CAPÍTULO UNO
LINEAMIENTOS GENERALES
Testimonio 1. Industrial de 55 años.
“Mi vida trascurría de manera normal, consumía alcohol en mi adolescencia, de allí pasé –casi que sin quererlo y por la presión social– a consumir marihuana. Luego pasé a la cocaína y duré en varios años de excesos hasta que inició en mí un fuerte impulso hacia las prendas interiores femeninas, esto cursó hacia un travestismo fetichista cuando estaba bajo los efectos de la droga. Allí inicié con gran cantidad de tratamientos infructuosos hasta que caí en el crack, lo que representó el colapso de toda mi existencia. La lucha para salir adelante de lo que empezó por un porro de marihuana, que terminó por llevarme al infierno, duró varios años. Cuando consumía drogas era un mediocre que solo estaba planificando un nuevo episodio. Hoy he logrado construir una pequeña industria y mi vida tiene otro sentido. He restaurado mi vida y el caos pasó, gracias al tratamiento de Función Futuro. Puedo dar hoy testimonio de que estoy bien, de que el tratamiento funciona y del daño terrible que llegaron a hacer las drogas en mi vida, en mi familia, en mi conducta sexual y en mi personalidad”.
Albert X, paciente. (Fundación Función Futuro, 2008)
En diversas épocas, culturas y civilizaciones se ha abordado el tema de los desórdenes adictivos desde diversas ópticas, con el fin de establecer por qué el ser humano es proclive a perpetuarse en el consumo o prácticas adictivas, aun a costa de su propia destrucción. Como lo afirma Escohotado (2008): “el ser humano, bien por accidente o por virtud, aprendió a fermentar extractos y jugos vegetales para obtener alcoholes y luego consumirlos para estimularse. O bien, nuestros ancestros probaron plantas por mera curiosidad y ensayo, para conocer sus usos y encontrar las propiedades psicoactivas de algunas de ellas. Los fenómenos consuetudinarios anteriores eclosionaron en que la raza humana fuera proclive a drogarse, señalando la emergencia y desarrollo de los desórdenes adictivos, muchas veces por no entender las propiedades adictivas (estupefacientes[1]) y los efectos al mediano y largo plazo de muchas de estas sustancias; efectos secundarios que actualmente conocemos, están documentados y cuentan con certeza científica.
Un contexto mitológico puede ayudar a comprender mejor la tendencia a las adicciones que muchos seres humanos despliegan. Dédalo, quien logró escapar de su confinamiento elaborando unas alas de cera, las cuales pegó a su cuerpo para volar y así evadir su prisión, instruyó a su hijo Ícaro para que hiciera lo mismo, enfatizándole que no debía volar muy alto, ya que el calor del sol, a esas alturas, derretiría las alas. Ícaro, absorto por la alegría de volar y sumido en la sensación de poder que le daba su fugaz vuelo, olvidó o simplemente omitió las recomendaciones de su padre. El sol derritió las alas y así Ícaro cayó desplomado, muerto en el océano en donde, cuenta la leyenda, se constituyó el mar de Icaria. En esta figura mitológica vemos, con claridad, lo que las alas y la experiencia reveladora de volar son al consumo o prácticas de algunos comportamientos que producen la sensación de placer. Y, por ende, en la caída y muerte de Ícaro nos percatamos de cuál es la génesis de la enfermedad adictiva.
Para lograr una mejor comprensión de la magnitud de los desórdenes adictivos y del consumo, es bueno hacer alusión a lo que nos propone el idioma inglés, cuando distingue entre illness, disease y sickness. Aun cuando los tres términos hacen alusión a una situación de enfermedad o malestar significativo, el primero, illness refiere a un malestar que experimenta como tal una persona independiente. Sea determinado por un clínico o no, es algo real que surge desde lo que padece la misma persona. Por su parte, disease es lo que el clínico determina que padece la persona desde los avances y conceptos de la ciencia y, por ende, es sensible al error en la interpretación. Finalmente, sickness puede hacer alusión a una conducta interpretada como enfermiza, sea una condición clínica o no, siempre dentro del contexto sociocultural.
En este orden de ideas, imaginemos una persona que se pregunta a sí misma con el consumo de marihuana, por ejemplo, “no sé qué me sucede, estoy consumiendo hierba una y otra vez, estoy iniciando desde la mañana. Incluso me despierto en las noches a fumar y ya no puedo pensar bien, tengo pensamiento de consumo todo el día y me la paso fantaseando y no trabajo”. En este caso vemos que la persona está enferma con un malestar intrínseco a ella misma (illness). Hace 50 años no era diagnosticado porque no existía como tal el diagnóstico de un desorden adictivo relacionado a sustancias. Sin embargo, hoy bien podemos determinar que esta persona tiene un desorden adictivo (disease). A su vez, si vemos a un muchacho de 14 años experimentar con unas líneas de cocaína, así este no sea adicto, como a un piloto de avión de pasajeros consumir una buena porción de estimulantes antes de abordar el jet, podemos afirmar, con plena claridad, que esa conducta refleja un comportamiento enfermo o enfermizo (sickness), independiente a que sea adicto o no. De esto podemos deducir que los desórdenes adictivos, en cuanto a la persona, han existido desde los mismos orígenes de la adicción (illness). Aun cuando los griegos ya denominaban a algunas conductas desviadas y excesivas, dipsomanías o locuras de placer y enofilias o aflicción por el vino, tardamos más de 3.500 años en entender los desórdenes adictivos como una enfermedad cerebral. Todavía hoy, tal y como lo hacían los romanos azotando a los borrachos escandalosos con el flagrum[2], en muchos lugares se interpretan todos los tipos de consumo como una desviación social que amerita únicamente de castigo y no de una buena política de prevención, regulación y tratamiento al enfermo adicto.
Mucho se ha escrito acerca de las drogas en los últimos 50 años, un poco menos sobre su consumo, todavía menor la proporción de literatura seria sobre los trastornos adictivos o la enfermedad adictiva y, en menor medida, acerca de los efectos reales a mediano y largo plazo de su consumo. También, se encuentran textos que niegan que los trastornos adictivos sean como tal una enfermedad. El modelo de enfermedad cerebral propuesto por científicos como Leshner, O´braien & McLellan y Volkow & Morales citados en Becoña (2016, p. 119) es de manera increíble rechazado por este autor afirmando que el modelo cerebral propuesto es equivocado “porque es simple, sesgado, interesado, reduccionista, no se basa en los datos científicos existentes sobre la adicción ni en el modelo biopsicosocial y, además, no vale para los intereses de los consumidores o adictos” (Becoña, 2016, p. 124)[3]. Esta afirmación se aísla del conocimiento científico actual, y desde el enfoque del conocimiento teórico, académico y práctico contemporáneo, se asevera con plena certeza que los desórdenes adictivos sí son una enfermedad (disease) con un componente cerebral denso, específico y medible. En Colombia, el psicólogo Augusto Pérez Gómez (1995) sigue la línea de Becoña, al defender la posición de que las adicciones no son una enfermedad, lo cual ha impactado negativamente las políticas del tratamiento y prevención de las adicciones en varios países.
En la actualidad, se cuenta con todos los criterios investigativos y clínicos para afirmar que las dependencias, los trastornos adictivos (TA) y los desórdenes alimentarios (TCA)[4] sí presentan una clara patología, con síntomas evidentes y un deterioro característico, que amerita y responde al tratamiento tanto médico como psicológico. Hay personas que no la ven como tal, sino como una a conducta excesiva o una desviación de la moral.
En la actualidad no se puede hablar únicamente de adicciones químicas, también las hay, no químicas. Es por ello que iniciamos el relato indicando cómo, desde la mitad del siglo pasado, nuestros jóvenes han sido arrasados en una buena medida por la enfermedad adictiva y el consumo. Aun cuando estas dos situaciones presentan similitudes, al estudiarlas nos daremos cuenta de que son muy diversas.
Alcanzaremos plena claridad de lo que son las sustancias psicoactivas y los diferentes tipos de consumo o prácticas que se pueden convertir en hábitos patológicos o, de hecho, en trastornos adictivos que recién han sido incluidos en la última versión de la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE–11)[5] de 2018. Veremos que, si bien, muchas inician por hábitos autodestructivos insanos o vicios, terminan por enfermar el cerebro y a desorganizar la conectividad en las redes del prodigioso sistema de conexiones cerebrales del ser humano.
Estos trastornos son, en definitiva, una enfermedad cuyo epicentro está en la disfunción de la conectividad de ciertos transmisores asociados a las sensaciones de placer, gozo y plenitud que, en ciertas personas, termina por convertirse en una obsesión y un hábito autodestructivo. El adicto, por la búsqueda del placer, termina rápidamente por entregar el bienestar de su propia vida, especialmente la de aquellos menores de 25 años, quienes sobrecargan estos circuitos de placer con el consumo. Cada vez el consumidor dedica más tiempo, esfuerzo y energía al consumo y deteriora su capacidad de resolver sus necesidades, experimentando una ficticia sensación de autorrealización, la cual no es legítima.
Infortunadamente, es mucho más fácil contraer esta enfermedad a esas edades, por ello describiremos algunos de los hechos históricos relevantes, principalmente aquellos que impactaron las juventudes de las últimas décadas y su relación con el consumo de sustancias psicoactivas, así como la proliferación de los trastornos alimentarios y de la personalidad, los cuales definitivamente presentan cierta afinidad a nivel cerebral (ver en la Tercera Parte, Historia y Fenómeno Social).
Prohibir o no prohibir: todo un dilema
Desde los estudios del Doctor Nils Bejerot[6], se levantó una voz de alarma ante las Naciones Unidas para controlar el consumo y hacer, en aquella época, del consumidor un delincuente. Este concepto se debe replantear y se debe hacer una reclasificación organizada y coherente de las sustancias, según lo que Pierre Deniker (1966/1976) –primer analista moderno serio– postulara en sus estudios[7].
Aunque muy coherentes y atinadas, de dichas propuestas surgen las vetustas clasificaciones actuales. A pesar de haber tomado los principios de Deniker, realmente no corresponden a la realidad de sus efectos. La clasificación de Deniker se empalmó con términos que no se adaptan a la realidad de las sustancias psicoactivas según su efecto, independientemente de que sean legales o ilegales. Esto se profundizará en las categorías fundamentales de las sustancias psicoactivas (capítulo sobre el alcoholismo). Lo postulado por Deniker para la mente humana, fue nada más y nada menos que la antesala de la psicofarmacología moderna.
A raíz del ataque contra las sustancias y las políticas de prevención centradas en la sustancia adictiva, y no en la persona, en muchos países se extendió la regla general de criminalizar el consumo. Esta situación fue la que obligó a la Ley Nixon[8] en los años setenta, a clasificar las sustancias según su peligrosidad. Además, pretendió retomar y proyectar el prohibicionismo del alcohol de la Ley Vosltead[9] de los años 20 del siglo pasado, medida que maximizó el consumo ilegal de alcohol en Estados Unidos, fortaleciendo a las mafias que se enriquecían con su venta (Hall, 2010). A lo largo de la historia se ha demostrado que el prohibicionismo, en rigor, ha aumentado la problemática de erosión y descomposición social. Por ello se debe despenalizar la posesión de algunas sustancias en determinados segmentos de la población y se debe ahondar en su investigación científica.
Es claro que se debe normalizar la producción y fabricación de estas sustancias mediante procesos farmacéuticos seguros, de buenas prácticas de manufactura, clínicamente probados, reduciendo su potencial psicoactivo y, de hecho, reduciendo su potencial adictivo. Finalmente, se debe regular y restringir su expendio, como sucedió el siglo pasado con el tabaco en algunos países europeos al restringir su venta solo a personas mayores de edad en tabaquerías. Algo similar sucedió con el alcohol en Colombia en el siglo XIX, cuando se acabó con los alambiques[10] populares y el Estado adoptó la producción de los licores, prohibieron las técnicas artesanales y elevaron las penas para la fabricación, tráfico y expendio, e instó al consumidor al tratamiento, mediante políticas bien trazadas como se explicará en el capítulo titulado “La Prevención”. Sin incurrir en el error de generar estados cantineros y expendedores de drogas, estos mercados los deben tener terceros civiles, regulados desde los insumos, la fabricación, expendio, porte y consumo, eso sí, solo sobre ciertas sustancias y solo a mayores de 25 años.
Aunque hemos visto que la prohibición de las drogas tiende a bajar su consumo, en realidad aumenta el daño social por encarcelamiento, tráfico, microtráfico, delitos asociados al consumo y al expendio y, de hecho, afecta el gasto público, puesto que aumentan los costos judiciales al elevarse el número de presos (Procuraduría General de la Nación, 2014). Por ello es necesario restringir completamente su uso en la población joven, sin criminalizar al consumidor, pero sí penalizando el consumo en menores de 25 años, dado que el cerebro no se termina de desarrollar sino hasta esa edad, lo cual hace a esta población completamente vulnerable y proclive a desarrollar trastornos adictivos y de personalidad por el consumo prematuro.
Para lograr la penalización del consumo en personas menores de 25 años se propone un modelo de contravención normativa. En este modelo, la primera vez que la persona menor de 25 años sea sorprendida en consumo se realizará una amonestación en privado; la segunda vez, será amonestación pública, a nivel familia y reporte al colegio o universidad en caso de ser estudiante; y, la tercera vez, señalará la obligatoriedad de asumir un tratamiento, obviamente, mediante prueba toxicológica que determine que se trata de un consumidor y no de un expendedor ilegal.
De especial cuidado es el caso del personal médico, el cual debe ser muy cauteloso en la formulación en poblaciones jóvenes de anfetamínicos como la ritalina, de analgésicos, sobre todo opioides, y ansiolíticos como el lorazepam, diazepam, alprazolam y clonazepam entre otros, que no solo pueden generar dependencias llamadas iatrogénicas[11], sino también aquellas fácilmente producidas en adultos. De no ser estrictamente formulados por personal sumamente calificado ―bajo el protocolo internacional definido como el mínimo funcional de economía farmacológica, esto es, el mínimo tiempo posible, la menor dosificación efectiva y la menor potencia medicamentosa viable― se podrían presentar complicaciones futuras. Por esto, han sido muchos los casos, incluso de estrellas de cine y música, que han fallecido por los embates del consumo de estas sustancias, principalmente por la sobreformulación, la automedicación y la desobediencia a la formulación.
Es importante resaltar que todas las sustancias psicoactivas, sean adictivas o no, tienen efectos primarios no deseados y también, secundarios o indeseados; por esta razón es necesario evaluar muy bien la necesidad del medicamento y realizar un seguimiento. De igual manera, es importante que las personas atiendan los consejos de sus médicos tratantes, pues los problemas generalmente inician cuando se hace caso omiso de las directrices médicas y se continúa su uso. En efecto, todo uso no formulado constituye per se un abuso, lo cual es riesgoso y perjudicial.
Todas estas sustancias y sus consumos deben ser estudiados desde el origen de la legalidad, dejando mitos y tabúes para regular y normalizar estrictamente su producción y consumo. Si no se inicia hoy desde el conocimiento objetivo del tema será muy difícil contener la marejada del consumo.
LA ADICCIÓN COMO ENFERMEDAD
Debido a que el tema de las adicciones ha sido satanizado y, básicamente, constituye una materia prohibida, la información clínica sobre las mismas fue muy escasa y de poco interés hasta finales del siglo pasado. Durante las últimas décadas, la ciencia ha puesto sus ojos sobre esta área lo que ha generado grandes avances en el estudio de los trastornos adictivos.
Actualmente, la medicina se ha esforzado por entender las adicciones y el consumo de sustancias psicoactivas, así como también los trastornos de la personalidad ocasionados por estas mismas. La salud mental se ha regido a nivel mundial por los manuales de diagnóstico clínico realizados tanto por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como por la Asociación Americana de Psiquiatría (APA, por sus siglas en inglés). Los manuales clínicos utilizados por la medicina a nivel mundial, para determinar cualquier tipo de enfermedad, incluyen las adicciones y los trastornos mentales. Los más utilizados son el manual de Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE)[12] y el Manual Diagnóstico y Estadístico de Desórdenes Mentales (DSM-V)[13], producidos por la OMS (2018) y la APA (2014) respectivamente, asociaciones ampliamente reconocidas en todo mundo.
Hoy por hoy, sobre el consumo de drogas existen estudios y diagnósticos relativos a los trastornos asociados al consumo de sustancias; aun así, falta un gran impulso. Se requiere de la consolidación de un capítulo completo en salud mental que incluya todos los trastornos adictivos tanto químicos como no químicos, y también las llamadas patologías duales[14], pues en la actualidad se estima que más de 350 millones de personas en el mundo padecen de adicciones. Esta cifra fácilmente se duplicaría si se incluye el tabaco.
La estandarización y categorización de los trastornos adictivos que, al tenor de la ciencia del siglo XXI, son en definitiva una enfermedad de la que se ocupa este escrito, son ya definidos en el CIE–11 (OMS, 2018)[15]. Por consiguiente, este texto se apoya en los estudios de muchos autores que así lo intuyeron desde hace décadas como el Dr. Magnus Huss[16]. Estos definieron científicamente los trastornos adictivos como una enfermedad, con un importante componente cerebral, incluido solo hasta hace unos pocos años, gracias a los estudios psiquiátricos y científicos de la Dra. Nora Volkow[17] en los Estados Unidos. Su trabajo ha sido fundamental para demostrar que la drogadicción es una enfermedad del cerebro humano. Además, ha sido pionera en el uso de imágenes del cerebro[18] para investigar los efectos tóxicos de las drogas y sus propiedades adictivas (National Institute of Drug Abuse [NIDA], 2014, párrafo 2).
Como se expondrá más adelante, si se aprueba un uso recreativo ha de ser de sustancias seguras, procesadas, estudiadas y elaboradas profesionalmente; no realizadas empíricamente en oscuros garajes o en medio de selvas tropicales. Esto, con el fin de llegar a una nueva generación de smart drugs[19] de un impacto negativo menor. Su uso deberá ser únicamente para personas mayores, y contar con políticas de prevención y tratamiento coherentes y efectivas como las que propondremos en el aparte respectivo, pues entre más ilegal sea la sustancia y dudosa su fabricación, más insegura y riesgosa se hará.
Después del levantamiento de la Ley Volstead, William Grifith Willson[20], conocido por su sobrenombre Bill W., fue el primer norteamericano en sugerir que el alcoholismo era una enfermedad, en contra de lo que afirmaban muchos puritanos, quienes lo consideraban algo diabólico. Asimismo, argumentos apoyados en las investigaciones de Elvin Morton Jellinek [21] en torno al alcohol, afirmaban lo dicho previamente por el Doctor Magnus Huss, quien acuñó el término alcoholismo y sustentó que el comportamiento de beber compulsivamente sí era una enfermedad (Freixa, 2002, p. 135).
El alcoholismo –que visto desde el aspecto espiritual– es una gula por embriaguez que afecta la voluntad, fue por mucho tiempo entendido como una enfermedad del alma. Por aquel entonces, cuando el recurso científico era muy precario, los enfermos solo tenían el camino espiritual como salida. El programa de Alcohólicos Anónimos (AA)[22] se basa en lo desarrollado desde la Oración de la Serenidad compuesta por Reinhold Niebuhr[23] y, sin duda, fue prácticamente el único tratamiento con alguna efectividad durante el siglo pasado[24].
Bill. W. (fundador de los Alcohólicos Anónimos) fue el primero en divulgar, en siglos recientes en América, el alcoholismo como una enfermedad. Si bien, no todo el que consume alcohol es un alcohólico, tampoco todo el que consume drogas es un adicto. Aún hoy esa discusión prosigue en algunos sectores que pretenden desconocer las investigaciones científicas que relacionan las adicciones con el funcionamiento del cerebro, como las realizadas por la doctora Nora Volkow. En ellas, Volkow comprueba que la adicción tiene un componente a nivel cerebral que altera la comunicación en las neuronas e interfiere en su funcionamiento y que, además, involucra el circuito del placer, lo cual incide en el desarrollo de la adicción (Volkow, 2014, p.18).
Actualmente no se habla únicamente de adicciones hacia las drogas, sino también hacia la búsqueda de placeres compulsivos, lo que se define como adicciones no químicas. El mismo Sigmund Freud[25] estableció que el placer no sano puede hacerle daño a quien lo busca e igualmente a un tercero; además, es irracional o un placer frenético o ‘loco’. Son los placeres irracionales que agregamos los que terminan por ser crueles y egoístas, los cuales muchas veces derivan en ansiedades y displaceres[26] que anteceden a la búsqueda de placeres costosos e ilegítimos, como los que producen las drogas (Deniker, 1988; Mitchell & Black, 1995).
En este orden de ideas, proponemos desde una minuciosa investigación académica, teórica y práctica en centenares de padecientes algunos de los fundamentos sobre las adicciones que surgen de nuestra práctica en la Fundación Función Futuro, todo esto con el fin de lograr una mayor comprensión sobre la enfermedad de la adicción, en beneficio de la sociedad, de las familias y de los individuos en general. Estos son los siguientes:
Proponemos que la adicción es una enfermedad degenerativa, la cual afecta la conducta (Jaramillo, 2015) y la biología del cerebro humano (Volkow, 2014, pp. 19-20). La adicción tiene incidencias tanto biológicas, psicológicas, sociales como espirituales. La incidencia biológica hace referencia a lo orgánico, ya sea a nivel neurofisiológico o genético, más el daño causado al organismo. También se relaciona con la personalidad y la identidad. La enfermedad además tiene repercusiones sociales en la persona y genera un desajuste psicosocial en ella. Por último, se evidencia cómo la enfermedad va desajustando el área espiritual de la persona, lo que se refleja en un detrimento de sus valores y de su voluntad.
La adicción es una enfermedad que se manifiesta con síntomas, características y consecuencias específicas, que involucra el temperamento, el carácter, el poder personal y todas las áreas de desarrollo del ser. La enfermedad actúa sobre las esferas socioafectivas y familiares de la persona, debido a impulsos irracionales producidos desde la afectación sobre el pensamiento, la emoción y el afecto. Es importante entender que esta enfermedad se desarrolla como un desorden patológico, que lleva a la persona a una práctica compulsiva y autodestructiva de determinados comportamientos o sustancias. Ya que la adicción es una enfermedad que genera placer ―a expensas de los diversos valores y la integridad del individuo― se produce dolor, culpa, temor y otras emociones desagradables y de difícil manejo que pueden terminar por generar trastornos de personalidad en el enfermo.
Es indispensable partir del entendimiento de que la adicción debe ser considerada como una enfermedad primaria, crónica y progresiva[27], que en los casos más avanzados actúa como precursora y productora de alteraciones severas de la conducta. No obstante, algunos sectores la cataloguen como una enfermedad primaria, esta puede ser inducida por trastornos de la personalidad y otros problemas psiquiátricos, tales como la bipolaridad y la esquizofrenia. Esto nos muestra que los desórdenes de la personalidad son desencadenantes de la adicción pues producen inestabilidad y desajuste interior, lo que conlleva el deterioro de la vida de la persona y las prácticas por evitación y por sentir un aparente bienestar pasajero con el consumo o práctica, lo cual termina siendo autodestructivo.
Vemos aquí un común denominador: el abuso de sustancias dado por comportamientos impulsivos que involucran la búsqueda de placer, poniendo la propia vida y la de terceros en riesgo. De esta manera, la enfermedad llega en muchos casos a ser producida por otros trastornos psicológicos o, como en el caso del adicto genético, basta el uso frecuente para contraerla. De hecho, es productora de malestares secundarios graves en el ámbito comportamental, biológico, psíquico, espiritual y social del enfermo y, si no es tratada a tiempo, conduce a la persona a situaciones bizarras y autodestructivas que fomentan el dolor y la culpa, y a un enorme proceso de desadaptación y marginamiento social.
La adicción es una enfermedad crónica por ser incurable. La única manera de detener su avance es mediante el logro de la abstinencia, un proceso productivo de esquemas de afrontamiento sanos ―autonomía, autoestima y autocontrol, principalmente―, y la conversión de antivalores en valores. Se ha visto que, en la mayoría de los casos es necesario efectuar un tratamiento integral terapéutico interdisciplinario adecuado y personalizado, con el fin de encontrar la recuperación integral del individuo. Este tipo de tratamientos resulta ser de gran eficacia, pues mediante el encapsulamiento de los síntomas, el adicto aprende a construir esquemas de afrontamiento de su enfermedad, lo cual lo ayudará a tomar control sobre esta y a mejorar su calidad de vida.
La adicción se entiende como una enfermedad progresiva, puesto que los síntomas aumentan con el paso del tiempo. Por lo tanto, no asumir la vía de la recuperación inexorablemente conlleva al paciente al marginamiento: a las clínicas psiquiátricas, a las cárceles, a la enfermedad mental y física, a las calles e incluso, a la muerte. En un sondeo realizado en la Fundación Función Futuro (2017), se ha demostrado que los tratamientos de rehabilitación y prevención de adicciones basados en un enfoque integral, son los más adecuados, puesto que abordan simultáneamente la contención de síntomas en cada uno de los campos de acción de la enfermedad; esto conduce a la persona no solo a entender, sino a afrontar y resolver los síntomas particulares de su enfermedad.
Se considera la enfermedad adictiva como un aberrante de la conducta. Esto debido a que el consumo y la práctica alteran la personalidad, afectan el temperamento, la capacidad de un individuo para relacionarse consigo mismo y con sus entornos; asimismo, desvían el sentido de vida a causa de la distorsión en la percepción y la extrema reactividad. Es importante mencionar que la capacidad de decisión del adicto se ve afectada hasta deteriorar, también, su carácter y voluntad. Por consiguiente, la enfermedad lleva a la persona a actuar en contra de sus principios y, como consecuencia de ello, a la erosión paulatina de la autoestima, la autonomía y el autocontrol, entre otros esquemas de afrontamiento de sus realidades existenciales.
La adicción, como enfermedad autodestructiva, ataca las diferentes áreas de la vida de la persona, por ejemplo: el área biológica, la cognitiva, la emocional, la laboral o académica, la socio-afectiva, la sexual, la económica y la espiritual. Esto nos muestra que la personalidad también se ve impactada; se generan cambios en el afecto, el carácter, el comportamiento y en el temperamento del adicto, quien se desvía de sus parámetros éticos y morales. El consumo suele llegar a convertirse en un poder superior a la persona misma; quien llega a abandonar sus propósitos de supervivencia y trascendencia. Por esta razón, e impulsado por su enfermedad, el adicto pierde su capacidad de elección y renuncia a sus responsabilidades, prioridades, principios y valores.
HACIA UNA COMPRENSIÓN SOBRE LA ADICCIÓN
¿Qué entendemos por adicción?
La adicción es una de las enfermedades más antiguas que se conocen, como se ha señalado. En la antigua Grecia la denominaban enofilia para el caso del alcohol. En aquella época eran muy conocidas las bacanales, fiestas dedicadas al dios Baco[28], las que más adelante adoptaron con creces en la época del Imperio Romano. En estas celebraciones se consumía hasta la embriaguez; en la práctica, un consumo abusivo. Esto muestra cómo desde el inicio de la civilización, algunas personas con determinadas predisposiciones en el ámbito neurofisiológico y predisponentes psicológicos empezaron a actuar compulsivamente para encontrar placer fácil.
El costo de obtener placer momentáneo resulta ser muy alto, pues solo genera un dolor posterior mucho más grande del que se pretendía mitigar o evitar anteriormente. Así, con la excitación del circuito del placer, el cerebro elabora conexiones rápidas para obtener dopamina[29], lo cual conlleva a sobreestimular su producción. Esta estimulación excesiva crea la necesidad, consciente o inconsciente, de repetir el estímulo una y otra vez, lo cual incrementa la enfermedad. De esta manera, se genera un gran deterioro en la persona que logra afectar sus círculos cercanos. La persona obtiene una sensación de ‘estar realizada’, pero es una sensación ficticia, química, producida por un bombardeo de neurotransmisores en el cerebro, que termina por absorber a la persona hasta el grado de vivir por y para consumir.
El término adicción[30] proviene del latín addictio, que significa “adjudicación por sentencia” (Diccionario de la Lengua Española [DLE], 2020). Este no se refiere únicamente al consumo de sustancias psicoactivas. Aun cuando no todas las conductas que son adictivas están reconocidas como tal, la adicción abarca todo tipo de conductas compulsivas, como la compulsión hacia el juego de apuestas (ludopatía), las compras, el sexo (libidopatía)[31], las amistades, las personas y los amores (filopatía)[32], las situaciones de alto riesgo como los deportes extremos, la Internet, el trabajo, el ejercicio físico (vigorexia), el estrés, entre algunas otras conductas que inician por una mecánica de placer rápido, que absorben al padeciente y terminan por generar sufrimiento. De allí la raíz etimológica patía, que viene del griego páthos, o “sufrimiento” (DECEL, 2020a).
Algunos especialistas consideran muy afines a las adicciones los trastornos de alimentación como la bulimia, la anorexia y la ortorexia, debido al sufrimiento que se expresa en su abstinencia, el desenfreno mientras la enfermedad está activa, y la consecuencia de determinada práctica obsesiva: la culpa y el dolor. Además, son prácticamente las mismas regiones cerebrales las que se ven afectadas en este tipo de enfermedades y terminan por ser desórdenes graves (altamente discapacitantes) en la conectividad de las redes neuronales.
Por rasgos generales, todas las adicciones, los trastornos alimentarios y de personalidad son desórdenes y enfermedades de la conducta[33] que son afines en sus connotaciones psicológicas; lo único que varía es la sustancia o comportamiento[34] autodestructivo de preferencia. Según sea su poder adictivo, el daño orgánico causado y el desajuste en la personalidad, se marca la fase adictiva del enfermo. En suma, son adhesiones a la conducta[35] que producen sufrimiento y fenómenos indeseados de síndromes de abstinencia y de consecuencia, que estimulan de un modo anómalo la mecánica del placer en la secreción de neurotransmisores ―los cuales producen sensaciones agradables―, y la conectividad entre neuronas y redes cerebrales.
Se ha demostrado, por ejemplo, que ganar en un juego de Black Jack o en el momento de un orgasmo, el cuerpo libera las mismas sustancias y estimula casi los mismos centros cerebrales que en el caso de la ingesta de los cocaináceos o de la práctica exitosa de otros comportamientos.
Vale la pena agregar que, el término adicción es un neologismo relativamente reciente para definir aquellas conductas que se adhieren a un comportamiento. La palabra adicción no fue usada en los manuales de diagnóstico y no es aceptada por algunos sectores, pero seguiremos utilizándolo, ya que mucho se ha confundido las toxicomanías[36], farmacodependencias, drogodependencias y dependencias químicas y no químicas, con algunos términos usados incorrectamente por los mismos comités de expertos de la OMS. Las adicciones, dependencias, abusos, consumos perjudiciales y otras patologías no se deben agrupar bajo la misma clasificación como lo estipulan los manuales del CIE y del DSM, en sus últimas versiones, bajo el título Desórdenes o Trastornos Adictivos.
A menudo se considera la adicción como una minusvalía moral, sin serlo; aun cuando llega a producirla. Es una enfermedad, como cualquier otra, que puede atacar a cualquier persona sin hacer ningún tipo de distinción social, intelectual, moral, de edad, de raza o credo. Técnicamente, bien forma parte de los trastornos mentales y del comportamiento de índole obsesivo-compulsivo en donde, a través del desarrollo de cierta acción, se busca aliviar la tensión, la ansiedad, la agonía emocional causados por los efectos de las sensaciones negativas que genera en el cuerpo la privación de la sustancia (ver neurobiología de las adicciones, teoría del doble refuerzo). Igualmente, bien podría formar parte de los desórdenes del control de los impulsos y las manías. Sin embargo, es muy específica y debe ser considerada como un capítulo aparte, ya que siempre involucra el circuito del placer.
Aunque los manuales de diagnóstico clínico no contemplan todavía la adicción en su real dimensión, nuestra experiencia en el tratamiento de cientos de adictos y el conocimiento a fondo de la enfermedad, nos lleva a concluir que en un 90 por ciento de esta población hay un doble diagnóstico por rasgos e implicaciones mentales, familiares y sociales. Esto afecta, a su vez, los niveles de inteligencia emocional, social, afectiva y espiritual y, por consiguiente, la conciencia del individuo de sí mismo, de sus entornos y de Dios.
Terminología para la comprensión
El estudio sobre el consumo de sustancias nos ha llevado a la adopción de palabras de otras disciplinas médicas o sociales, y a la creación de algunos términos. Tal es el caso del Kindling, el Craving y el Bonding.
Aunque los comportamientos adictivos son muy antiguos, como lo hemos expuesto a lo largo de esta parte, el altísimo potencial destructivo y adictivo que tienen las sustancias psicoactivas se ha incrementado con el paso del tiempo. Hay personas con mayor kindling adictivo que otras, es decir, son más propensas a desarrollar adicciones. Esto se define por su genotipo o predisposición genética. Aunque también son de gran influencia a la hora de desarrollar un trastorno adictivo la predisposición psicológica o el psicotipo; y, el biotipo, que implica la existencia de razas y géneros más proclives a ciertas sustancias que a otras.
El kindling adictivo es la vulnerabilidad de una persona ante una sustancia. Este puede ser heredado o transmitido por vía genética, ya que este gen puede estar en el ADN de una persona, haciéndola más vulnerable a contraer la enfermedad. Este es un término usado con frecuencia tanto en neurología como en psiquiatría. En neurología “es la tendencia de algunas partes del cerebro a reaccionar a la estimulación bioeléctrica repetida de bajo nivel, mediante el aumento progresivo de las descargas sinápticas, lo que reduce los umbrales convulsivos” (Segen, 1992).
En psiquiatría, el término hace referencia a “un aumento en la susceptibilidad al suicidio u otras formas de descompensación mental atadas al estrés recurrente” (Breskin, Dumith, Pearsons & Seeman, 2007). En suma, al kindling adictivo lo establecemos como un factor desconocido en cada quien, para desarrollar la enfermedad según sea el poder adictivo de la sustancia; es decir, este es un precursor o una sensibilidad neurobiológica para desarrollar el componente de la adicción a nivel cerebral.
El bonding viene del verbo pegar en inglés: bond. Este hace referencia el potencial adictivo de la sustancia o conducta, es decir, la fuerza que este tiene para adherir a la persona al consumo de dicha sustancia. Las drogas tienen potenciales psicoactivos diferentes al potencial adictivo. Por ejemplo, la nicotina tiene poco potencial psicoactivo y muy fuerte potencial adictivo, de manera tal que no es por lo dramático del efecto que establecemos el bonding de una sustancia.
Un aspecto de vital comprensión es el massive thinking, el cual es el pensamiento intrusivo de repetir la práctica que de manera indeseada va apoderándose de la mente del padeciente; es decir, el deseo cerebral inconsciente que extrapola al consciente. Otro aspecto es la apetenci o el deseo emocional involuntario o craving. Por último, si el adicto toma la decisión de consumir nuevamente se desarrolla la fase del searching o búsqueda, en la que la persona siente la compulsión de consumo.
Asimismo, son importantes los síndromes de abstinencia y de consecuencia, a los cuales nos referimos frecuentemente. Por un lado, el síndrome de abstinencia es el conjunto de sensaciones físicas, sicológicas y neuronales desagradables e indeseadas que instan al adicto a retomar obsesiva y compulsivamente el consumo o conducta, pues sin estos actos se siente vacío, sin vida[37]; es causa de sufrimiento en la persona. Por otro lado, el síndrome de consecuencia está representado por todos aquellos fenómenos que suceden luego de la faena adictiva: sentimientos de culpa, minusvalía, dolor, miedo, zozobra, ira y paranoia. Con una nueva sobreexcitación del sistema límbico[38] y del circuito dopaminérgico o circuito del placer, estos fenómenos de descompensación y desequilibrio pretenden ser suprimidos y evadidos una vez más a través de una nueva descarga de placer.
DESARROLLO DEL TRASTORNO ADICTIVO
Destacamos que ninguna persona decide ser adicta. Una vez comienza este suceso indeseado o accidente cerebral, surgen los pensamientos intrusivos de consumo cada vez más frecuentes y masivos (massive thinking), los cuales, además, son de gran influencia a la hora de desarrollar un trastorno adictivo, pues se hacen cada vez más recurrentes e intensos y conllevan a las apetencias. A estos pensamientos los hemos nominado pensamientos masivos, por la forma en que se van haciendo más profundos en la persona. Los pensamientos intrusivos o invasivos funcionan en el adicto como un precursor del craving. La palabra craving viene del inglés “antojo”. En nuestro caso un antojo o un capricho, cuya satisfacción se vuelve lo primordial en el diario vivir de la persona, cada vez con un mayor frenesí para repetir el acto o ritual adictivo.
De esta forma, la adicción termina apoderándose de la capacidad de elección de la persona, alterando su personalidad y modificando algunas funciones cerebrales, entre ellas, la conectividad entre las neuronas, lo que ayuda a dictaminar la frecuencia e intensidad de las prácticas adictivas. Una vez se pierde el autocontrol debido a una práctica adictiva es muy difícil recuperarlo. El único modo de detener su avance es con la abstinencia y desde este gran esfuerzo desarrollar un proceso de neuroplasticidad cerebral y la capacidad que tiene nuestro cerebro de reconectarse y repararse a sí mismo, gracias a la generación de nuevas conexiones y olvidar las antiguas.
La enfermad adictiva interfiere directamente sobre ciertos circuitos cerebrales alterándolos en su proceso de captación de placer y en el equilibrio de la segregación de algunos neurotransmisores (González y Matute 2013, p. 9). En efecto, no solo existe el daño que hacen las drogas a nivel de desadaptación neuronal e intoxicación, por esta razón el daño tiende a ser mayor en las adiciones químicas. Aun así, en adicciones no químicas se denota una fuerte dependencia generada por la adaptación y la desadaptación, lo cual también genera problemas de conectividad en las neuronas, los circuitos y los sistemas cerebrales. En resumen, se trata de un desorden en el circuito de recompensas, es decir: que el preadicto y el adicto quieren la recompensa sin el esfuerzo. De esta manera, la búsqueda de placer resulta en el consumo o la práctica; un peligroso atajo para obtener el estímulo de placer rápido y fácil, sin mucho esfuerzo.
En consecuencia, la mente del individuo se altera por la presencia del fenómeno obsesivo-compulsivo, por la práctica del hábito adictivo o por la presencia de fenómenos indeseados de síndromes de abstinencia y consecuencia. Todo ello ahonda el sufrimiento personal y familiar, e insta a la repetición de un nuevo ciclo en la persona adicta. Además de esto, en los casos más analizados se fractura la identidad (yo) del individuo que genera una escisión del yo inducida por el consumo, lo cual termina por desvanecer la personalidad.
En muchas ocasiones la adicción ha sido confundida con problemas de formación o con desviaciones sociales. Esta es una enfermedad con componentes neurofisiológicos, de entorno social, psicológicos, biológicos y también espirituales, que amerita de una respuesta terapéutica coherente, interdisciplinaria y específica tanto en su prevención como en el tratamiento. Si bien muchas adicciones inician por vicios o excesos, el núcleo primordial es un desajuste cerebral, el cual sucede sin previo aviso, dependiendo del poder adictivo de la sustancia (bonding) versus la vulnerabilidad de la persona (kindling).
Actualmente se han aislado genes en la cadena del ADN, identificado marcadores comprometidos con ella (Fonseca, 2017, pp. 22-28), y se conocen las reacciones neurofisiológicas anormales de algunas sustancias cerebrales que, en los adictos, no responden de igual modo a como lo hacen en las personas sin la enfermedad adictiva. Por esta razón, el adicto no es responsable de padecer su enfermedad, aun cuando en muchos casos esta se inicie por malos hábitos. Sin embargo, el enfermo tiene plena responsabilidad de saber pedir ayuda para resolver su situación de consumo.
El organismo de un adicto no responde de la misma manera que el de un no adicto ante la ingesta de una sustancia o práctica adictiva. Por esta razón se llegó a pensar, en el caso de los alcohólicos, que estos tenían algún tipo de alergia. Esto fue postulado hace ya casi cien años por el fundador de los Alcohólicos Anónimos, Bill W., a quien nos hemos referido previamente. Hoy sabemos con plena certeza, gracias a las investigaciones con tomografías por emisión de positrones del cerebro de la psiquiatra Nora Volkow, que la adicción no es una decisión personal y es, más bien, un accidente cerebral que repercute en muchos procedimientos cerebrales como en la secreción de neurotransmisores que, “al ser afectados por la neurotoxicidad de las sustancias, comprometen las conexiones entre neuronas” (Volkow, 2014, p. 17).
Tal interpretación tiene algo de sentido si se toma la reacción del organismo a nivel neurológico y psicológico, y no como una respuesta física de índole virulenta ante el consumo del tóxico o la excitación extrema. En otras palabras, la reacción de un alcohólico o del adicto en general no es virulenta, pero sí desencadena un proceso anómalo y reactivo que, en determinadas personas y por factores biológicos o endógenos, activa procesos que son muy diferentes de los experimentados por una persona sana. En un adicto, tras la primera dosis, se desencadena una reacción electroquímica en el cerebro que ocasiona una serie de fenómenos de turbulencia en la conectividad cerebral[39] que afecta terriblemente el pensamiento, la emoción y el afecto. Esto genera que el adicto finalice no por sentir placer al consumir, sino por la necesidad de otra dosis. Adicionalmente, enfrenta al adicto a la pérdida de control sobre sí mismo, a la ausencia de poder personal ante el poder adictivo de la conducta y al síndrome de abstinencia. Esto lo explicaremos, científica y detalladamente, más adelante desde un análisis objetivo de los que describen los mismos padecientes en el primer y segundo paso de los Alcohólicos Anónimos, la insensatez, la impotencia y la ingobernabilidad[40].
El cerebro de un adicto no está en capacidad de asimilar o de equilibrar la intensidad emocional producida por los químicos cerebrales liberados o inhibidos tras la práctica adictiva. Por esta razón, el adicto pierde el equilibrio mental, lo que empieza afectar su vida diaria. El adicto no es culpable de padecer esta reacción. Es una cuestión orgánica que funciona de una manera bastante similar a lo que sucede con un diabético tras la ingesta del azúcar: su organismo no la tolera y reacciona de una manera completamente diferente a la de un organismo normal.
En el caso del organismo adicto se crea, de manera contradictoria, la necesidad de consumir o practicar nuevamente aquello que lo ha perjudicado. Se presentan los deseos ‘indeseados’, producto de la sed cerebral que busca el estímulo de forma consciente e inconsciente para inundar el cerebro de determinado neurotransmisor, en asociación con la dopamina, según sea la adicción específica. Recordemos que el craving es el fenómeno de deseos o apetencias espontáneas e intrusivas, las cuales no son intensiones de consumo, ni de búsqueda de la sustancia. Entre más avanza la enfermedad el doing (descarga), que es el estímulo neto del comportamiento, aumenta en intensidad. Sin embargo, se reduce el tiempo de placer, causando como efecto rebote la neurodesadaptación de la persona.
Para los adictos, satisfacer el deseo de consumo se vuelve su principal motivo de vida. El adicto casi siempre defiende la enfermedad adictiva a cualquier precio de una manera netamente irracional, pues ha perdido el sano juicio y la capacidad de elección entre practicar la conducta adictiva o no hacerlo. La esclavitud indeseada hacia la práctica compulsiva genera sufrimiento a la persona puesto que, de forma contradictoria e indeseada, se reinicia debido a una fuerte pulsión interna por realizar nuevamente la práctica; esto trae como consecuencia el pesado yugo de la adicción.
Desde el deseo descontrolado de comprar objetos, pasando por la comida compulsiva, las obsesiones sexuales de placer, hasta las líneas de cocaína, las drogas de diseño, las pastillas, el juego y la heroína, entre otras, todos comparten un principio de hacer sentir bien a las personas mediante descargas eufóricas de bienestar súbito. Pero este placer no es más que una ilusión; con el transcurrir del tiempo generan dolor, temor y culpa que van en aumento, así como también lo hace el intervalo autodestructivo. Durante los periodos siguientes el individuo asocia los efectos a la fase de consumo inicial denominada ‘luna de miel’[41], y no a los nefastos resultados de las fases posteriores que surgen en la etapa precontemplativa, se refuerzan en la contemplativa y quedan de por vida.
Como ya se ha dicho, no es adicto todo aquel que consume sustancias o practica esporádicamente determinadas conductas que generan placer. Por lo tanto, un adicto es quien busca practicar esto de forma obsesiva, así como también quien la practica de una manera indeseada y compulsiva, transgrediendo sus propios principios éticos y morales. De esta manera, el adicto se afecta a sí mismo y a los demás. El inicio de las prácticas de conductas adictivas es similar a cruzar un campo minado o jugar a la ruleta rusa. Quizás no estalle una mina o se dispare una bala en ese intento, pero lo más coherente es no seguir haciéndolo, pues si se sigue en este peligroso juego de azar en algún momento se disparará la bala. Iniciar o continuar prácticas adictivas es muy arriesgado, porque se avanza sin saber si se tiene el componente genético de la enfermedad; si no se tiene, continuar puede despertar la adicción por abuso.
El rigor mental de consumir o practicar inicia su proceso tal como la práctica de una costumbre. Este hábito empieza a absorber las unidades de atención, acción, e intención del individuo hasta que este vive por y para practicar su adicción, atropellando a su paso sus valores afectivos, emocionales, espirituales, intelectuales, morales y materiales. El adicto llega a ser estigmatizado socialmente e inhabilitado académica y laboralmente, dedicando la mayor parte de su vida a su adicción activa, ya que la alteración en el drive[42] es muy significativa.
Unas adicciones inician por evadir la realidad, algunas por estrés social, por presión de grupo, otras por lo que hoy se entiende como la teoría de la automedicación inconsciente[43] y otras más por simple curiosidad o atracción por la novedad. Cuando se repiten determinadas acciones se genera el hábito y se marca la conexión al placer determinado. Esto activa el componente biológico; en el caso del adicto genético, basta solo la exposición no muy prolongada al estímulo para detonar la enfermedad. Para hacerse adicto no solo se necesita de un componente genético que predisponga a la persona a contraer la enfermedad, se requiere también de un contacto no necesariamente prolongado con la práctica adictiva, de factores medioambientales, de una hipersensibilidad emocional y de la distorsión en el autoconcepto hacia la autodevaluación o hacia la sobrevaloración omnipotente de sí mismo.
Una analogía para comprender la adicción
Para un mayor entendimiento de este fenómeno se utilizará la analogía de la montaña de nieve, la zanja y el trineo. El cerebro es la montaña de nieve, el hábito es la calle o zanja que labra el trineo al bajar, cuando esta se hace profunda es la dependencia y el peso del trineo es el poder adictivo de la sustancia. La nieve dura es un cerebro resistente a contraer la adición; la nieve suave es un cerebro sensible ante el poder adictivo de la sustancia. Así pues, entre más pesado el trineo, más fácil labra la calle o la zanja, de tanto pasar y pasar se hace una callejuela tan profunda que queda atrapado y no pude salir de esta. Según sea el potencial adictivo de la sustancia, la persona más difícilmente puede salirse del hábito; solo por el establecimiento de una nueva conexión puede salir de allí, esto constituye un proceso de adaptación cerebral a la abstinencia (neuroplasticidad cerebral).
La dureza de la nieve es la resistencia del individuo según sea su fenotipo conductual (características genéticas, psicológicas y biológicas). Unos resisten, otros no tanto. Por último, la inclinación de la cuesta, que es el potencial psicoactivo, según sea su efecto de crear en la persona percepciones y sensaciones distorsionadas. Por causa del declive se pierde el control. Incluso, hemos visto varios casos en que por una psicosis secundaria al consumo cesa la dependencia, pero queda la lesión grave, muchas veces permanente. Nótese que también está presente el potencial clínico de las sustancias que, bien usadas y debidamente formuladas por el médico ―y obedientemente seguidas por el paciente―, definitivamente mejoran la calidad de vida. Así se constituye la terapia psicofarmacológica como un buen apoyo al tratamiento y recuperación de la persona.
DESARROLLO DE LA ENFERMEDAD SEGÚN EL MODELO FUNCIÓN FUTURO
Thombs & Osborne en su libro Introduction to Addictive Behaviors (2019) exponen que las adicciones ―aun cuando existen acercamientos diversos tales como una minusvalía moral, la cumbre de comportamientos desadaptativos, una afectación espiritual y de los valores― son una enfermedad con marcadores genéticos y epigenéticos, y progresiva. En el Modelo Función Futuro para el desarrollo de la enfermedad (Diagrama 1) proponemos que la influencia del entorno solo germina en una actitud personal favorable y que, mediante el uso y el abuso se detona el componente neurofisiológico (A). Justamente, este es ‘el blanco’ de nuestras políticas de prevención, mediante la correcta información, la detección temprana, la intervención profesional adecuada, la promoción de valores y de inteligencias emocionales, sociales, afectivas y espirituales que nos brindan las herramientas de un buen programa moderno y actualizado. Esto es posible en procesos interdisciplinarios guiados por médicos, psiquiatras y consejeros muy preparados para tal fin.
Entre más avanza la ciencia más cerca se está de hallar una solución a la adicción. No obstante, al ser una enfermedad con fuertes componentes sociales, psicológicos y medioambientales necesita de atención interdisciplinaria para ser prevenida y tratada. Aunque se han desarrollado una gran variedad de medicamentos, como lo señalan los estudios realizados en la Fundación Función Futuro (2017), la mejor vía de recuperación se encuentra por medio de un tratamiento integral. Este debe ser de carácter psicodinámico y con un enfoque netamente cognitivo, acompañado de un camino espiritual y atención psicosocial. El tratamiento, en caso de ser necesario, debe ser ayudado por la terapia farmacológica bajo el principio de usar la menor cantidad posible de medicamento, en el menor tiempo. Sobre este aspecto haremos referencia en la Quinta Parte de este libro.
FACTORES ENDÓGENOS Y EXÓGENOS DE LA ADICCIÓN
Las adicciones no llegan solas. Son el resultado de un desajuste en la personalidad, así como de necesidades neuróticas no resueltas y afrontamientos inmaduros de la realidad (defensas). Una vez activa la enfermedad, no se deben pasar por alto el componte endógeno genético —que es el heredado— ni el componente neurofisiológico. Cuando el adicto inicia el consumo no puede parar; se obsesiona con ello, y lo planea secretamente. El consumo o la práctica recurrente es el síntoma más crítico de la enfermedad y está determinado tanto por factores endógenos como exógenos (Ortiz, 2008, p. 35).
En primer lugar, los factores endógenos son aquellos del interior de la persona adicta: su fisiología, sus pensamientos, personalidad, defensas, esquemas de afrontamiento y emociones. En segundo lugar, los factores exógenos son los hechos, las personas y las circunstancias que rodean al adicto y lo conducen a seguir con el desarrollo de la enfermedad. En realidad, el consumo es solo la punta del iceberg; detrás del consumo abusivo y dependiente existen mecanismos de defensa, necesidades neuróticas, ambivalencias y erosión en los esquemas de afrontamiento que se hacen muy similares en todas las adicciones. A continuación, ampliaremos ambos factores.
Factores endógenos
Los factores endógenos, previos al desarrollo pleno de la enfermedad, en el ámbito psicológico, tienen que ver con la reacción interna del individuo ante la percepción, reacción y relación con los entornos. Son de tres tipos: neurofisiológicos, biológicos o físicos y psicológicos, e incluso en algunos, espirituales, por la dislocación de los valores interiores.
De manera general algunos de ellos son: las ideologías a favor de las prácticas adictivas o apologías, la inmadurez emocional, la búsqueda de aceptación y de ser respetado por actos fuera de los límites establecidos, los problemas en la autoestima, complejos de inferioridad y sensaciones de no ser adecuado ante un grupo, sensaciones inadecuadas de grandiosidad, tendencia excesiva al aislamiento, ansiedades e insuficiencias en al autoconcepto y otras que describiremos más adelante. De igual manera, dentro de este grupo se encuentran problemas con la autonomía, la insuficiencia de poder personal ante la práctica adictiva, la posición individual ante las adversidades, la percepción acerca de lo placentero y de sus consecuencias, las dificultades para socializar y sus reacciones en los entornos afectivos y sociales en general. Es más, la adicción bien se puede desarrollar en individuos con tendencia al aislamiento, inestables en sus emociones o en jóvenes o personas con ansiedades sociales.
La adicción tiene un importante componente endógeno, de orden neurofisiológico representado por inadecuadas respuestas neuronales a las señales de algunos bioquímicos cerebrales segregados durante la ingesta de sustancias psicoactivas, ante la práctica de determinadas conductas o ante la ausencia (déficit) de algunos químicos cerebrales específicos, como se ha señalado antes. Estas respuestas inadecuadas de los procesos neurofisiológicos incitan al individuo afectado a la cíclica repetición de su hábito, lo que se ha llamado el efecto rebote, o efecto péndulo de la práctica adictiva (Ortiz, 2008, p. 36). Cuando se fuerza al organismo a segregar un determinado neurotransmisor, este crea en las horas o los días posteriores una reacción con un efecto generalmente contrario al que se desencadenó durante la práctica adictiva.
El efecto rebote se presenta cuando el cuerpo genera una sustancia que da placer mientras se suple la necesidad de consumo o práctica. Esta misma sustancia, tiempo después, desencadena una reacción asociada a sensaciones de dolor, de carencia y de vacío. Esta reacción aumenta la necesidad de consumir o practicar la conducta adictiva de predilección, pues se debe aliviar el dolor o las sensaciones incómodas de la abstinencia. Pero entonces, el ciclo se reinicia: habrá un dolor posterior que se querrá mitigar y una sensación de vacío cada vez mayor, según progresa la enfermedad. Esto lo explicaremos detalladamente en el capítulo Neurobiología de las Adicciones.
En síntesis, la alteración neurobiológica o endógena produce síntomas biológicos y psicológicos. Esta genera emociones desbordadas y descontroladas, sentimientos y sensaciones incómodas, fenómenos inesperados de apetencias o sed cerebral, y diversos fenómenos asociados a la ausencia o disminución de determinados químicos cerebrales durante la sinapsis, la anastomosis, la neurotransmisión, las conexiones entre los espacios intersinápticos y transneuronales[44].
En segundo lugar, tenemos el componente biológico o físico, que está relacionado con el genoma humano. Cada ser humano posee una herencia genética distinta, dentro de la cual es posible que haya predisposición a ser adicto (Kuhar, 2012, p. 101). Esto quiere decir, los genes hacen a ciertas personas más proclives a contraer la enfermedad que a otras. Sin embargo, también es posible que, por el abuso en determinada práctica, un individuo no propenso a la enfermedad termine por desarrollar dependencia y, por lo tanto, sus genes sean modificados (Ortiz, 2008, p. 37).
Este componente biológico está directamente involucrado en diversos sistemas orgánicos. Específicamente, los sistemas orgánicos del adicto tienen una secreción irregular de determinados neurotransmisores, hormonas, proteínas y algunos ácidos grasos encargados de proporcionar respuestas a los estímulos externos. Como consecuencia, el adicto tiene sensaciones de extremo placer mediante la segregación de dopamina[45], vértigo debido a la segregación de adrenalina y dolor, causado por irregularidades con las endorfinas, atención y concentración con algunas encefalinas, y en caso de los dependientes a personas, irregularidades con la oxitocina. De igual manera, en la adicción al juego se segrega acetilcolina de forma irregular.
En tercer lugar, tenemos el componente psicológico como factor endógeno, el cual enmarca al adicto activo dentro de determinados comportamientos anómalos y excesivos. Estos comportamientos son de tendencia autodestructiva e irracional: el adicto se hace daño a sí mismo generando dolor a las dinámicas individuales de su ser y a las esferas afectivas en las que está involucrado. De esta forma, el adicto carga reactivamente sus emociones; llega a comportarse de una manera automática, casi netamente instintiva y primaria, lo cual se refleja en la degradación de sus relaciones afectivas y en la pérdida de poder personal frente a la práctica adictiva (Ortiz, 2008, p. 37).
Por todo lo anterior, en la medida en que la enfermedad avanza se erosiona la ética personal; la fuerza de voluntad se disipa por las fracturas producidas por fuerzas interiores que pulsan hacia lados diferentes; la dignidad se quiebra por el rompimiento de lo moral; y, la libertad del ser se encamina, no hacia una libertad verdadera, sino hacia una prisión desintegradora del yo y de la propia identidad. La acción de la práctica adictiva se convierte en una evasión, parcial o total, del sí mismo o del mundo exterior.
En términos freudianos, son placeres egoístas, muy en contra del yo[46], desde el otro yo y contra el sí mismo (Freud, 2002); goces paganos que se hacen obsesivos, neuróticos y enfermizos. Su origen psicoanalítico estriba en dependencias simbióticas de madres, bien sea demasiado suficientes o insuficientes, como también de significados narcisos del sí mismo y de los entornos afectivos y materiales del pasado sin resolver. Todo esto, en un contraste profundo entre las habilidades imaginadas y las capacidades reales que rompen con el principio de realidad, avasallado por el principio del placer, lo cual genera una enorme brecha dentro del individuo (Freud, 1920; Freud, 2000).
Es importante tener en cuenta también las heridas por tensión parental hacia la madre y el estrés socio-afectivo de la infancia (Horney, 1937/1964; Jung, 1916/2002). Estos recuerdos del pasado se convierten en detonantes para contraer una adicción. De igual forma, la vulnerabilidad de la persona por bajos umbrales psicológicos de tolerancia adecuada ante el rechazo, la crítica, la vergüenza, la frustración, la traición, el abandono, el abuso, el hostigamiento y la agresión. Esto trae agonías y hemofilias emocionales no resueltas en la ruptura de ideales, dado los bajos poderes resolutivos del espontáneo narciso del adolescente humano en la ruptura de ideales, tanto personales, como familiares y sociales.
Usualmente, se inicia una práctica adictiva para poder socializar o ser parte de un grupo, suplir la sed de amor, poder sentir tranquilidad frente a las decisiones, o para sentir placer por medio de excesivos y nocivos gratificadores externos. El pretexto para estas y otras conductas es que esa es la manera de disfrutar la vida; se estimula al cuerpo, lo cual conlleva a la secreción de determinadas sustancias cerebrales. Esta actitud compulsiva va precedida de sentimientos de inestabilidad, dolor, miedo, vergüenza, tristeza, angustia y estrés que conducen finalmente a la autoconmiseración, a la ansiedad, a la obsesión y a la justificación de reiniciar el ritual de consumo o práctica.
En suma, por los factores endógenos referentes a sus componentes neurofisiológicos, genéticos y psicológicos, el adicto tiende a ser, desde antes de contraer la enfermedad, hipersensible al dolor, al placer y a tantos otros sentimientos y sensaciones tanto agradables como desagradables. Esto lo conduce a evadir los sentimientos desagradables o también, a buscar momentos intensos sin afrontarlos coherentemente. El adicto es incapaz de procesarlos luego y termina por hacerse víctima de ellos; pretende, además, en la medida en que la enfermedad se desarrolla y avanza, escapar de una realidad que se hace cada vez más obsesiva.
Este trastorno bio-psico-socio-espiritual inicia su proceso en la mente como un pensamiento irracional, como asociaciones de bienestar al buscar la evitación de la realidad. En términos de Maslow[47], bien se podrían llamar autorrealizaciones ilegítimas. Estas comienzan desde la generación de un pensamiento de consumo que pretende placer rápido. Un pensamiento así, al no ser eliminado, hace germinar una actitud inestable y un comportamiento de carácter obsesivo-imperativo tan fuerte, que termina reiniciando un nuevo ciclo de una manera descontrolada. Este trastorno cíclico produce una insuficiencia de poder personal para controlar la actividad adictiva, de esta manera, el adicto pierde el gobierno de sí mismo (Ortiz, 2008, p. 39). Este fenómeno se desarrolla internamente, propiciado desde lo inconsciente, o bien estimulado por agentes externos, como se expone a continuación.
Factores exógenos
Los factores exógenos, a diferencia de los endógenos, son agentes externos a la persona (Ortiz, 2008, p. 39). A estos se les denomina propiciadores, detonantes y facilitadores de la adicción porque terminan por desarrollar la justificación irracional de reiniciar el ciclo de consumo. Por ello es estrictamente necesario que la persona aprenda a usar las herramientas del Enfoque Integral en Adicciones y Salud Mental[48] (Ortiz, 2008, p. 213) para poder identificar, asumir y resolver los medios hostiles de un modo que favorezca la abstinencia y la recuperación. Entre los factores exógenos se encuentran diversas circunstancias del ambiente social, como familias disfuncionales; mala comunicación con los entornos sociales; y, medios hostiles que no favorecen la abstinencia.
Los agentes propiciadores son de orden exógeno, principalmente están relacionados con el entorno social de la persona. Son todas aquellas situaciones y personas que generan temor, miedo, ira, vergüenza o dolor, emociones desagradables que engatillan una nueva práctica y propician la ingobernabilidad en el adicto, pues así no haya consumo, la persona se pone sintomática en temperamento, carácter y personalidad. Se ocasiona un fenómeno de ansiedad recurrente y produce obsesión, dada la muy poca capacidad de maniobra bajo presión del adicto o del manejo del drive. Si esto no se trata, la persona reiniciará compulsiva e incontroladamente, un nuevo ciclo. Otros propiciadores son los factores familiares, como: la disfuncionalidad familiar, la desatención, las conductas tiránicas o permisivas, y la falsa información acerca de la adicción y las sustancias, que veremos en el capítulo acerca de la familia.
Adicionamente, entre otros agentes propiciadores de la ansiedad y la justificación de reincidencia están: las fallas de comunicación con las personas alrededor, la actitud sorpresiva e invalidante de terceros, las frustraciones por falsas expectativas, los actos hostiles de terceros, las ridiculizaciones y los estereotipos de personas que favorecen la ideología a favor del consumo, el comportamiento permisivo, la falta de límites y de una actitud de creación de la necesidad de cambio a un entorno social favorable al consumo. Consideramos que no se debe dejar de lado, como agente propiciador, la ausencia de políticas estatales que desarrollen factores de protección, prevención y recuperación coherentes con las circunstancias que favorecen el desarrollo de esta enfermedad progresiva.
La justificación irracional de la reincidencia puede ser ocasionada por detonantes externos, los cuales desarrollan las apetencias indeseadas que conducen a reiniciar la práctica autodestructiva en contra de la voluntad del individuo. Por esta razón, es importante que el adicto pueda controlar a tiempo sus disparadores al desviar el pensamiento intrusivo por uno positivo, herramienta conocida como zapping mental. Si la persona toma actitudes personales en contra del consumo de sustancia, por medio del rechazo sostenido, estará dando un paso clave en su recuperación de la enfermedad. Debe aplicar de un modo resiliente y autodeterminado el no sostenido y pasar a través de las apetencias (craving), muchas veces surfeando sus ansiedades, siendo consciente de que, sin consumir, la ansiedad por fuerte que parezca pasará. El reconocimiento de las reacciones intrapersonales mal manejadas, como el sentimiento de impotencia hacia la conducta adictiva son importantes. Esta impotencia se le presenta al adicto como algo habitual y automático, a pesar de ser indeseada. Otros de los principales disparadores son las creencias irracionales que tienden a defender nuevas prácticas, como las asociaciones de placer y la pretensión de consumos controlados.
Por su parte, los facilitadores son, básicamente, todos aquellos factores de orden externo como las amistades, la oferta de drogas, el mal uso del dinero y el exceso del mismo en jóvenes y la libertad en demasía, los que van formando muchachos precoces que mientras no aprendan a manejarse a sí mismos, no estarán preparados para controlar ni dinero ni libertades en exceso. También, son facilitadores las personas que suministran dinero u objetos de valor a un enfermo activo; con ello incrementan y favorecen el perjuicio de esta enfermedad, con lo cual se afectan la autonomía del enfermo, quien se hace aún más dependiente de aquello que, a fin de cuentas, es la fuente principal de su dolor. Esto lo hemos observado en bastantes familias que facilitan el desarrollo de la enfermedad y la sostienen, llegando, en unos pocos casos, hasta al desarrollo de una derivada del Síndrome de Münchhausen, que es producir o refugiarse en una enfermedad para evitar aceptar y resolver algún tipo de conflicto tanto interior como exterior.
Los facilitadores no señalan con precisión la disuasión de la conducta autodestructiva del adicto, pero sí facilitan la recurrencia y promueven el consumo al ser permisivos. Con esto queremos señalar que, en ocasiones, el familiar o el amigo coadicto[49] se convierte en facilitador: llega hasta el grado de llevar al adicto a comprar drogas o a suministrárselas. Tales permisividades crean consecuencias muy graves. El coadicto pretende aliviar el sufrimiento de su pariente o amigo. Como vemos, el componente psicosocial en los factores exógenos es muy marcado (Ortiz, 2008, p. 40) en la generación, el desarrollo y el avance de la enfermedad adictiva, pero no es el único agente como lo afirman algunas escuelas psicosociales, desconociendo la vulnerabilidad intrínseca del individuo, como ha sido demostrado también con gemelos idénticos, expuestos al mismo entorno social. Uno la desarrolla, el otro no (Friedman & Schustack, 2012).
Es bastante usual que la práctica adictiva esté unida a una práctica sexual insana, especialmente en el caso de los cocaináceos y de algunas drogas de diseño, como el éxtasis. En casos como estos, la persona tiende a reforzar el placer que produce la cocaína o el éxtasis con asociaciones sexuales como voyerismo, fetichismo y sexo insano; todo esto dado por una frenética búsqueda de placer. El adicto busca un placer efímero que le trae perjuicios, arruina su vida y erosiona su sistema de creencias haciéndolo incapaz de saber sentir, saber amar, saber desear y saber creer, llevando a la persona al desarrollo de adicciones cruzadas, en donde generalmente una le hace el priming[50] a otra u otras.
La adicción abarca todas las esferas sociales del adicto, como sus relaciones interpersonales y su situación académica o laboral. El adicto se puede convertir en un elemento peligroso para sí mismo y, en algunos casos específicos, una amenaza para la sociedad. Cabe aclarar aquí que se debe apoyar toda determinación de cambio en el adicto y no rechazarlo socialmente, y más cuando toma la decisión de su recuperación, pues es una persona extremadamente sensible, susceptible y, sobre todo, buena por naturaleza. Por consiguiente, el adicto merece de toda comprensión, afecto y apoyo por parte de la sociedad y de la familia, sin que esta propicie o facilite el desarrollo progresivo de la enfermedad.
Para sintetizar, recordamos que los propiciadores son personas que desestabilizan emocionalmente al adicto forzando voluntaria o involuntariamente al individuo a reiniciar el ciclo; los disparadores son los componentes internos, como la predisposición psicológica; y los facilitadores son aquellos que invitan sugestivamente a las prácticas. Todos estos factores pueden ser afrontados y resueltos con la Inteligencia Espiritual (Ortiz, 2008, p. 217), mediante las mecánicas de saber pensar y creer, saber sentir y saber amar, para poder actuar proactivamente. Finalmente, es importante mencionar que la enfermedad también cuenta con algunos mecanismos de defensa. Estos son básicamente factores con grandes contenidos inconscientes, defensas primarias que utiliza el adicto para justificar su enfermedad.
Las consecuencias y los síntomas físicos dependen de la adicción que se practique, pues cada cuerpo reacciona de diferente forma frente a las sustancias y estas, a su vez, tienen unas repercusiones específicas. No en todos los adictos se dan la totalidad de los síntomas o no son tan evidentes en unos como en otros; además, algunos síntomas no son exclusivos de los adictos.
A manera de reflexión
Para finalizar, queremos hacer mención sobre el impacto de las adicciones en la salud. Ellas, incluida la adicción al cigarrillo, están entre las primeras enfermedades que cobran víctimas mortales[51]. Cada año mueren en el mundo 190.900 personas por consumo de estupefacientes, según las estimaciones más conservadoras, presentadas por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (United Nations Office on Drugs and Crime [UNODC], 2017, p. 3)[52]. Según la directora general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en su momento Margaret Chan, las drogas causan alrededor de medio millón de muertos anuales y, en algunos aspectos, la situación ha empeorado en los últimos años (EFE, 2017).
Las repercusiones de la adicción afectan a todos los sistemas del organismo, pero debe entenderse, y este es el mensaje principal, que es una enfermedad que puede ser prevenida y tratada. Para triunfar sobre la adicción, desde unos objetivos de vida y elevar su calidad de vida, la persona debe identificar estos síntomas, aceparlos y asumirlos para su resolución, pues son el lastre que le impide desarrollarse con éxito y, además, detonan la justificación de un nuevo ciclo.
Puntos para recordar
- La adicción es una enfermedad mortal.
- La adicción es una enfermedad primaria, crónica, progresiva y aberrante de la conducta.
- La adicción es una enfermedad que afecta el carácter y la conciencia, que aniquila paulatinamente la voluntad del individuo.
- La adicción se adquiere por abuso o por contacto con la sustancia, cuando existe el componente genético.
- Las personas con predisposición genética o desbalance bioquímico cerebral son supremamente sensibles a contraer la enfermedad.
- La adicción produce un placer que es momentáneo, pero causa dolor y destrucción a mediano y largo plazo.
- La adicción está caracterizada por la pérdida de capacidad de elección entre practicar o no practicar.
- Las adicciones crean dolor y vacío, y se continúan para mitigar momentáneamente el mismo dolor y vacío que ellas crean.
- La adicción puede atacar a cualquiera.
- La adicción es progresiva e incurable, pero su avance se puede detener. Si una persona ha consumido o practicado durante un tiempo prolongado y detiene su consumo, no quiere decir que esté curado, sino que debe mantenerse sin consumir el resto de su vida para no volver a presentar los hábitos del consumo. Si vuelve a consumir alcohol, drogas o efectúa nuevamente la práctica adictiva, no va a poder detenerse y va a seguir el círculo vicioso del consumo.
- La adicción, por ser una enfermedad progresiva relativamente lenta, da al organismo la oportunidad de adaptarse para que su avance no sea tan perceptible.
- La adicción altera la forma de creer, pensar, sentir, desear y actuar.
- Los actos son el producto de nuestros pensamientos, sentimientos, deseos y creencias.
- El consumo o la práctica recurrente es el síntoma más crítico de la enfermedad.
- Losagentes externos o exógenos son los propiciadores y facilitadores de la adicción.
- Losagentes endógenos, motivadores internos o justificadores vienen siempre como pensamientos y creencias irracionales, mal manejo de las emociones y complacencia inconsecuente de los deseos; son el detonante, los disparadores, de la enfermedad a nivel psicológico. Sus consecuencias son autodestructivas.
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[1] Sustancia con propiedades para generar adicción o dependencia.
[2] Instrumento romano de tortura con el que latigaban o flagelaban a una persona. Tenía unas bolitas con púas en el extremo de una cuerda de cuero (Diccionario Etimológico Castellano en línea [DECEL], 2020).
[3] Elisardo Becoña es un psicólogo español que ha realizado diversos estudios sobre las adicciones (Universidad Complutense de Madrid, 2016).
[4] Los términos adicciones, dependencias, trastornos adictivos y desórdenes adictivos serán tratados como sinónimos a lo largo de este libro.
[5] El CIE, es el instrumento de la Organización Mundial de la Salud (OMS), fundamental para identificar tendencias y estadísticas de salud en todo el mundo. Contiene alrededor de 55.000 códigos únicos para traumatismos. Además, permite a los profesionales de la salud compartir información sanitaria, enfermedades y causas de muerte en todo el mundo (Organización Mundial de la Salud [OMS], 2018).
[6] Nils Bejerot (1921-1988) fue un psiquiatra y criminólogo nacido en Suecia, pionero en el estudio sobre las drogas, hizo un diagnóstico de la drogadicción como una enfermedad, pero igualmente dio una connotación de criminalidad al consumidor, lo cual resulta paradójico (Hartelius, 2002).
[7] Pierre Deniker (1917- 1998) fue un psiquiatra francés. Usó la torazina, o cloromorfazina en los tratamientos contra la esquizofrenia, siendo todo un éxito. Fue el descubridor de los tranquilizantes (TheBiography, 2018).
[8] Nixon fue quien inventó el término “Guerra contra las drogas” e inició una persecución política, militar y judicial contra todo lo que tuviera que ver con ellas (Producción, comercialización y consumo principalmente).
[9] Ley Volstead es conocida también como la Ley del Prohibicionismo. Dicha ley era una búsqueda del gobierno por eliminar el alcohol por medio de la prohibición de su fabricación, venta o transporte de licor, aunque la ley fue finalizada al poco tiempo por su efecto rebote donde se aumentó el consumo del mismo (Hall, 2010).
[10] Un alambique es un utensilio que sirve para destilar una sustancia volátil, compuesto fundamentalmente de un recipiente para calentar el líquido y de un conducto por el que sale la sustancia destilada (Diccionario de Lengua Española [DLE], 2019).
[11] Se aplica a cualquier efecto adverso producido en un paciente como resultado de la aplicación de un tratamiento médico o quirúrgico (DICCIOMED, 2018).
[12] Su versión número 11 se encuentra disponible en línea para consulta en http://www.who.int/classifications/icd/en/
[13] El DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders), se considera como un referente de salud mental a nivel mundial. Es realizado por la Asociación Americana de Psiquiatría de los Estados Unidos (APA por sus siglas en inglés). Actualizado constantemente, cuenta ya con su quinta versión, el DSM-5 (American Psychological Association [APA], 2014).
[14] Volkow (2009) citada por Castaño (2017, p. 183), señala que la patología dual hace referencia a la presentación en un mismo sujeto de un trastorno mental y uno adictivo.
[15] En el CIE-11 se tratan en el capítulo correspondiente a Trastornos relacionados con sustancias y Trastornos adictivos. Se abordan los trastornos relacionados con 10 tipos de sustancias diferentes: alcohol, cafeína, el cannabis, los alucinógenos, los inhalantes, los opiáceos, los sedantes, hipnóticos y ansiolíticos, los estimulantes, el tabaco y otras sustancias. Además, abarca el trastorno causado por el juego (APA, 2014, p. 481).
[16] Magnus Huss (1807-1890) fue el primer médico en emplear la palabra alcoholismo para referirse a una enfermedad de personas que tenían problemas o anomalías debido al consumo de alcohol (Freixa, 2002).
[17]La Dra. Nora Volkow es una psiquiatra norteamericana. En la actualidad es la directora del Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas (National Institute of Drug Abuse, NIDA, por sus siglas en inglés). Se ha destacado por las investigaciones en el mundo sobre los aspectos de salud relacionados con el abuso de drogas y la drogadicción, y su relación con el funcionamiento del cerebro (NIDA, 2014).
[18] En la actualidad, el uso de las imágenes del cerebro es ampliamente utilizado, por ejemplo, la tomografía por emisión de positrones (PET, por sus siglas en inglés), donde se muestran áreas altamente funcionales del cuerpo (Kuhar, 2012, p. 85). Otras técnicas también permiten visualizar los patrones de los procesos dinámicos que ocurren en el cerebro (Panksepp, 1998, p. 90; Sporns, 2011, p. 23).
[19] Conocidas como drogas nootrópicas, nombre que viene de la raíz griego noos para mente, y tropos, dirección (Lanni et al., 2008).
[20] Bill W. o William Griffith Wilson (1895-1971) es el fundador de la sociedad de Alcohólicos Anónimos en 1935 en Nueva York, Estados Unidos, con el fin de ayudar a personas con problemas de alcoholismo (Alcohólicos Anónimos [AA], 2019).
[21] Elvin Morton Jellinek (1890-1963) fue uno de los investigadores más reconocidos sobre la enfermedad del alcoholismo, en la primera mitad del siglo XX (Encyclopaedia Britannica, 2019; Jellinek Memorial Awards, s.f.).
[22] AA es la abreviatura de la fundación de Alcohólicos Anónimos, programa de rehabilitación de adicciones para alcohol, realizadas por medio de reuniones locales donde personas alcohólicas se presentan en estas reuniones con otros adictos a discutir sobre sus problemas (AA., 2019).
[23] Niebhur (1892-1971) fue un teólogo, politólogo y escritor estadounidense a quien se le atribuye la Plegaria de la Serenidad (Shapiro, 2008). Como teólogo protestante, tuvo una amplia influencia en el pensamiento político y cuya crítica al liberalismo teológico prevaleciente de la década de 1920, afectó significativamente el clima intelectual dentro del protestantismo estadounidense (Bennett, 2020).
[24] En la actualidad la terapia psicodinámica moderna reconoce la efectividad del método de los 12 pasos en el tratamiento del alcoholismo (Khantzian, 2018, capítulo 15).
[25] Sigmund Freud (1856-1939) fue un médico neurólogo austíaco de origen judío, padre del sicoanálisis. Su trabajo ha contribuido en las explicaciones sobre el desarrollo en la infancia, la personalidad, la memoria, la sexualidad o la terapia (Jay, 2020).
[26] Desplacer, pena, desazón, disgusto (DLE, 2019a).
[27] Se entiende por enfermedad primaria, aquella que no ha sido causada por otra enfermedad.
[28] Dionisio, o el dios Baco era en la mitología romana el hijo de Zeus, el dios del vino (Geddes & Grosset, 1995, p. 334).
[29] La dopamina es un neurotransmisor que se encuentra en las regiones del cerebro que regulan el movimiento, la emoción, la motivación y los sentimientos de placer (Anderson & McAllister-Williams, 2018, p. 13; Volkow, 2014, p. 17). Cuando el cerebro registra el placer, la dopamina activa el núcleo Accumbens, conocido como el centro del placer (Arden, 2010, p. 8).
[30] En el comienzo del Imperio Romano, en la época republicana, se usó la palabra Addictio, el sustantivo abstracto derivado del verbo, como el término técnico latino para el acto judicial por el que un deudor se convertía en el esclavo de su acreedor (Rosenthal & Faris, 2019).
[31]Término propuesto en la conferencias y alocuciones radiales por el autor, (líbido=sexo).
[32] Término propuesto en las conferencias y alocuciones radiales por el autor (Filo=amor, amigo, amante).
[33] Todas las acciones que puede elaborar un ser vivo o un ente con movimiento. (Ver pie de página 32).
[34] Acciones motoras externas de un ser.
[35] Se entiende conducta como el conjunto de respuestas significativas por las cuales un ser vivo en situación integra las tensiones que amenazan la unidad y el equilibrio del organismo”; o como “el conjunto de operaciones (fisiológicas, motrices, verbales, mentales) por las cuales un organismo en situación reduce las tensiones que lo motivan y realiza sus posibilidades (Bleger, 1973, p. 16).
[36] El término toxicomanía –entendido como el estado de intoxicación crónica o periódico debido al consumo repetido de una droga– fue utilizado por el Comité de Expertos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en sus informes, los cuales fueron la base de la discusión por décadas (Oughourlian, 1985, 134).
[37] Se presenta cuando una persona tiene tolerancia a una sustancia que ha consumido, cuando se detiene su administración de forma repentina, aparecen un deseo de ingerir la substancia y signos de hiperactividad del sistema nervioso simpático (Stahl, 2011, p. 564). Los síntomas son siempre contrarios a los que las drogas producen (Kuhar, 2012, p. 61).
[38] Parte del cerebro que incluye el tálamo, el hipotálamo y la amígdala cerebral, que regula las emociones, la memoria, el hambre y los instintos sexuales.
[39] Término que hace referencia a las redes cerebrales, estas son de tres tipos: conectividad estructural, es decir el ‘esquema de cableado’ de los enlaces físicos dentro del cerebro; conectividad funcional, que es la red de interacciones dinámicas; y, conectividad efectiva, la cual abarca la red de interacción dirigida entre elementos neuronales (Sporns, 2011, p. 36).
[40] 1) Aceptamos que somos impotentes ante al alcohol y que nuestra vida se tornó ingobernable. 2) Admitimos que solo un poder superior a nosotros mismos podría devolvernos el sano juicio (AA, 2019a).
[41] A este periodo lo denominamos los ‘cantos de sirena’sto hace referencia a cuando Ulises regresaba de la Guerra de Troya, y pasaba en barco frente de unos acantilados donde se oían cantos de sirenas, los cuales enloquecían a la gente. Por esa razón, toda la tripulación del barco tenía que taparse los oídos para evitar la locura o el desenfreno. La fase inicial se amplía en el Capítulo 3, Fases de los trastornos adictivos.
[42] En la teoría de drive de Charles Brenner retoma de Freud el término y lleva a definirlo como la conducción de nuestra energía psíquica que alimenta el impulso a actuar y maneja la ansiedad natural del ser humano que se mueva entre la insatisfacción y la satisfacción (ampliar en la Teoría del drive adictivo en la Parte Dos de este libro).
[43] El consumidor consume para atenuar temores, sufrimientos y ansiedades de una manera inconsciente.
[44] Recordemos que la sinapsis es el impulso eléctrico que se da entre las neuronas para transmitir información en el organismo; la anastomosis es la recepción en la neurotransmisión. Esta última es el flujo de información entre las neuronas, que se da en el sistema nervioso de la persona.
[45] Existe evidencia de que la dopamina está asociada a importantes acciones como la ingesta de alimentos y el apareamiento (Kuhar, 2012, p. 74).
[46] Sigmund Freud, neurólogo austríaco y el padre del psicoanálisis, estudia el comportamiento humano a través del yo, el ello, y el superyó (Freud, 2002).
[47] Abraham Harold Maslow fue un psicólogo y filósofo norteamericano (1908-1970) mejor conocido por su teoría de la autorrealización (self-actualization) en psicología, que sostenía que el objetivo principal de la psicoterapia debería ser la integración del yo (Encyclopaedia Britannica, 2020). Ha sido catalogado como uno de los cinco psicólogos más influyentes de la historia según la Revista Norteamericana de Psicología, famoso por la teoría de la pirámide de las necesidades humanas, entre otras muy relevantes.
[48] El Enfoque Integral en Adicciones y Salud Mental (EIASM) es una tipología de tratamiento en adicciones creado en la Fundación Función Futuro, el cual ampliaremos en la Quinta Parte del presente libro.
[49] El coadicto se caracteriza por estar preocupado y absorbido por rescatar, proteger o curar al adicto, hasta tal punto que el adicto tiene una adicción al adicto. El coadicto padece coadicción, una forma específica de dependencia emocional que se produce en algunas personas que tienen una relación importante o muy estrecha con una persona víctima de cualquier tipo de adicción (drogas legales o ilegales o adicciones comportamentales como compras, juego, sexo, nuevas tecnologías, etcétera), (Modelo específico para el tratamiento de adicciones [META], 2013).
[50] El priming es un término que se usa recientemente en medios de adictología para hacer referencia al potencial que tiene una sustancia para enganchar la repetición compulsiva del consumo, es decir que arranca con la primera dosis y requiere compulsivamente de más dosis, esto en caso de priming primario. Y en caso del priming secundario hace alusión de emprimerar a la persona hacia otras sustancias, por ejemplo arranca con alcohol y de manera compulsiva pasa a la cocaína.
[51] El cáncer de pulmón y las enfermedades respiratorias crónicas, ambas asociadas al consumo de cigarrillo, ocupan en Europa el quinto y el séptimo lugar respectivamente, dentro de las enfermedades que más causan mortandad en ese continente (Eurostat Statistics Explained, 2018).
[52] La gran mayoría de los decesos se produce por sobredosis, aunque también se contabilizan enfermedades, accidentes y suicidios que están directamente relacionados con excesos de consumo (UNODC, 2017).