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La Adicción: Información, Prevención y Tratamiento

libro adiccion 4

Una guía integral desde el modelo terapéutico de Función Futuro.

Sinopsis

¿Es la adicción una elección o una enfermedad? En este tratado fundamental, la Fundación Función Futuro —bajo la dirección técnica de la Dra. Carla Andrea Jaramillo— presenta una hoja de ruta detallada para comprender uno de los desafíos más complejos de la salud mental contemporánea.

“La Adicción” no es solo un manual especializado, sino una herramienta de transformación. A través de sus páginas, el lector explorará el desarrollo de los trastornos adictivos desde una perspectiva multidimensional: biológica, psicológica y social. El libro desglosa con precisión desde los lineamientos generales y los tipos de consumo, hasta las fases críticas de la enfermedad y los mecanismos de recuperación

Lo que aprenderás en esta obra:

  • El Modelo Función Futuro: Una explicación profunda de cómo se detonan los factores genéticos y ambientales en las personas.

  • Neurobiología y Psicología: Entender conceptos clave como el craving, el refuerzo negativo y los estados cerebrales durante la dependencia.

  • Guía Práctica de Sustancias y Comportamientos: Un análisis exhaustivo de las adicciones químicas y conductuales que afectan a la sociedad actual.

  • El Camino a la Sobriedad: Estrategias basadas en evidencia para la intervención y el mantenimiento de la abstinencia a largo plazo.

Escrito con un lenguaje claro pero con rigor científico, este libro se posiciona como una lectura esencial para familias en busca de respuestas, médicos de la salud y cualquier persona interesada en la ciencia de la recuperación.

Datos Técnicos de la Obra

  • Título de la obra: La Adicción: Información, Prevención & Tratamiento

  • Autores: Carla Andrea (Andrés) Jaramillo Ortíz / Andrés Jaramillo Ortíz

  • Editorial: Fundación Función Futuro

  • Año de publicación: 2019

  • ISBN: 978-958-49-2221-2

Vista previa del libro "La Adicción: Información, Prevención & Tratamiento"

PRIMERA PARTE: LOS DESÓRDENES ADICTIVOS

CAPÍTULO UNO: LINEAMIENTOS GENERALES
  • Prohibir o no prohibir: todo un dilema
  • La adicción como enfermedad
  • Hacia una comprensión sobre la adicción
  • ¿Qué entendemos por adicción?
  • Terminología para la comprensión
  • Desarrollo del trastorno adictivo
  • Una analogía para comprender la adicción
  • Desarrollo de la enfermedad según el modelo Función Futuro
  • Factores endógenos y exógenos de la adicción
  • Factores endógenos
  • Factores exógenos
  • A manera de reflexión
  • Puntos para recordar
  • Referencias
CAPÍTULO DOS: TIPOS DE CONSUMO
  • El consumo en el trastorno adictivo
  • Los tipos de consumo y las prácticas adictivas
  • El consumo responsable
  • El consumo de riesgo
  • El consumo patológico
  • Para finalizar
  • Referencias
CAPÍTULO TRES: FASES DE LA ENFERMEDAD
  • Del estado latente al crónico
  • Fases de los trastornos adictivos
  • 1. Fase preadictiva o prodrómica
  • 2. Fase temprana
  • 3. Fase intermedia o crítica
  • 4. Fase crónica
  • Tipos de adictos
  • El adicto cíclico
  • El adicto institucional
  • Referencias
CAPÍTULO CUATRO: NEUROBIOLOGÍA DE LAS ADICCIONES
  • El cerebro humano y su funcionamiento
  • El conectoma humano
  • La neuroplasticidad cerebral en la adicción
  • La adicción: una enfermedad cerebral
  • El circuito de la recompensa en la adicción
  • Una diferenciación necesaria: manías y desórdenes obsesivos compulsivos
  • Refuerzos positivos y negativos
  • Elkindlig y el bonding adictivos
  • La comorbilidad cerebral
  • Premorbilidad y posmorbilidad
  • Estados neurobiológicos cíclicos de las adicciones
  • Primer estado cerebral: la abstinencia asintomática
  • Segundo estado cerebral: la alostasis adictiva o apetencias inconscientes
  • Tercer estado cerebral: el craving o las apetencias conscientes
  • Cuarto estado cerebral: la compulsión o el acting out adictivo
  • Quinto estado cerebral: el evento o descarga (carring out) o atracón
  • Sexto estado cerebral: el efecto rebote
  • Referencias
CAPÍTULO CINCO: ASPECTOS PSICOSOCIALES
  • Aspectos psicosociales en los trastornos adictivos
  • Importancia de padres asertivos y formadores
  • Habilidades sociales
  • Codependencia, coadicción, paradependencia
  • Referencias
CAPÍTULO SEIS: ASPECTOS FILOSÓFICOS Y ESPIRITUALES EN LAS ADICCIONES
  • Aspectos espirituales en el desarrollo de los desórdenes adictivos
  • El sentido de vida y los sentidos espirituales
  • Abordajes desde la filosofía
  • Referencias

SEGUNDA PARTE: LA PSICOLOGÍA EN LOS DESÓRDENES ADICTIVOS, ALIMENTARIOS Y DE PERSONALIDAD

CAPÍTULO SIETE: NOCIONES PRELIMINARES DE LA PSICOLOGÍA EN LAS ADICCIONES
  • Principales escuelas psicológicas
  • Aspectos adicionales
  • Aprendizaje y neurobiología
  • Etapas del cambio
  • Referencias
CAPÍTULO OCHO: LA TEORÍA DEL DRIVE ADICTIVO (SÍNDROME DE HAMELIN)
  • El concepto del drive
  • La satisfacción de las necesidades
  • La teoría de la motivación
  • Eldrive en las áreas de desarrollo y fundamentales del ser humano
  • El síndrome de Hamelin
  • El drive secundario y las adicciones
  • Cómo vencer el drive adictivo
  • Referencias
CAPÍTULO NUEVE: LA PSICOLOGÍA DEL YO Y DEL SELF
  • Las instancias intrapsíquicas de Freud
  • Las otras facetas del yo
  • El aporte de Binswanger en la comprensión del yo
  • La aceptación del yo verdadero
  • Referencias
CAPÍTULO DIEZ: LAS DEFENSAS PRIMARIAS
  • Los conflictos del ser
  • Las defensas ante los conflictos
  • Mecanismos de defensa
  • El drive y los mecanismos de defensa
  • La conciliación consigo mismo y con los entornos
  • Referencias
CAPÍTULO ONCE: SÍNDROMES Y COMPLEJOS PSICOLÓGICOS
  • Principales síndromes relacionados con las adicciones
  • Síndromes asociados a Trastornos de la personalidad y otros
  • Referencias
CAPÍTULO DOCE: LAS NEUROSIS SOCIALES
  • Las neurosis y las necesidades neuróticas
  • Las necesidades neuróticas
  • Necesidades neuróticas de afianzamiento
  • Necesidades neuróticas de distanciamiento
  • Necesidades neuróticas de hostigamiento
  • Referencias
CAPÍTULO TRECE: LA CONDUCTA: PENSAMIENTO, EMOCIÓN, AFECTO, IMPULSOS Y COMPORTAMIENTO
  • Comportamiento y conducta
  • La conducta, el drive y la satisfacción de las necesidades humanas
  • Las áreas de desarrollo del ser humano
  • Referencias
CAPÍTULO CATORCE: LA PERSONALIDAD: TEMPERAMENTO, ACTITUD Y CARÁCTER
  • Definiciones fundamentales
  • Relación entre los componentes de la personalidad y las adicciones
  • Categorización de la personalidad
  • Clústeres de la personalidad
  • La personalidad desde un punto evolutivo
  • La personalidad y las inteligencias
  • Binswanger y su aporte al estudio de la personalidad
  • La modelación de la personalidad
  • Referencias
CAPÍTULO QUINCE: LOS DESÓRDENES DE LA PERSONALIDAD, LA COMORBILIDAD Y LAS PATOLOGÍAS DUALES
  • La clasificación de las enfermedades mentales, un desafío permanente
  • Personalidad, carácter y temperamento en los desórdenes de la personalidad
  • Clasificación de los trastornos de la personalidad
  • La personalidad “Clúster A”
  • La personalidad “Clúster B”
  • La personalidad “Clúster C”
  • Otros trastornos de la personalidad
  • La premorbilidad, comorbilidad y posmorbilidad adictivas
  • Adicción a sustancias y trastornos de la personalidad
  • Referencias
CAPÍTULO DIECISÉIS: EL SER Y SUS ASPECTOS ESPIRITUALES
  • El psicoanálisis existencial de Binswanger
  • Las tres movilizaciones básicas
  • La persona y el ser
  • El drive espiritual
  • La importancia del drive espiritual
  • El tercer vector: las relaciones interpersonales
  • Los principios de la inteligencia emocional
  • Los valores y las virtudes
  • Referencias

TERCERA PARTE: LAS SUSTANCIAS ADICTIVAS O ESTUPEFACIENTES

CAPÍTULO DIECISIETE: LAS DROGAS, ¿QUÉ SON?
  • Historia y fenómeno social
  • Desde el mundo ancestral y antiguo
  • Años sesenta: el relevo generacional y las protestas estudiantiles
  • Prohibicionismo y guerra contra las drogas
  • De la marihuana a las drogas sintéticas
  • El papel de los Tratados de la ONU en el control de las sustancias psicoactivas
  • Referencias
CAPÍTULO DIECIOCHO: CARACTERÍSTICAS GENERALES DE LAS SUSTANCIAS PSICOACTIVAS CON POTENCIAL DE ABUSO Y DE DEPENDENCIA (SPPAD)
  • Las SPA con potencial de abuso y dependencia
  • Efectos básicos (primarios y secundarios) de las sustancias
  • Las tolerancias
  • Potenciales de las Sustancias Psicoactivas (SPPAD)
  • Potenciales según Modelo Función Futuro
  • Potencial adictivo
  • Potencial psicoactivo
  • Potencial clínico
  • Potencial psicotrópico
  • Potencial tóxico, autodestructivo y letal
  • Potencial reactivo (reactividad cruzada)
  • Potencial supresivo de la censura interna
  • Potencial para el mejoramiento de la calidad de vida
  • Daños causados por las SPPAD
  • Referencias
CAPÍTULO DIECINUEVE: CATEGORÍAS FUNDAMENTALES DE LAS SPPAD
  • Antecedentes en la clasificación de las drogas
  • Los aportes de Pierre Deniker
  • La necesidad de una clasificación nueva: una propuesta actual
  • Referencias
CAPÍTULO VEINTE: PSICODISLÉPTICOS
  • Delirios versus alucinaciones
  • Cannabináceos y cannabinoides
  • Alucinógenos enteógenos y psicodélicos
  • El yagé, el LDS y el DMT
  • Referencias
CAPÍTULO VEINTIUNO: PSICOANALÉPTICOS
  • Características generales
  • Anfetamínicos (Estimulantes del Sistema Nervioso Central)
  • Cocaináceos y cocainoides
  • Cocaína
  • Bazuco
  • Crack
  • Etileno de cocaína
  • Nootrópicos
  • Referencias
CAPÍTULO VEINTIDÓS: HIPERTÍMICOS EMPATÓGENOS
  • Características generales
  • Ketamina y catinonas
  • Éxtasis
  • Referencias
CAPÍTULO VEINTITRÉS: ANALGÉSICOS NARCÓTICOS (NARCOLÉPTICOS)
  • Características generales
  • Opiáceos y opioides
  • Referencias
CAPÍTULO VEINTICUATRO: PSICORTOLÉPTICOS
  • Características generales
  • Neurolépticos o Antipsicóticos
  • Ansiolíticos
  • Antidepresivos
  • Medicamentos para los trastornos del estado de ánimo
  • Referencias
CAPÍTULO VEINTICINCO: “SUSTANCIAS NO CLASIFICADAS”
  • Generalidades
  • El alcohol
  • El alcoholismo como enfermedad
  • Tipos de alcoholismo según Jellinek
  • Tratamiento del alcoholismo
  • Anabólicos
  • Inhalantes
  • Referencias
CAPÍTULO VEINTISÉIS: ASPECTOS JURÍDICOS DE LAS DROGAS
  • Referencias

CUARTA PARTE: LOS COMPORTAMIENTOS ADICTIVOS

CAPÍTULO VEINTISIETE: “¿QUÉ SON LOS COMPORTAMIENTOS ADICTIVOS?”
  • Lineamientos generales
  • Trastornos adictivos no químicos y manías: diferencias fundamentales
  • El drive y los comportamientos adictivos
  • Más allá del juego y las apuestas
  • Referencias
CAPÍTULO VEINTIOCHO: LUDOPATÍA
  • La importancia del juego en el ser humano
  • Naipe, ruleta y póker
  • Ludopatía: manía o adicción
  • Recomendaciones
  • Referencias
CAPÍTULO VEINTINUEVE: CODEPENDENCIA O FILOPATÍA
  • El trastorno de la personalidad dependiente
  • La codependencia
  • La codependencia y las drogas
  • El comportamiento del codependiente
  • Referencias
CAPÍTULO TREINTA: ADICCIONES AL SEXO Y DESÓRDENES EN LA SEXUALIDAD
  • Trastornos sexuales, trastornos de la sexualidad y adicción al sexo
  • Las adicciones al sexo
  • Tratamiento de las adicciones sexuales
  • Parafilias sexuales
  • Algunas parafilias sexuales
  • Sexo y drogas
  • Algunas reflexiones
  • Referencias
CAPÍTULO TREINTA Y UNO: LOS TRASTORNOS ALIMENTARIOS
  • La anorexia
  • La bulimia
  • Otros trastornos
  • La ortorexia
  • Pica
  • Síndrome de Prader Willi
  • El Síndrome del Comedor Nocturno
  • Referencias
CAPÍTULO TREINTA Y DOS: FACTORES PREDISPONENTES, DESENCADENANTES Y PERPETUANTES DE LOS TCA
  • Factores predisponentes de los trastornos alimentarios
  • Causas físicas y fisiológicas
  • Causas emocionales y psicológicas
  • Aspectos sociales
  • Factores desencadenantes de los trastornos alimentarios
  • Causas fisiológicas/bioquímicas
  • Psicológicas y emocionales
  • Causas sociales y culturales
  • Factores familiares
  • Trastornos de la personalidad relacionados con los TCA
  • Otros factores desencadenantes
  • Factores de mantenimiento o perpetuantes de los trastornos alimentarios
  • Puntos para recordar
  • Referencias

QUINTA PARTE: LA RECUPERACIÓN Y LA PREVENCIÓN

CAPÍTULO TREINTA Y TRES: DIVERSOS ENFOQUES E HISTORIA DE LOS TRATAMIENTOS
  • Primeros pasos hacia la atención
  • El papel de la psicofarmacología
  • Aportes al estudio científico de la enfermedad adictiva
  • Otros aportes a la terapia de las enfermedades adictivas
  • La atención de la enfermedad adictiva hoy
  • El componente espiritual en el tratamiento
  • Referencias
CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO: LA RECUPERACIÓN: ¿QUÉ ES? Y ¿CÓMO SE LOGRA?
  • Fundamentos para la recuperación
  • Aspectos neurobiológicos
  • Aspectos psicológicos
  • Aspectos sociales
  • Aspectos espirituales
  • La importancia del cambio en la recuperación
  • Etapas del cambio: motivación, acción, adaptación
  • Herramientas para la prevención de la recaída
  • Factores de protección
  • Referencias
CAPÍTULO TREINTA Y CINCO: LA FAMILIA FRENTE A LA REHABILITACIÓN Y LA PREVENCIÓN
  • El papel de la familia en la prevención
  • La familia ante la adicción
  • Algunas recomendaciones
  • Referencias
CAPÍTULO TREINTA Y SIÉIS: DIAGNÓSTICO MULTIAXIAL
  • Diagnóstico en los desórdenes adictivos
  • Criterios de diagnóstico en el DSM-4 y el DSM-5
  • Valor del Diagnóstico Clínico Multiaxial
  • Psicología Bioética en el diagnóstico
  • Los sentidos de la conciencia
  • Referencias
CAPÍTULO TREINTA Y SIETE: PSICOLOGÍA BIOÉTICA Y EL CONSTRUCTIVISMO HUMANISTA EXISTENCIAL
  • Aspectos generales
  • Principios de la psicología bioética
  • Áreas de ajuste y los sentidos de la conciencia
  • Referencias
CAPÍTULO TREINTA Y OCHO: TRATAMIENTO INTEGRAL
  • Un abordaje sistémico en el tratamiento de las adicciones
  • Otros aspectos del Tratamiento Integral
  • Secuencia de atención en un programa integral
  • Referencias
CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE: PREVENCIÓN (PILARES BÁSICOS)
  • Fundamentos para la prevención
  • Pilares básicos para la prevención de la enfermedad adictiva
  • NOTA FINAL
  • Referencias

INTRODUCCIÓN

Esta época marcada por un vertiginoso adelanto científico nos ha traído grandes prodigios a nivel de las ciencias, pero desde la visión humanista y sociológica hemos visto un decrecimiento de los valores personales. Somos testigos de cómo grandes sectores de la sociedad han entrado en una transmutación de valores; asimismo de cómo muchos jóvenes no han sabido manejar sus emociones. Por algunas escuelas de la psicología, que exponen que existen emociones negativas, estamos produciendo desde esas doctrinas jóvenes que no saben sentir, jóvenes cada vez más vulnerables, atraídos por los videojuegos, por los medios electrónicos, cuando todas las emociones están diseñadas evolutivamente para sobrevivir.

En medio de ese escenario entran cada vez más jóvenes en el consumo de drogas y también, cada vez, hay políticas más permisivas, esto desde las mismas directrices de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que le ha dado a las drogas una connotación de ser inofensivas.

Desde el punto de vista médico he observado el aumento de los desórdenes de la ansiedad, las depresiones y las psicosis secundarias al consumo, el cual se multiplica vertiginosamente por errores en las políticas y planteamientos de prevención, más una asombrosa desinformación y fake news acerca de las drogas.

Realmente debemos entender que todo depende del escenario desde el cual se miren las drogas. Muchos libros que hacen apología al uso de sustancias psicoactivas, tratan de llevar a los lectores hacia un mundo mágico, agradable; pero esos postulados resultan ser atrevidos, porque si nosotros miramos el concepto de las drogas que se tiene en los bares, en escenarios juveniles —festivales de música, conciertos—, y otros sitios más, vamos a encontrar que las personas dan testimonio de que nada sucede, que son divertidas, agradables y por eso muchos niños de 12 años están probando las sustancias psicoactivas.

Tenemos evidencia de que niños de 8 años han estado incursionando en el consumo de drogas pesadas como las feniletilaminas, que vienen en las gomitas de dulce impregnadas de un líquido basado en MDMA o 2CB (tucibi), cuando en realidad son otra cosa. Hemos visto a lo largo de décadas de trabajo en las enfermedades mentales, el caos familiar que generan las drogas.

Ha sido nuestro arduo trabajo reparar los estragos causados por las drogas, ver una familia destrozada porque su hijo entró en una grave psicosis por la marihuana o ver cómo una joven desarrolla una depresión mayor con un desorden mixto de ansiedad y depresión como consecuencia de un par de años de consumo de tucibi.

Todo esto es algo totalmente descabellado, porque si vamos a un escenario más real, más objetivo, es el escenario donde hemos estado tratando la enfermedad adictiva y los embates secundarios al consumo de sustancias psicoactivas.

La observación objetiva, clínica y científica, muestra cómo cientos de familias se han destruido completamente porque su hijo entró en una psicosis grave por el consumo de marihuana y desarrolló unos síntomas esquizofrénicos detonados por el consumo de la “inofensiva” hierba. Hemos visto, también, cómo una niña de 15 años –que por primera vez prueba ácido lisérgico (LSD)– entra en un episodio psicótico de muy difícil tratamiento, únicamente porque sus amigos le dijeron que nada podía pasar. Hemos visto cómo se han desarrollado y detonado síndromes esquizofrénicos, aun con esquizofrenia degenerativa y refractaria, únicamente por el consumo de marihuana en unos casos, en otros por el yagé o la cocaína.

De igual manera, hemos visto cómo al permitir la legalización de la marihuana y empezar a darle una connotación de uso medicinal o de uso recreativo, se le confiere un significado de inofensiva y los jóvenes incrementan su consumo y, con ello los graves episodios secundarios.

Ya habíamos advertido hace muchos años en charlas radiales, en documentos que hemos enviado a instancias gubernamentales y a directivos mundiales en el área de las drogas, sobre cómo los jóvenes siempre buscan el placer, como bien lo decía Freud, en lo prohibido. Al darles a las drogas una connotación de inofensivas, ellos las consumen. Aun así, quieren ir un paso más allá, a los ácidos, al DMT y al 2CB, como si se tratara de juegos de niños.

Si se legaliza la marihuana los jóvenes van a querer sustancias más potentes. Con la legalización de la hierba se generan extractos más potentes como el rosin, la cera o wax, que son realmente venenos para el cerebro. Hemos visto que la toxicidad de estas sustancias puede durar hasta 8 a 10 semanas en el organismo, dando positivo en orina después del último consumo. Por eso mismo debemos entender qué son las drogas de una manera objetiva, sin divinizarlas y sin satanizarlas. Realmente se debe exponer un conocimiento absolutamente acertado y objetivo según sea la evidencia científica y sensibilizar a la población objetivamente acerca del posible y enorme daño que causan, arruinando vidas, futuros y a las familias comprometidas.

Vemos que la lucha contra el tabaco ha traído beneficios, lo mismo las campañas contra el abuso de alcohol en menores, pero en el tema de las drogas la connotación de que son inofensivas es un error. Nosotros llevamos más de 30 años tratando los estragos de las drogas tradicionales y de las drogas emergentes. El hecho de que un 80 o 90 por ciento de las personas que han incursionado en las drogas no hayan tenido consecuencias, no significa que no le vaya a suceder algo a alguien.

Muchas personas caen en adicción y generan episodios psicóticos secundarios al consumo de sustancias psicoactivas y hemos visto también con el boom de las sustancias semisintéticas ―éxtasis, 2CB o MDMA― cómo se generan trastornos secundarios al consumo de sustancias psicoactivas, porque intervienen en el circuito de la serotonina.

Somos testigos de que personas tras un poco de consumo de estas sustancias quedan con necesidad de tomar medicamentos de por vida, con trastornos mixtos de ansiedad y depresión o con trastornos de ansiedad. A esto se le suman los desórdenes de personalidad y de alimentación en miles de jóvenes, quienes erosionan sus vidas por la aparición de fenómenos como estos, que van acabando con sus sueños.

Es así como debemos darle una connotación a las drogas como lo que son, debemos mirar el trágico final del camino en que han caído centenares de miles de familias en el mundo entero. No podemos considerar al adicto como un delincuente; el consumidor de drogas no es un delincuente. Aun cuando puede tener implicaciones legales, esto no lo es, es un problema de salud pública, ya que su núcleo es una enfermedad llamada adicción y es de allí de donde surge el título de este libro que ahora se presenta y que es el fruto de muchísima investigación y esfuerzo, con un conocimiento completamente objetivo acerca de las drogas, las adicciones, los trastornos alimentarios, temas que están aquejando a la juventud y por medio de información veraz y correcta se puede obrar en consecuencia desde la misma familia, desde la misma sociedad.

A través de todas las políticas desatinadas se han omitido las actividades de formación interior y del carácter en los colegios. Dicha formación ha sido atribuida a los colegios, cuando en realidad se debe producir en casa; sin embargo, en casa piensan que la están haciendo en el colegio, creando así un enorme vacío. Es por ello que nuestros jóvenes carecen cada vez más de un carácter sano, de una buena actitud ante la vida, de una buena actitud ante las verdaderas amenazas que se ciernen sobre ellos como una espada de Damocles. Más aun, cuando dadas las necesidades económicas de las familias muchos padres y madres deben salir a trabajar para conseguir el sustento, a esto se le suma la ruptura de matrimonios por intolerancia y lucha de egos, que terminan por acabar el universo de niños inocentes ante el conflicto de sus padres.

Todo esto en una cada vez mayor sociedad tecnológica, que los va absorbiendo hasta hacerlos adictos a los medios electrónicos, niños que navegan en los océanos de una sociedad permisiva y oferente de todo tipo de drogas, sexo fácil, proliferación de antivalores trayendo cada vez más jóvenes vulnerables a hacerse adictos.

Así, estamos viendo que las drogas son ‘cantos de sirena’ engañosos y melódicos que atraen a los jóvenes. Y una vez que están en sus garras de estas ‘sirenas’ los devoran voraz y ferozmente. Por esta razón, los estamos invitando a que este libro se constituya realmente en una poderosa herramienta de formación, prevención y de tratamiento, y que esté en todos los hogares como un elemento disuasivo hacia el consumo de drogas y hacia el desarrollo de las enfermedades adictivas.

 

Dra. Nathalie Ramírez Ayala

Médico Cirujano

Especialista en Psiquiatría

CAPÍTULO UNO

LINEAMIENTOS GENERALES

Testimonio 1. Industrial de 55 años.

“Mi vida trascurría de manera normal, consumía alcohol en mi adolescencia, de allí pasé –casi que sin quererlo y por la presión social– a consumir marihuana. Luego pasé a la cocaína y duré en varios años de excesos hasta que inició en mí un fuerte impulso hacia las prendas interiores femeninas, esto cursó hacia un travestismo fetichista cuando estaba bajo los efectos de la droga. Allí inicié con gran cantidad de tratamientos infructuosos hasta que caí en el crack, lo que representó el colapso de toda mi existencia. La lucha para salir adelante de lo que empezó por un porro de marihuana, que terminó por llevarme al infierno, duró varios años. Cuando consumía drogas era un mediocre que solo estaba planificando un nuevo episodio. Hoy he logrado construir una pequeña industria y mi vida tiene otro sentido. He restaurado mi vida y el caos pasó, gracias al tratamiento de Función Futuro. Puedo dar hoy testimonio de que estoy bien, de que el tratamiento funciona y del daño terrible que llegaron a hacer las drogas en mi vida, en mi familia, en mi conducta sexual y en mi personalidad”.

Albert X, paciente. (Fundación Función Futuro, 2008)

 

En diversas épocas, culturas y civilizaciones se ha abordado el tema de los desórdenes adictivos desde diversas ópticas, con el fin de establecer por qué el ser humano es proclive a perpetuarse en el consumo o prácticas adictivas, aun a costa de su propia destrucción. Como lo afirma Escohotado (2008): “el ser humano, bien por accidente o por virtud, aprendió a fermentar extractos y jugos vegetales para obtener alcoholes y luego consumirlos para estimularse. O bien, nuestros ancestros probaron plantas por mera curiosidad y ensayo, para conocer sus usos y encontrar las propiedades psicoactivas de algunas de ellas. Los fenómenos consuetudinarios anteriores eclosionaron en que la raza humana fuera proclive a drogarse, señalando la emergencia y desarrollo de los desórdenes adictivos, muchas veces por no entender las propiedades adictivas (estupefacientes[1]) y los efectos al mediano y largo plazo de muchas de estas sustancias; efectos secundarios que actualmente conocemos, están documentados y cuentan con certeza científica.

Un contexto mitológico puede ayudar a comprender mejor la tendencia a las adicciones que muchos seres humanos despliegan. Dédalo, quien logró escapar de su confinamiento elaborando unas alas de cera, las cuales pegó a su cuerpo para volar y así evadir su prisión, instruyó a su hijo Ícaro para que hiciera lo mismo, enfatizándole que no debía volar muy alto, ya que el calor del sol, a esas alturas, derretiría las alas. Ícaro, absorto por la alegría de volar y sumido en la sensación de poder que le daba su fugaz vuelo, olvidó o simplemente omitió las recomendaciones de su padre. El sol derritió las alas y así Ícaro cayó desplomado, muerto en el océano en donde, cuenta la leyenda, se constituyó el mar de Icaria. En esta figura mitológica vemos, con claridad, lo que las alas y la experiencia reveladora de volar son al consumo o prácticas de algunos comportamientos que producen la sensación de placer. Y, por ende, en la caída y muerte de Ícaro nos percatamos de cuál es la génesis de la enfermedad adictiva.

Para lograr una mejor comprensión de la magnitud de los desórdenes adictivos y del consumo, es bueno hacer alusión a lo que nos propone el idioma inglés, cuando distingue entre illness, disease y sickness. Aun cuando los tres términos hacen alusión a una situación de enfermedad o malestar significativo, el primero, illness refiere a un malestar que experimenta como tal una persona independiente. Sea determinado por un clínico o no, es algo real que surge desde lo que padece la misma persona. Por su parte, disease es lo que el clínico determina que padece la persona desde los avances y conceptos de la ciencia y, por ende, es sensible al error en la interpretación. Finalmente, sickness puede hacer alusión a una conducta interpretada como enfermiza, sea una condición clínica o no, siempre dentro del contexto sociocultural.

En este orden de ideas, imaginemos una persona que se pregunta a sí misma con el consumo de marihuana, por ejemplo, “no sé qué me sucede, estoy consumiendo hierba una y otra vez, estoy iniciando desde la mañana. Incluso me despierto en las noches a fumar y ya no puedo pensar bien, tengo pensamiento de consumo todo el día y me la paso fantaseando y no trabajo”. En este caso vemos que la persona está enferma con un malestar intrínseco a ella misma (illness). Hace 50 años no era diagnosticado porque no existía como tal el diagnóstico de un desorden adictivo relacionado a sustancias. Sin embargo, hoy bien podemos determinar que esta persona tiene un desorden adictivo (disease). A su vez, si vemos a un muchacho de 14 años experimentar con unas líneas de cocaína, así este no sea adicto, como a un piloto de avión de pasajeros consumir una buena porción de estimulantes antes de abordar el jet, podemos afirmar, con plena claridad, que esa conducta refleja un comportamiento enfermo o enfermizo (sickness), independiente a que sea adicto o no. De esto podemos deducir que los desórdenes adictivos, en cuanto a la persona, han existido desde los mismos orígenes de la adicción (illness). Aun cuando los griegos ya denominaban a algunas conductas desviadas y excesivas, dipsomanías o locuras de placer y enofilias o aflicción por el vino, tardamos más de 3.500 años en entender los desórdenes adictivos como una enfermedad cerebral. Todavía hoy, tal y como lo hacían los romanos azotando a los borrachos escandalosos con el flagrum[2], en muchos lugares se interpretan todos los tipos de consumo como una desviación social que amerita únicamente de castigo y no de una buena política de prevención, regulación y tratamiento al enfermo adicto.

Mucho se ha escrito acerca de las drogas en los últimos 50 años, un poco menos sobre su consumo, todavía menor la proporción de literatura seria sobre los trastornos adictivos o la enfermedad adictiva y, en menor medida, acerca de los efectos reales a mediano y largo plazo de su consumo. También, se encuentran textos que niegan que los trastornos adictivos sean como tal una enfermedad. El modelo de enfermedad cerebral propuesto por científicos como Leshner, O´braien & McLellan y Volkow & Morales citados en Becoña (2016, p. 119) es de manera increíble rechazado por este autor afirmando que el modelo cerebral propuesto es equivocado “porque es simple, sesgado, interesado, reduccionista, no se basa en los datos científicos existentes sobre la adicción ni en el modelo biopsicosocial y, además, no vale para los intereses de los consumidores o adictos” (Becoña, 2016, p. 124)[3]. Esta afirmación se aísla del conocimiento científico actual, y desde el enfoque del conocimiento teórico, académico y práctico contemporáneo, se asevera con plena certeza que los desórdenes adictivos sí son una enfermedad (disease) con un componente cerebral denso, específico y medible. En Colombia, el psicólogo Augusto Pérez Gómez (1995) sigue la línea de Becoña, al defender la posición de que las adicciones no son una enfermedad, lo cual ha impactado negativamente las políticas del tratamiento y prevención de las adicciones en varios países.

 En la actualidad, se cuenta con todos los criterios investigativos y clínicos para afirmar que las dependencias, los trastornos adictivos (TA) y los desórdenes alimentarios (TCA)[4] sí presentan una clara patología, con síntomas evidentes y un deterioro característico, que amerita y responde al tratamiento tanto médico como psicológico. Hay personas que no la ven como tal, sino como una a conducta excesiva o una desviación de la moral.

En la actualidad no se puede hablar únicamente de adicciones químicas, también las hay, no químicas. Es por ello que iniciamos el relato indicando cómo, desde la mitad del siglo pasado, nuestros jóvenes han sido arrasados en una buena medida por la enfermedad adictiva y el consumo. Aun cuando estas dos situaciones presentan similitudes, al estudiarlas nos daremos cuenta de que son muy diversas.

Alcanzaremos plena claridad de lo que son las sustancias psicoactivas y los diferentes tipos de consumo o prácticas que se pueden convertir en hábitos patológicos o, de hecho, en trastornos adictivos que recién han sido incluidos en la última versión de la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE–11)[5] de 2018. Veremos que, si bien, muchas inician por hábitos autodestructivos insanos o vicios, terminan por enfermar el cerebro y a desorganizar la conectividad en las redes del prodigioso sistema de conexiones cerebrales del ser humano.

Estos trastornos son, en definitiva, una enfermedad cuyo epicentro está en la disfunción de la conectividad de ciertos transmisores asociados a las sensaciones de placer, gozo y plenitud que, en ciertas personas, termina por convertirse en una obsesión y un hábito autodestructivo. El adicto, por la búsqueda del placer, termina rápidamente por entregar el bienestar de su propia vida, especialmente la de aquellos menores de 25 años, quienes sobrecargan estos circuitos de placer con el consumo. Cada vez el consumidor dedica más tiempo, esfuerzo y energía al consumo y deteriora su capacidad de resolver sus necesidades, experimentando una ficticia sensación de autorrealización, la cual no es legítima.

Infortunadamente, es mucho más fácil contraer esta enfermedad a esas edades, por ello describiremos algunos de los hechos históricos relevantes, principalmente aquellos que impactaron las juventudes de las últimas décadas y su relación con el consumo de sustancias psicoactivas, así como la proliferación de los trastornos alimentarios y de la personalidad, los cuales definitivamente presentan cierta afinidad a nivel cerebral (ver en la Tercera Parte, Historia y Fenómeno Social).

 

Prohibir o no prohibir: todo un dilema

            Desde los estudios del Doctor Nils Bejerot[6], se levantó una voz de alarma ante las Naciones Unidas para controlar el consumo y hacer, en aquella época, del consumidor un delincuente. Este concepto se debe replantear y se debe hacer una reclasificación organizada y coherente de las sustancias, según lo que Pierre Deniker (1966/1976) –primer analista moderno serio– postulara en sus estudios[7].

 Aunque muy coherentes y atinadas, de dichas propuestas surgen las vetustas clasificaciones actuales. A pesar de haber tomado los principios de Deniker, realmente no corresponden a la realidad de sus efectos. La clasificación de Deniker se empalmó con términos que no se adaptan a la realidad de las sustancias psicoactivas según su efecto, independientemente de que sean legales o ilegales. Esto se profundizará en las categorías fundamentales de las sustancias psicoactivas (capítulo sobre el alcoholismo). Lo postulado por Deniker para la mente humana, fue nada más y nada menos que la antesala de la psicofarmacología moderna.

A raíz del ataque contra las sustancias y las políticas de prevención centradas en la sustancia adictiva, y no en la persona, en muchos países se extendió la regla general de criminalizar el consumo. Esta situación fue la que obligó a la Ley Nixon[8] en los años setenta, a clasificar las sustancias según su peligrosidad. Además, pretendió retomar y proyectar el prohibicionismo del alcohol de la Ley Vosltead[9] de los años 20 del siglo pasado, medida que maximizó el consumo ilegal de alcohol en Estados Unidos, fortaleciendo a las mafias que se enriquecían con su venta (Hall, 2010). A lo largo de la historia se ha demostrado que el prohibicionismo, en rigor, ha aumentado la problemática de erosión y descomposición social. Por ello se debe despenalizar la posesión de algunas sustancias en determinados segmentos de la población y se debe ahondar en su investigación científica.

Es claro que se debe normalizar la producción y fabricación de estas sustancias mediante procesos farmacéuticos seguros, de buenas prácticas de manufactura, clínicamente probados, reduciendo su potencial psicoactivo y, de hecho, reduciendo su potencial adictivo. Finalmente, se debe regular y restringir su expendio, como sucedió el siglo pasado con el tabaco en algunos países europeos al restringir su venta solo a personas mayores de edad en tabaquerías. Algo similar sucedió con el alcohol en Colombia en el siglo XIX, cuando se acabó con los alambiques[10] populares y el Estado adoptó la producción de los licores, prohibieron las técnicas artesanales y elevaron las penas para la fabricación, tráfico y expendio, e instó al consumidor al tratamiento, mediante políticas bien trazadas como se explicará en el capítulo titulado “La Prevención”. Sin incurrir en el error de generar estados cantineros y expendedores de drogas, estos mercados los deben tener terceros civiles, regulados desde los insumos, la fabricación, expendio, porte y consumo, eso sí, solo sobre ciertas sustancias y solo a mayores de 25 años.

Aunque hemos visto que la prohibición de las drogas tiende a bajar su consumo, en realidad aumenta el daño social por encarcelamiento, tráfico, microtráfico, delitos asociados al consumo y al expendio y, de hecho, afecta el gasto público, puesto que aumentan los costos judiciales al elevarse el número de presos (Procuraduría General de la Nación, 2014). Por ello es necesario restringir completamente su uso en la población joven, sin criminalizar al consumidor, pero sí penalizando el consumo en menores de 25 años, dado que el cerebro no se termina de desarrollar sino hasta esa edad, lo cual hace a esta población completamente vulnerable y proclive a desarrollar trastornos adictivos y de personalidad por el consumo prematuro.  

Para lograr la penalización del consumo en personas menores de 25 años se propone un modelo de contravención normativa. En este modelo, la primera vez que la persona menor de 25 años sea sorprendida en consumo se realizará una amonestación en privado; la segunda vez, será amonestación pública, a nivel familia y reporte al colegio o universidad en caso de ser estudiante; y, la tercera vez, señalará la obligatoriedad de asumir un tratamiento, obviamente, mediante prueba toxicológica que determine que se trata de un consumidor y no de un expendedor ilegal.

De especial cuidado es el caso del personal médico, el cual debe ser muy cauteloso en la formulación en poblaciones jóvenes de anfetamínicos como la ritalina, de analgésicos, sobre todo opioides, y ansiolíticos como el lorazepam, diazepam, alprazolam y clonazepam entre otros, que no solo pueden generar dependencias llamadas iatrogénicas[11], sino también aquellas fácilmente producidas en adultos. De no ser estrictamente formulados por personal sumamente calificado ―bajo el protocolo internacional definido como el mínimo funcional de economía farmacológica, esto es, el mínimo tiempo posible, la menor dosificación efectiva y la menor potencia medicamentosa viable― se podrían presentar complicaciones futuras. Por esto, han sido muchos los casos, incluso de estrellas de cine y música, que han fallecido por los embates del consumo de estas sustancias, principalmente por la sobreformulación, la automedicación y la desobediencia a la formulación.

Es importante resaltar que todas las sustancias psicoactivas, sean adictivas o no, tienen efectos primarios no deseados y también, secundarios o indeseados; por esta razón es necesario evaluar muy bien la necesidad del medicamento y realizar un seguimiento. De igual manera, es importante que las personas atiendan los consejos de sus médicos tratantes, pues los problemas generalmente inician cuando se hace caso omiso de las directrices médicas y se continúa su uso. En efecto, todo uso no formulado constituye per se un abuso, lo cual es riesgoso y perjudicial.

Todas estas sustancias y sus consumos deben ser estudiados desde el origen de la legalidad, dejando mitos y tabúes para regular y normalizar estrictamente su producción y consumo. Si no se inicia hoy desde el conocimiento objetivo del tema será muy difícil contener la marejada del consumo.

 

LA ADICCIÓN COMO ENFERMEDAD

Debido a que el tema de las adicciones ha sido satanizado y, básicamente, constituye una materia prohibida, la información clínica sobre las mismas fue muy escasa y de poco interés hasta finales del siglo pasado. Durante las últimas décadas, la ciencia ha puesto sus ojos sobre esta área lo que ha generado grandes avances en el estudio de los trastornos adictivos.

Actualmente, la medicina se ha esforzado por entender las adicciones y el consumo de sustancias psicoactivas, así como también los trastornos de la personalidad ocasionados por estas mismas. La salud mental se ha regido a nivel mundial por los manuales de diagnóstico clínico realizados tanto por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como por la Asociación Americana de Psiquiatría (APA, por sus siglas en inglés). Los manuales clínicos utilizados por la medicina a nivel mundial, para determinar cualquier tipo de enfermedad, incluyen las adicciones y los trastornos mentales. Los más utilizados son el manual de Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE)[12] y el Manual Diagnóstico y Estadístico de Desórdenes Mentales (DSM-V)[13], producidos por la OMS (2018) y la APA (2014) respectivamente, asociaciones ampliamente reconocidas en todo mundo.

Hoy por hoy, sobre el consumo de drogas existen estudios y diagnósticos relativos a los trastornos asociados al consumo de sustancias; aun así, falta un gran impulso. Se requiere de la consolidación de un capítulo completo en salud mental que incluya todos los trastornos adictivos tanto químicos como no químicos, y también las llamadas patologías duales[14], pues en la actualidad se estima que más de 350 millones de personas en el mundo padecen de adicciones. Esta cifra fácilmente se duplicaría si se incluye el tabaco.

La estandarización y categorización de los trastornos adictivos que, al tenor de la ciencia del siglo XXI, son en definitiva una enfermedad de la que se ocupa este escrito, son ya definidos en el CIE–11 (OMS, 2018)[15]. Por consiguiente, este texto se apoya en los estudios de muchos autores que así lo intuyeron desde hace décadas como el Dr. Magnus Huss[16]. Estos definieron científicamente los trastornos adictivos como una enfermedad, con un importante componente cerebral, incluido solo hasta hace unos pocos años, gracias a los estudios psiquiátricos y científicos de la Dra. Nora Volkow[17] en los Estados Unidos. Su trabajo ha sido fundamental para demostrar que la drogadicción es una enfermedad del cerebro humano. Además, ha sido pionera en el uso de imágenes del cerebro[18] para investigar los efectos tóxicos de las drogas y sus propiedades adictivas (National Institute of Drug Abuse [NIDA], 2014, párrafo 2).

Como se expondrá más adelante, si se aprueba un uso recreativo ha de ser de sustancias seguras, procesadas, estudiadas y elaboradas profesionalmente; no realizadas empíricamente en oscuros garajes o en medio de selvas tropicales. Esto, con el fin de llegar a una nueva generación de smart drugs[19] de un impacto negativo menor. Su uso deberá ser únicamente para personas mayores, y contar con políticas de prevención y tratamiento coherentes y efectivas como las que propondremos en el aparte respectivo, pues entre más ilegal sea la sustancia y dudosa su fabricación, más insegura y riesgosa se hará.

Después del levantamiento de la Ley Volstead, William Grifith Willson[20], conocido por su sobrenombre Bill W., fue el primer norteamericano en sugerir que el alcoholismo era una enfermedad, en contra de lo que afirmaban muchos puritanos, quienes lo consideraban algo diabólico. Asimismo, argumentos apoyados en las investigaciones de Elvin Morton Jellinek [21] en torno al alcohol, afirmaban lo dicho previamente por el Doctor Magnus Huss, quien acuñó el término alcoholismo y sustentó que el comportamiento de beber compulsivamente sí era una enfermedad (Freixa, 2002, p. 135).

El alcoholismo –que visto desde el aspecto espiritual– es una gula por embriaguez que afecta la voluntad, fue por mucho tiempo entendido como una enfermedad del alma. Por aquel entonces, cuando el recurso científico era muy precario, los enfermos solo tenían el camino espiritual como salida. El programa de Alcohólicos Anónimos (AA)[22] se basa en lo desarrollado desde la Oración de la Serenidad compuesta por Reinhold Niebuhr[23] y, sin duda, fue prácticamente el único tratamiento con alguna efectividad durante el siglo pasado[24].

Bill. W. (fundador de los Alcohólicos Anónimos) fue el primero en divulgar, en siglos recientes en América, el alcoholismo como una enfermedad. Si bien, no todo el que consume alcohol es un alcohólico, tampoco todo el que consume drogas es un adicto. Aún hoy esa discusión prosigue en algunos sectores que pretenden desconocer las investigaciones científicas que relacionan las adicciones con el funcionamiento del cerebro, como las realizadas por la doctora Nora Volkow. En ellas, Volkow comprueba que la adicción tiene un componente a nivel cerebral que altera la comunicación en las neuronas e interfiere en su funcionamiento y que, además, involucra el circuito del placer, lo cual incide en el desarrollo de la adicción (Volkow, 2014, p.18).

Actualmente no se habla únicamente de adicciones hacia las drogas, sino también hacia la búsqueda de placeres compulsivos, lo que se define como adicciones no químicas. El mismo Sigmund Freud[25] estableció que el placer no sano puede hacerle daño a quien lo busca e igualmente a un tercero; además, es irracional o un placer frenético o ‘loco’. Son los placeres irracionales que agregamos los que terminan por ser crueles y egoístas, los cuales muchas veces derivan en ansiedades y displaceres[26] que anteceden a la búsqueda de placeres costosos e ilegítimos, como los que producen las drogas (Deniker, 1988; Mitchell & Black, 1995).

En este orden de ideas, proponemos desde una minuciosa investigación académica, teórica y práctica en centenares de padecientes algunos de los fundamentos sobre las adicciones que surgen de nuestra práctica en la Fundación Función Futuro, todo esto con el fin de lograr una mayor comprensión sobre la enfermedad de la adicción, en beneficio de la sociedad, de las familias y de los individuos en general. Estos son los siguientes:

Proponemos que la adicción es una enfermedad degenerativa, la cual afecta la conducta (Jaramillo, 2015) y la biología del cerebro humano (Volkow, 2014, pp. 19-20). La adicción tiene incidencias tanto biológicas, psicológicas, sociales como espirituales. La incidencia biológica hace referencia a lo orgánico, ya sea a nivel neurofisiológico o genético, más el daño causado al organismo. También se relaciona con la personalidad y la identidad. La enfermedad además tiene repercusiones sociales en la persona y genera un desajuste psicosocial en ella. Por último, se evidencia cómo la enfermedad va desajustando el área espiritual de la persona, lo que se refleja en un detrimento de sus valores y de su voluntad.

La adicción es una enfermedad que se manifiesta con síntomas, características y consecuencias específicas, que involucra el temperamento, el carácter, el poder personal y todas las áreas de desarrollo del ser. La enfermedad actúa sobre las esferas socioafectivas y familiares de la persona, debido a impulsos irracionales producidos desde la afectación sobre el pensamiento, la emoción y el afecto. Es importante entender que esta enfermedad se desarrolla como un desorden patológico, que lleva a la persona a una práctica compulsiva y autodestructiva de determinados comportamientos o sustancias. Ya que la adicción es una enfermedad que genera placer ―a expensas de los diversos valores y la integridad del individuo― se produce dolor, culpa, temor y otras emociones desagradables y de difícil manejo que pueden terminar por generar trastornos de personalidad en el enfermo.

 Es indispensable partir del entendimiento de que la adicción debe ser considerada como una enfermedad primaria, crónica y progresiva[27], que en los casos más avanzados actúa como precursora y productora de alteraciones severas de la conducta. No obstante, algunos sectores la cataloguen como una enfermedad primaria, esta puede ser inducida por trastornos de la personalidad y otros problemas psiquiátricos, tales como la bipolaridad y la esquizofrenia. Esto nos muestra que los desórdenes de la personalidad son desencadenantes de la adicción pues producen inestabilidad y desajuste interior, lo que conlleva el deterioro de la vida de la persona y las prácticas por evitación y por sentir un aparente bienestar pasajero con el consumo o práctica, lo cual termina siendo autodestructivo.

Vemos aquí un común denominador: el abuso de sustancias dado por comportamientos impulsivos que involucran la búsqueda de placer, poniendo la propia vida y la de terceros en riesgo. De esta manera, la enfermedad llega en muchos casos a ser producida por otros trastornos psicológicos o, como en el caso del adicto genético, basta el uso frecuente para contraerla. De hecho, es productora de malestares secundarios graves en el ámbito comportamental, biológico, psíquico, espiritual y social del enfermo y, si no es tratada a tiempo, conduce a la persona a situaciones bizarras y autodestructivas que fomentan el dolor y la culpa, y a un enorme proceso de desadaptación y marginamiento social.

La adicción es una enfermedad crónica por ser incurable. La única manera de detener su avance es mediante el logro de la abstinencia, un proceso productivo de esquemas de afrontamiento sanos ―autonomía, autoestima y autocontrol, principalmente―, y la conversión de antivalores en valores. Se ha visto que, en la mayoría de los casos es necesario efectuar un tratamiento integral terapéutico interdisciplinario adecuado y personalizado, con el fin de encontrar la recuperación integral del individuo. Este tipo de tratamientos resulta ser de gran eficacia, pues mediante el encapsulamiento de los síntomas, el adicto aprende a construir esquemas de afrontamiento de su enfermedad, lo cual lo ayudará a tomar control sobre esta y a mejorar su calidad de vida.

La adicción se entiende como una enfermedad progresiva, puesto que los síntomas aumentan con el paso del tiempo. Por lo tanto, no asumir la vía de la recuperación inexorablemente conlleva al paciente al marginamiento: a las clínicas psiquiátricas, a las cárceles, a la enfermedad mental y física, a las calles e incluso, a la muerte. En un sondeo realizado en la Fundación Función Futuro (2017), se ha demostrado que los tratamientos de rehabilitación y prevención de adicciones basados en un enfoque integral, son los más adecuados, puesto que abordan simultáneamente la contención de síntomas en cada uno de los campos de acción de la enfermedad; esto conduce a la persona no solo a entender, sino a afrontar y resolver los síntomas particulares de su enfermedad.

Se considera la enfermedad adictiva como un aberrante de la conducta. Esto debido a que el consumo y la práctica alteran la personalidad, afectan el temperamento, la capacidad de un individuo para relacionarse consigo mismo y con sus entornos; asimismo, desvían el sentido de vida a causa de la distorsión en la percepción y la extrema reactividad. Es importante mencionar que la capacidad de decisión del adicto se ve afectada hasta deteriorar, también, su carácter y voluntad. Por consiguiente, la enfermedad lleva a la persona a actuar en contra de sus principios y, como consecuencia de ello, a la erosión paulatina de la autoestima, la autonomía y el autocontrol, entre otros esquemas de afrontamiento de sus realidades existenciales.

La adicción, como enfermedad autodestructiva, ataca las diferentes áreas de la vida de la persona, por ejemplo: el área biológica, la cognitiva, la emocional, la laboral o académica, la socio-afectiva, la sexual, la económica y la espiritual. Esto nos muestra que la personalidad también se ve impactada; se generan cambios en el afecto, el carácter, el comportamiento y en el temperamento del adicto, quien se desvía de sus parámetros éticos y morales. El consumo suele llegar a convertirse en un poder superior a la persona misma; quien llega a abandonar sus propósitos de supervivencia y trascendencia. Por esta razón, e impulsado por su enfermedad, el adicto pierde su capacidad de elección y renuncia a sus responsabilidades, prioridades, principios y valores.

 

HACIA UNA COMPRENSIÓN SOBRE LA ADICCIÓN

¿Qué entendemos por adicción?

La adicción es una de las enfermedades más antiguas que se conocen, como se ha señalado. En la antigua Grecia la denominaban enofilia para el caso del alcohol. En aquella época eran muy conocidas las bacanales, fiestas dedicadas al dios Baco[28], las que más adelante adoptaron con creces en la época del Imperio Romano. En estas celebraciones se consumía hasta la embriaguez; en la práctica, un consumo abusivo. Esto muestra cómo desde el inicio de la civilización, algunas personas con determinadas predisposiciones en el ámbito neurofisiológico y predisponentes psicológicos empezaron a actuar compulsivamente para encontrar placer fácil.

El costo de obtener placer momentáneo resulta ser muy alto, pues solo genera un dolor posterior mucho más grande del que se pretendía mitigar o evitar anteriormente. Así, con la excitación del circuito del placer, el cerebro elabora conexiones rápidas para obtener dopamina[29], lo cual conlleva a sobreestimular su producción. Esta estimulación excesiva crea la necesidad, consciente o inconsciente, de repetir el estímulo una y otra vez, lo cual incrementa la enfermedad. De esta manera, se genera un gran deterioro en la persona que logra afectar sus círculos cercanos. La persona obtiene una sensación de ‘estar realizada’, pero es una sensación ficticia, química, producida por un bombardeo de neurotransmisores en el cerebro, que termina por absorber a la persona hasta el grado de vivir por y para consumir.

El término adicción[30] proviene del latín addictio, que significa “adjudicación por sentencia” (Diccionario de la Lengua Española [DLE], 2020). Este no se refiere únicamente al consumo de sustancias psicoactivas. Aun cuando no todas las conductas que son adictivas están reconocidas como tal, la adicción abarca todo tipo de conductas compulsivas, como la compulsión hacia el juego de apuestas (ludopatía), las compras, el sexo (libidopatía)[31], las amistades, las personas y los amores (filopatía)[32], las situaciones de alto riesgo como los deportes extremos, la Internet, el trabajo, el ejercicio físico (vigorexia), el estrés, entre algunas otras conductas que inician por una mecánica de placer rápido, que absorben al padeciente y terminan por generar sufrimiento. De allí la raíz etimológica patía, que viene del griego páthos, o “sufrimiento” (DECEL, 2020a).

Algunos especialistas consideran muy afines a las adicciones los trastornos de alimentación como la bulimia, la anorexia y la ortorexia, debido al sufrimiento que se expresa en su abstinencia, el desenfreno mientras la enfermedad está activa, y la consecuencia de determinada práctica obsesiva: la culpa y el dolor. Además, son prácticamente las mismas regiones cerebrales las que se ven afectadas en este tipo de enfermedades y terminan por ser desórdenes graves (altamente discapacitantes) en la conectividad de las redes neuronales.

Por rasgos generales, todas las adicciones, los trastornos alimentarios y de personalidad son desórdenes y enfermedades de la conducta[33] que son afines en sus connotaciones psicológicas; lo único que varía es la sustancia o comportamiento[34] autodestructivo de preferencia. Según sea su poder adictivo, el daño orgánico causado y el desajuste en la personalidad, se marca la fase adictiva del enfermo. En suma, son adhesiones a la conducta[35] que producen sufrimiento y fenómenos indeseados de síndromes de abstinencia y de consecuencia, que estimulan de un modo anómalo la mecánica del placer en la secreción de neurotransmisores ―los cuales producen sensaciones agradables―, y la conectividad entre neuronas y redes cerebrales.

Se ha demostrado, por ejemplo, que ganar en un juego de Black Jack o en el momento de un orgasmo, el cuerpo libera las mismas sustancias y estimula casi los mismos centros cerebrales que en el caso de la ingesta de los cocaináceos o de la práctica exitosa de otros comportamientos.

Vale la pena agregar que, el término adicción es un neologismo relativamente reciente para definir aquellas conductas que se adhieren a un comportamiento. La palabra adicción no fue usada en los manuales de diagnóstico y no es aceptada por algunos sectores, pero seguiremos utilizándolo, ya que mucho se ha confundido las toxicomanías[36], farmacodependencias, drogodependencias y dependencias químicas y no químicas, con algunos términos usados incorrectamente por los mismos comités de expertos de la OMS. Las adicciones, dependencias, abusos, consumos perjudiciales y otras patologías no se deben agrupar bajo la misma clasificación como lo estipulan los manuales del CIE y del DSM, en sus últimas versiones, bajo el título Desórdenes o Trastornos Adictivos.

A menudo se considera la adicción como una minusvalía moral, sin serlo; aun cuando llega a producirla. Es una enfermedad, como cualquier otra, que puede atacar a cualquier persona sin hacer ningún tipo de distinción social, intelectual, moral, de edad, de raza o credo. Técnicamente, bien forma parte de los trastornos mentales y del comportamiento de índole obsesivo-compulsivo en donde, a través del desarrollo de cierta acción, se busca aliviar la tensión, la ansiedad, la agonía emocional causados por los efectos de las sensaciones negativas que genera en el cuerpo la privación de la sustancia (ver neurobiología de las adicciones, teoría del doble refuerzo). Igualmente, bien podría formar parte de los desórdenes del control de los impulsos y las manías. Sin embargo, es muy específica y debe ser considerada como un capítulo aparte, ya que siempre involucra el circuito del placer.

Aunque los manuales de diagnóstico clínico no contemplan todavía la adicción en su real dimensión, nuestra experiencia en el tratamiento de cientos de adictos y el conocimiento a fondo de la enfermedad, nos lleva a concluir que en un 90 por ciento de esta población hay un doble diagnóstico por rasgos e implicaciones mentales, familiares y sociales. Esto afecta, a su vez, los niveles de inteligencia emocional, social, afectiva y espiritual y, por consiguiente, la conciencia del individuo de sí mismo, de sus entornos y de Dios.

 

Terminología para la comprensión

El estudio sobre el consumo de sustancias nos ha llevado a la adopción de palabras de otras disciplinas médicas o sociales, y a la creación de algunos términos. Tal es el caso del Kindling, el Craving y el Bonding.

Aunque los comportamientos adictivos son muy antiguos, como lo hemos expuesto a lo largo de esta parte, el altísimo potencial destructivo y adictivo que tienen las sustancias psicoactivas se ha incrementado con el paso del tiempo. Hay personas con mayor kindling adictivo que otras, es decir, son más propensas a desarrollar adicciones. Esto se define por su genotipo o predisposición genética. Aunque también son de gran influencia a la hora de desarrollar un trastorno adictivo la predisposición psicológica o el psicotipo; y, el biotipo, que implica la existencia de razas y géneros más proclives a ciertas sustancias que a otras.

El kindling adictivo es la vulnerabilidad de una persona ante una sustancia. Este puede ser heredado o transmitido por vía genética, ya que este gen puede estar en el ADN de una persona, haciéndola más vulnerable a contraer la enfermedad. Este es un término usado con frecuencia tanto en neurología como en psiquiatría. En neurología “es la tendencia de algunas partes del cerebro a reaccionar a la estimulación bioeléctrica repetida de bajo nivel, mediante el aumento progresivo de las descargas sinápticas, lo que reduce los umbrales convulsivos” (Segen, 1992).

En psiquiatría, el término hace referencia a “un aumento en la susceptibilidad al suicidio u otras formas de descompensación mental atadas al estrés recurrente” (Breskin, Dumith, Pearsons & Seeman, 2007). En suma, al kindling adictivo lo establecemos como un factor desconocido en cada quien, para desarrollar la enfermedad según sea el poder adictivo de la sustancia; es decir, este es un precursor o una sensibilidad neurobiológica para desarrollar el componente de la adicción a nivel cerebral.

El bonding viene del verbo pegar en inglés: bond. Este hace referencia el potencial adictivo de la sustancia o conducta, es decir, la fuerza que este tiene para adherir a la persona al consumo de dicha sustancia. Las drogas tienen potenciales psicoactivos diferentes al potencial adictivo. Por ejemplo, la nicotina tiene poco potencial psicoactivo y muy fuerte potencial adictivo, de manera tal que no es por lo dramático del efecto que establecemos el bonding de una sustancia.

Un aspecto de vital comprensión es el massive thinking, el cual es el pensamiento intrusivo de repetir la práctica que de manera indeseada va apoderándose de la mente del padeciente; es decir, el deseo cerebral inconsciente que extrapola al consciente. Otro aspecto es la apetenci o el deseo emocional involuntario o craving. Por último, si el adicto toma la decisión de consumir nuevamente se desarrolla la fase del searching o búsqueda, en la que la persona siente la compulsión de consumo.

Asimismo, son importantes los síndromes de abstinencia y de consecuencia, a los cuales nos referimos frecuentemente. Por un lado, el síndrome de abstinencia es el conjunto de sensaciones físicas, sicológicas y neuronales desagradables e indeseadas que instan al adicto a retomar obsesiva y compulsivamente el consumo o conducta, pues sin estos actos se siente vacío, sin vida[37]; es causa de sufrimiento en la persona. Por otro lado, el síndrome de consecuencia está representado por todos aquellos fenómenos que suceden luego de la faena adictiva: sentimientos de culpa, minusvalía, dolor, miedo, zozobra, ira y paranoia. Con una nueva sobreexcitación del sistema límbico[38] y del circuito dopaminérgico o circuito del placer, estos fenómenos de descompensación y desequilibrio pretenden ser suprimidos y evadidos una vez más a través de una nueva descarga de placer.

 

DESARROLLO DEL TRASTORNO ADICTIVO

 Destacamos que ninguna persona decide ser adicta. Una vez comienza este suceso indeseado o accidente cerebral, surgen los pensamientos intrusivos de consumo cada vez más frecuentes y masivos (massive thinking), los cuales, además, son de gran influencia a la hora de desarrollar un trastorno adictivo, pues se hacen cada vez más recurrentes e intensos y conllevan a las apetencias. A estos pensamientos los hemos nominado pensamientos masivos, por la forma en que se van haciendo más profundos en la persona. Los pensamientos intrusivos o invasivos funcionan en el adicto como un precursor del craving. La palabra craving viene del inglés “antojo”. En nuestro caso un antojo o un capricho, cuya satisfacción se vuelve lo primordial en el diario vivir de la persona, cada vez con un mayor frenesí para repetir el acto o ritual adictivo.

De esta forma, la adicción termina apoderándose de la capacidad de elección de la persona, alterando su personalidad y modificando algunas funciones cerebrales, entre ellas, la conectividad entre las neuronas, lo que ayuda a dictaminar la frecuencia e intensidad de las prácticas adictivas. Una vez se pierde el autocontrol debido a una práctica adictiva es muy difícil recuperarlo. El único modo de detener su avance es con la abstinencia y desde este gran esfuerzo desarrollar un proceso de neuroplasticidad cerebral y la capacidad que tiene nuestro cerebro de reconectarse y repararse a sí mismo, gracias a la generación de nuevas conexiones y olvidar las antiguas.

La enfermad adictiva interfiere directamente sobre ciertos circuitos cerebrales alterándolos en su proceso de captación de placer y en el equilibrio de la segregación de algunos neurotransmisores (González y Matute 2013, p. 9). En efecto, no solo existe el daño que hacen las drogas a nivel de desadaptación neuronal e intoxicación, por esta razón el daño tiende a ser mayor en las adiciones químicas. Aun así, en adicciones no químicas se denota una fuerte dependencia generada por la adaptación y la desadaptación, lo cual también genera problemas de conectividad en las neuronas, los circuitos y los sistemas cerebrales. En resumen, se trata de un desorden en el circuito de recompensas, es decir: que el preadicto y el adicto quieren la recompensa sin el esfuerzo. De esta manera, la búsqueda de placer resulta en el consumo o la práctica; un peligroso atajo para obtener el estímulo de placer rápido y fácil, sin mucho esfuerzo.

En consecuencia, la mente del individuo se altera por la presencia del fenómeno obsesivo-compulsivo, por la práctica del hábito adictivo o por la presencia de fenómenos indeseados de síndromes de abstinencia y consecuencia. Todo ello ahonda el sufrimiento personal y familiar, e insta a la repetición de un nuevo ciclo en la persona adicta. Además de esto, en los casos más analizados se fractura la identidad (yo) del individuo que genera una escisión del yo inducida por el consumo, lo cual termina por desvanecer la personalidad.

En muchas ocasiones la adicción ha sido confundida con problemas de formación o con desviaciones sociales. Esta es una enfermedad con componentes neurofisiológicos, de entorno social, psicológicos, biológicos y también espirituales, que amerita de una respuesta terapéutica coherente, interdisciplinaria y específica tanto en su prevención como en el tratamiento. Si bien muchas adicciones inician por vicios o excesos, el núcleo primordial es un desajuste cerebral, el cual sucede sin previo aviso, dependiendo del poder adictivo de la sustancia (bonding) versus la vulnerabilidad de la persona (kindling).

Actualmente se han aislado genes en la cadena del ADN, identificado marcadores comprometidos con ella (Fonseca, 2017, pp. 22-28), y se conocen las reacciones neurofisiológicas anormales de algunas sustancias cerebrales que, en los adictos, no responden de igual modo a como lo hacen en las personas sin la enfermedad adictiva. Por esta razón, el adicto no es responsable de padecer su enfermedad, aun cuando en muchos casos esta se inicie por malos hábitos. Sin embargo, el enfermo tiene plena responsabilidad de saber pedir ayuda para resolver su situación de consumo.

El organismo de un adicto no responde de la misma manera que el de un no adicto ante la ingesta de una sustancia o práctica adictiva. Por esta razón se llegó a pensar, en el caso de los alcohólicos, que estos tenían algún tipo de alergia. Esto fue postulado hace ya casi cien años por el fundador de los Alcohólicos Anónimos, Bill W., a quien nos hemos referido previamente. Hoy sabemos con plena certeza, gracias a las investigaciones con tomografías por emisión de positrones del cerebro de la psiquiatra Nora Volkow, que la adicción no es una decisión personal y es, más bien, un accidente cerebral que repercute en muchos procedimientos cerebrales como en la secreción de neurotransmisores que, “al ser afectados por la neurotoxicidad de las sustancias, comprometen las conexiones entre neuronas” (Volkow, 2014, p. 17).

Tal interpretación tiene algo de sentido si se toma la reacción del organismo a nivel neurológico y psicológico, y no como una respuesta física de índole virulenta ante el consumo del tóxico o la excitación extrema. En otras palabras, la reacción de un alcohólico o del adicto en general no es virulenta, pero sí desencadena un proceso anómalo y reactivo que, en determinadas personas y por factores biológicos o endógenos, activa procesos que son muy diferentes de los experimentados por una persona sana. En un adicto, tras la primera dosis, se desencadena una reacción electroquímica en el cerebro que ocasiona una serie de fenómenos de turbulencia en la conectividad cerebral[39] que afecta terriblemente el pensamiento, la emoción y el afecto. Esto genera que el adicto finalice no por sentir placer al consumir, sino por la necesidad de otra dosis. Adicionalmente, enfrenta al adicto a la pérdida de control sobre sí mismo, a la ausencia de poder personal ante el poder adictivo de la conducta y al síndrome de abstinencia. Esto lo explicaremos, científica y detalladamente, más adelante desde un análisis objetivo de los que describen los mismos padecientes en el primer y segundo paso de los Alcohólicos Anónimos, la insensatez, la impotencia y la ingobernabilidad[40].

El cerebro de un adicto no está en capacidad de asimilar o de equilibrar la intensidad emocional producida por los químicos cerebrales liberados o inhibidos tras la práctica adictiva. Por esta razón, el adicto pierde el equilibrio mental, lo que empieza afectar su vida diaria. El adicto no es culpable de padecer esta reacción. Es una cuestión orgánica que funciona de una manera bastante similar a lo que sucede con un diabético tras la ingesta del azúcar: su organismo no la tolera y reacciona de una manera completamente diferente a la de un organismo normal.

En el caso del organismo adicto se crea, de manera contradictoria, la necesidad de consumir o practicar nuevamente aquello que lo ha perjudicado. Se presentan los deseos ‘indeseados’, producto de la sed cerebral que busca el estímulo de forma consciente e inconsciente para inundar el cerebro de determinado neurotransmisor, en asociación con la dopamina, según sea la adicción específica. Recordemos que el craving es el fenómeno de deseos o apetencias espontáneas e intrusivas, las cuales no son intensiones de consumo, ni de búsqueda de la sustancia. Entre más avanza la enfermedad el doing (descarga), que es el estímulo neto del comportamiento, aumenta en intensidad. Sin embargo, se reduce el tiempo de placer, causando como efecto rebote la neurodesadaptación de la persona.

Para los adictos, satisfacer el deseo de consumo se vuelve su principal motivo de vida. El adicto casi siempre defiende la enfermedad adictiva a cualquier precio de una manera netamente irracional, pues ha perdido el sano juicio y la capacidad de elección entre practicar la conducta adictiva o no hacerlo. La esclavitud indeseada hacia la práctica compulsiva genera sufrimiento a la persona puesto que, de forma contradictoria e indeseada, se reinicia debido a una fuerte pulsión interna por realizar nuevamente la práctica; esto trae como consecuencia el pesado yugo de la adicción.

Desde el deseo descontrolado de comprar objetos, pasando por la comida compulsiva, las obsesiones sexuales de placer, hasta las líneas de cocaína, las drogas de diseño, las pastillas, el juego y la heroína, entre otras, todos comparten un principio de hacer sentir bien a las personas mediante descargas eufóricas de bienestar súbito. Pero este placer no es más que una ilusión; con el transcurrir del tiempo generan dolor, temor y culpa que van en aumento, así como también lo hace el intervalo autodestructivo. Durante los periodos siguientes el individuo asocia los efectos a la fase de consumo inicial denominada ‘luna de miel’[41], y no a los nefastos resultados de las fases posteriores que surgen en la etapa precontemplativa, se refuerzan en la contemplativa y quedan de por vida.

Como ya se ha dicho, no es adicto todo aquel que consume sustancias o practica esporádicamente determinadas conductas que generan placer. Por lo tanto, un adicto es quien busca practicar esto de forma obsesiva, así como también quien la practica de una manera indeseada y compulsiva, transgrediendo sus propios principios éticos y morales. De esta manera, el adicto se afecta a sí mismo y a los demás. El inicio de las prácticas de conductas adictivas es similar a cruzar un campo minado o jugar a la ruleta rusa. Quizás no estalle una mina o se dispare una bala en ese intento, pero lo más coherente es no seguir haciéndolo, pues si se sigue en este peligroso juego de azar en algún momento se disparará la bala. Iniciar o continuar prácticas adictivas es muy arriesgado, porque se avanza sin saber si se tiene el componente genético de la enfermedad; si no se tiene, continuar puede despertar la adicción por abuso.

El rigor mental de consumir o practicar inicia su proceso tal como la práctica de una costumbre. Este hábito empieza a absorber las unidades de atención, acción, e intención del individuo hasta que este vive por y para practicar su adicción, atropellando a su paso sus valores afectivos, emocionales, espirituales, intelectuales, morales y materiales. El adicto llega a ser estigmatizado socialmente e inhabilitado académica y laboralmente, dedicando la mayor parte de su vida a su adicción activa, ya que la alteración en el drive[42] es muy significativa.

Unas adicciones inician por evadir la realidad, algunas por estrés social, por presión de grupo, otras por lo que hoy se entiende como la teoría de la automedicación inconsciente[43] y otras más por simple curiosidad o atracción por la novedad. Cuando se repiten determinadas acciones se genera el hábito y se marca la conexión al placer determinado. Esto activa el componente biológico; en el caso del adicto genético, basta solo la exposición no muy prolongada al estímulo para detonar la enfermedad. Para hacerse adicto no solo se necesita de un componente genético que predisponga a la persona a contraer la enfermedad, se requiere también de un contacto no necesariamente prolongado con la práctica adictiva, de factores medioambientales, de una hipersensibilidad emocional y de la distorsión en el autoconcepto hacia la autodevaluación o hacia la sobrevaloración omnipotente de sí mismo.

 

Una analogía para comprender la adicción

Para un mayor entendimiento de este fenómeno se utilizará la analogía de la montaña de nieve, la zanja y el trineo. El cerebro es la montaña de nieve, el hábito es la calle o zanja que labra el trineo al bajar, cuando esta se hace profunda es la dependencia y el peso del trineo es el poder adictivo de la sustancia. La nieve dura es un cerebro resistente a contraer la adición; la nieve suave es un cerebro sensible ante el poder adictivo de la sustancia. Así pues, entre más pesado el trineo, más fácil labra la calle o la zanja, de tanto pasar y pasar se hace una callejuela tan profunda que queda atrapado y no pude salir de esta. Según sea el potencial adictivo de la sustancia, la persona más difícilmente puede salirse del hábito; solo por el establecimiento de una nueva conexión puede salir de allí, esto constituye un proceso de adaptación cerebral a la abstinencia (neuroplasticidad cerebral).

La dureza de la nieve es la resistencia del individuo según sea su fenotipo conductual (características genéticas, psicológicas y biológicas). Unos resisten, otros no tanto. Por último, la inclinación de la cuesta, que es el potencial psicoactivo, según sea su efecto de crear en la persona percepciones y sensaciones distorsionadas. Por causa del declive se pierde el control. Incluso, hemos visto varios casos en que por una psicosis secundaria al consumo cesa la dependencia, pero queda la lesión grave, muchas veces permanente. Nótese que también está presente el potencial clínico de las sustancias que, bien usadas y debidamente formuladas por el médico ―y obedientemente seguidas por el paciente―, definitivamente mejoran la calidad de vida. Así se constituye la terapia psicofarmacológica como un buen apoyo al tratamiento y recuperación de la persona.

 

DESARROLLO DE LA ENFERMEDAD SEGÚN EL MODELO FUNCIÓN FUTURO

Thombs & Osborne en su libro Introduction to Addictive Behaviors (2019) exponen que las adicciones ―aun cuando existen acercamientos diversos tales como una minusvalía moral, la cumbre de comportamientos desadaptativos, una afectación espiritual y de los valores― son una enfermedad con marcadores genéticos y epigenéticos, y progresiva. En el Modelo Función Futuro para el desarrollo de la enfermedad (Diagrama 1) proponemos que la influencia del entorno solo germina en una actitud personal favorable y que, mediante el uso y el abuso se detona el componente neurofisiológico (A). Justamente, este es ‘el blanco’ de nuestras políticas de prevención, mediante la correcta información, la detección temprana, la intervención profesional adecuada, la promoción de valores y de inteligencias emocionales, sociales, afectivas y espirituales que nos brindan las herramientas de un buen programa moderno y actualizado. Esto es posible en procesos interdisciplinarios guiados por médicos, psiquiatras y consejeros muy preparados para tal fin.

 

 

 

 

 

 

 

 

Entre más avanza la ciencia más cerca se está de hallar una solución a la adicción. No obstante, al ser una enfermedad con fuertes componentes sociales, psicológicos y medioambientales necesita de atención interdisciplinaria para ser prevenida y tratada. Aunque se han desarrollado una gran variedad de medicamentos, como lo señalan los estudios realizados en la Fundación Función Futuro (2017), la mejor vía de recuperación se encuentra por medio de un tratamiento integral. Este debe ser de carácter psicodinámico y con un enfoque netamente cognitivo, acompañado de un camino espiritual y atención psicosocial. El tratamiento, en caso de ser necesario, debe ser ayudado por la terapia farmacológica bajo el principio de usar la menor cantidad posible de medicamento, en el menor tiempo. Sobre este aspecto haremos referencia en la Quinta Parte de este libro.

 

 

FACTORES ENDÓGENOS Y EXÓGENOS DE LA ADICCIÓN

Las adicciones no llegan solas. Son el resultado de un desajuste en la personalidad, así como de necesidades neuróticas no resueltas y afrontamientos inmaduros de la realidad (defensas). Una vez activa la enfermedad, no se deben pasar por alto el componte endógeno genético —que es el heredado— ni el componente neurofisiológico. Cuando el adicto inicia el consumo no puede parar; se obsesiona con ello, y lo planea secretamente. El consumo o la práctica recurrente es el síntoma más crítico de la enfermedad y está determinado tanto por factores endógenos como exógenos (Ortiz, 2008, p. 35).

En primer lugar, los factores endógenos son aquellos del interior de la persona adicta: su fisiología, sus pensamientos, personalidad, defensas, esquemas de afrontamiento y emociones. En segundo lugar, los factores exógenos son los hechos, las personas y las circunstancias que rodean al adicto y lo conducen a seguir con el desarrollo de la enfermedad. En realidad, el consumo es solo la punta del iceberg; detrás del consumo abusivo y dependiente existen mecanismos de defensa, necesidades neuróticas, ambivalencias y erosión en los esquemas de afrontamiento que se hacen muy similares en todas las adicciones. A continuación, ampliaremos ambos factores.

 

Factores endógenos

Los factores endógenos, previos al desarrollo pleno de la enfermedad, en el ámbito psicológico, tienen que ver con la reacción interna del individuo ante la percepción, reacción y relación con los entornos. Son de tres tipos: neurofisiológicos, biológicos o físicos y psicológicos, e incluso en algunos, espirituales, por la dislocación de los valores interiores.

De manera general algunos de ellos son: las ideologías a favor de las prácticas adictivas o apologías, la inmadurez emocional, la búsqueda de aceptación y de ser respetado por actos fuera de los límites establecidos, los problemas en la autoestima, complejos de inferioridad y sensaciones de no ser adecuado ante un grupo, sensaciones inadecuadas de grandiosidad, tendencia excesiva al aislamiento, ansiedades e insuficiencias en al autoconcepto y otras que describiremos más adelante. De igual manera, dentro de este grupo se encuentran problemas con la autonomía, la insuficiencia de poder personal ante la práctica adictiva, la posición individual ante las adversidades, la percepción acerca de lo placentero y de sus consecuencias, las dificultades para socializar y sus reacciones en los entornos afectivos y sociales en general. Es más, la adicción bien se puede desarrollar en individuos con tendencia al aislamiento, inestables en sus emociones o en jóvenes o personas con ansiedades sociales.

La adicción tiene un importante componente endógeno, de orden neurofisiológico representado por inadecuadas respuestas neuronales a las señales de algunos bioquímicos cerebrales segregados durante la ingesta de sustancias psicoactivas, ante la práctica de determinadas conductas o ante la ausencia (déficit) de algunos químicos cerebrales específicos, como se ha señalado antes. Estas respuestas inadecuadas de los procesos neurofisiológicos incitan al individuo afectado a la cíclica repetición de su hábito, lo que se ha llamado el efecto rebote, o efecto péndulo de la práctica adictiva (Ortiz, 2008, p. 36). Cuando se fuerza al organismo a segregar un determinado neurotransmisor, este crea en las horas o los días posteriores una reacción con un efecto generalmente contrario al que se desencadenó durante la práctica adictiva.

El efecto rebote se presenta cuando el cuerpo genera una sustancia que da placer mientras se suple la necesidad de consumo o práctica. Esta misma sustancia, tiempo después, desencadena una reacción asociada a sensaciones de dolor, de carencia y de vacío. Esta reacción aumenta la necesidad de consumir o practicar la conducta adictiva de predilección, pues se debe aliviar el dolor o las sensaciones incómodas de la abstinencia. Pero entonces, el ciclo se reinicia: habrá un dolor posterior que se querrá mitigar y una sensación de vacío cada vez mayor, según progresa la enfermedad. Esto lo explicaremos detalladamente en el capítulo Neurobiología de las Adicciones.

En síntesis, la alteración neurobiológica o endógena produce síntomas biológicos y psicológicos. Esta genera emociones desbordadas y descontroladas, sentimientos y sensaciones incómodas, fenómenos inesperados de apetencias o sed cerebral, y diversos fenómenos asociados a la ausencia o disminución de determinados químicos cerebrales durante la sinapsis, la anastomosis, la neurotransmisión, las conexiones entre los espacios intersinápticos y transneuronales[44].

En segundo lugar, tenemos el componente biológico o físico, que está relacionado con el genoma humano. Cada ser humano posee una herencia genética distinta, dentro de la cual es posible que haya predisposición a ser adicto (Kuhar, 2012, p. 101). Esto quiere decir, los genes hacen a ciertas personas más proclives a contraer la enfermedad que a otras. Sin embargo, también es posible que, por el abuso en determinada práctica, un individuo no propenso a la enfermedad termine por desarrollar dependencia y, por lo tanto, sus genes sean modificados (Ortiz, 2008, p. 37).

Este componente biológico está directamente involucrado en diversos sistemas orgánicos. Específicamente, los sistemas orgánicos del adicto tienen una secreción irregular de determinados neurotransmisores, hormonas, proteínas y algunos ácidos grasos encargados de proporcionar respuestas a los estímulos externos. Como consecuencia, el adicto tiene sensaciones de extremo placer mediante la segregación de dopamina[45], vértigo debido a la segregación de adrenalina y dolor, causado por irregularidades con las endorfinas, atención y concentración con algunas encefalinas, y en caso de los dependientes a personas, irregularidades con la oxitocina. De igual manera, en la adicción al juego se segrega acetilcolina de forma irregular.

En tercer lugar, tenemos el componente psicológico como factor endógeno, el cual enmarca al adicto activo dentro de determinados comportamientos anómalos y excesivos. Estos comportamientos son de tendencia autodestructiva e irracional: el adicto se hace daño a sí mismo generando dolor a las dinámicas individuales de su ser y a las esferas afectivas en las que está involucrado. De esta forma, el adicto carga reactivamente sus emociones; llega a comportarse de una manera automática, casi netamente instintiva y primaria, lo cual se refleja en la degradación de sus relaciones afectivas y en la pérdida de poder personal frente a la práctica adictiva (Ortiz, 2008, p. 37).

Por todo lo anterior, en la medida en que la enfermedad avanza se erosiona la ética personal; la fuerza de voluntad se disipa por las fracturas producidas por fuerzas interiores que pulsan hacia lados diferentes; la dignidad se quiebra por el rompimiento de lo moral; y, la libertad del ser se encamina, no hacia una libertad verdadera, sino hacia una prisión desintegradora del yo y de la propia identidad. La acción de la práctica adictiva se convierte en una evasión, parcial o total, del sí mismo o del mundo exterior.

En términos freudianos, son placeres egoístas, muy en contra del yo[46], desde el otro yo y contra el sí mismo (Freud, 2002); goces paganos que se hacen obsesivos, neuróticos y enfermizos. Su origen psicoanalítico estriba en dependencias simbióticas de madres, bien sea demasiado suficientes o insuficientes, como también de significados narcisos del sí mismo y de los entornos afectivos y materiales del pasado sin resolver. Todo esto, en un contraste profundo entre las habilidades imaginadas y las capacidades reales que rompen con el principio de realidad, avasallado por el principio del placer, lo cual genera una enorme brecha dentro del individuo (Freud, 1920; Freud, 2000).

Es importante tener en cuenta también las heridas por tensión parental hacia la madre y el estrés socio-afectivo de la infancia (Horney, 1937/1964; Jung, 1916/2002). Estos recuerdos del pasado se convierten en detonantes para contraer una adicción. De igual forma, la vulnerabilidad de la persona por bajos umbrales psicológicos de tolerancia adecuada ante el rechazo, la crítica, la vergüenza, la frustración, la traición, el abandono, el abuso, el hostigamiento y la agresión. Esto trae agonías y hemofilias emocionales no resueltas en la ruptura de ideales, dado los bajos poderes resolutivos del espontáneo narciso del adolescente humano en la ruptura de ideales, tanto personales, como familiares y sociales.

Usualmente, se inicia una práctica adictiva para poder socializar o ser parte de un grupo, suplir la sed de amor, poder sentir tranquilidad frente a las decisiones, o para sentir placer por medio de excesivos y nocivos gratificadores externos. El pretexto para estas y otras conductas es que esa es la manera de disfrutar la vida; se estimula al cuerpo, lo cual conlleva a la secreción de determinadas sustancias cerebrales. Esta actitud compulsiva va precedida de sentimientos de inestabilidad, dolor, miedo, vergüenza, tristeza, angustia y estrés que conducen finalmente a la autoconmiseración, a la ansiedad, a la obsesión y a la justificación de reiniciar el ritual de consumo o práctica.

En suma, por los factores endógenos referentes a sus componentes neurofisiológicos, genéticos y psicológicos, el adicto tiende a ser, desde antes de contraer la enfermedad, hipersensible al dolor, al placer y a tantos otros sentimientos y sensaciones tanto agradables como desagradables. Esto lo conduce a evadir los sentimientos desagradables o también, a buscar momentos intensos sin afrontarlos coherentemente. El adicto es incapaz de procesarlos luego y termina por hacerse víctima de ellos; pretende, además, en la medida en que la enfermedad se desarrolla y avanza, escapar de una realidad que se hace cada vez más obsesiva.

Este trastorno bio-psico-socio-espiritual inicia su proceso en la mente como un pensamiento irracional, como asociaciones de bienestar al buscar la evitación de la realidad. En términos de Maslow[47], bien se podrían llamar autorrealizaciones ilegítimas. Estas comienzan desde la generación de un pensamiento de consumo que pretende placer rápido. Un pensamiento así, al no ser eliminado, hace germinar una actitud inestable y un comportamiento de carácter obsesivo-imperativo tan fuerte, que termina reiniciando un nuevo ciclo de una manera descontrolada. Este trastorno cíclico produce una insuficiencia de poder personal para controlar la actividad adictiva, de esta manera, el adicto pierde el gobierno de sí mismo (Ortiz, 2008, p. 39). Este fenómeno se desarrolla internamente, propiciado desde lo inconsciente, o bien estimulado por agentes externos, como se expone a continuación.

 

Factores exógenos

Los factores exógenos, a diferencia de los endógenos, son agentes externos a la persona (Ortiz, 2008, p. 39). A estos se les denomina propiciadores, detonantes y facilitadores de la adicción porque terminan por desarrollar la justificación irracional de reiniciar el ciclo de consumo. Por ello es estrictamente necesario que la persona aprenda a usar las herramientas del Enfoque Integral en Adicciones y Salud Mental[48] (Ortiz, 2008, p. 213) para poder identificar, asumir y resolver los medios hostiles de un modo que favorezca la abstinencia y la recuperación. Entre los factores exógenos se encuentran diversas circunstancias del ambiente social, como familias disfuncionales; mala comunicación con los entornos sociales; y, medios hostiles que no favorecen la abstinencia.

      Los agentes propiciadores son de orden exógeno, principalmente están relacionados con el entorno social de la persona. Son todas aquellas situaciones y personas que generan temor, miedo, ira, vergüenza o dolor, emociones desagradables que engatillan una nueva práctica y propician la ingobernabilidad en el adicto, pues así no haya consumo, la persona se pone sintomática en temperamento, carácter y personalidad. Se ocasiona un fenómeno de ansiedad recurrente y produce obsesión, dada la muy poca capacidad de maniobra bajo presión del adicto o del manejo del drive. Si esto no se trata, la persona reiniciará compulsiva e incontroladamente, un nuevo ciclo. Otros propiciadores son los factores familiares, como: la disfuncionalidad familiar, la desatención, las conductas tiránicas o permisivas, y la falsa información acerca de la adicción y las sustancias, que veremos en el capítulo acerca de la familia.

            Adicionamente, entre otros agentes propiciadores de la ansiedad y la justificación de reincidencia están: las fallas de comunicación con las personas alrededor, la actitud sorpresiva e invalidante de terceros, las frustraciones por falsas expectativas, los actos hostiles de terceros, las ridiculizaciones y los estereotipos de personas que favorecen la ideología a favor del consumo, el comportamiento permisivo, la falta de límites y de una actitud de creación de la necesidad de cambio a un entorno social favorable al consumo. Consideramos que no se debe dejar de lado, como agente propiciador, la ausencia de políticas estatales que desarrollen factores de protección, prevención y recuperación coherentes con las circunstancias que favorecen el desarrollo de esta enfermedad progresiva.

La justificación irracional de la reincidencia puede ser ocasionada por detonantes externos, los cuales desarrollan las apetencias indeseadas que conducen a reiniciar la práctica autodestructiva en contra de la voluntad del individuo. Por esta razón, es importante que el adicto pueda controlar a tiempo sus disparadores al desviar el pensamiento intrusivo por uno positivo, herramienta conocida como zapping mental. Si la persona toma actitudes personales en contra del consumo de sustancia, por medio del rechazo sostenido, estará dando un paso clave en su recuperación de la enfermedad. Debe aplicar de un modo resiliente y autodeterminado el no sostenido y pasar a través de las apetencias (craving), muchas veces surfeando sus ansiedades, siendo consciente de que, sin consumir, la ansiedad por fuerte que parezca pasará. El reconocimiento de las reacciones intrapersonales mal manejadas, como el sentimiento de impotencia hacia la conducta adictiva son importantes. Esta impotencia se le presenta al adicto como algo habitual y automático, a pesar de ser indeseada. Otros de los principales disparadores son las creencias irracionales que tienden a defender nuevas prácticas, como las asociaciones de placer y la pretensión de consumos controlados.

Por su parte, los facilitadores son, básicamente, todos aquellos factores de orden externo como las amistades, la oferta de drogas, el mal uso del dinero y el exceso del mismo en jóvenes y la libertad en demasía, los que van formando muchachos precoces que mientras no aprendan a manejarse a sí mismos, no estarán preparados para controlar ni dinero ni libertades en exceso. También, son facilitadores las personas que suministran dinero u objetos de valor a un enfermo activo; con ello incrementan y favorecen el perjuicio de esta enfermedad, con lo cual se afectan la autonomía del enfermo, quien se hace aún más dependiente de aquello que, a fin de cuentas, es la fuente principal de su dolor. Esto lo hemos observado en bastantes familias que facilitan el desarrollo de la enfermedad y la sostienen, llegando, en unos pocos casos, hasta al desarrollo de una derivada del Síndrome de Münchhausen, que es producir o refugiarse en una enfermedad para evitar aceptar y resolver algún tipo de conflicto tanto interior como exterior.

Los facilitadores no señalan con precisión la disuasión de la conducta autodestructiva del adicto, pero sí facilitan la recurrencia y promueven el consumo al ser permisivos. Con esto queremos señalar que, en ocasiones, el familiar o el amigo coadicto[49] se convierte en facilitador: llega hasta el grado de llevar al adicto a comprar drogas o a suministrárselas. Tales permisividades crean consecuencias muy graves. El coadicto pretende aliviar el sufrimiento de su pariente o amigo. Como vemos, el componente psicosocial en los factores exógenos es muy marcado (Ortiz, 2008, p. 40) en la generación, el desarrollo y el avance de la enfermedad adictiva, pero no es el único agente como lo afirman algunas escuelas psicosociales, desconociendo la vulnerabilidad intrínseca del individuo, como ha sido demostrado también con gemelos idénticos, expuestos al mismo entorno social. Uno la desarrolla, el otro no (Friedman & Schustack, 2012).

Es bastante usual que la práctica adictiva esté unida a una práctica sexual insana, especialmente en el caso de los cocaináceos y de algunas drogas de diseño, como el éxtasis. En casos como estos, la persona tiende a reforzar el placer que produce la cocaína o el éxtasis con asociaciones sexuales como voyerismo, fetichismo y sexo insano; todo esto dado por una frenética búsqueda de placer. El adicto busca un placer efímero que le trae perjuicios, arruina su vida y erosiona su sistema de creencias haciéndolo incapaz de saber sentir, saber amar, saber desear y saber creer, llevando a la persona al desarrollo de adicciones cruzadas, en donde generalmente una le hace el priming[50] a otra u otras.

La adicción abarca todas las esferas sociales del adicto, como sus relaciones interpersonales y su situación académica o laboral. El adicto se puede convertir en un elemento peligroso para sí mismo y, en algunos casos específicos, una amenaza para la sociedad. Cabe aclarar aquí que se debe apoyar toda determinación de cambio en el adicto y no rechazarlo socialmente, y más cuando toma la decisión de su recuperación, pues es una persona extremadamente sensible, susceptible y, sobre todo, buena por naturaleza. Por consiguiente, el adicto merece de toda comprensión, afecto y apoyo por parte de la sociedad y de la familia, sin que esta propicie o facilite el desarrollo progresivo de la enfermedad.

Para sintetizar, recordamos que los propiciadores son personas que desestabilizan emocionalmente al adicto forzando voluntaria o involuntariamente al individuo a reiniciar el ciclo; los disparadores son los componentes internos, como la predisposición psicológica; y los facilitadores son aquellos que invitan sugestivamente a las prácticas. Todos estos factores pueden ser afrontados y resueltos con la Inteligencia Espiritual (Ortiz, 2008, p. 217), mediante las mecánicas de saber pensar y creer, saber sentir y saber amar, para poder actuar proactivamente. Finalmente, es importante mencionar que la enfermedad también cuenta con algunos mecanismos de defensa. Estos son básicamente factores con grandes contenidos inconscientes, defensas primarias que utiliza el adicto para justificar su enfermedad.

Las consecuencias y los síntomas físicos dependen de la adicción que se practique, pues cada cuerpo reacciona de diferente forma frente a las sustancias y estas, a su vez, tienen unas repercusiones específicas. No en todos los adictos se dan la totalidad de los síntomas o no son tan evidentes en unos como en otros; además, algunos síntomas no son exclusivos de los adictos.

 

A manera de reflexión

Para finalizar, queremos hacer mención sobre el impacto de las adicciones en la salud. Ellas, incluida la adicción al cigarrillo, están entre las primeras enfermedades que cobran víctimas mortales[51]. Cada año mueren en el mundo 190.900 personas por consumo de estupefacientes, según las estimaciones más conservadoras, presentadas por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (United Nations Office on Drugs and Crime [UNODC], 2017, p. 3)[52]. Según la directora general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en su momento Margaret Chan, las drogas causan alrededor de medio millón de muertos anuales y, en algunos aspectos, la situación ha empeorado en los últimos años (EFE, 2017).

Las repercusiones de la adicción afectan a todos los sistemas del organismo, pero debe entenderse, y este es el mensaje principal, que es una enfermedad que puede ser prevenida y tratada. Para triunfar sobre la adicción, desde unos objetivos de vida y elevar su calidad de vida, la persona debe identificar estos síntomas, aceparlos y asumirlos para su resolución, pues son el lastre que le impide desarrollarse con éxito y, además, detonan la justificación de un nuevo ciclo.

 

Puntos para recordar

  • La adicción es una enfermedad mortal.
  • La adicción es una enfermedad primaria, crónica, progresiva y aberrante de la conducta.
  • La adicción es una enfermedad que afecta el carácter y la conciencia, que aniquila paulatinamente la voluntad del individuo.
  • La adicción se adquiere por abuso o por contacto con la sustancia, cuando existe el componente genético.
  • Las personas con predisposición genética o desbalance bioquímico cerebral son supremamente sensibles a contraer la enfermedad.
  • La adicción produce un placer que es momentáneo, pero causa dolor y destrucción a mediano y largo plazo.
  • La adicción está caracterizada por la pérdida de capacidad de elección entre practicar o no practicar.
  • Las adicciones crean dolor y vacío, y se continúan para mitigar momentáneamente el mismo dolor y vacío que ellas crean.
  • La adicción puede atacar a cualquiera.
  • La adicción es progresiva e incurable, pero su avance se puede detener. Si una persona ha consumido o practicado durante un tiempo prolongado y detiene su consumo, no quiere decir que esté curado, sino que debe mantenerse sin consumir el resto de su vida para no volver a presentar los hábitos del consumo. Si vuelve a consumir alcohol, drogas o efectúa nuevamente la práctica adictiva, no va a poder detenerse y va a seguir el círculo vicioso del consumo.
  • La adicción, por ser una enfermedad progresiva relativamente lenta, da al organismo la oportunidad de adaptarse para que su avance no sea tan perceptible.
  • La adicción altera la forma de creer, pensar, sentir, desear y actuar.
  • Los actos son el producto de nuestros pensamientos, sentimientos, deseos y creencias.
  • El consumo o la práctica recurrente es el síntoma más crítico de la enfermedad.
  • Losagentes externos o exógenos son los propiciadores y facilitadores de la adicción.
  • Losagentes endógenos, motivadores internos o justificadores vienen siempre como pensamientos y creencias irracionales, mal manejo de las emociones y complacencia inconsecuente de los deseos; son el detonante, los disparadores, de la enfermedad a nivel psicológico. Sus consecuencias son autodestructivas.

 

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[1] Sustancia con propiedades para generar adicción o dependencia.

[2] Instrumento romano de tortura con el que latigaban o flagelaban a una persona. Tenía unas bolitas con púas en el extremo de una cuerda de cuero (Diccionario Etimológico Castellano en línea [DECEL], 2020).

[3] Elisardo Becoña es un psicólogo español que ha realizado diversos estudios sobre las adicciones (Universidad Complutense de Madrid, 2016).

[4] Los términos adicciones, dependencias, trastornos adictivos y desórdenes adictivos serán tratados como sinónimos a lo largo de este libro.

[5] El CIE, es el instrumento de la Organización Mundial de la Salud (OMS), fundamental para identificar tendencias y estadísticas de salud en todo el mundo. Contiene alrededor de 55.000 códigos únicos para traumatismos. Además, permite a los profesionales de la salud compartir información sanitaria, enfermedades y causas de muerte en todo el mundo (Organización Mundial de la Salud [OMS], 2018).

[6] Nils Bejerot (1921-1988) fue un psiquiatra y criminólogo nacido en Suecia, pionero en el estudio sobre las drogas, hizo un diagnóstico de la drogadicción como una enfermedad, pero igualmente dio una connotación de criminalidad al consumidor, lo cual resulta paradójico (Hartelius, 2002).

[7] Pierre Deniker (1917- 1998) fue un psiquiatra francés. Usó la torazina, o cloromorfazina en los tratamientos contra la esquizofrenia, siendo todo un éxito. Fue el descubridor de los tranquilizantes (TheBiography, 2018).

[8] Nixon fue quien inventó el término “Guerra contra las drogas” e inició una persecución política, militar y judicial contra todo lo que tuviera que ver con ellas (Producción, comercialización y consumo principalmente).

[9] Ley Volstead es conocida también como la Ley del Prohibicionismo. Dicha ley era una búsqueda del gobierno por eliminar el alcohol por medio de la prohibición de su fabricación, venta o transporte de licor, aunque la ley fue finalizada al poco tiempo por su efecto rebote donde se aumentó el consumo del mismo (Hall, 2010).

[10] Un alambique es un utensilio que sirve para destilar una sustancia volátil, compuesto fundamentalmente de un recipiente para calentar el líquido y de un conducto por el que sale la sustancia destilada (Diccionario de Lengua Española [DLE], 2019).

[11] Se aplica a cualquier efecto adverso producido en un paciente como resultado de la aplicación de un tratamiento médico o quirúrgico (DICCIOMED, 2018).

[12] Su versión número 11 se encuentra disponible en línea para consulta en http://www.who.int/classifications/icd/en/

[13] El DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders), se considera como un referente de salud mental a nivel mundial. Es realizado por la Asociación Americana de Psiquiatría de los Estados Unidos (APA por sus siglas en inglés). Actualizado constantemente, cuenta ya con su quinta versión, el DSM-5 (American Psychological Association [APA], 2014).

[14] Volkow (2009) citada por Castaño (2017, p. 183), señala que la patología dual hace referencia a la presentación en un mismo sujeto de un trastorno mental y uno adictivo.

[15] En el CIE-11 se tratan en el capítulo correspondiente a Trastornos relacionados con sustancias y Trastornos adictivos. Se abordan los trastornos relacionados con 10 tipos de sustancias diferentes: alcohol, cafeína, el cannabis, los alucinógenos, los inhalantes, los opiáceos, los sedantes, hipnóticos y ansiolíticos, los estimulantes, el tabaco y otras sustancias. Además, abarca el trastorno causado por el juego (APA, 2014, p. 481).

[16] Magnus Huss (1807-1890) fue el primer médico en emplear la palabra alcoholismo para referirse a una enfermedad de personas que tenían problemas o anomalías debido al consumo de alcohol (Freixa, 2002).

[17]La Dra. Nora Volkow es una psiquiatra norteamericana. En la actualidad es la directora del Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas (National Institute of Drug Abuse, NIDA, por sus siglas en inglés). Se ha destacado por las investigaciones en el mundo sobre los aspectos de salud relacionados con el abuso de drogas y la drogadicción, y su relación con el funcionamiento del cerebro (NIDA, 2014).

[18] En la actualidad, el uso de las imágenes del cerebro es ampliamente utilizado, por ejemplo, la tomografía por emisión de positrones (PET, por sus siglas en inglés), donde se muestran áreas altamente funcionales del cuerpo (Kuhar, 2012, p. 85). Otras técnicas también permiten visualizar los patrones de los procesos dinámicos que ocurren en el cerebro (Panksepp, 1998, p. 90; Sporns, 2011, p. 23).

[19] Conocidas como drogas nootrópicas, nombre que viene de la raíz griego noos para mente, y tropos, dirección (Lanni et al., 2008).

[20] Bill W. o William Griffith Wilson (1895-1971) es el fundador de la sociedad de Alcohólicos Anónimos en 1935 en Nueva York, Estados Unidos, con el fin de ayudar a personas con problemas de alcoholismo (Alcohólicos Anónimos [AA], 2019).

[21] Elvin Morton Jellinek (1890-1963) fue uno de los investigadores más reconocidos sobre la enfermedad del alcoholismo, en la primera mitad del siglo XX (Encyclopaedia Britannica, 2019; Jellinek Memorial Awards, s.f.).

[22] AA es la abreviatura de la fundación de Alcohólicos Anónimos, programa de rehabilitación de adicciones para alcohol, realizadas por medio de reuniones locales donde personas alcohólicas se presentan en estas reuniones con otros adictos a discutir sobre sus problemas (AA., 2019).

[23] Niebhur (1892-1971) fue un teólogo, politólogo y escritor estadounidense a quien se le atribuye la Plegaria de la Serenidad (Shapiro, 2008). Como teólogo protestante, tuvo una amplia influencia en el pensamiento político y cuya crítica al liberalismo teológico prevaleciente de la década de 1920, afectó significativamente el clima intelectual dentro del protestantismo estadounidense (Bennett, 2020).

[24] En la actualidad la terapia psicodinámica moderna reconoce la efectividad del método de los 12 pasos en el tratamiento del alcoholismo (Khantzian, 2018, capítulo 15).

[25] Sigmund Freud (1856-1939) fue un médico neurólogo austíaco de origen judío, padre del sicoanálisis. Su trabajo ha contribuido en las explicaciones sobre el desarrollo en la infancia, la personalidad, la memoria, la sexualidad o la terapia (Jay, 2020).

[26] Desplacer, pena, desazón, disgusto (DLE, 2019a).

[27] Se entiende por enfermedad primaria, aquella que no ha sido causada por otra enfermedad.

[28] Dionisio, o el dios Baco era en la mitología romana el hijo de Zeus, el dios del vino (Geddes & Grosset, 1995, p. 334).

[29] La dopamina es un neurotransmisor que se encuentra en las regiones del cerebro que regulan el movimiento, la emoción, la motivación y los sentimientos de placer (Anderson & McAllister-Williams, 2018, p. 13; Volkow, 2014, p. 17). Cuando el cerebro registra el placer, la dopamina activa el núcleo Accumbens, conocido como el centro del placer (Arden, 2010, p. 8).

[30] En el comienzo del Imperio Romano, en la época republicana, se usó la palabra Addictio, el sustantivo abstracto derivado del verbo, como el término técnico latino para el acto judicial por el que un deudor se convertía en el esclavo de su acreedor (Rosenthal & Faris, 2019).

[31]Término propuesto en la conferencias y alocuciones radiales por el autor, (líbido=sexo).

[32] Término propuesto en las conferencias y alocuciones radiales por el autor (Filo=amor, amigo, amante).

[33] Todas las acciones que puede elaborar un ser vivo o un ente con movimiento. (Ver pie de página 32).

[34] Acciones motoras externas de un ser.

[35] Se entiende conducta como el conjunto de respuestas significativas por las cuales un ser vivo en situación integra las tensiones que amenazan la unidad y el equilibrio del organismo”; o como “el conjunto de operaciones (fisiológicas, motrices, verbales, mentales) por las cuales un organismo en situación reduce las tensiones que lo motivan y realiza sus posibilidades (Bleger, 1973, p. 16).

[36] El término toxicomanía –entendido como el estado de intoxicación crónica o periódico debido al consumo repetido de una droga– fue utilizado por el Comité de Expertos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en sus informes, los cuales fueron la base de la discusión por décadas (Oughourlian, 1985, 134).

[37] Se presenta cuando una persona tiene tolerancia a una sustancia que ha consumido, cuando se detiene su administración de forma repentina, aparecen un deseo de ingerir la substancia y signos de hiperactividad del sistema nervioso simpático (Stahl, 2011, p. 564). Los síntomas son siempre contrarios a los que las drogas producen (Kuhar, 2012, p. 61).

[38] Parte del cerebro que incluye el tálamo, el hipotálamo y la amígdala cerebral, que regula las emociones, la memoria, el hambre y los instintos sexuales.

[39] Término que hace referencia a las redes cerebrales, estas son de tres tipos: conectividad estructural, es decir el ‘esquema de cableado’ de los enlaces físicos dentro del cerebro; conectividad funcional, que es la red de interacciones dinámicas; y, conectividad efectiva, la cual abarca la red de interacción dirigida entre elementos neuronales (Sporns, 2011, p. 36).

[40] 1) Aceptamos que somos impotentes ante al alcohol y que nuestra vida se tornó ingobernable. 2) Admitimos que solo un poder superior a nosotros mismos podría devolvernos el sano juicio (AA, 2019a).

[41] A este periodo lo denominamos los ‘cantos de sirena’sto hace referencia a cuando Ulises regresaba de la Guerra de Troya, y pasaba en barco frente de unos acantilados donde se oían cantos de sirenas, los cuales enloquecían a la gente. Por esa razón, toda la tripulación del barco tenía que taparse los oídos para evitar la locura o el desenfreno. La fase inicial se amplía en el Capítulo 3, Fases de los trastornos adictivos.

[42] En la teoría de drive de Charles Brenner retoma de Freud el término y lleva a definirlo como la conducción de nuestra energía psíquica que alimenta el impulso a actuar y maneja la ansiedad natural del ser humano que se mueva entre la insatisfacción y la satisfacción (ampliar en la Teoría del drive adictivo en la Parte Dos de este libro).

[43] El consumidor consume para atenuar temores, sufrimientos y ansiedades de una manera inconsciente.

[44] Recordemos que la sinapsis es el impulso eléctrico que se da entre las neuronas para transmitir información en el organismo; la anastomosis es la recepción en la neurotransmisión. Esta última es el flujo de información entre las neuronas, que se da en el sistema nervioso de la persona.

[45] Existe evidencia de que la dopamina está asociada a importantes acciones como la ingesta de alimentos y el apareamiento (Kuhar, 2012, p. 74).

[46] Sigmund Freud, neurólogo austríaco y el padre del psicoanálisis, estudia el comportamiento humano a través del yo, el ello, y el superyó (Freud, 2002).

[47] Abraham Harold Maslow fue un psicólogo y filósofo norteamericano (1908-1970) mejor conocido por su teoría de la autorrealización (self-actualization) en psicología, que sostenía que el objetivo principal de la psicoterapia debería ser la integración del yo (Encyclopaedia Britannica, 2020). Ha sido catalogado como uno de los cinco psicólogos más influyentes de la historia según la Revista Norteamericana de Psicología, famoso por la teoría de la pirámide de las necesidades humanas, entre otras muy relevantes.

[48] El Enfoque Integral en Adicciones y Salud Mental (EIASM) es una tipología de tratamiento en adicciones creado en la Fundación Función Futuro, el cual ampliaremos en la Quinta Parte del presente libro.

[49] El coadicto se caracteriza por estar preocupado y absorbido por rescatar, proteger o curar al adicto, hasta tal punto que el adicto tiene una adicción al adicto. El coadicto padece coadicción, una forma específica de dependencia emocional que se produce en algunas personas que tienen una relación importante o muy estrecha con una persona víctima de cualquier tipo de adicción (drogas legales o ilegales o adicciones comportamentales como compras, juego, sexo, nuevas tecnologías, etcétera), (Modelo específico para el tratamiento de adicciones [META], 2013).

[50] El priming es un término que se usa recientemente en medios de adictología para hacer referencia al potencial que tiene una sustancia para enganchar la repetición compulsiva del consumo, es decir que arranca con la primera dosis y requiere compulsivamente de más dosis, esto en caso de priming primario. Y en caso del priming secundario hace alusión de emprimerar a la persona hacia otras sustancias, por ejemplo arranca con alcohol y de manera compulsiva pasa a la cocaína.

 

 

[51] El cáncer de pulmón y las enfermedades respiratorias crónicas, ambas asociadas al consumo de cigarrillo, ocupan en Europa el quinto y el séptimo lugar respectivamente, dentro de las enfermedades que más causan mortandad en ese continente (Eurostat Statistics Explained, 2018).

[52] La gran mayoría de los decesos se produce por sobredosis, aunque también se contabilizan enfermedades, accidentes y suicidios que están directamente relacionados con excesos de consumo (UNODC, 2017).

CAPÍTULO DOS

TIPOS DE CONSUMO

Testimonio 2. Arquitecta de 32 años.

“Un consumo puede llevar al otro y ese consumo por evitación se me convirtió en consumo crónico, es como si el consumo me llevara a otro más y más, hasta que uno es demasiado y mil no llegaban a ser suficientes. Y así, a través del tiempo caí en un ciclo vicioso en el que tenía que estar bajo el efecto del alcohol y otras drogas todo el tiempo. Hoy en día, con ayuda de la terapia, he podido controlar mi ansiedad de mejor manera y, a sí mismo, manejar mejor mis emociones, ya que padecí de una patología dual, un trastorno límite de la personalidad potenciado por el consumo de sustancias y de adicción. Era, por así decirlo, un consumo por “automedicación inconsciente” que acabó con mi vida, y creía erróneamente que apaciguaba mis emociones, pero la verdad lo que hacía era generar emociones más dramáticas, caóticas e inestables. Hoy me encuentro reestablecida”.

Angélica X, paciente. (Fundación Función Futuro, 2018)

 

EL CONSUMO EN EL TRASTORNO ADICTIVO

Cuenta la leyenda acerca del mito griego de la Espada de Damocles, el cual nos indica que una persona quiso ser rey por un día, pues pensaba que era muy fácil y agradable sentirse prestigioso y poderoso. Así, el rey lo sentó bajo una pesada y filosa espada, que pendía de un delgado hilo de crin de caballo que se cernía como una amenaza latente y mortal en contra del corazón de esta persona. De esta manera, podemos aprovechar esta figura mitológica para entender que todo consumo de sustancias puede ser riesgoso. Es como estar jugando con esa pesada espada que cuelga sobre una delgada fibra, que en cualquier momento puede caer y hacer un terrible daño.

Para comprender mejor qué es el consumo y cuáles son los tipos de consumo de sustancias, se deben diferenciar el consumo, del trastorno adictivo; una cosa son las drogas, otra el consumo, otra el abuso y otra, la enfermedad adictiva. Dentro de los manuales, tanto en el CIE-11 (OMS, 2018) como en el DSM-5 de diagnóstico clínico (APA, 2014, p. 281) se han establecido diferentes tipos de trastornos relacionados a sustancias. En el DSM-4 se hacía una distinción muy racional entre el consumo abusivo y el consumo por dependencia con criterios claros y definidos, a su vez diferentes entre sí. En los actuales manuales (DSM–5) se considera que, aunque se han hecho ciertos avances al incluir ya un capítulo sobre los trastornos adictivos, es un pesar que haya sido excluido el abuso de sustancias psicoactivas.

De igual manera, es importante entender que no es lo mismo un consumo sano a un consumo de orden enfermizo o uno de tipo abusivo. Si bien son tres cosas unidas por el hilo conductor del consumo, también son muy diferentes; ninguna se debe idealizar, tampoco reducir al consumidor a un despojo social satanizando bien sea al consumidor, al abusador o al adicto. Son elementos de nuestra sociedad que ameritan de estudio, regulación, medicalización y legislación completamente coherentes, sin caer en políticas inquisidoras en medio del siglo XXI. Desde el punto de vista personal, familiar y a nivel ocupacional (trabajo y estudio) se debe entender esto muy bien. Por esta razón, se explicará a través de una propuesta sobre tipos de consumo, pues existe un enorme vacío en la literatura. Postulamos varios tipos de consumo, luego de observar durante más de tres décadas a miles de consumidores, abusadores y dependientes de sustancias psicoactivas. Sin duda, aclaran bastante bien el panorama y brindan un conocimiento teórico fresco, amplio y mucho más preciso.

Cuando existe un trastorno adictivo se involucran ciertos aspectos neurobiológicos en el circuito del placer, lo que quiere decir que se puede hablar de una adicción cuando hay un estímulo/respuesta anómalo y concreto en dicho circuito. Por ello es muy importante mencionar que tal estímulo ocurre tanto en las adicciones químicas, es decir a sustancias, como en las adicciones no químicas. Cuando se habla de estas adicciones se hace referencia no solo a los alimentos, al juego y al sexo, sino también a la adicción a las personas (filopatía)[1]. Estas se definen como adicciones a comportamientos o adicciones comportamentales[2], que son la respuesta de determinadas personas bien a la ansiedad básica o bien a la búsqueda extrema del estímulo (buscadores de experiencias)[3]. De esta forma, la persona inicia con una práctica sana que luego se vuelve impulsiva (descontrol en el impulso de controlarla), y termina por ser una práctica compulsiva (deseo obsesivo irrefrenable que lleva a la repetición de la faena o ritual adictivo) o patológica a través de comportamientos como: comer, apostar, ver pornografía y masturbarse, también consumir drogas, entre otros. Como se mencionó en el capítulo anterior, las adicciones están directamente ligadas al estímulo del placer y a la sobreestimulación del mismo y más adelante se hace referencian las adicciones no químicas.

Las adicciones se diferencian de los trastornos obsesivos-compulsivos, aunque en ambos se presentan pensamientos intrusivos de ejecutar alguna acción obsesiva y descontrolada. En los trastornos adictivos siempre se involucran el estímulo placentero (circuito dopaminérgico)[4] y la sensación de displacer por la abstinencia, que al fin y al cabo es la que produce los pensamientos indeseados de consumo. Aun cuando muchas sustancias involucran las vías adrenérgicas (adrenalina), colinérgicas (acetilcolina) y serotoninérgicas (serotonina), las adicciones ―a diferencia del consumo de fármacos y drogas que las pueden estimular― involucran principalmente el circuito de la dopamina, ya que este circuito se ha comprobado es el que involucra la sensación de placer.

 

LOS TIPOS DE CONSUMO Y LAS PRÁCTICAS ADICTIVAS

Una vez aclarados los aspectos sobre los trastornos adictivos, se estudiarán los tipos de consumo. Existen tres principales y muy diferentes tipos. El consumo por uso responsable, por abuso o riesgoso, y por dependencia o patológico. Por ejemplo, se puede tener un consumo responsable, abusivo o patológico de alimentos, es decir, aunque todos dependemos de consumir alimentos, puede haber un consumo sano o patológico de los mismos.

Aun cuando los tipos de consumo se agrupan en las tres grandes categorías, estas a su vez se subdividen en muchas más, las cuales se describen para cada tipo, como sigue a continuación.  

 

Cuadro 1. Tipos de Consumo Modelo Función Futuro

Consumo responsable     Consumo por experimentación.

                         Consumo por diversión.

                         Consumo social.

                         Consumo habitual.

                         Consumo ritual.

                         Consumo por formulación.

 

Consumo abusivo o de riesgo      Consumo por necesidad social.

                                Consumo prodrómico.

                                Consumo abusivo.

                                Consumo por evitación.

 

Consumo Patológico  Consumo iatrogénico.

                     Consumo crónico.

                     Consumo compulsivo.

                     Consumo disociativo.

                     Consumo dependencia, y, por último…

                     Consumo compulsivo-disociativo.

           

El consumo responsable

La primera categoría corresponde al consumo responsable, el cual se define como un consumo racional de sustancias psicoactivas. Esto quiere decir que, la persona consume en determinadas ocasiones, sin evitar las responsabilidades laborales, familiares o sociales y sin poner en riesgo la vida de terceros. No se presenta detrimento en las actividades familiares laborales y sociales a raíz del consumo y, por lo tanto, no se presentan problemas biológicos, familiares, legales o financieros, ni una caída y colapso en las áreas de desarrollo de la persona. Técnicamente solo se presenta en mayores de 25 años para sustancias y en personas de 21 años para el alcohol.

Este grupo se puede dividir en seis diferentes tipos. Estos son: consumo por experimentación, consumo por diversión, consumo social, consumo habitual, consumo ritual y consumo por formulación. Existen señales de alerta cuando empieza a haber una transformación de un consumo responsable a un consumo irresponsable e irracional. Esto se puede notar si hay un detrimento en el comportamiento normal de la persona, y un deterioro significativo en sus áreas vitales como la biológica, la cognitiva, la emocional, la socio-afectiva, la académica o laboral, la sexual, la económica y la espiritual.

             El primero es el consumo por experimentación, como bien lo dice su nombre, se da por las primeras veces. Para que sea responsable, debe ocurrir después de los 25 años, pues como se ha mencionado en el anterior capítulo, el cerebro humano se termina de desarrollar a esa edad[5]. Un consumo antes de este tiempo es supremamente nocivo para un cerebro en formación, de base, técnicamente este deja de ser responsable. Como hemos señalado el consumo antes de los 25 años se considera como abusivo por el alto riesgo que conlleva.

El consumo por experimentación se puede presentar en personas funcionales en la universidad o cuando ya están trabajando. En pruebas de detección realizadas en la Fundación Función Futuro (2017), tanto en pacientes como en otras poblaciones se puede ver que, por lo general, han consumido algún tipo de sustancia psicoactiva antes de los 25 años y, al menos una vez más, alrededor del 80 por ciento de los jóvenes. En esta situación la persona asume riesgos debido a que todas las sustancias tienen un efecto primario o deseado y, también, efectos secundarios o indeseados. Dichos efectos, según sea la vulnerabilidad e hipersensibilidad de la persona, se reflejarán en perjuicios severos al corto, mediano y largo plazo, no solo como desencadenantes de la enfermedad adictiva, sino como detonantes de enfermedades mentales.

El segundo es el consumo por diversión o entretenimiento. Cuando una persona consume por entretenimiento y es mayor de 25 años, su reacción depende mucho de la sustancia psicoactiva como del modo en que se toma. Este tipo de consumo no pone en peligro la vida propia ni la de terceras personas. Con este consumo, la persona puede ser funcional en cada una de sus áreas, es consciente sobre el riesgo que está asumiendo y sobre los posibles efectos secundarios. Por consiguiente, hay control y no hay excesos, por ejemplo, en el consumo de alcohol la persona bebe, pero rechaza la embriaguez y lo mismo sucede con las drogas. La persona no se excede.

No hay droga segura, en todos los psicoactivos existe un riesgo, no olvidemos que estas son sustancias psicoactivas. Esto quiere decir que interfieren en los procesos psíquicos e intrapsíquicos del ser humano y pueden derivar en acciones completamente inesperadas como, por ejemplo, los efectos secundarios al efecto primario de placer que se busca con el consumo. En el consumo responsable el desajuste en las áreas vitales es mínimo, calculado y sin reveces inesperados, ni a corto ni a mediano plazo.

El tercer subtipo del consumo responsable es el consumo social, este se presenta cuando la persona consume únicamente cuando está acompañado; no lo hace al estar en soledad. En este tipo de consumo la persona rechaza la embriaguez, la narcotización y el exceso, motivo por el cual puede detener el consumo y no atesora sustancias ni piensa recurrentemente en el objeto de su adicción, sea química o no química. Le gusta socializar y consumir algún tipo de sustancia sin excederse mientras lo hace, no presenta problemas cuando lo hace, tampoco malestar significativo cuando socializa y no consume.

Cada vez las sustancias adictivas están más aprobadas socialmente. Tanto la marihuana como la cocaína, las drogas de diseño y el alcohol tienen una profunda aceptación social, especialmente en la población joven. De esta manera, la persona libre de la presión social consume para socializar y elevar su estado anímico. A pesar de ello, no se presentan hechos bochornosos, problemas, gastos no previstos o desproporcionados, excesos, sexo, ni relaciones indeseadas con pares sociales inadecuados.

El cuarto subtipo del consumo responsable es el consumo habitual. Entender que existe una gran diferencia entre la tradición cultural y la dependencia permite, a su vez, comprender este tipo de consumo. Es necesario diferenciar el consumo habitual del consumo de riesgo, pues en el consumo habitual se rechaza el exceso. Un buen ejemplo de este tipo de consumo es la costumbre de tomar vino con cada comida, muy común en ciertos países europeos. Esta práctica no los convierte en una población alcohólica, es una tradición que se generó en la Edad Media[6] como lo comprueban algunos estudios antropológicos (Pascual, 2007).

Un ejemplo de consumo habitual puede ser el caso de una persona funcional a la que le gusta pescar; si lo invitan a pescar, de vez en cuando fuma marihuana con sus amigos, si estos le ofrecen. Otro ejemplo es el de un señor de 60 años, quien al volver de trabajar toma un vaso de whisky. Ambas situaciones, dado que no existe una adicción ni la búsqueda del exceso, pertenecen al tipo de consumo habitual caracterizado dentro del grupo del consumo responsable.

El quinto tipo de consumo responsable es el consumo ritual. Como ejemplo, tenemos la situación de un sacerdote que oficia seis misas en el día y en cada una de ellas bebe una copa de vino: esto no quiere decir que sea alcohólico. Asimismo, un chamán, quien puede tomar una o dos dosis de yagé al día auspiciando ceremonias: esto no quiere decir que sea drogadicto. El consumo se da dentro del contexto cultural de un evento ritual, es decir, en un rito aceptado por la microsociedad en la que se desenvuelve. No así, cuando un estudiante le da por beber yagé, práctica que está fuera de su contexto cultural.

Por último, tenemos el consumo por formulación. Se ha visto que en países como Estados Unidos, Uruguay y Argentina el cannabis ha entrado en el mercado legal con un uso medicinal. Vale la pena mencionar que la cocaína fue inventada como analgésico ocular; sus usos medicinales fueron sustituidos por sustancias que no son perjudiciales para la salud. En la marihuana hay un consumo por formulación, por ello es necesario diferenciar entre los efectos del Tetra-hydrocannabidiol (THC)[7] y de Cannabinol (CBD)[8], ya que estos son completamente diferentes.

En este orden, el THC es el componente de la marihuana que ralentiza al cerebro y produce la sensación de estar drogado. Por su parte, el CBD tiene únicamente usos analgésicos y es utilizado para realizar calmantes o paliativos del dolor. El CBD tiene usos ansiolíticos[9], pero diversos estudios clínicos muestran que el gran problema del cannabis es que genera un gran umbral de tolerancia, esto quiere decir que la persona necesita cada vez una mayor cantidad de la droga para generar el mismo efecto (Haney, Ward, Comer, Foltin & Fischman, 1999; Jones, Benowitz & Herning, 1981; Maldonado, 2002). Por ejemplo, una persona que necesitaba seis gotas de CBD, a los 6 meses necesitará ingerir 18 para llegar al mismo efecto de la primera dosis.

Otro caso es cuando un médico formula un analgésico o un ansiolítico muy fuerte a una persona proclive a desarrollar una adicción, aquí se puede generar un consumo futuro de tipo iatrogénico[10], el cual en ese momento sería patológico. Es muy importante establecer que, al no haber una buena formulación, responsable, oportuna y segura, este consumo llega a ser altamente riesgoso (ver consumo prodrómico). Si la persona no sigue las indicaciones al pie de la letra, este tipo de consumo pasa de ser seguro a un consumo riesgoso. Así, un medicamento psicoactivo bien formulado, oportuno, eficaz y seguro puede elevar la calidad de vida de la persona, pero siempre se deben seguir las indicaciones del especialista (Stahl, 2011).

 

El Consumo de riesgo

La segunda categoría corresponde al consumo de riesgo o consumo peligroso. Son tipos de consumo habituales en la vida de la persona y representan un contratiempo para la misma. Este es un consumo que se hace anómalo, dadas las connotaciones que se desarrollan dentro del episodio del consumo y después de él. Aquí, la persona está poniendo su vida y la de terceras personas en riesgo. Los problemas de este tipo de consumo vienen de situaciones episódicas ocasionales, esto quiere decir que los problemas ocurren esporádicamente. Como lo hemos mencionado antes, entendemos que el cerebro se termina de desarrollar a los 25 años y, por lo tanto, se considera el consumo de cualquier tipo de sustancia como un abuso, pues se afecta el desarrollo neurobiológico de la persona y se abre la brecha para contraer serios problemas a futuro.

Dentro de esta categoría denominada consumo de riesgo encontramos cuatro subtipos: el consumo por necesidad social, el consumo prodrómico[11], el consumo abusivo y el consumo por evitación.

El primer subtipo de consumo asociado a esta segunda categoría es el consumo por necesidad social. Bajo este subtipo se encuentran las personas que necesitan tomarse dos o tres tragos para poder socializar en grupo. Cuando las personas socializan, de forma agradable, el cerebro al estar bajo los efectos del alcohol libera los neurotransmisores llamados oxitocina y dopamina. Esto hace que, al consumir, en la persona se ocasione un bombardeo de neurotransmisores agradables; si la persona no actúa para evitar la embriaguez terminará por adquirir un problema de adicción. Es así como este consumo por necesidad social es de riesgo, porque la persona en cualquier momento puede desarrollar un trastorno adictivo. Po tanto, es de gran importancia poner atención sobre este consumo, pues la persona experimenta la necesidad o muletilla de la sustancia para poder socializar o también, cuando lo hace por la presión de un grupo, en contra de lo que en el fondo desea que es no consumir. Así, ante la presión de grupo cede a sus límites y consume.

            El segundo subtipo dentro de este grupo es el consumo prodrómico. También puede ser denominado como precursor de problemas de salud graves sea de adicción o psiquiátricos, generalmente psicosis secundaria a consumo en caso del cannabis, y depresión y desórdenes de ansiedad en los consumos de sustancias disociativas, entre otras que serán tratadas en el capítulo respectivo. Como lo indica su nombre, este consumo es principalmente el desencadenante de una adicción.

El consumo prodrómico es de particular atención, pues lleva a la persona a una situación de alto riesgo de desencadenar una adicción grave. Tal es el caso cuando hay, por ejemplo, un antecedente de trastorno de déficit de atención, desórdenes de la personalidad y la conducta, alteraciones psiquiátricas como depresión, bipolaridad y esquizofrenia, como también herencia de hasta la tercera generación tanto por la línea genética del padre como de la madre. Este tipo de consumo es considerado prodrómico, puesto que es altamente riesgoso desarrollar una adicción, como también un diagnóstico doble. También según sea el caso, consideramos en esta obra, consumo prodrómico todo consumo con un alto potencial adictivo (como opioides, crack, fentanilo, benzodiacepinas) y, por ello, al momento de ser formulados se debe tener absoluta precaución con el seguimiento de la fórmula y procurar excluir de su uso a personas menores de 25 años, con antecedentes de adicciones y herencia genética en las mismas.

También, se considera prodrómico al consumo de sustancias con un alto potencial psicoactivo como los hongos alucinógenos, el DMT y el LSD, principalmente ya que el riesgo de un episodio secundario de psicosis es supremamente alto, y cualquier tipo de abuso en meperidinas, fentanilo y tramal. En fin, todos los opioides y todo abuso en los benzodiacepinas como alprazolam y clonazepam principalmente se consideran prodrómicos. El caso del estudiante de anestesiología que prueba motu proprio el fentanilo o una niña que es motivada a probar el LSD en su fiesta de 15 años, el cual le puede ocasionar una psicosis secundaria al consumo, son considerados consumos prodrómicos.

            El consumo abusivo representa el tercer subtipo en el consumo riesgoso. Este consumo debía de ser penalizado cuando el abuso lo hace un mayor de edad; en el caso de menores se les debe detectar y proponer, como mínimo, un tratamiento de desintoxicación como imposición por parte de las autoridades como se explicará en detalle en el capítulo “La Prevención”.

Este tipo de consumo debe ser detectado y penalizado puesto que la persona se pone en peligro a sí misma y, principalmente, pone en riesgo a terceras personas inocentes al exponerlas a una potencial calamidad. Este sería el caso de un mecánico de helicópteros que repara un motor bajo los efectos de la marihuana y la aeronave tiene un accidente por descuido en el seguimiento del protocolo necesario para dicha reparación. Esto es extensivo a cualquier trabajo de riesgo: médicos, enfermeros, conductores, operarios de maquinaria pesada y peligrosa, etcétera. En este tipo de consumo, también se considera abusivo que cualquier menor de edad consuma sustancias psicoactivas, pues, como se ha señalado, el cerebro no ha alcanzado su madurez total.

Una de las razones por las que hay mayores problemas de adicción en los jóvenes de hoy en día es porque empiezan a consumir desde la adolescencia y como consecuencia, el desarrollo y conectividad del cerebro empieza a tener fallas[12]. En el tipo de consumo problemático se denotan las escenas, las riñas, los problemas, las fugas disociativas[13], la dificultad para controlar el comportamiento durante el efecto o consumo y los consumos en solitario. Estos últimos son un signo definitivo para saber si se está presentando un consumo problemático.

Cuando una persona que sale con sus amigos como conductor elegido decide beber, le ponen una multa y, a pesar de esto, no se sensibiliza y sigue tomando licor, el consumo se considera problemático. En esta situación la persona pone su vida y la de terceros en peligro, algo muy característico de este tipo de consumo, que pertenece al grupo de consumo abusivo o de riesgo. Es característico que aún cuando el consumo le genera problemas personales, familiares, sociales, financieros, entre otros, sigue consumiendo. En consecuencia, se genera el malestar significativo en una o varias áreas vitales de la persona. Este tipo de consumo es la antesala para el desarrollo de una adicción.

El cuarto subtipo es el consumo por evitación. Este es un consumo supremamente particular y peligroso. Se presenta cuando la persona consume con el fin de hacer una evitación, consciente o inconsciente, de sus estados emocionales adversos, sin que haya sido por formulación de un médico. Esto quiere decir que, se evita la tristeza, la ira, el miedo, la culpa y el dolor, entre otros, a través de un escapismo por el consumo de sustancias psicoactivas o comportamientos que absorban e inician a ser perjudiciales para la persona. Este es un consumo altamente prodrómico, es decir, altamente precursor de la enfermedad. Inmediatamente surge este tipo de consumo, conlleva a la persona a un estado latente del desarrollo de la enfermedad adictiva.

Dicho esto, es muy importante aprender a resolver nuestros problemas. La regulación y control emocional, el desarrollo de la resiliencia y la capacidad de maniobra emocional bajo presión, sin necesidad de muletillas psicológicas, se hacen necesarias para salir de este tipo de riesgo y para obrar libres de toda sustancia psicoactiva, a menos que sea una sustancia formulada por un médico capacitado para realizarla y bajo supervisión médica continua. Como bien lo indica esta frase de un paciente de 19 años: “el consumo me aplaza la emoción, siento que la elevo y vuelve y baja” (Antonio N.A., Comunicación personal, junio 24 de 2017). Es muy importante resaltar que, cuando hay herencia en adicciones y en enfermedades mentales graves como la esquizofrenia, la depresión, el suicidio, y lo trastornos de personalidad, todo consumo es altamente prodrómico, es como caminar en un campo de fútbol con cientos de minas antipersonas, no se sabe dónde están y cuando estallará una, es solo cuestión de tiempo. En este estado, la opción es abstenerse de consumir, pues, más tarde que temprano, acabará estallando una mina con el riesgo de detonar, sino la adicción, alguna enfermedad mental qué está en el ADN, heredado ancestralmente.

 

El consumo patológico

Por último, la tercera categoría es el consumo patológico, el cual representa una conducta confusa, aun enfermiza altamente autodestructiva; el organismo de la persona se pone en peligro, pierde su equilibrio biológico, psicológico y social principalmente y empieza a generar trastornos y síntomas asociados a la adicción. Al igual que en el consumo de riesgo, la persona pone en peligro tanto su vida como la de otros, pero aquí el consumo representa algo maligno con implicaciones severas no únicamente en la conducta, sino en la afectación de las diversas áreas vitales de la persona.

Se habla de un tipo de consumo de difícil manejo, pues este va a afectando la vida de la persona hasta llegar a arruinarla completamente. Es importante entender que el consumo funciona tal y como un cáncer de piel, empieza con una pequeña y aparentemente inofensiva manchita que con el tiempo se va expandiendo y absorbe todo a su alrededor, a todo el miembro. Luego, hace metástasis y finaliza por acabar al padeciente y a su familia. De esta manera, la persona cada vez dedica más tiempo a esta actividad dejando su vida útil por completo.

El gasto energético, dedicado a la consecución y al consumo de sustancias psicoactivas hace que la persona genere un desbalance en las áreas del ser, tales como la personal, la social, la familiar, la laboral, la sexual, la económica y la espiritual. Esto genera un detrimento en su vida, haciéndola caer en un ciclo vicioso, donde su autoestima y su capacidad se van desmoronando y se consume para evitar y mitigar el dolor generado como consecuencia del mismo consumo. Es decir, el placer rápido cobra sus facturas al mediano y largo plazo, e incluso en el mismo episodio de consumo o práctica. Además, hay un marcado deterioro de la persona y un frenesí relacionado al mismo consumo. Este consumo es ya signo del desarrollo de una enfermedad adictiva y requiere casi siempre de un buen tratamiento integral.

Postulamos seis tipos de consumo patológico: el iatrogénico, el continuo o crónico, el compulsivo, el disociativo, por dependencia y, por último, el compulsivo-disociativo.

El primer tipo de consumo asociado a la categoría de consumo patológico es el iatrogénico, palabra compuesta por la raíz griega iatro, que significa “médico”, y por la raíz griega genos, que significa “génesis” o “comienzo” (DECEL, 2020). En sí misma, la palabra iatrogénico nos lleva a entender que este tipo de consumo es el comienzo de un problema adictivo. El consumo iatrogénico incluye la adicción generada, de manera involuntaria, por la medicina como efecto secundario al buscado inicialmente con el uso de un medicamento. Existen casos de personas que empezaron su adicción principalmente por una formulación de analgésicos, somníferos y ansiolíticos.

Es importante saber que estos medicamentos no se pueden emplear indiscriminadamente, pues la persona empieza a utilizarlos por abstinencia, lo cual es muy frecuente con los ansiolíticos benzodiacepínicos y con los analgésicos, que son medicamentos de control comúnmente mal regulados. Lo mismo sucede con algunos inductores de sueño y paliativos al dolor, empiezan por formulación, luego por abuso (ya sin las indicaciones médicas) y terminan con consumo por dependencia, de los cuales hay cientos de miles de personas afectadas en el mundo. Se ha tener suma responsabilidad con el seguimiento de la fórmula, quien la elabora debe tener criterios claros para formular a una persona un medicamento cuyo efecto secundario puede ser la dependencia. Además, se debe advertir siempre al paciente de sus efectos secundarios.

El segundo tipo es el consumo continuo o crónico, de particular atención, pues en este la persona hace uso frecuente de una determinada sustancia. Si una persona con un consumo crónico aún no ha adquirido una adicción, está muy cercana a ello, puesto que las sustancias psicoactivas, casi todas, generan dependencia. Infortunadamente, es imposible saber en qué momento la adicción se detonará. Por tanto, es mejor desarrollar conductas responsables y tener en cuenta el principio de no consumir sustancias psicoactivas antes de los 25 años.

Los ansiolíticos deben ser utilizados bajo el protocolo de consumir la menor dosis posible, durante el menor tiempo posible. Esto implica que no debe haber abuso de la concentración ni del intervalo de uso o la cantidad del medicamento, pues debido a la alta cronicidad se puede generar el trastorno adictivo. Aquí tenemos también el consumo crónico, consuetudinario, permanente de cualquier sustancia. Hemos visto unos pocos casos de personas que también llevan más de 30 años tomando tres tragos todas las noches, nunca pasaron de esa cuota, sin escándalo, sin problemas familiares asociados al consumo, pero sí problemas orgánicos en hígado, riñones y estómago. Aun cuando no haya implicaciones psicológicas graves, estas personas no tienen otra salida que el tratamiento, a pesar de que el consumo no haya sido progresivo y la dolencia se haya mantenido casi que permanente.

Es de resaltar un caso de una señora muy peculiar, quien durante más de 15 años fumó cinco papeletas de crack todas las noches. Ella nunca pasó de allí, vivía sola, no hubo afectación familiar, pero las paranoias secundarias al consumo la llevaron a buscar tratamiento. La mujer estuvo abstemia por más de 8 años y finalmente murió por un enfisema pulmonar ocasionado por el tabaco y el pesado humo del crack.

            El tercer tipo es el consumo compulsivo, típico en los trastornos adictivos, en el que el adicto responde a la mecánica del pensamiento intrusivo de consumo, antojo y práctica. Después de dicho pensamiento viene la apetencia o craving. Luego de esto, sigue la fase del deseo obsesivo de búsqueda del estímulo (searching), cuando la persona ya quiere consumir nuevamente y comienza la planificación estratégica, hasta que viene el contacto con la sustancia reiniciando su ciclo adictivo. Así entra en juego lo que es este tipo de consumo, en donde compulsivamente surge esa necesidad de atracarse, es decir que el consumo no es algo mesurado, sino más bien es un atracón de sustancias.

Este tipo de consumo suele ser muy perjudicial en los adolescentes, quienes hasta juegan a retos de inundarse con bongs de marihuana, de estas pipas salen enormes bocanadas de humo. También se utilizan el alcohol y los embudos con los cuales los compañeros le ‘embuten’ la sustancia al joven. Esto es, cuando menos, altamente nocivo para el cerebro. Cuando la enfermedad adictiva surge, la persona por sí misma consume por atracón o compulsividad, entonces, sin ningún tipo de control y mesura se harta de la sustancia en muy poco tiempo. Como muy probablemente ya tiene los umbrales de tolerancia bajos, pues entró en la llamada tolerancia invertida, se llena de la sustancia alcanzando la embriaguez, la ‘traba’ o narcotización muy rápida y profusamente.

            El consumo disociativo es el cuarto tipo dentro del grupo del consumo patológico. Es un tipo de consumo donde la persona presenta un palimpsesto de conciencia, es decir, una laguna mental o amnesia localizada acompañada de conductas completamente atípicas. Esta situación ha sido estudiada tanto por el doctor Magnus Huss, investigador del alcoholismo, así como por E. Morton Jellinek, quien la describió como una característica del alcoholismo tipo Épsilon[14]. Otros autores como Willhelm Feuerlein[15] (1982), han mencionado que en este tipo de consumo se genera realmente una apnea de conciencia, tanto en el estado de conciencia, como en la conciencia de estado, es decir, en la capacidad de estar alerta y conectado a sí mismo y al entorno, y en el discernimiento entre el bien y el mal.

La persona puede o no, en este estado, tener una amnesia anterógrada[16], que consiste en lagunas donde no recuerda lo que se hizo y además se desdobla completamente; es decir, en ellas desarrolla diversos comportamientos completamente anómalos a su forma de ser. En consecuencia, se producen desórdenes de personalidad de tipo disociativo inducidos por las sustancias psicoactivas. Puede que este consumo no sea una adicción, pero es de especial atención debido a que el individuo está en el proceso de desarrollarla. Adicionalmente, ya que es un consumo de tipo patológico, se debe resaltar que, con algunas sustancias de diseño, especialmente el LSD, el 2CB y algunos éxtasis (MDMA) y la flakka, el consumo “separa” en dosis considerables a la persona del sí mismo (split disociativo secundario a consumo). Los consumidores describen esto como si flotaran dentro de sí mismos y lo definen como un “paralelo”, y no es otra cosa que la conciencia escindida de sí mismo. Este consumo si bien es patológico se puede presentar en personas que no son adictas, como el caso de la persona alcohólica o no alcohólica, quien se toma unos tragos y desdobla completamente su conducta, tal y como si se desarrollara un episodio disociativo secundario al consumo.

En este grupo también incluimos el consumo por viraje medicamentoso o viraje farmacocinético. Especialmente este se presenta en la bipolaridad tipo 3, la cual mediante la ingesta de psicoactivos detona un episodio maniforme (maniático) a este consumo inducido por la sustancia, que produce comportamientos maniáticos. Se le puede llamar consumo maniforme, que se caracteriza por producir efectos impredecibles en el comportamiento de la persona, generalmente porque hay una bipolaridad tipo 3 como base. Cuando este es el caso, el episodio perdura después de que pase el efecto de la sustancia. Esto se presenta también en algunas pocas personas adictas con patología dual, en este caso, bipolaridad y adicción.

            El quinto tipo, el consumo por dependencia, es el característico o típico de los trastornos adictivos. Cuando se presenta este tipo de consumo, la persona ya ha generado intervalos de tiempo de consumo, es decir, tiene un hábito. Por ejemplo, en el caso en que se fuma un cigarrillo cada veinte minutos el cerebro le va a generar, a través de pensamientos intrusivos y de apetencias, la necesidad de iniciar el ciclo nuevamente. Esta situación es común en el cocainómano y en el heroinómano, pues estas sustancias —como otras tantas con un alto potencial adictivo (bonding)— generan gran dependencia cerebral (kindling) en determinadas personas. Así, el consumo por dependencia se da en todas las fases de la enfermedad, temprana, intermedia o crónica. Una vez se desarrolle el consumo por dependencia, dadas sus características crónicas, es prácticamente imposible reversarlo a un consumo responsable, es decir, se está ante un consumo enfermizo.

En de resaltar que en los diferentes casos de consumo patológico se pueden entre poner varios de ellos en un mismo episodio. Por ejemplo, entre otros que hemos observado, describimos el consumo compulsivo-disociativo. En este tipo, la misma situación de consumo frenético hace parecer al consumidor como un maniático, pues se presenta un marcado descontrol de impulsos por la misma impotencia que se genera al no poder controlar el consumo. A esto se suma un efecto disociativo, es decir, la persona prácticamente se separa de “sí misma”, y su personalidad flota dentro de “un sí mismo aislado” asumiendo comportamientos divergentes, los que normalmente no realizaría frente a ciertas situaciones, los cuales jamás llevaría a cabo sin el efecto de la sustancia. Es importante mencionar que el efecto disociativo también se presenta en los consumidores en fase crónica. En síntesis, en este consumo se suman el compulsivo, el maniforme típico de la bipolaridad tipo 3 y el disociativo.

Ahora, se puede diferenciar entre consumo responsable, de riesgo y patológico. El uso responsable es cuando el consumo se da por experimentación o por diversión o formulación, sin llegar a los excesos. Por el contrario, el consumo de riesgo o habitual corresponde al abuso de sustancias; crea una costumbre, una dependencia psicológica y pone en riesgo a terceras personas y a sí mismo. Por su parte, el consumo patológico se debe a la dependencia que el cerebro desarrolla involuntariamente, y en el que este empieza a mandar pensamientos intrusivos para realizar el consumo una y otra vez.

Como se ha expuesto, de estas tres categorías surgen los diferentes tipos de consumo, bajo los cuales se enmarcan las formas de consumo. Por ello es importante no confundirlos con las fases del desarrollo de la enfermedad adictiva, tema que será tratado en el siguiente capítulo, que se refieren a cómo se desarrolla la enfermedad adictiva una vez hay un consumo por dependencia.

 

PARA FINALIZAR

Es importante recalcar que no hay consumo de droga seguro. Técnicamente el alcohol y muchas sustancias “legales” cumplen con los criterios de droga, y todas son de riesgo para contraer la dependencia a sustancias. Por ello debe ser la industria farmacéutica la que proporcione sustancias de esparcimiento menos potentes, más seguras y menos dañinas, con una legislación coherente por parte de los Estados. Todas las sustancias psicoactivas presentan efectos primarios y efectos secundarios. Muchas personas no evalúan la peligrosidad del efecto secundario que puede ser una adicción, una psicosis, una lesión permanente en el cerebro o también, una acción suicida.

 Nosotros creemos que la separación entre drogas suaves o drogas duras no se debe hacer, pues al no conocer la predisposición biológica y psicológica de una persona para hacerse adicta, no sabemos qué repercusiones podría tener esta sustancia sobre la salud y la vida de ella. Aun así, las drogas potencialmente peligrosas deben ser prohibidas y todas en los menores de 25 años, excepto las de formulación médica.

 

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[1] Término propuesto por el autor para la adicción a personas (Ortiz, 2008).

[2] Cuando se habla en psicología de comportamiento, se hace alusión exclusivamente a las acciones motoras del cuerpo.

[3] Término propuesto por Robert Cloninger.

[4] Es el circuito del placer, dominado principalmente por el neurotransmisor dopamina; es un circuito primordial para la supervivencia de los animales.

[5] El cerebro del ser humano alcanza el 80 por ciento de su tamaño adulto a los 2 años, y su crecimiento casi es completo hacia los 10 años. Sin embargo, los cambios neuroplásticos continúan más allá de la adolescencia y de la juventud, por lo tanto, el cerebro no alcanza su plena madurez hasta mediados los 20 años, incluso después (Costandi, 2016, p. 134).

[6] En aquella época los acueductos eran de altísima toxicidad puesto que no existía alcantarillado ni separación de las aguas negras ni de las aguas lluvias, motivo por el cual las personas de las zonas bajas de la montaña se tomaban los residuos de las casas de los pueblos superiores aledaños al río. Esto promovió el consumo habitual de vino y cerveza en Europa.

[7] El THC es uno de los componentes activos de la marihuana (Weil y Rosen, 1999, p. 134).

[8] El CBD es el componente activo de la planta de marihuana (Waisman y Benabarre, 2017, p. 73).

[9] Significa un fármaco que tiene la capacidad de disminuir o calmar la ansiedad, la tensión y otros estados mentales (Encyclopaedia Britannica, 2018).

[10] Una alteración del estado del paciente preformulada que no sigue las indicaciones al pie de la letra, también se considera de este último mencionado, producida por el médico (DLE, 2019).

[11] Pródromo en medicina hace referencia al malestar que precede a una enfermedad (DICCIOMED, 2018).

[12] Algunas funciones se desarrollan de manera más lenta en los adolescentes consumidores de sustancias como las funciones ejecutivas (Kuhar, 2012, p. 165). Las funciones ejecutivas son procesos de orden superior necesarias para planificar, organizar, guiar, revisar, regularizar y evaluar el comportamiento necesario para adaptarse eficazmente al entorno y para alcanzar metas (Bausela, 2014, p. 22). También son afectadas en los adictos al juego (González y Matute, 2013, p. 40).

[13] Pensamiento separado o escindido de la conciencia (Ortiz, 2008).

[14] Recordemos que Magnus Huss fue un reconocido médico sueco. A él se le reconoce el uso de la palabra alcoholismo para esta enfermedad (Freixa, 2002), como se ha indicado en el capítulo primero. Por su parte E.M. Jellinek (1890-1963) fue un fisiólogo y bioestadístico estadounidense, pionero en el estudio científico de la naturaleza y causas del alcoholismo y fue la persona que describió su sintomatología (Jellinek Memorial Awards, s.f.). Sus aportes se ampliarán en el apartado sobre el alcohol.

[15] W. Feuerlein (1920-2015) fue un psiquiatra alemán, investigador de adicciones. En las últimas décadas del siglo XX fue considerado un destacado investigador sobre el alcoholismo en Alemania, director del Policlínico Psiquiátrico del Instituto Max Planck. Su obra estándar “Alcoholismo, abuso y dependencia. Una introducción a médicos, psicólogos y educadores sociales “apareció por primera vez en 1975 (Oberberg-Stiftung, s.f.)

[16] En este tipo de amnesia existe una incapacidad total o parcial a la hora de hacer que las experiencias que se van viviendo queden fijadas en la memoria, es decir, que no pase a formar parte de la memoria a largo plazo y se olvide después de unos pocos minutos o segundos (Sadock & Sadock, 2003, p. 286).

CAPÍTULO TRES

FASES DE LA ENFERMEDAD

Testimonio 3

“Mi vida era una locura, tenía mis episodios de alcohol y cocaína cada 3 o 4 días. Estaba aparentemente tranquilo cuando lo pensamientos de consumo me bombardeaban, esto generaba en mí una enorme ansiedad que me terminaba llevando, como una poderosa fuerza, a reincidir en el consumo. Durante el consumo el placer se había desaparecido, todo era caótico, un frenesí indescriptible. Ya cuando lograba dormir después del episodio venía una depresión y un sentimiento de minusvalía muy grande. Al cabo de un corto tiempo ya empezaba la ansiedad por el consumo, así vivía en medio de unos ciclos infernales. Hoy entiendo ¿por qué?, …porque mi cerebro estaba enfermo y quería estimularse, porque había contraído la enfermedad adictiva”.

Jhon X, paciente. (Fundación Función Futuro, 2008)

 

DEL ESTADO LATENTE AL CRÓNICO

En este capítulo abordaremos las fases de la enfermedad que se desarrollan desde el consumo prodrómico, el cual produce ya por sí mismo un estado de alerta altamente vulnerable al desarrollo de la enfermedad adictiva. Cuando es frecuente la práctica del consumo prodrómico, podemos entender que cursa hacía el desarrollo de la enfermedad adictiva a través de sus tres fases: desde, como hemos expuesto, un estado latente que lo podemos llamar más que una fase, una situación preadictiva, a partir de la cual se disparan las fases temprana, crítica y crónica, las cuales poseen un curso característico y determinado.

Cuando el consumo prodrómico se convierte en un consumo por dependencia, ya ha surgido una necesidad de estimularse y es cuando nace la enfermedad adictiva, con unas fases progresivas en el avance del consumo y el deterioro de la persona, y de sus entornos sociales. Estas fases surgen de los estudios de Magnus Huss en Europa, quien hace investigaciones sobre el alcoholismo de personas en Francia, Rusia y en la península escandinava, que fue la primera de las adicciones en ser aceptada como una enfermedad.

Estas fases o curvas descendentes y ascendentes bien se pueden aplicar al resto de adicciones y deben ser tenidas en cuenta, ya que la adicción, al ser una enfermedad crónica y progresiva, marca un avance característico. Aun cuando hay variaciones, según sea el tipo de sustancia o el comportamiento adictivo, estas fases denotan una serie de patrones bien delimitados que describiremos a continuación, de acuerdo con lo observado en centenares de personas que han sido tratadas y estudiadas por el equipo de Función Futuro, tamizado según lo descrito en diversos acercamientos teóricos y por los mismos afectados por la enfermedad adictiva.

Es importante aclarar que, en las fases tempranas e intermedias del desarrollo de la enfermedad, el individuo empieza a desarrollar tolerancia[1] hacia la sustancia o al neurotransmisor específico liberado por la práctica adictiva. Al desarrollar tolerancia, la persona cada vez necesita excitar más su sistema nervioso y consumir más y más para lograr el mismo efecto. Los umbrales de tolerancia en las fases avanzadas son cada vez menores, a esto se le llama la tolerancia invertida. Pero el organismo queda habituado a la secreción de grandes cantidades de sustancias cerebrales específicas y entra en descompensación por el mecanismo de gasto anticipado. Esto es denominado adaptación neuronal al estímulo y generalmente dura un tiempo considerable después del último consumo.

En conclusión, el cerebro se adapta al consumo y establece conexiones para repetir consciente e inconscientemente el ritual de la práctica adictiva. Por esta razón, muchos adictos afirman que consumen en contra de su voluntad, lo que se explica porque en un momento dado se detona el accidente cerebral de la enfermedad. En este momento, el consumo no se ejerce únicamente por placer, sino por liberarse de las tensiones y la ansiedad producidas por la abstinencia. Esto es porque al inicio la persona consume principalmente por buscar placer (refuerzo positivo), en las fases intermedias por placer y aliviar la ansiedad (doble refuerzo), y en las fases más avanzadas principalmente por atenuar la ansiedad que le produce la abstinencia (refuerzo negativo).

Es muy importante entender estas fases de desarrollo y el estado latente o preadictivo, ya que, al tratarse de una enfermedad crónica —es decir, que será de carácter permanente en el individuo— aun cuando se avance y deteriore, y se puedan detener mediante el logro de la abstinencia, esta será una condición crónica por ello. Como la gran mayoría de las enfermedades crónicas son sensibles y pueden llegar a responder adecuadamente a tres tipos de intervención: primaria, en prevención e intervención en el estado latente o preadictivo; secundaria, cuando ya ha surgido el componente cerebral; y, terciaria, en prevención de recaída luego de una intervención secundaria. Asimismo, se debe entender que existen básicamente tres componentes de desarrollo, más el componente espiritual, ya que como pocas enfermedades esta afecta los valores y la voluntad del padeciente.

Los tres componentes de primer orden son el biológico, entendido como el kindling adictivo; el psicológico, como la predisposición psicológica, característica los aspectos tratados en la Segunda Parte; y, el componente social, explicado el capítulo respectivo. Es muy claro que se presentan estos componentes en el estado latente, se detonan en la primera fase y muchos de sus aspectos se conservan y aumentan según avance la enfermedad.

Es muy importante entender los términos de craving, el priming primario, priming secundario, y el bonding. El craving son las apetencias que llevan a perder en control sobre la abstinencia, es decir que la ansiedad es tan fuerte que después de haberse propuesto la abstinencia a los pocos días el adicto, por el craving vuelve a consumir; el priming primario es el potencial de enganche que sucede para que el adicto o consumidor repita la dosis, lo que lleva a perder el control sobre el consumo; el priming secundario que es el potencial de que otra sustancia –bajo el efecto de la primera–y del bonding, que es el potencial que tiene una sustancia para generar adicción). Estos fenómenos se  incrementan según el avance la enfermedad.

 

FASES DE LOS TRASTORNOS ADICTIVOS

En lo concerniente a nuestros días, precisamente fueron Magnus Huss (Campos, 1999, 5 párr.) y E.M. Jellinek[2], reconocidos investigadores sobre la adicción al alcohol, los pioneros en incursionar en la enfermedad al hablar de las fases del alcoholismo (OMS, 1954, p. 25) y de los tipos de enfermedad alcohólica, los cuales difieren de los tipos de consumo. Cuando se trata de fases de la enfermedad, estas describen cómo se avanza desde el consumo de riesgo y el prodrómico hacia el consumo patológico, y cómo el consumo por dependencia avanza en unas fases progresivas, cada una con características muy claras.

Ahora bien, por ser la adicción una enfermedad que abarca campos, conductas y sustancias tan diversas, las fases descritas a continuación deben ser adaptadas al caso específico de la conducta o sustancia adictiva. Aun así, existen una serie de patrones adaptables a todo tipo de adicciones, con prelación para las sustancias psicoactivas. Según las estadísticas realizadas en la Fundación Función Futuro, la adicción a las sustancias psicoactivas es la más común, aproximadamente 75 de 100 pacientes buscan tratamiento debido a la adicción a sustancias de este tipo (2017). Nótese que es importante reescribir muchos aspectos de las enfermedades adictivas, pues en la medida en que avanzan los tiempos ha variado mucho el tipo de consumo, la edad de inicio, la potencia adictiva de las sustancias y la potencia psicoactiva de las mismas. Por ello es muy importante situarnos en un panorama real y contemplar estas fases tal y como las describimos para un mejor abordaje tanto en prevención como en intervención y postvención[3] (intervenciones posteriores a un tratamiento intensivo con resultados positivos en reducción de síntomas) de las adicciones.

Hacemos énfasis en que debemos entender que esta enfermedad, que ha existido siempre, ha tenido un sesgo durante mucho tiempo al ser considerada como un “vicio” o como la “manía de intoxicarse”. Esto contribuyó a que no fuera considerada para su investigación a través de los estudios clínicos. Hoy sabemos que la adicción no es una desviación de la moral, como tampoco una minusvalía emocional; es una enfermedad como cualquier otra, que se contrae sin hacer acepción de personas por su raza, género, credo, estrato, o nivel intelectual. Debemos entenderla como algo que suele suceder, y que se puede prevenir y tratar exitosamente.

Es muy importante adaptar el contenido de este capítulo tanto a lo que sucede con las dependencias a las sustancias como a las conductas adictivas. A diferencia de los Trastornos Obsesivos Compulsivos (TOC) y las manías, en las conductas adictivas, dependencias o trastornos adictivos no químicos, hay una sobreestimulación de sustancias cerebrales asociadas siempre al placer (dopamina) o sobrecarga del circuito dopaminérgico. Por un lado, en los TOC se realizan comportamientos irracionales repetitivos para aliviar la ansiedad, por ejemplo, lavarse las manos compulsivamente como respuesta a la ansiedad que produce pensar obsesivamente en infectarse. Por otro lado, en las manías hay un claro deterioro del control de los impulsos y comportamientos inadecuados, también de tipo irracional, como la piromanía, la dromomanía, la cleptomanía, toxicomanías[4], entre otras manías conocidas. Sin embargo, estas personas no buscan la sobrecarga del circuito dopaminérgico. Así pues, no podemos hablar de las adicciones como drogomanías ni como desórdenes TOC. Sin embargo, estos antecedentes sumados al consumo resultan ser factores prodrómicos en las personas que los presentan, a los cuales se debe prestar mucha atención para no desarrollar una adicción.

 

Los trastornos alimentarios y algunos desórdenes de la personalidad comparten muchos síntomas y signos psicológicos con las adicciones. Por esta razón, las adicciones no químicas y los desórdenes alimentarios se pueden adaptar muy bien a las fases o curvas progresivas que marcan el deterioro psicológico que causa la enfermedad, las cuales se describen a continuación.

 

  1. Fase preadictiva o prodrómica

Esta fase se denomina así, dado que el adicto pone su atención sobre asuntos que son de alto riesgo adictivo, minimizando su carácter nocivo y maximizando su carga eufórica de bienestar. Esto lo conducirá a detonar la enfermedad al sumarse el entorno oferente, los rasgos genéticos de riesgo (herencia en adicciones y problemas psiquiátricos) y una actitud a favor del consumo. Hay negación de las consecuencias, muchas veces nefastas del consumo, justificación de las prácticas por experimentación y una gran idealización de la práctica o el consumo principalmente. En muchos casos los primeros consumos ceden ante la presión de grupo y ante una poca sensación de poder personal para fijar límites.

Casi todos los consumos por experimentación se desarrollan por un deseo de formar parte, de pertenecer a un determinado grupo social que, de una u otra manera, se ha idealizado como una forma de sentirse afiliado a algún núcleo social particular. En los adictos recuperados que han logrado la abstinencia, quedará esta fase latente de por vida, así la tengan con abstinencia de calidad. Es claro ejemplo de esto la adicción al cigarrillo. El cerebro más o menos a los 60 años borra las conexiones de consumo compulsivo, del hábito y de la dependencia, pero si la persona, así hayan pasado 5 años, vuelve y fuma una cajetilla quedará otra vez en las garras de la enfermedad. Lo mismo sucede con las adicciones a otras sustancias y conductas, según lo que hemos documentado en 30 años de investigación. Por esto, los mismos adictos dicen: “es la primera dosis, luego de un proceso de abstinencia, la que hace daño”, afirman también que “mil dosis después de la primera no van a ser suficientes” y, por ello, “siempre la primera es ya demasiado”.

Se dan también en esta fase, los peligrosos consumos por evitación de la propia realidad o la realidad familiar y social en la que se vive. De esta forma, la persona acepta las conductas preadictivas como una vía de escape de la propia realidad, o bien como una búsqueda de sensaciones nuevas. Algunos la han llamado la etapa de encantamiento o “luna de miel”, en donde, de una u otra forma, se idealiza en gran medida el consumo o la práctica, hasta algunos principiantes en la faena le dan un sentido mágico y hasta mítico al ritual del consumo o práctica preadictiva o prodrómica. Muchas personas tienen consumos o prácticas por experimentación, y algunas de ellas terminan convirtiéndose en adictas, se reitera, según sean la negación del riesgo, justificación de nuevos consumos y la sobreidealización de la práctica o consumo.

De tal modo, la enfermedad inicia con los ‘cantos de sirena’, analogía que es idónea para representar el fenómeno que sucede con las drogas, con otras conductas adictivas y hasta con algunos desórdenes alimentarios (Ortiz, 2008, p. 46). Así que, hasta el momento en que la enfermedad ―en este caso obsesión por el consumo― se ancla en la mente de la persona, es una fase preadictiva o prodrómica. Tan pronto surja el consumo o práctica obsesiva, en donde se piensa demasiado en ella —ya que se consume en espacios y tiempo inadecuados y sin control[5] para parar por periodos de tiempo— es cuando inicia la enfermedad como tal, se incrementa su desarrollo y se entra en la fase temprana.

Es importante mencionar que esta persona no es un adicto, pero es proclive a desarrollar una adicción. Como lo hemos mencionado con anterioridad “no todo el que toma alcohol es alcohólico y no todo aquel que consume droga es drogadicto”. Aun así, cuando hay un consumo problemático es necesario tener en cuenta si la persona tiene dificultades para parar. Entonces, se deben revisar sus dificultades en el control sobre la abstinencia, el control sobre el poder parar con facilidad una vez se inicia el consumo y el control sobre la conducta, cuando está enganchado a la práctica o ritual adictivo. Esto, bajo la poderosa influencia de cantos engañosos de plenitud interior que en realidad someten a la persona a un inmenso desbordamiento o ingobernabilidad personal.

Ampliamos el pasaje del libro “La Odisea”, escrito por Homero (trad. en 1987). El personaje principal es Odiseo, también llamado Ulises. Cuando él vuelve de la guerra de Troya hacia su casa en Ítaca, pasa con su tripulación por una isla donde vivía una diosa y hechicera llamada Circe, quien los obliga a quedarse allí. Ella instruye a Ulises sobre cómo pasar sin morir por la isla de las sirenas ya que ellas “cantaban unos cantos tan bonitos” que atraían a los navegantes hacia los acantilados ―donde se estrellaban― para matarlos y comérselos. Ulises quería oír los magníficos cantos así que, para lograrlo, ordenó a su tripulación que lo amarraran al mástil del barco y que, además, todos se pusieran cera en los oídos para no escuchar los seductores cantos de las sirenas.

En esta historia, los cantos de las sirenas representan las tentaciones ―de una sustancia, o de un comportamiento―, las atracciones de cantos, de falsos bienestares que pueden embarcar hacia la ferocidad de una adicción. De esta manera, inician las adicciones en la fase preadictiva o prodrómica. Los jóvenes per se son atraídos por el riesgo y, es allí en donde estos cantos de sirena confunden. Mediante el engaño de que son riesgos asumibles, los jóvenes llegan a asumirlos con consecuencias negativas; además, se presenta una afectación a los sentidos de certidumbre y de consecuencia.

En el estado latente, no siempre hay consumo prodrómico. En este, simple y llanamente, la persona está en una fase o etapa preadictiva, con consumo o sin consumo, por ser un individuo potencialmente proclive a desarrollar la adicción. En el estado o fase latente puede no existir el consumo prodrómico, lo que se da en los casos de trastorno de déficit de atención e hiperactividad, desórdenes de la personalidad, esquizofrenia y bipolaridad principalmente. La persona, dadas sus características de tipo psicológico, está por sí misma en gran riesgo de desarrollar una adicción (patología dual)[6] en este caso.

El desarrollo de esta fase hacia una adicción como tal, obedece al mal manejo que haga la persona sobre los agentes propiciadores endógenos, por ejemplo, actitudes a favor del consumo, entorno social y herencia. Asimismo, sobre los propiciadores exógenos, como la familia disfuncional, los amigos y la misma sociedad, con sus falsos estereotipos. Ahora bien, la incapacidad para poder pasar a través de los problemas, así como la falta de fijación de límites favorables que protejan el crecimiento personal en todas las áreas del ser, aumenta el riesgo de detonar una adicción severa. Por lo tanto, es necesario erradicar creencias irracionales como las ideologías personales, por ejemplo, que las sustancias psicoactivas no hacen daño, que se es inmune a los fondos en los que han caído otras personas, o bien que estos comportamientos alivian el sufrimiento existencial. Sin embargo, con estos placeres efímeros, inmediatos y pasajeros se termina pagando un alto precio: el bienestar futuro.  

Otros factores influyentes en el desarrollo de la enfermedad son los factores biológicos, dentro de los que se cuentan el poder adictivo de la sustancia o conducta[7] y la resistencia orgánica[8] que tiene la persona ante el poder adictivo de la conducta. Por lo tanto, las drogas no obran de igual forma en todas las personas, y las conductas adictivas no resultan placenteras para todos por igual. Como ya se ha expuesto, son los factores del medio ambiente, de la posición psicológica, de la predisposición genética y de la resistencia orgánica, los que inciden en la vulnerabilidad o hipersensibilidad de una persona al placer específico y, por ende, en contraer la adicción.

Puesto que no se conoce la resistencia personal ante la droga, lo más coherente es no ‘engancharse’, pues son muchos los que quedan atrapados desde la primera dosis. En el caso de la anorexia y bulimia purgativas, el engaño inicial de bienestar viene con el atracón. Aunque con el acto de vomitar “se mejora la situación” y se “disipan las ansiedades temporalmente”, estas se incrementan posteriormente. Con la restricción hay una sensación de control, hasta se logra una aparente figura hermosa; sin embargo, no hay tal, la dismorfobia[9] se manifiesta y el acto de vomitar se presenta para mejorar nuevamente. Estas situaciones siempre inician tanto en los desórdenes adictivos como alimentarios, desde una fase o estado latente sobre el que hay que prestar mucha atención. Dadas las características crónicas de estas enfermedades, estas responden muy bien a la atención primaria específica, siendo lo mejor los programas integrales.

Aun cuando a cualquier edad se puede contraer la enfermedad, las etapas más sensibles son aquellas donde se da la formación del carácter del individuo, es decir, durante la niñez, la preadolescencia y la adolescencia. En el campo emocional, se pueden reconocer determinados parámetros que llevan al individuo a realizar la práctica adictiva. Es necesario mencionar que los consumos a temprana edad se presentan, generalmente, por una exagerada búsqueda de aceptación y reconocimiento. A ello se suman la impulsividad, el inmediatismo, la baja tolerancia ante la frustración (umbrales resilientes)[10], la falta de aceptación propia, la dificultad de adaptación, las respuestas emocionales sobredimensionadas ante estímulos externos ―de agrado o desagrado―, la caoticidad emocional, la baja capacidad para sobrepasar adversidades, la actitud “a la defensiva” extrema, una mente cerrada a las sugerencias, la actitud de grandeza o inferioridad ante los semejantes (distorsión en el autoconcepto), la tendencia a la evasión, a la negación, la sensación de escaso o exagerado poder personal, la identificación con estereotipos de adictos, la hipersensibilidad al placer y el ejemplo familiar negativo, la dificultad para respetar y establecer límites (Ortiz, 2008, p. 47), y la proliferación de defensas primarias (ver aspectos psicológicos en la Segunda Parte).

Si a características como las anteriores se suma una escasa humildad, una baja capacidad de obediencia, poca perseverancia, una ideología que esté de acuerdo con las prácticas adictivas y la ausencia de límites razonables, se facilitará el desarrollo de la enfermedad; solo es cuestión de sumarle el consumo y se obtendrá en poco tiempo a un individuo adicto. Igualmente, se debe recordar que el abuso en la práctica de cualquier conducta o sustancia adictiva aumenta potencialmente la posibilidad de contraer la enfermedad, sobre todo antes de los 25 años, edad en que se obtiene el pleno desarrollo o madurez neurobiológica.

Aunque el fenómeno obsesivo-compulsivo aún no ha aparecido durante esta fase, en cambio, sí se reconoce al preadicto por una gran impulsividad hacia múltiples aspectos de la vida y por una notable anomia[11]. Es muy importante resaltar la baja autoestima, casi siempre acompañada de una ansiedad básica en la que el individuo manifiesta una gran ansiedad por no sentirse suficientemente bueno, no sentirse suficientemente adecuado. Es allí donde un gran número de ocasiones, por lo que hemos observado en 30 años de estudio, sumadas a cualquier tipo de consumo, catapultan a la persona hacia el desarrollo de una adicción. La mayor parte de los consumos por experimentación se dan por presión de grupo y por tratar de ‘brillarˋ o ser reconocido por los demás, por querer ser capaz de transgredir los límites y por buscar respeto del grupo social para no ser considerado como un nerd[12]. También se dan por la erosión espiritual, emocional y social (Ortiz, 2008, p. 47), desde una ansiedad básica como antesala.

Como consecuencia, la persona comienza las prácticas adictivas recurrentes y obsesivas, en las cuales se engancha mediante el bonding[13] de la sustancia, perdiendo todo sentido de la realidad, versus el kindling[14] del individuo. De esta manera, el preadicto juega con el altísimo peligro de detonar su adicción. Por esta razón, se debe estar alerta para no continuar en la escala descendente de la enfermedad. La ideología favorable a las prácticas adictivas empieza a ser un factor de muy alto riesgo, pues permite que la enfermedad avance.

Cuando algún familiar cercano ha padecido adicción, se debe obrar con mucha cautela para no desencadenar situaciones adictivas posteriores. Recordemos que el 50 por ciento de las adicciones son transmitidas por vía genética (Fonseca, 2017; Sáiz, García-Portilla, Paredes, Bascarán y Bobes, 2009; Volkow, 2014) y las restantes por abuso (Fundación Función Futuro, 2017a). Por esta razón, la comunicación sana en la forma de decir el mensaje y su contenido es primordial, lo mismo que hacer sentir importante al miembro de la familia y validarlo. De igual importancia es manifestarle límites claros en contra del consumo, sumado al ejemplo, al cariño y el apoyo, que son herramientas sanas que incrementan los factores de protección.

En la fase de consumo o prácticas por experimentación es posible detectar cómo el preadicto dedica progresivamente más tiempo a pensar en las prácticas de consumo o en la obtención de las sustancias, por lo que baja su rendimiento, su disciplina y su conexión con los deberes. Además de esto, se constata que ha llegado al punto crítico de esta fase, a la cumbre que lo lanza a la fase temprana que inicia con la negación: “yo consumo, pero no las necesito” o “yo las controlo”. Contrario a una persona adicta, una con excelentes niveles de aceptación y adaptabilidad no requiere de ninguna sustancia o conducta autodestructiva para alcanzar el placer, la seguridad personal y el bienestar, la aceptación de las personas que valen la pena y, menos aún, para lograr un sentido de legítima autorrealización.

 La tierra fértil para el desarrollo de esta fase está en el mal manejo individual de los propiciadores, los facilitadores y los detonantes. Recordemos que los propiciadores son aquellas personas, lugares y situaciones que hacen sentir mal a la persona o abren camino al consumo y discurso social; los facilitadores son los ofertantes del consumo o de la práctica; y, los disparadores son más que las actitudes personales representadas por las defensas psicológicas, es decir, también son los pensamientos y creencias irracionales y proteccionistas del consumo o la práctica.

Cuando hay un entorno familiar propiciador de malestar interno o eventos en el entorno familiar que marcan al individuo, como la adopción, padres tiranos, sobreprotectores, padres con tendencia al abandono o demasiado ausentes y otras connotaciones de tipo familiar y social que serán tratadas en el capítulo respectivo, se incrementa muchísimo el riesgo de generar una adicción al sumarle a esto consumos por evitación de la propia realidad. Por ello es muy importante despertar un gran sentido de consecuencia, al aprender de las experiencias de otros y midiendo el riesgo de las propias acciones a futuro.

Por último, ser sensible ante la oferta de un medio hostil y oferente, propicia y facilita el desarrollo de la enfermedad en la persona por insuficiencia en sus principales autoesquemas, tales como: el autoconocimiento, la autoaceptación, el autocontrol, la autonomía y la autoestima. La falta de fundamentación en ellos favorece y desencadena, desde una predisposición psicológica, que el gen adictivo detone en el individuo preadicto. Aparecen así los consumos, no solo por experimentación, sino también por evitaciones e incapacidades para resolver conflictos personales de la propia realidad. Estos se reflejan en la búsqueda de conductas con altas cargas eufóricas que absorben a la persona. Se busca entonces con ellas suplir las sensaciones de inexistencia, inseguridad, vacío existencial y poco o demasiado poder personal, en vez de acudir a agentes constructivos de la personalidad, como son las actividades sanas y mesuradas (el estudio, el deporte, la lectura, las actividades de campo abierto, el buen cine, las actividades religiosas, y otras).

            De hecho, en toda persona pueden ser desencadenantes al desarrollo de la enfermedad los antecedes genéticos en adicción, tensiones fuertes con los padres, tensiones en su yo interior, rasgos de desórdenes de personalidad sumados a consumos. En especial, si la persona es menor de 25 años y presenta episodios de sobreestimulación en el cerebro por el consumo abusivo de drogas, atracones de comida y vómitos por expulsar el alimento indeseado.

El acto de vomitar produce un bombardeo de neurotransmisores en el cerebro, lo cual denota un hábito muy irracional que se explica con más amplitud en el aparte de los desórdenes alimentarios. Cuando al consumo se le suman rasgos de depresión, psicosis, ideación suicida y bipolaridad principalmente, también se clasifica con prácticas riesgosas en fase prodrómica.

Otros factores que hacen a un individuo un adicto prodrómico son la herencia genética en adicciones hasta la tercera generación, los desórdenes de personalidad de grupo, el abuso sexual, los desórdenes de ansiedad, el desorden afectivo bipolar, la esquizofrenia, y la depresión, entre otros, si cualquiera de estas condiciones se suman el consumo o las prácticas abusivas o compulsivas (buscar la embriaguez o narcosis), en particular cuando estas se realizan antes de los 25 años. Como lo hemos señalado en varias ocasiones, cuando los consumos por experimentación, excepto cuando hay componente genético, son después de los 25 años de edad, más difícilmente se desarrollará una adicción.

Muchas personas acuden a tratamiento en esta fase, especialmente jóvenes, ya que, aún sin ser adictos, las familias preocupadas por signos visibles de exceso y deterioro ingresan a tratamiento a su allegado. Esta decisión debe ser muy bien estudiada, pues si el joven no es conducido a un buen lugar de rehabilitación, este terminará siendo emulado en aspectos negativos conductuales y copiará lo que no debe copiar. El centro debe ser muy personalizado y debe brindar atención específica en prevención primaria. Es un mito generalizado en prisiones y en centros de conducta que no deben compartir el tratamiento los menores con mayores de edad. Desde que sea una atención muy personalizada, incluso llega a ser favorable que el preadicto, muchas veces menor, esté con mayores, lo cual le servirá de ejemplo, testimonio y emulación positiva, cuando en el lugar se respira un ambiente de mística por la recuperación.

 

  1. Fase temprana

La fase temprana de la enfermedad inicia en el mismo momento en que se detona el kindling adictivo. El cerebro ya se altera e inicia a producir la necesidad de estimularse consciente o inconscientemente, y se caracteriza por el aumento paulatino de los niveles o umbrales de tolerancia hacia la sustancia o hacia el comportamiento o práctica adictiva. Ya que el daño es casi imperceptible, el adicto inicia su proceso de negación al daño instaurado, la evasión de largos periodos de abstinencia y la justificación para proteger y establecer previamente un nuevo contacto con la sustancia o la práctica.

Desde esta fase, el adicto siente placer durante el contacto adictivo y, a la vez, angustia cuando se percata de que la “faena adictiva” está por terminarse (Ortiz, 2008, p. 48). Aparecen los primeros signos de la abstinencia, y lo que hemos llamado el síndrome de consecuencia, que son los bien marcados miedos, la ansiedad, la culpa, el dolor y la tristeza, como efecto rebote al acto de la faena. Aquí, el cerebro al descompensarse inicia a trabajar por una cada vez más marcada mecánica de gasto anticipado. Es decir, durante la faena el cerebro agota los neurotransmisores que generan sensación de bienestar y placer. Aun así, en esta fase el consumo es principalmente por refuerzo positivo, esto es, busca frenéticamente el placer que le produce estimularse. Aún en este momento no es muy marcado el consumo por aliviar la ansiedad que produce la abstinencia, aunque está presente.

Durante esta fase surgen prácticas en donde la cantidad, el intervalo y la potencia son mayores y extremadamente placenteras, pues es aquí donde el cerebro se inunda de dopamina. Estos episodios, que distraen a la persona para afrontar y resolver su propia realidad, lo alejan del sentido de vida y del plan existencial que se había fijado antes de entrar en esta fase. Es aquí cuando el adicto se siente químicamente, pero no verdaderamente, realizado e idealiza el consumo. Muchas veces hace en esta fase priming[15] hacia otras sustancias.

En los casos de drogadicción, la persona siente gran placer cuando tiene abundante cantidad de la sustancia de su preferencia y, a la vez, miedo de no poseerla. Cuando el adicto en esta etapa está sobrio, anhela y planifica un nuevo consumo. En el caso de los comedores compulsivos, ellos empiezan a sentir el gusto por los alimentos y a saborearlos recurrentemente antes de ingerirlos hasta el atracón. El débil manejo de los propiciadores, sobre todo las situaciones familiares, hace que la persona adquiera comportamientos que contribuyen a evadir su propia realidad. Aquí es donde inicia la obsesión y la planificación de “fuertes faenas controladas”.

En esta etapa, el adicto empieza a perder su capacidad de autocrítica. Es decir, su capacidad de juzgar sobre sí mismo y sus acciones correctamente y da cabida al aumento en el autoengaño, consciente e inconsciente, que representa la negación de la enfermedad. Por esta razón en esta fase se inicia un claro deterioro en la persona; a mayor negación, mayor avance. Asimismo, durante esta etapa la impotencia del adicto ante la conducta por la creciente obsesión hacia el consumo o hacia la práctica adictiva se hace más evidente, por lo que empieza a ser criticado por sus allegados (Ortiz, 2008, p. 49), abandona paulatinamente sus hábitos normales, y el ritual o faena adictiva se hace cada vez más frecuente y más intensa.

Aunado a lo anterior, es muy notoria la aparición, en algunos casos, de las llamadas tolerancias cruzadas, es decir, la persona comienza a experimentar con diferentes sustancias, bien por aparte o ‘montadas’ sobre la droga de inicio. Particular es el caso del priming en que una sustancia es estímulo inmediato para continuar con otra, por ejemplo, lo que hace la persona con el cigarrillo y el alcohol, toma alcohol y le dan ganas de fumar, o con la cocaína y el alcohol. Así se generan las tolerancias cruzadas que terminan por deteriorar la capacidad de resistencia que tiene el organismo ante el tóxico. Algunas veces la persona termina adicta a dos, tres y hasta cuatro sustancias diferentes, también el priming en caso de ser un priming primario, es el potencial que tiene una sustancia según sea la adicción del individuo, de hacer que repita una y otra vez la dosis de una manera compusiva.

 Cada fase o etapa está bien marcada por determinados indicadores, a su vez, tal como el estado preadictivo, por lo general se encuentra muy bien marcado por una baja autoestima versus en muchos casos un desajustado sentido de autoimportancia, esta fase temprana está marcada por el inicio de la pérdida del autocontrol, lo cual se preserva durante todo el desarrollo de la enfermedad. Básicamente, hemos observado que se deterioran tres controles, el control sobre conservar la abstinencia luego de que la misma persona se prometa a sí misma que no consumirá más; el control sobre el impulso a consumir una vez comienza la faena; y, el control sobre la conducta una vez está bajo el efecto. Estos controles son los que marcan lo que se menciona en los grupos de autoayuda como la impotencia, ya que la persona en esta fase inicial, pierde el poder personal sobre el control de la sustancia o comportamiento adictivo. La adicción ha nacido.

Las primeras compulsiones se presentan durante esta etapa, aunque solamente en momentos ocasionales. En ellas, el adicto no puede parar de consumir o realizar la práctica, o sencillamente consume en situaciones inapropiadas con lo cual se hace inadecuado socialmente, con ello inicia la degradación social. El adicto busca armar las situaciones que favorezcan la práctica y rechaza superficialmente la idea de que tiene un problema. En consecuencia, la negación permite que la enfermedad continúe su avance. Además de esto, la persona argumenta el consumo con aparentes racionalismos, los cuales tienden a defender el abandono de sus buenos hábitos, de las actividades recreativas, familiares, de las actividades espirituales, del colegio, la universidad, del deporte, del trabajo o de los buenos amigos.

Comienza un proceso de descuido en la apariencia personal; en ocasiones surge muchas veces la preferencia por las vestimentas atípicas, sobre todo en el caso del consumo de sustancias. Ya en esta fase el adicto tiene su núcleo de facilitadores, como amigos consumidores y expendedores, entre otros, quienes lo sumergen en la subcultura del consumo. Según sea el tipo de sustancia, la persona va asumiendo roles de personalidad que nos son auténticos.

Cuando empieza su recorrido autodestructivo y habiendo dejado de lado los consejos de las personas que le señalan sus errores, el enfermo comienza a involucrarse con otros en su misma condición para no sentirse marginado por su naciente conducta típicamente asocial[16] y, en algunos casos, antisocial[17]. Es decir, se inicia a perder el par social puesto que el individuo se relaciona con personas no correspondientes a su nivel de formación social y cultural. De esta manera, en unos casos de consumo de drogas se involucra peligrosamente en situaciones propias de oscuros submundos del jibarismo (venta al detalle de drogas) y, en otros, de delincuencia, así como de subculturas de drogas y sexo peligroso e insano. Lo anterior es una manifestación clara del desvío de los objetivos primordiales y la clara afectación del sentido de vida, dado el poder psicoactivo de las sustancias que distorsiona las interpretaciones tanto de su propia realidad como la de sus entornos.

En esta fase, la persona afectada no se percata de los cambios significativos que suceden en su mente por el consumo, como tampoco del impacto que este tiene en sus amigos, su plan de vida, apariencia personal y, en ciertos casos, sus decisiones morales y éticas, en fin, en esta fase se inicia el proceso autodestructivo. De esta manera, amolda sus entornos sociales hacia abajo para proteger una conducta que degrada su ética personal y sus principios morales, pues en escalafones sociales inferiores no se siente criticado ni rechazado. La persona en esta fase comienza paulatinamente a perder su responsabilidad e incumple con sus compromisos de vida de índole académica, familiar, laboral y social.

Durante el transcurrir de esta fase, la persona consume generalmente en grupo y pretende tener control sobre la sustancia o comportamiento y la actividad normal de su vida; para algunos esta fase es la ‘luna de miel’, para otros, ‘la nube rosa’. Todavía no se refleja daño biológico alguno, aun cuando en esta fase el consumo se ancla a la mente, interna y emocionalmente. Entonces empiezan las afectaciones negativas como irritabilidad e inestabilidad emocional, aislamiento de entornos sociales habitualmente sanos y erosión en las diferentes áreas de desarrollo. A nivel cerebral inician las conexiones en las que, en el cerebro, al leer el sobre estímulo de dopamina como una recompensa surgen las apetencias fuertes (craving,) tanto a nivel consciente como inconsciente para recrear el episodio.

En esta fase se potencian los defectos de carácter y se disminuyen las virtudes y los valores interiores de la persona; el sentido de pertenencia se ve muy afectado, la persona considera a sus amigos como enemigos y tiene rencillas con la familia. Más aún, se refleja una erosión en el sentido de propiedad o sobre las propias posesiones. El dinero, en gran medida, se utiliza para sufragar los gastos de la adicción. Se presentan, de igual manera, gastos excesivos, ‘rumbas’ con gente inapropiada, sexo indeseado, los primeros engaños y robos en algunos casos. Algo muy notorio es el aumento en la capacidad de decir mentiras en casi todos los individuos que cursan por esta fase para proteger el consumo. Además, se denota mayor erosión en el sentido de consecuencia y certidumbre, lo cual resulta ser problemático. Al afectar la conciencia ―darse cuenta y actuar sobre lo que está bien y lo que está mal― se inicia con dar significado al bien de mal, y al mal de bien; si esto no para, el descenso continuará y se seguirá justificando, o bien negando el deterioro y la caída (significados y constructos irracionales).  

Los umbrales de tolerancia se empiezan a amoldar a un consumo creciente, dado que el organismo requiere de dosis más altas para alcanzar el mismo efecto y así calmar sus apetencias. Por ello, aquí encontramos a la mayoría de consumidores fuertes o consumidores que toleran grandes cantidades de la sustancia, sin que represente un problema inmediato. Por lo general, este tipo de consumidores mantienen con ellos una dosis personal representativa, contrario al consumidor social que solo consume circunstancialmente. Como el daño no es tan perceptible, el adicto llega a creer que es invulnerable, por eso desarrolla una personalidad netamente prepotente, irresponsable e inconsecuente hacia el consumo.

 La práctica autodestructiva hace sentir “realizada” a la persona; sin embargo, su realización personal no es legítima, pues es producida químicamente. La despreocupación por los compromisos y la pérdida de gobernabilidad sobre las sensaciones incómodas, extremas e intensas se hacen más evidentes y le causan problemas de comunicación, de adaptación y de compromiso con sus responsabilidades como hijo, como padre, como profesional o como estudiante y, finalmente, como ciudadano. El dolor posconsumo inicia su aparición junto a la culpa y la vergüenza por no buscar fuentes de placer sanas y por las escenas o cosas anómalas que surgen durante la faena.

Durante esta fase temprana, el adicto empieza a desvirtuar el manejo de su tiempo y de su dinero. Cuando puede labrar con su esfuerzo un futuro mejor, prefiere entregar su tiempo a las fuentes que le ofrecen aquel efímero y aparente bienestar. El final de esta fase se reconoce cuando la persona empieza a atentar contra sus pertenencias personales con el fin de sufragar los gastos de sus adicciones, préstamos, deudas o conseguir dinero o medios frenéticamente, por medio de la venta o cambio de objetos personales, para realizar el consumo o la práctica (Ortiz, 2008, p. 50).

Las dificultades para detener el consumo se hacen evidentes pues es aquí, al final de esta fase, donde la persona inicia ocasionalmente a prometer a los demás y también a sí mismo “no más”, pero a los pocos días está en las mismas. Los rasgos de personalidad disfuncional y patrones desadaptativos se potencian. En algunos casos la tendencia al aislamiento, en otros la sobresocialización, la inestabilidad emocional y la hostilidad hacia quienes le critican el consumo se hacen más que evidentes. Aquellos que son de temperamento ansioso se refugian en las prácticas adictivas como estilo de vida, con lo que disipan sus ansiedades. Aun cuando esta fase no es muy dolorosa para el individuo, sí lo es para sus allegados; algunos adictos inician su proceso de recuperación durante la misma, evitando caer en mayores problemas.

 

  1. Fase intermedia o crítica

            La identificación de la enfermedad se hace mucho más fácil mientras transcurre esta fase debido a que los umbrales de tolerancia alcanzan su margen más amplio durante la misma. La persona necesita una gran cantidad de sustancia para satisfacerse; en el caso del adicto a conductas, la realización de las prácticas adictivas rompe con todos los límites de la persona (Ortiz, 2008, p. 50). Debido a todo el dolor y el daño causados, el adicto empieza a prometerse y a desear no reincidir en su práctica adictiva, en la mayoría de los casos sin éxito alguno.

La vulneración en los esquemas de afrontamiento como la autonomía, la autoestima y el autocontrol, entre otros, avanza hacia un franco deterioro. De la misma manera se ven comprometidas la estabilidad en las diversas áreas vitales y la autonomía cuando la persona va desarrollando una gran dependencia hacia la sustancia o práctica adictiva, faenas matutinas, excesos en solitario y en horarios inadecuados. Durante esta fase aparece el consumo por doble refuerzo, es decir consumo por buscar el placer (refuerzo positivo) y por atenuar la ansiedad que produce la abstinencia (refuerzo negativo).

Las personas que tienen algún vínculo afectivo o social con el enfermo notan con extrañeza las conductas anormales de este y, en ocasiones, piensan que el adicto ha perdido su sano juicio. Estas personas actúan según sea su criterio y conocimiento sobre la enfermedad, y se convierten bien en facilitadores, o bien en obstaculizadores de la adicción (Ortiz, 2008, p. 51). Si el comportamiento familiar es correcto ayudan al adicto a ingresar a tratamiento; en su defecto, lo aíslan y marginan física o afectivamente, posición que trae peores resultados.

Por lo general, los familiares que se convierten en propiciadores o facilitadores del desarrollo de la adicción desconocen que el enfermo está en capacidad, mediante adecuado tratamiento, de resolver sus ansias y de poder “pasar a través” de situaciones difíciles sin consumir nuevamente, pues nadie más sino él mismo es quien tira del gatillo para generar un nuevo consumo. Es de gran importancia recalcar que la familia no debe convertirse en facilitadora de la enfermedad, pero sí puede promover y apoyar la recuperación. Sin embargo, en algunos casos cuando el adicto prosigue con su negación y rechaza la ayuda, es conveniente aislarlo hasta que toque fondo y acepte la ayuda.

Como consecuencia de la pérdida de control sobre la enfermedad, la asignación de tiempo y de recursos ―como dinero y energía personal― destinados al consumo son cada vez mayores. Aparecen los incumplimientos recurrentes de responsabilidades por la ya creciente enfermedad; se desarrolla la conducta adictiva para aliviar tensiones, para evadir la realidad o al menos una parte de esta. Los defectos de carácter como, por ejemplo, la agresividad hacia las personas de las que recibe afecto se hace más evidente. En esta etapa es claro que el enfermo se está haciendo víctima de sus propios defectos y excesos. Así pues, el egoísmo, la deshonestidad, el orgullo, el sobredimensionamiento, la complacencia y la continua justificación no son más que defensa de la enfermedad o afrontamientos inmaduros de la realidad.

Síntomas como la obsesividad marcan un deterioro en la personalidad, no solo se trata del tiempo que la persona dedica a su adicción, sino también del tiempo que piensa en ella. Para esta fase se presenta un marcado deterioro en áreas como la laboral, la económica, la familiar y gran parte de los recursos financieros del individuo son para sufragar los costos de su adicción.

Algunos complejos y síndromes psicológicos aparecen o se refuerzan como la muletilla para efectuar la práctica adictiva para la supervivencia, con tal de no afrontar los propios temores, penas, vergüenzas, culpas y dolores. Asimismo, en esta fase el síndrome del día después o síndrome de consecuencia al episodio de consumo o práctica está marcado por las conductas indeseadas. Este síndrome está caracterizado por el miedo, el arrepentimiento y la culpa. Sus efectos se resuelven pasando a través del síndrome de abstinencia sin volver a consumir; con la abstinencia prologada desaparece totalmente el síndrome de consecuencia, siempre y cuando haya un buen trabajo de reestructuración sobre el manejo de pensamientos y creencias, sentimientos, afectos y apegos. Con esto queremos decir: se debe saber pensar, saber creer, saber amar y, sobre todo, saber sentir.

El adicto se hace muy susceptible y se hiere muy fácilmente, por lo cual reacciona bien sea con ira o con “depresiones”; desarrolla comportamientos autodestructivos como la autoconmiseración o la recurrencia en las prácticas adictivas. En el caso del consumo de sustancias, las lagunas mentales y las pérdidas geográficas son bastante frecuentes. Las ‘rumbas’ de más de un día se presentan con determinada frecuencia (runflas).

Tanto en las conductas como en el consumo de sustancias adictivas, las necesidades de dinero son tan altas que, en casi todos los casos, el adicto recurre a préstamos que no pagará, a engaños a terceros o hasta la misma delincuencia ―como el robo― primero en el ámbito familiar y luego a terceros, para satisfacer los costos de su enfermedad (Ortiz, 2008, p. 51). Los rompimientos a la propia moral se hacen evidentes y es en esta fase donde el sentido de orientación y dirección existencial, el proyecto y el sentido de la vida misma se van diluyendo en fantasías.

 La presencia de deseos y pensamientos indeseados es cada vez más intensa. Es entonces cuando el control sobre los espacios, tiempos y posesiones personales se ve gravemente perjudicado; mientras la persona no está consumiendo, está haciendo planes para consumir o ejecutar su práctica adictiva. La reestimulación tiene un fuerte impacto en esta fase: el adicto es impotente ante algunas personas, situaciones, cosas y lugares asociados al consumo o la práctica adictiva, razón por la cual, él mismo termina por reiniciar nuevos ciclos. En consecuencia, la dispersión y el bajo rendimiento académico/laboral se vuelven predominantes en la vida del adicto. Más aún, en esta etapa el adicto reincide en actos que van en contra de su formación familiar y social: actúa “demencialmente” movido por una gran fuerza que supera su voluntad y autocontrol. De esta manera, el adicto empieza a perder su sano juicio, hasta terminar en lugares y situaciones que jamás siquiera imaginó poder vivir (Ortiz, 2008, p. 52).

La degradación, la irascibilidad, la manipulación, el oportunismo, la apatía y el desprecio hacia las actividades sanas, las conductas soberbias y desafiantes, y las mentiras son solo algunas de las herramientas que el adicto utiliza en esta etapa para proteger el placer de ejecutar su práctica adictiva, pero a un altísimo costo en su calidad de vida y bienestar. Llamamos crítico al adicto de esta fase porque en la mayoría de los episodios hace crisis. En caso del cannabis, por ejemplo, dichas crisis son motivacionales y en ellas se presenta un gran deterioro en las capacidades cognitivas.

La persona hace crisis de abstinencia, su vida comienza a disiparse en medio del consumo, lo cual produce una gran frustración. Sus niveles de resiliencia bajan y su umbral ante la frustración se diezma. Su tolerancia ante la crítica, ante el rechazo, ante el hostigamiento, entre otros, llega a niveles muy bajos, lo que ahonda su tristeza y su dolor y propicia nuevos consumos para evitar esas realidades emocionales. En ese estado, el consumo se convierte en una forma de vida que absorbe cada vez más su tiempo, su energía y, sus valores interiores y exteriores.

 Bajo estas circunstancias, en el alcohólico son frecuentes las escenas bizarras, en el cocainómano las faenas de 2 y 3 días de encierro y consumo, generalmente en moteles o prostíbulos. Para el caso de consumo de analgésicos bien sean en gotas o inyectados, las dosis son enormes, debido a que el umbral de la tolerancia está en su punto más alto; de igual manera pasa con todas las sustancias psicoactivas. De esta manera se llega a consumir dosis tan altas que intoxicarían a una persona normal, hasta podrían matarla. El fin de esta fase se reconoce porque inicia la tolerancia invertida, es decir, la capacidad de aguantar mucha cantidad de sustancia pasa y rápidamente se comienza a sentir el efecto con dosis menores. Esto marca el comienzo de la fase crónica.

Justo al término de esta fase se alcanzan el placer en la descarga y el dolor, culpa y sentimientos de agonía con posconsumos más intensos. Por eso el adicto en contra de su patrimonio cultural, moral y material paga los consumos, aunque no con bienes materiales únicamente. Además, está dispuesto a terminar solo, despojado y humillado para estar en contacto con la práctica adictiva; así es como opta por los consumos en solitario. La persona se torna irascible y casi inasequible cuando se le trata el tema de la adicción. La pérdida de control de sí mismo es tan grande, que está dispuesto a vender sus pertenencias para sufragar los gastos materiales de la adicción. Abusa de sus semejantes mediante engaños, robos y promesas incumplidas. También, llega en muchos casos a verse involucrado en accidentes y problemas legales y, en fin, en conductas incongruentes e irresponsables que lo empujan a escalafones de menor responsabilidad. En consecuencia, se degradan sus dinámicas existenciales. La persona cada vez tiene una menor calidad de vida hasta un punto tal que, si no le pone fin a su negación y evasión, termina en clínicas psiquiátricas, centros de recuperación, mendicidad, cárceles o muerto; en todo caso, estigmatizado y marginado de las oportunidades de incrementar sus valores integrales (Ortiz, 2008, p. 52).

En esta fase se encuentran muchos de los llamados consumidores problema, es decir, aquellos que casi siempre encuentran dificultades o escándalos. El final de esta etapa se reconoce también por el consumo o la práctica en soledad y la pérdida absoluta de control durante el consumo, tan conocido en los casos asociados a abuso de sustancias. El final de la fase se reconoce cuando el adicto engaña y hasta roba, empeña sus cosas para sufragar los costos de su adicción. En este momento es cuando el adicto tiene graves problemas por su conducta antisocial, bien sea a nivel familiar o a nivel callejero y empieza a visitar los centros de reclusión o de tratamiento para adictos. En ocasiones, se ve involucrado en detenciones legales. La mayor parte de los adictos recuperados han iniciado su proceso de recuperación desde la humilde aceptación de esta fase, asumiendo con responsabilidad su compromiso de vida (Ortiz, 2008, p. 53).

 

  1. Fase crónica

Durante esta etapa prácticamente la sensación de placer extendido a toda la faena de descarga de dopamina ha desaparecido y se consume mucho más por refuerzo negativo (aliviar la ansiedad), que por buscar el estímulo placentero (refuerzo positivo). Solo se siente un efecto intenso, frenético y muy rápido al inicio de la misma descarga de placer, el resto es una sensación de frenesí y deseo de consumir más y más, que cambia según la sustancia y la variabilidad del tipo de consumo que haya desarrollado el individuo; se siente placer únicamente al inicio. El hábito es tan fuerte que se obra más por automatismo adictivo que por voluntad propia, sumada una imperiosa necesidad de estar practicando la conducta adictiva. Los niveles de ansiedad y de angustia son tan altos que, en ocasiones, como en el caso de las drogas, el efecto antecede a la práctica adictiva (Ortiz, 2008, p. 53).

De igual manera, las agresiones físicas o verbales contra quienes quieren impedir el consumo se intensifican. De tal modo, el enfermo considera de manera irracional que con un nuevo ciclo encontrará resultados diferentes, que podrá controlar su conducta en la nueva ocasión que anhela. Esta equivocación lo conducirá, tarde o temprano, a los mismos abismos que él quiere evitar. Consume esperando encontrar el placer de las anteriores fases, pero este ya ha desaparecido. Siente lástima por sí mismo y se convierte en el traidor de sus propios ideales, debido a la rapidez con la cual se degrada tras el consumo. Tal es el caso de la persona de la tercera edad que falsifica una fórmula médica para conseguir sedantes, la del jugador que estafa a su familia, la del drogadicto que pide limosna en la calle o el alcohólico que queda tendido en la cantina o en el piso de su casa. Las anteriores situaciones son bastante similares, todas están amparadas por una fuerza desintegradora[18], superior a la voluntad de la misma persona que las obliga a romper su integridad personal para satisfacer esa fuerza destructiva denominada adicción (Comunicación personal, Rosabel Soler, 2000).

Se mencionó que en la fase anterior había un aumento de los niveles de tolerancia, luego en esta fase inicia un rápido descenso tan pronto como dichos niveles llegan a su punto más alto; cada vez con menos cantidad se obtiene un efecto intenso hasta llegar a un punto tal en que con una mínima dosis se obtiene un efecto abrumador. Con una mínima dosis, el adicto a sustancias tiene más que suficiente para terminar de perder el poco sano juicio que le quedaba. Por su parte, el organismo trata de defenderse de la sustancia tóxica: casos de incontinencia urinaria y fecal, sudoraciones, vómitos y temblores aparecen después del consumo y, en ocasiones, hasta en los momentos inmediatos previos al consumo, pues la enajenación durante esta fase crónica, es más que evidente. La muerte por sobredosis o lapsos demenciales son muy frecuentes durante esta etapa.

En la fase crónica, el adicto queda solo y marginado, tras haberse despojado de sus diferentes valores y dinámicas existenciales, de los entornos afectivos, laborales y sociales en los que se desenvolvía la persona. El adicto crónico pierde gran parte de su sentido de orientación, de propiedad y de identidad. Incluso, llega a perder completamente su sano juicio, poniendo su vida y la de otros en constante peligro. Aunque la recuperación también es posible en esta etapa, en la mayoría de los casos el adicto crónico ha realizado intentos fallidos para controlar su adicción. Durante esta fase el daño es tan evidente que la negación tiende a desaparecer, pero la evasión de la responsabilidad en la recuperación es más marcada (Ortiz, 2008, p. 54).

En esta fase el adicto obra con una completa pérdida de control sobre sus deseos desbordados, consume sin desearlo y de una manera automática y compulsiva. Está dispuesto a sufragar a cualquier precio un nuevo consumo; pierde la dimensión del valor de los objetos, del dinero, y del aprecio de sus seres queridos. Sus ideas tienen una marcada tendencia paranoica: se siente señalado, solo, humillado, impotente ante la vida y discriminado por su práctica adictiva. Es víctima de su enfermedad y está completamente azotado por los fenómenos indeseados del síndrome de abstinencia. Por último, las fallas en las actitudes y la pérdida del pensamiento asertivo traen severos problemas. La única vía de salida es la abstinencia (Ortiz, 2008, p. 54).

 

TIPOS DE ADICTOS

Queremos nuevamente insistir en el hecho que “no todo el que consume es adicto; no todo el que toma alcohol es alcohólico; y, ni todo joven que probó la marihuana es adicto”. Por ello, una vez expuestas las fases de la adicción, a continuación, haremos referencia a los tipos de adictos, con lo cual se busca una mayor comprensión de la compleja enfermedad de la adicción. Son estos los adictos cíclicos y los adictos institucionales.

 

El adicto cíclico

El adicto cíclico se caracteriza porque no logra niveles suficientes de asimilación de su enfermedad, y cuando empieza a encontrar en su existencia un carácter de bienestar emocional se siente fuertemente atraído y con permiso para consumir. La adicción cíclica se da cuando las personas que inician un proceso de recuperación permanecen limpias por un tiempo, pero luego tienen una recaída y suelen reiniciar su proceso, bien sea a nivel institucional o en grupos de apoyo, de oración o por cuenta de sí mismas.

Los ciclos que maneja un adicto de este tipo son bastante similares en cuanto a la duración de cada uno, pero tal duración es diferente en cada persona. Se es adicto cíclico desde que los ciclos entre cada práctica adictiva superen los 30 días; de lo contrario, puede tratarse de un adicto que se enmarca en alguna de las fases anteriormente descritas. La recuperación es viable desde que se hallen, desenmascaren y resuelvan los errores de los anteriores procesos (Ortiz, 2008, p. 54).

El adicto crónico puede –con el tiempo y la abstinencia– pasar a crítico, y de crítico a intermedio, pero no ha sido demostrado que se recuperen los niveles de tolerancia ante la sustancia, es decir, la adicción es irreversible. Hay variación en el intervalo del episodio y puede disminuir la intensidad del mismo, siempre y cuando se disminuya el consumo en más de un 95 por ciento en el término de 3 años, bajo el gravísimo riesgo de quedar enganchado al consumo con un nuevo episodio. Por eso lo mejor es conservar la abstinencia, pues con cada episodio regresan los síntomas indeseados de la misma y, de hecho, los efectos secundarios al consumo.

 

El adicto institucional

El adicto institucional es una persona con severas restricciones en su voluntad. Aunque intente su recuperación, solo puede estar sobrio por largos periodos de tiempo cuando tiene restricción sobre su libertad al estar recluido en una institución. Es bueno recordar que, con un buen programa de rehabilitación, todo adicto puede recuperarse (Ortiz, 2008, p. 55).

En síntesis, por una parte, los adictos cíclicos son aquellas personas que duran limpias un tiempo, pero luego recaen y retoman la enfermedad en el punto en que la dejaron, lo cual frena el proceso de recuperación. Por otra parte, se encuentran los adictos institucionales, quienes solo pueden encontrar algo de sobriedad cuando están recluidos en algún centro de rehabilitación.

Llamamos la atención sobre el tratamiento que se le dé a la persona. Una persona adicta puede fácilmente hacer transición de una adicción a otra, al no recibir un buen tratamiento que involucre el desajuste de la personalidad. Las llamadas adicciones cruzadas, las cuales son la sustitución de una adicción por otra ―sustancia por sustancia, juego por sustancia, juego por comida, persona por sustancia, entre tantas otras sustituciones― preservan la obsesividad y el mal manejo de propiciadores y facilitadores, y terminan por disparar el comportamiento irracional, evasivo y compulsivo. Infortunadamente, es cada vez mayor el número de adicciones o diagnósticos dobles que se registran.

 

Referencias

 

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[1] Cabe recordar que es la existencia de un incremento progresivo de las dosis de la droga para mantener los efectos subjetivos (Terán y Ledo, 2009, p. 223). Aparece cuando se detiene su administración de forma repentina (Stahl, 2011) y los síntomas son contrarios a los producidos por las drogas (Kuhar, 2012).

[2] Jellinek fue consultor en Alcoholismo de la OMS, al momento de esta publicación era el Decano del Instituto de Estudios sobre el Alcoholismo, Universidad Cristiana de Texas, Fort Worth, Tex., EE.UU. (OMS, 1954, p. 2).

[3] Término que tomamos de las intervenciones psicológicas en los casos de suicidio. Es importante que la Adictología tome y adopte términos de otras especialidades para una mejor comprensión a manera de meta conceptos. Según la OMS el término empleado para designar a un especialista en medicina de las adicciones es “adictólogo”. A finales de los 80 “la Medicina de las adicciones” (Addiction Medicine) fue la denominación preferida en EE.UU. para la rama de la medicina que se ocupa de las enfermedades relacionadas con el alcohol y las drogas” (1994, p.44).

[4] Manía o compulsión irrefrenable a consumir sustancias tóxicas independiente sean estos psicoactivos o no

(esmaltes, jabones, limpiadores, entre otros). Y, no por esto cumplen con los criterios de una adicción.

[5] Es importante resaltar la teoría de los tres controles que se pierden con la adicción, 1) Control sobre la abstinencia. 2) Control para detener el consumo una vez se inicia y 3) Control sobre la conducta una vez la persona esta enganchada al consumo (descarga de dopamina).

[6] Se entiende por patología dual cuando existen simultáneamente la adicción con otro problema importante de tipo psicológico.

[7] El poder adictivo de una sustancia es exógeno, pues es un factor que caracteriza y que proviene del exterior de la persona (Ortiz, 2008, p. 35).

[8] La resistencia orgánica del cuerpo es un factor endógeno por ser parte del interior de cada persona (Ortiz, 2008, p. 35).

[9] Llamada también la dismorfoestesia es la sensación de ser especialmente feos, impresentables, repugnantes, deformes (Galimberti, 2002, p. 339).

[10] Umbrales de tolerancia ente la frustración, crítica, rechazo, el hostigamiento, la traición, el duelo y el ridículo principalmente (Jaramillo, 2020).

[11] Falta de normas o reglas (Galimberti, 2002, p. 84).

[12] Esta palabra en inglés se hizo conocida tras la película Los Nerds. Estos eran jóvenes muy estudiosos, bien comportados y obedientes, que todo lo hacían bien.

[13] Está definido previamente, capítulo 1, el bonding hace referencia el potencial adictivo de la sustancia o conducta, es decir, la fuerza que este tiene para adherir a la persona al consumo.

[14] Está definido previamente, capítulo 1ero, el kindling adictivo es la vulnerabilidad de una persona ante una sustancia.

[15] El priming es el deseo de continuar consumiendo tras haber tomado una dosis pequeña de una sustancia adictiva o de otras que causen el mismo efecto sobre el sistema de recompensas cerebral (Wikler, 1948 citado en Rahola s.f. p. 7).

[16] Que no se integra o vincula al cuerpo social (DLE, 2019).

[17] Significa que es contrario al orden social (DLE, 2019a).

[18] Esta fuerza va desintegrando el yo, el carácter, la convicción es sí mismo, la personalidad y el sentido de vida, grosso modo los grandes componentes de la voluntad humana, esto se toma de algunos postulados de la psiquiatría cubana del año 2000 en la Clínica Internacional para las Adicciones (Comunicación personal, Rosabel Soler, 2000).