’750.000 cristianos; 1.907’110.000 musulmanes; 1.161’440.000 hinduistas; y 429’640.000 budistas.

[9] Los que no tienen afiliación religiosa incluyen ateos, agnósticos y personas que no se identifican con ninguna religión en particular en las encuestas. Sin embargo, muchos de los que no tienen afiliación religiosa tienen algunas creencias religiosas (Pew Research Center, p. 24, 2012).

 

[10] 1) No tendrás dioses ajenos delante de mí. 2) No te harás imagen ni ninguna semejanza de lo que hay arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ninguna imagen, ni las honrarás; porque yo soy Yahveh tu Dios, fuerte, celoso, que castigo la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos. 3) No tomarás el nombre de Yahveh, tu Dios, en vano; porque no dará por inocente Yahveh al que tomare su nombre en vano. 4) Acuérdate del día del sábado para santificarlo pues seis días trabajarás, y harás toda tu obra, más el séptimo día es reposo para Yahveh tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días hizo Yahveh los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Yahveh bendijo el día de reposo y lo santificó. 5) Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Yahveh tu Dios te da. 6) No matarás. 7) No cometerás adulterio. 8) No hurtarás. 9) No dirás falso testimonio contra tu prójimo. 10). No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo (Reina Valera, 1960, Éxodo 20:1-17).

[11] Si bien se reconoce a Jesucristo como un personaje histórico, la fecha exacta de su nacimiento sigue siendo cuestión de debate. Algunos señalan como referencia al período de Octavio (Augustus) como emperador de Roma, como se indica en Lucas 2:1. También se toma como referencia el reinado de Herodes en el año 4 a.C. (es decir, hacia el 753 después de la fundación de Roma), lo cual ha sido aún más debatido (Conzelman & Lindemann, 1991, p. 378).

[12] El nombre Sanedrín se deriva de la palabra griega sunedrion que significa ˈconsejoˈ. Una forma temprana del Sanedrín existió bajo los griegos, que permitieron a los judíos cierto grado de autogobierno. En la antigüedad, a menudo había poca distinción entre interpretación judicial y legislación. El Gran Sanedrín, con sede en Jerusalén, tenía 71 miembros (Langbert & Friedman, 2003).

[13] “Tu ojo es lámpara de tu cuerpo. Si tu ojo recibe la luz, toda tu persona tendrá luz; pero si tu ojo está oscurecido, toda tu persona estará en oscuridad” (BLA; Lucas 11:34)

[14] “Jesús les dijo: yo soy el pan de vida” (Mateo 6:35, BL).

[15] Se reconocen 13 epístolas escritas por Pablo: Romanos, Corintios I y II; Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses, Tesalonicenses I y II, Timoteo I y II, Tito y Filemón.

[16] Viktor Emil Frankl (1905-1997) fue un psiquiatra y psicoterapeuta austríaco quien desarrolló el enfoque en psicología conocido como logoterapia (Encyclopaedia Britannica, 2019). En 1946 se publicó una de sus obras más influyentes: Un hombre en busca de sentido, donde Frankl relata su experiencia como prisionero en un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial.

[17] Para el budismo, el Noble Óctuple Sendero lleva al cese del sufrimiento y consiste en: Entendimiento Correcto, Intención Correcta, Palabra Correcta, Acción Correcta, Modo de Vida Correcto, Esfuerzo Correcto, Atención Correcta y Concentración Correcta [Samyutta Nikaya LVI, 11] (Sumedho, 2015, p. 47).

[21] Ambos términos fueron retomados por el filósofo Edmund Husserl para su propuesta fenomenológica, donde el noema es el objeto tal y como es descrito y la noesis es la actividad mental correspondiente (Audi, 2004, p.515). Según la RAE, el noema es el pensamiento como contenido objetivo del pensar, a diferencia del acto intencional o noesis (Diccionario de la Lengua Española [DLE], 2020).

[22] Lev Semyonovich Vygotsky (1896-1934) fue un importante psicólogo ruso que hizo contribuciones esenciales para el desarrollo de la Psicología contemporánea, el estudio de la discapacidad y la Semiología. Vygotsky formuló una teoría del desarrollo psicológico del individuo en la que los factores determinantes de este desarrollo se encuentran afuera, no en el interior del organismo y de la personalidad del niño,

sino en el exterior, a través de la actividad social con otras personas (Vygotsky et al., 1997, pp. 47-48).

[23] Resiliencia viene del inglés resilience, y este se deriva del latín resiliens, – resilīre ‘saltar hacia atrás, rebotar’, ‘replegarse’ (DLE, 2020a). Compuesto por varios lexemas latinos, puede indicar la cualidad de lo que vuelve a saltar y quedar como estaba (DECL, 2020a).

[24] Arthur Schopenhauer (1788-1860) fue un filósofo alemán conocido como el “filósofo del pesimismo”, exponente de una doctrina metafísica de la voluntad. Sus escritos influyeron en la filosofía existencial y la psicología freudiana (Hübscher, 2019). Dentro de sus obras en este tema destacan El mundo como voluntad y representación, publicado en 1819, y Sobre la voluntad en la naturaleza, de 1836.

[26]Némesis es el nombre que identifica a la diosa de la venganza, la fortuna y la justicia retributiva. Esta deidad se ocupaba de imponer un castigo a aquellos que no obedecían (por ejemplo, a los hijos que no respetaban las órdenes de sus padres). Según se cuenta, Némesis sancionaba la desmesura y no dejaba que los hombres fueran demasiado afortunados. En su intención de resguardar el equilibrio universal, la diosa podía provocar la ruina de aquellos que habían sido favorecidos por la fortuna. También se encargaba de vengar a los amantes infelices por el perjurio de su pareja. Némesis suele utilizarse como sinónimo de enemigo. Envidia es el nombre de la diosa romana que ejerce como equivalente de esta diosa Némesis, que ha sido venerada por multitud de pueblos y culturas a lo largo de los siglos. Así, por ejemplo, le rindieron culto tanto los egipcios como los babilonios o los persas. Esta diosa es la encargada de destruir la opulencia. Así, interpretamos a Némesis y a Envidia como aquello que se opone al principio creador de bienestar y de vida (significadocomcepto.com, 2018).

[27] La palabra entusiasmo viene del griego ἐνθουσιασμός enthousiasmós, que significa inspiración divina, arrebato, éxtasis. Una voz formada por entheos, en ˈdentroˈ y theos, ˈdiosˈ, que lleva un dios dentro (DECL, 2020b).